lunes, 31 de octubre de 2011

Poeta

El Dieguito, aunque no lo parezca, es un señor. Igual que si anduviera de corbata, igual que si tuviera una tarjeta en la solapa y aburriera incautos con cosas de dios, está dispuesto a correr para llegar a tiempo. Carga la bici hasta el fondo, tira la mochila en el cuarto, y arranca para la ducha. Se come quince minutos de cola en el corredor de madera, contra la baranda, toalla al hombro. Con la destreza que dan los años, se embadurna las manos de gel, y pone sus pelos centrales en punta, estudiadamente desprolijos. Medio calzoncillo a tono a la vista. Zapatillas finitas y un simple saquito de tweed, como el del quijote, para cagarse de frío como dios manda. Más un bufandón con pompones, a cuadros como las banderas de Fórmula 1, que da un aire de entifado muy malo, muy malo.


Amigos son los amigos. El Charly llega a las once y media, y cerró la tienda store tarde, justo hoy. Aún contando con alguna demorita, tiene que salir carpiendo. Apretar el paso hasta Stoke Newington Common, el 73 hasta Tottenham Hale, y ahi el Stansted Express. Y la Oyster no lo cubre: le cuesta una pasta, además.


A las puertas de la estación, camina de un lado a otro, cabizbajo. Juguetea con la tarjeta Oyster Card, meditabundo, dubitativo. Cómico el nombre, suena a avestruz. Montado en un ñandú, recorriendo la madeja de líneas de colores. En dos piernas, en escaleras mecánicas, en trenes que te hablan. Acá, menos la gente, te habla todo.

Maravillosa, la tarjetita celeste. Ni siquiera hay que sacarla del sobrecito de plástico rojo. Mostrársela, nomás, al lector redondo y amarillo ése, y el portón doble te da paso, abracadabra, guiñando gentil un pilotito verde. Tres pauncitas de depósito, reembolsable cuando te vayas para no volver, en unos años.


Sí, claro, el tipo va a saber a dónde vas. ¿Y qué te importa? ¿Tenemos algo que esconder? Si estás enfermo, o de viaje, él se entera. Tiene cómo deducir dónde es tu casa, dónde trabajas, cuál es tu aeropuerto, dónde viven tus amigos y tus camellos. ¿Y? No está mal, el arreglo. Sabe tu nombre, tu dirección, y todos tus viajes y destinos. Y con eso puede diseñar mejor el metro tube, puede abaratar el transporte, que nos está matando. Puede. ¡Pero que lo haga, por favor! Porque no siempre cierra, la ecuación. Viajero frecuente: saque usted un pase semanal, o uno mensual si le da el cuero. No sea usted imbécil. La alfombra mágica sólo sirve si se usa cada tanto. Si no, estás ventilando tus intimidades, y encima pagando más. Con un pase semanal la paranoia tranquila, y más platita.
¿Dónde está la trampa? En la recarga top up el colorado nunca te cobra por encima del pase diario, pero no te iguala el semanal tampoco, o el mensual. Dale matraca en los carteles y en los parlantes: “La tarjeta Oyster Card le mantiene el precio del pase diario. No pague de más, use la mágica tarjeta ñandú”. Y la gilada va y se pone, y vuelca en las arcas de Ken Livingstone toda la info más un plus en precio, digamos un veinte o un treinta. Como el empleado viejo que llega más tarde, y para compensar se va más temprano. Y sin explicaciones. Los lectores leen en los buses, los horarios se pasan de parada en parada en tiempo real, los trenes conversan, los viajes se calculan limpitos de principio a fin, una y mil veces. Pero la Oyster sólo compara información diaria.


El señor Livingstone, I presume... Red Ken, el Rojo. Dale, colorado, danos una Oyster razonable.  Las computadoras hacen maravillas, y lo sabemos todos. La Oyster debería ser siempre el mejor precio, o le devolvemos su dinero. ¿No era que estabas defendiendo a la gente? No me vas a decir que no te sirve. ¿No te gustaría conocer los pasos de toda la ciudad? Nos podrías dar, ahí sí, un sistema de transporte mejor y más barato. Win win, dicen los businessmen. Nosotros tenemos siempre el mejor precio, tú tienes toda la info, que no tiene precio. Por mí hasta la puedes vender, si quieres. El sueño del publicista.

Lo piensa otra vez antes de cruzar el molinete electrónico, y toma una decisión de G. A fin de cuentas, él también es de Hackney. Pasa la billetera por el lector amarillo, y entra caminando rápido y leve, muy elegante, espigado, pálido y oscuro. Espera los doce minutos que dice el cartelito, y se mete en el tercer vagón, rezándole a un dios impersonal que no sabe de rezos, tratando de fundirse en el cosmos para ser invisible. Si no oigo nada de lo que pasa alrededor, tal vez ellos no me vean, ¿no? Ay, estos niños grandes... ¿De qué te sirve esconder la cabecita, si dejas el cuerpo enorme a merced del cazador?  Estancados en el jueguito aquél de la infancia. “¿Ta? ¡No taaaaa!”. Y lo peor es que funciona, casi siempre. Nadie lo ve, y el cobrador.
Y Murphy, claro, no tardó en aparecer. Con el lector en la mano, haciendo sonar la puerta del vagón, allá lejos, al frente. Clac, y empezó a desfilar, implacable, repitiendo la letanía. “¿Su ticket, señor, por favor?... Muchas gracias, señora”. Y le llegó el turno al Dieguito, ausente en su música sin armonía. Y se le tiró a la yugular, suave en los modos, con acento eslavo y una gorrita cómica, gris, con la visera cortita y de plástico, justo en su lugar. Este tampoco sabe quién es Gardel. “Su ticket, please”. Sin oirlo, el Dieguito le da la Oyster, entregado. “Usted sabe, señor, que esto no funciona aquí”. Se saca los cascos, despacito. Refuerza el toque peninsular. “Sorri? Yo tengo dinero en la tarjeta. Siempre la uso. ¿Puede pasarla por el lector?” “Señor, la tarjeta Oyster Card no cubre el Stansted Express. No le voy a cobrar la multa, pero va a tener que pagar el viaje redondo”. Resoplando, saca la tarjeta de débito del Barclays, que sí va de punta adentro del zoquete inalámbrico. Digita los cuatro números, espera el papelito y el plástico. Dobla el recibo, lo mete prolijo en la billetera, con las dos trajetas. Ahi van veinte pauns más. Y le salió regalada.


Sin parar, el Stansted Express llega expreso a Stansted, como era de esperarse. Se mete adentro sin miedo, redundando sin vergüenza. El Dieguito se baja, londinense a más no poder, serio, en el ostracismo trendy de su Ipod. Trepa las rampas en zig zag, sintiéndose en casa. Porque Stansted es algo así como la puerta de su casa, de sus dos casas. Nunca pasan tres meses sin que vuelva a Castilla La Mancha, y nunca pasa allá más de una semana. Y parte del viaje es el  aeropuerto moderno, funcional a rabiar, que crece y crece en vuelos y pasajeros, si no en sabiduría y gracia. Nada más que espacios grandes, a lo loft. Los mostradores se alínean y los que vienen y van se tiran en el piso, a esperar, recostados en las mochilas, leyendo libros y guías en el idioma que sea. Uniformados, andróginos sordos que se sienten elegantísimos, se cagan de hambre, se miran de reojo, sin hablar. Escudados en sus cascos de oreja, tal vez para evitar la llave. Que siempre terminan en un Ipod; otra cosa es la muerte social. Y de fondo, muy a tono, la estructura de enormes barras cilíndricas, encuadrando vidrios más enormes, más fríos. Un esqueleto descarnado, una elegancia cortante, casi obligada, que no se debe disfrutar. Tiene que pasar desapercibida. Si no, uno es un hortera, no un Londoner. Un retrógrado, un asqueroso sensiblero que no merece la metrópolis. This is Landan, G. Fuera los feos, los viejos y los niños primero.

Stansted es la puerta, Easyjet es la llave. La revolución armada de los vuelos baratos. Europa, ahora sí, es un pañuelo. Del aeropuerto más pedorro, a la gran capital. De Cáceres a Stansted en un vuelo de Easyjet, comprado dos meses antes, on line. Es que el pueblo resulta chiquito, y las líneas de bajo costo te ponen Londres en bandeja. Hay que salir, hacerse hombre. Hay que viajar más.
caricatura autor Zapiro Mugabe camina desnudo con cetro y corona y sus matones castigan a un periodista sobre sus comentarios sobre su ropa
“Usted: ¿sabe quién es Robert Mugabe?” “¿Robert Mugabe? No…” “¡Robert Mugabe, el dictador de Zimbabwe, que está matando de hambre a 10 millones de personas! Hay que viajar más… ¿Usted sabe quién es Peter Crouch?” “Peter Crouch, Peter Crouch… No sé, no.” “¡Pero hombre, Peter Crouch! ¡El centrodelantero acromegálico inglés! ¡El que hace las chilenas, y parece que se va a romper todo cuando cae! ¡El que festeja los goles con la danza del robot! Hay que salir más…” “Y usted: ¿sabe quién es el Pepeíllo?” “No” “El Pepeíllo es el que se cepilla a su mujer cuando usted está viajando… Hay que viajar menos, hay que salir menos”.

Llegó más flaco, el Carlitos, aunque igual de llorón. El también es vegetariano, faltaba más. Entre verdurita, porros, y éxtasi en pomada, se está quedando sin hombros. Pura cabeza. La frente se le abomba a los costados. Un observador antiguo ve a Mafalda, o Isidorito. Y con los lentes cuadraditos y la mordida labiodental, se acerca bastante a Jerry Lewis, más antiguo aún.
Pero tiene buena conversa. Hombre de poca fe, pero encantador de serpientes. El número de sus chiquilinas se pierde en el olvido. De Cáceres, de Birmingham, del sur, de la República Checa. Que le den, nomás, unos minutos mano a mano. No precisa belleza, ni convicción.

Filosofía barata, 
 y zapatos de goma.
Sucumben al arrullo
de su voz plañidera.
Quejumbroso y pusilánime,
conquista sin parar.
Compulsión adquisitiva,
si lo dejan hablar.
Hacen cola las mozuelas,
para ponerlo a llorar.

De poesía, poco, el Charly. Recurre al tocayo, rima con terminaciones verbales, yerra la métrica. Pero leyó algunos libros, y vio algunas películas. Kundera, Rayuela, Robert Rodríguez. Y lo hace valer. Libros de suicidas, también, que venden mucho con las veinteañeras. Uno de un japonesito de nombre Watanabe, rodeado de mujeres con propensión a tomarse las de Villa Diego.

No quería jugar de diez,
ni aspiraba a Casanova.
Lo que quería este patán,
era criar su joroba.

Carlos Tevez en el banco campera azul pelo corto sonrisa
¿Cómo que no tenía aspiraciones? Esa era su ambición: el Diego. Tenía raw model, imagen cruda, objetivo próximo e inalcanzable, con veleidades de pasarela. Tenía bench mark, sentadito en un banco de plaza, esperando para entrar a la cancha. Levantando la manito, ansioso, llamando la atención del arbitrorum elegantorum, todo de negro y con el pito en la mano. ¿Qué problema hay? ¡Déjense de embromar! Si hasta Carlitos Tévez hace banco...


Y resulta comprensible. Siendo de Cáceres, la urgencia es ser mundano, destrozar a guadañazos al paleto que te despertó, día a día, toda la vida. A otros les alcanza con la pauta publicitaria. Van a Madrid, compran ropa (evitando El Corte Inglés), aprenden modismos, se cuelgan el Ipod. Pero él, Carlitos Charly García, tiene mucho nombre, y la desgracia de saber leer. Y el otro que leía, en Cáceres, era el Diego.

Qué no daría, el observador antiguo, por verlo salir como el inglés. Revoleando un bastón y un bigotito, de levita y bombín, caminando diez y diez con zapatos enormes. Pero el Charly, terco, atravesó la puerta automática todo de marrón, mostrando el calzón. Dejó la mochila en el piso, entregó los cartones de Benson y John Player Special. Y lloró desconsolado en el hombro del Dieguito, mentor y anfitrión. Pidiendo disculpas, por no ser mejor.

CONQUISTA

Jamás ibas a verla de pollera. Pantalones holgados, tapizados de bolsillos enormes. Championes chiquitos, negros, que se apoyan plano, por el pie plano, nomás. Melenita garçonnier, mirada radiante, irrumpe a los corredores de Heathrow arrastrando rapidito la valijita con ruedas, carry on.

Silvia, más corpulenta, venía del otro lado y carísimo, pero con los gastos pagos. Se partía de buena, la Silvia, con su sonrisa radiante, su cabeza de bocha, su andar infantil. Amante de la buena mesa, jamás ibas a verla de pollera. Pantalones holgados, tapizados de bolsillos enormes, llenos de mapas, guías, y un Molesquine modelo Ernest Hemingway. Championes chiquitos, negros, que se apoyan plano, por el pie plano, nomás. Melenita garçonnier, mirada radiante, irrumpe a los corredores de Heathrow arrastrando rapidito la valijita con ruedas, carry on.

El viejo, por su parte, se preparó con tiempo. Era sábado, no trabajaba. Se levantó despacio, remoloneando, saboreando cada segundo la ausencia de la lezna, el suave silencio del día libre del joputa.


CONTINUARA

domingo, 30 de octubre de 2011

En automático

Breton no leyó, seguramente, a Montaigne. Aunque hay otras dos posibilidades. La primera y más probable es que estoy mal informado. La segunda, es que el muy ingrato no citó autoría. No sería raro. Ayn Rand lo hizo con Hayek, y el payaso de Monzó lo hizo conmigo. Sí, sí, conmigo, con el pobre muchacho que esto escribe, no tan morocho como el morocho.

Escritura automática... ¡Vamos! Es simplemente dejarse llevar, como hizo Montaigne hace más de cuatro siglos. Acallar a la vergüenza, y al pudor. Dejar que los párrafos vengan a mí. ¡Andresito Breton! ¡Armandito Vasseur! Tráeme al pollo que quieras.  Breton, Cervantes, el que te parezca. Te corro con Montaigne (léase con fonética castellana). Y te doy diez cuerpos de ventaja.

No es por eso

Según cuenta Dawkins, un obispo a todo trapo, con tiara y callado y púrpura y gorrito, comentaba del ridículo de ciertas creencias africanas de que algunas de sus mujeres se transformaban en brujas y volaban en la noche. Habrase visto...
Y está la contracara, también, como muy bien lo pone Dolina. Está ese ejército de ingenuos que dice que para hacer algo bueno de verdad hay que estar chalado. El radiólogo de la madrugada hace hincapié en el sufrimiento, planteando que el que quiere ser artista debe sufrir, y estableciendo el destrato y el rechazo social como parte de un recomendable entrenamiento. Se detiene en el homosexualismo, también, terminando con esta fabulosa advertencia: cualquier Mansfloro se cree que es Oscar Wilde (NOTA: Nótese la ese de Mansfloro, versión aporteñada y arrabalera). Lo que dice el maestro, señoritas, es que Oscar Wilde era grande porque era grande, no porque era maricón. Del mismo modo que Charlie Parker era Charlie Parker porque era Charlie Parker, y no porque se reventara los brazos, el hígado y los dientes con esa aberración que llamamos, irónicamente, heroína.

Majareta

Loco estás si estás jodido. Si estás pasándola bien: ¿qué carajo importa si oyes voces o ves a dios? Y es gracioso ver cómo gente cuerda y partida al medio se esmera en cambiar a otros, que ellos consideran locos, y que la pasan bien. Parece que vinieran de la mano: cuanto más minúsculo, cuanto menos agraciado y más infeliz, más propenso es el ciudadano a dar consejos y a señalar con el dedo.

Quien quiera una expresión viviente de esta tan difundida y nefasta forma de ser perro del hortelano, puede departir con el Pocho. Les recomiendo que se pongan el chaleco de plomo, y que aún así no se expongan a esa nefasta radiación más que un tiempo moderadamente prudencial. Ese desesperado, patético afán de enseñarle a los demás a vivir, cuando su situación personal pende de un hilo. Claro que el Pocho no es el único caso. Lo que digo es que no hay peor. Tan ocurrente, Lacalle afirma que el no es más blanco que nadie, pero nadie es más blanco que él. La situación del Pocho es similar: él no es más carcamán que nadie, pero nadie es más carcamán que él.

No caigamos en el Pocho, al menos todavía. Todos sabemos que el Pocho es un caso extremo, y que los extremos son malos. Menos caricaturesco aunque igual de significativo es el contenido del examen sicológico previo al curso de piloto civil. Nos remontamos ahora a unos veinte años atrás, como siempre.

En aquella época, el curso de piloto estaba subvencionado. Resabio tal vez, atavismo quizá, de una época en que volar era bien visto. En un país en que uno de los medios más eficaces de esquilmar al contribuyente es el precio del combustible, el consumo de nafta de avión para aprender a volar avionetas no pagaba impuestos. Dejando de lado cuestionamientos filosóficos, y teniendo en la enorme lista de aspiraciones el afán de volar, aproveché la volada y me anoté en un aeroclub del aeródromo de Mellila, en las afueras de la ciudad. Pero, mis amigos, nada es gratis. Para calificar para tal beneficio uno debía someterse a la vejación de hacerse tomografías, pruebas auditivas y tests de aptitud física y mental. Haciendo gala de una profunda honestidad intelectual, fui a la mutualista, pedí hora con un médico, y le expliqué a la señora, sin tapujo alguno, que necesitaba ese completo y carísimo electroencefalograma porque quería hacer el curso de piloto. Ni corta ni perezosa, la señora exhibió su gran generosidad y me indicó el examen, por el que pagué tan sólo el ticket de atención. Generosísima, comprensivísima la señora, ya que no podía desconocer que la mutualista estaba fundida ya por aquellos tiempos. Y visionaria también, ya que sigue fundida hoy, y vivita y coleando. “¡Qué le hace una raya más al tigre!”, seguramente pensó, la señora. Y quién puede negarle razón, a la luz de los acontecimientos. La mutualista pagó el electro, entonces, como luego el estado pagó la mitad del precio de la nafta, además de pagar una larga lista de refinanciaciones y condonaciones a mi mutualista, y a todas las demás. Moraleja: nunca subestimes la capacidad contributiva del ciudadano cornudo.

Hechos los análisis físicos del cuerpo y la mente, el comité determinó que yo tenía un cuerpo sano. Para ver si en él había, también, una mente sana, tuve que contestar un cuestionario escrito la mar de gracioso.

“¿Qué edad tiene?” “28” “¿De dónde es?” “Montevideo” “¿Usted oye voces en su cabeza?” “No” “¿Profesión?” “Contador” “¿Estado civil?” “Soltero” “¿Oye voces? ¿Qué le dicen?” “No oigo voces”. Y así sucesivamente. Cada dos o tres preguntas, el asunto de las voces. 

Tal vez fuera para verificar el nivel de estupidez. No para indagar sobre alucinaciones auditivas, sino para ver si el aspirante era suficientemente idiota como para reconocerlo. La teoría del interrogado que se pisa el palito, como vimos tantas veces en Londres. Te van a dar infinitas oportunidades de pisarte el palito. Si hay algún idiota consumado, lo van a descartar, como descartan a los tarados en los aeropuertos. “¿Lleva usted una bomba en su equipaje?” Siempre hay algún bromista que contesta que sí, y permite que un número importante de verdugos de variados tamaños haga su trabajo, o lo justifique.

Reconozco que no es demasiado claro el hilo conductor que lleva al cuestionario del curso de piloto. Pero, no obstante, sí creo que hay un vínculo, y que ese vínculo ha sido puesto de manifiesto de manera más o menos satisfactoria. Vino a través del Pocho, y de su afán de ser maestro de vida cuando su propia vida es un despojo. 
Los creadores del examen para el curso de piloto de avionetas están buscando locos de una manera arbitraria, deshonesta, y muy poco efectiva. Tal vez llegamos al tema del cuestionario buscando una definición de loco, o de locura. Para el tribunal de lo contencioso a la conducción de aviones ligeros, la definición de loco se acerca mucho a la de estúpido. ¿Cuándo eres loco? Cuando reconoces que oyes voces. Si oyes voces, y no lo reconoces, no hay problema. 

Lógico: estos señores son profesionales de la sique. Este sanedrín de psicólogos y psiquiatras sabe mucho más que este humilde escriba. Con todas esas credenciales, tal vez sepan que el que está loco como para oír voces, es siempre también tan estúpido como para reconocerlo en sus respuestas a un cuestionario escrito. Tal vez las excepciones como yo sean pocas, o simplemente intrascendentes. Quiero decir: uno que oye voces con la debida gravedad, siempre va a ser taradazo, y lo va a reconocer en el cuestionario, negándose a sí mismo la posibilidad de hacer lo que está queriendo hacer. Uno que oye algo cada tanto, u oyó algo alguna vez, tiene las reservas suficientes como para callarse la boca, y eso por sí solo garantiza que no está tan loco que no pueda manejar una avioneta. Lo mismo para el que consume medicamentos sicoactivos, como tranquilizantes. Me imagino que el que toma una cantidad suficiente se habrá vuelto imbécil como para reconocerlo en el cuestionario y cerrarse así la puerta, él mismo. El que toma Lexotan y lo niega, ése es apto. Resalto un aspecto: vean cómo caímos, sin proponérnoslo, de nuevo en el tema de la verdad.

Que, como ya dijimos, no es el tema. El tema era y sigue siendo la locura. El muerto vivo, el exgordo, el Cabecita, el Pocho... La lista puede seguir y seguir, y puede envolverte en cualquier momento. Así que vamos a dejarla por acá, por ahora.

Vale la pena, sí, volver sobre una recomendación: escribe cuanta gansada quieras, pero no te aísles. La locura real, inhabilitante, está muchas veces ligada al aislamiento. Veamos si somos capaces de tratar con otros catalizadores, otros gatillos, otros incentivos para la debilidad mental.

Otro que también mencionamos es la bebida. Personalmente no creo que sea de los más determinantes. La cocaína: por supuesto. Pero la bebida, para mí, es más bien un desencadenante de la inacción, un potente motor del quedarse quieto. No hagas nada, tómate un whisky que se te pasa todo, y cuando te sientas un poco mal no hagas nada más que tomarte otro whisky, y así sigues quietito y la vida se te va. Nada más ni nada menos que eso: el whisky no te enoquece, sino que te maniata.

¡Huy sí! ... Seguro, ya te oigo decir que hay una larguísima lista de borrachos que consiguieron expresarse, que lograron el súmmum de lo que puede esperarse de la vida, que trascendieron, dejaron una huella, hicieron algo importante. Así, son considerarlo mucho, se me ocurren Bucowski y Churchill. No te niego razón, pero sostengo que lo que dices es una estupidez. Mi opinión es la misma que para Charlie Parker con la heroína o Wilde con la dilatación anal. Esos fenomenales son tan fenomenales que lo son a pesar de esos obstáculos. Como decía Onetti de Arlt: es grande no por su preciosismo, sino a pesar de él.
Onetti blanco y negro maquina de escribir muchos papeles humo dado vuelta para mirar a la camara

Pero hay un elemento del ser majareta que tal vez sea enormemente más relevante que éstos. También lo hemos mencionado. Te lo digo, por si no lo recuerdas: el cerebro es un simulador. Venimos equipados con una Ferrari, y sin saber manejar. Imagina qué pasaría si te dieran una Ferrari, y lo más que has conducido en tu vida es un escarabajo. Imagina que te pongan a dirigir una avioneta, cuando sólo has manejado autos. Eso somos los humanos. Si ser mal de la cabeza es ser incapaz de manejar adecuadamente el cerebro, los humanos somos dementes por naturaleza, y por tanto debemos asumir la locura, y por ende perderle del todo el miedo. Fíjense que la locura tal vez sea, en realidad, el miedo a ser considerado loco. O a perder las riendas del todo.

La vida eterna

Hay fundamentos de peso para sostener que el cerebro humano es la cúspide de la vida en este hermoso planeta azul. De unos bichitos ultramicroscópicos capaces de crear copias de sí mismos, se llegó a menos de un quilo y medio de bichitos con filamentos, capaces de proveer conciencia. La simple vida es un milagro. El mero surgimiento de esos aparatitos autocopiativos es indescriptiblemente asombroso. De ahi a los organismos, y luego a los altos mamíferos, y luego al mono sin pelo que sabe que existe.

La única forma de describir esta acumulación natural de milagros es con la acumulación de infinitos sucesivos de Cantor. Ya un infinito te saca de cuadro. Y bueno, al que no le gusta la sopa, dos platos. Encima de ese infinitito perturbador, te ponen infinitos de infinitos. Así es la vida. No, no te estoy diciendo que qué le vas a hacer. Te digo que pienses que la vida, la estructura de la vida, es como una estructura de infinitos, y encima crecientes.

Hablemos de los bichitos. Nadie sabe bien cómo ni de dónde salieron. En una sopita caliente primigenia, con condiciones químicas y físicas muy particulares, parece ser que alguna de las piedritas infinitesimales que había consiguió hacer una copia de sí misma.

Sin entrar en otros aspectos, hay aquí una pregunta para la ciencia dominante. Armado con la lectura de algunos libros, la visita de algunos sitios, y el recuerdo de un número mucho mayor de programas documentales de TV, me apresto a tomar por asalto al establishment.

Fíjense que parece ser que la vida surgió por mera chance, y que surgió de manera única. El cuento que el lego oye es que apareció un bichito que fue capaz de replicarse, y que de ese bichito surgió el enorme árbol de la vida. Con la mayor humildad debo encajarles en el mentón que eso no parece muy plausible. Si las condiciones estaban dadas, seguramente apareció un sinnúmero de bichitos autorreplicantes. Si rastreáramos el origen del ADN (o el ARN, o lo que fuera que los precedió), si fuéramos capaces de llegar al punto número uno de la evolución de la vida, nos encontraríamos con un número enorme de números unos. Si los cálculos no me fallan, debe haber infinitos puntos de partida de la vida. De la misma forma que el jazz surgió espontáneamente a todo lo largo y ancho de la costa este de USA, sin que sea posible determinar exactamente dónde. Igual que el tango no surgió ni en Buenos Aires ni en Montevideo, sino en todos los arrabales de los dos puertos del Río de la Plata, y en ninguno.

Las condiciones estaban dadas, y explotó la vida. Dentro de un marco similar, surgieron espontáneamente innúmeras formas de la misma vida. Con igual estructura, igual mecanismo, pero individualmente diferentes. Todas potenciales precursoras del ADN, y cada una con su esencia especial, su estilo particular, su sabor único.

Con esta premisa, analicemos el árbol de la vida. El hermosísimo poster, tanto en su versión decimonónica como en presentaciones más modernas, muestra mamíferos, insectos, plantas, protozoarios, tal vez virus. Y todos ellos confluyen en un origen único, en el tronco de la vida. De ser cierto, esto podría implicar que sólo uno de los replicantes primigenios tuvo éxito. Y, por supuesto, también que todos los demás desaparecieron sin dejar rastro. Coincidirán en que esto es altamente improbable.

Intentemos recorrer el camino en dirección inversa. Tenemos un caldo en el que pululan innumerables replicantes diferentes, surgidos espontáneamente y de variedad prácticamente infinita. En algún punto, algunos de ellos se asociaron, y empezaron a reproducirse juntos. Tal vez podamos afirmar que de esa asociación surge el gene, y luego el ADN, en tanto entidad múltiple.

Tal vez haya llegado a una respuesta. Tal vez mejore el insomnio. Tal vez, por una vez, este ejercicio ha sido fértil, y una pequeña respuesta para una de las pequeñas preguntas ha aparecido. Lo que el amigo Darwin explica es la evolución de los seres celulares. A partir del surgimiento de la célula, el proceso que el genial y canoso inglés denomina “la evolución natural de las especies” determina ese árbol de la vida que vemos en las paredes de los laboratorios y en los textos de biología. Sí parece plausible que la célula como tal haya surgido de manera única. Sí es entendible la afirmación de que la primera célula puede rastrearse, de que el tan fotogénico “árbol de la vida” tiene un punto único del que parte, o en el que todas sus partes confluyen: el primer ser unicelular. La aparición de la célula es un hito portentoso en la evolución de la vida. Tan portentoso como el cerebro humano.

Señores, por favor no pierdan de vista que esto tan solo nos permite respirar un poco mejor. Nos saca, sí, un peso de encima, pero no resuelve el problema del origen de la vida. Tal vez por un error de los científicos, tal vez por una metida de pata de los vulgarizadores, la percepción del vulgo es que la vida surgió de manera única. Y eso, pequeño Adam, no es verdad. Si nos ponemos a pensar, hasta un cierto tufillo creacionista puede tener. Vino un señor bajito, ojón y verde, pariente del cabezón, y depositó un juguetito ultramicroscópico en un charco tibio. Y volvió a irse en su nave, a la velocidad de la luz.
Los humanos somos difíciles de convencer. Nos enamoramos de nuestras opiniones. Del concepto de la tierra como centro, pasamos a otro mejor, pero igualmente enormemente equivocado. El sol como centro aparece hoy sólo un poquitito menos patético que el geocentrismo.

Tal vez con la teoría de la evolución y la búsqueda del origen de la vida pase algo parecido. Deslumbrados con el elegantísimo hallazgo del barbudo, nos dejamos llevar y creemos que explica el origen de la vida. Explica la friolera de la evolución de la vida celular, compleja, si te gusta el calificativo. Pero no el origen de la vida. Tal vez tenga la suerte de encontrarme con algo o alguien que busca identificar replicantes primigenios. Tal vez esto se vea en los bichitos que son puro ADN, puro polímero, como los virus. Tal vez haya que buscar el ADN más cortito. Quién te dice, tal vez aparezca un organismo unigénico. Seres unicelulares hay a patadas. Me gustaría ver si hay algún ser que tenga un solo gene. Más que eso: que sea un solo gene. Que no sea otra cosa que un gene, solito en este mundo cruel.

Un paseíto rápido por la autopista nos indica que, en el mundo de los expertos, el término unigénico se usa para describir características que provienen de un solo gene. El término se usa en el marco del estudio de las expresiones de los genes, y no de los genes en sí. Este, es mi escrito, y uso las palabras como quiero. No me parece mal que los que estudian el cáncer y la levadura le den esa acepción. Exijo, eso sí, reciprocidad. Mi acepción es tan buena como la suya (la de ellos, no la de usted). Debo reconocer que también hay quien usa la expresión en el mismo sentido que el suscrito, aunque en un entorno diferente. Hablan de un conepto muy interesante: cromosomas unigénicos.

Tal vez no expliquemos nunca cómo surgió la vida. Hay que reconstruir las condiciones que había en la tierra hace cinco mil millones de años. Como bien dice Goedel, lo cierto es más que lo que se puede probar. Puedes hincarle el diente, si quieres, al problema del 3x+1, propuesto por Hofstadter a este respecto.

Que no pueda comprobarse no significa que no sea cierto. Y tampoco que haya que hacerle lugar a la mano de dios, o de Maradona, o del cabecita. Es probable que las condiciones en que surgió la vida en la tierra sean irreproducibles sempiternamente. Tal vez hasta sea más fácil encontrar un planeta que esté justo en esas condiciones y usarlo como escenario de nuestros experimentos. Tal vez despertemos la vida allí, como tal vez la despertó el primo del cabezón en este bendito planeta azul.

Un mínimo de complejidad

El inicio de la vida puede haber sido cualquier cosa. Como se dice por ahí, puede haber sido algún químico que hoy no existe. ¿Qué les parece si bajamos las pretensiones? Siendo menos ambiciosos, podríamos enfocarnos en el paso anterior al actual. Algo así es lo que hacen Szathmary et all con respecto a la célula, en el trabajo que tuvimos la suerte de encontrarnos en nuestro último paseo por la red. El húngaro y sus acólitos (acólito él, a su vez, de Ganti, el magnífico) busca la “precélula”. Nosotros podríamos apuntar a la “prebase”, o el “pregene”.

Es indudable que la evolución a la Darwin es una excelente premisa. Se llega a una determinada situación en base a pequeños cambios con respecto a una situación anterior, por errores de copiado que resultan tener una ventaja competitiva. Lo normal es que esos cambios sean menores, bien localizados dentro de un universo casi infinito de características. El color de los ojos, el tamaño de la mandíbula. Pero la acción de la selección natural se torna más y más difícil de aplicar, cuanto más simple es el individuo o la especie afectada. La evolución del elefante enano desde un elefante normal que se vio atrapado en una isla es claramente visible. ¿Qué pasa, no obstante, si hablamos de un replicante muy simple?
El replicante primigenio tiene que haber sido el más simple. El más simple que podemos imaginar es la conjunción de dos elementos. Al separarse, cada uno de ellos se vuelve a juntar con otro, y así se replica. A no puede transformarse en él más otro A. AB, por el contrario, sí puede transformarse en dos AB. El AB inicial se desmembra, y tenemos un A y un B. Luego el A se aparea con un nuevo B, y el B con un nuevo A.
La selección natural no parece poder operar en nuestro replicante incausado, al menos sin matarlo en tanto tal. Enfatizo, para los disidentes, que nuestros A y B son elementos inmutables. Si fueran complejos y como tal variables, no estaríamos en nuestro caso teórico sino en otro menos simple. AB, para cambiar, sólo puede desaparecer como tal, y volver a ser A y B, entidades separadas. Se requiere de un mínimo de complejidad para que la evolución del barbudo sea aplicable. Tal vez esa complejidad mínima sea un compendio de tres elementos. El replicante ABC puede pasar a ser ABD, y de ABD podemos decir que es una evolución de ABC. Que sigue siendo ABC, aunque modificado. Nuestro último replicante puede cambiar de igual forma, volviéndose AED. Y éste, a su vez, puede transformarse en FED, que permite pícaras asociaciones financieras en sus pequeñas mentes. Lo relevante no es encontrar siglas conocidas, sino el hecho de que el nuevo replicante no tiene nada del original, y sin embargo sigue siéndolo, evolucionado.

En la situación actual, el elemento más básico que hallamos es NCNCCC, que algunos llaman pirimidina. Podríamos decir que es lo que tienen en común las bases adenina, guanina, timina y citosina. El desafío está en encontrar un precursor para esta araña de seis patas.

El dilema del huevo y la gallina no es tal. Es evidente que lo que estuvo primero fue la gallina, ya que la gallina produce al huevo. En algún momento la gallina desarrolló la habilidad de metabolizar un huevo. En aquellos tiempos la gallina era distinta de lo que es hoy, pero era indudablemente la gallina.
La naturaleza y la matemática están plagadas de estos círculos viciosos. Son los famosos “eternos rulos” de Hofstadter. Uno de ellos es el ADN. El ADN se compone de cuatro bases, que son variaciones de un mismo tema. El tema se llama primidina, y es un hexágono de cuatro carbonos y dos nitrógenos, con la presentación NCNCCC. Esta presentación es circular. Como dijimos, es un hexágono. Podría empezar en cualquiera de las letras.

Miedo

Me he estado planteando una forma más radical de intentar escribir. Sentarme horas y horas frente al teclado, como hacía Nicholson. Jack Nicholson, dicen, se sentaba hasta 18 horas frente a una máquina de escribir, tratando de encontrar un guión como la gente. Tal vez es por eso el pequeño pánico ante la idea. Como el que sentía Juan Bigote Brian al pensar en dejar de fumar. El mío, de abandonar el vicio de la postergación, de la procrastination.

El miedo puede ser, también, miedo al miedo escénico. Sentarte ante la pantalla en blanco te da miedo escénico, como jugar al tenis. Y el miedo escénico es muy desagradable, física y mentalmente. El miedo escénico tal vez sea de origen genético. Tal vez haya personas que tienen la virtud de que no se les desenchufa el cerebro cuando se ponen a jugar un partido de tenis. Tal vez ésos sean los buenos soldados. El alelo del guerrero. El tipo que no pierde la calma en el fragor de la batalla. Tal vez me engaño, pero no estoy tan seguro de que ése sea mi problema. Me da por pensar que en el frente de batalla me manejaría bastante bien. Aunque debe ser un error, teniendo en cuenta que en el Paintball tenía la misma parálisis cerebral que jugando al tenis, o al rugby, o al fútbol, o al básquebol, o a cualquier deporte de competencia. Sea como sea, tal vez no es el mismo alelo que para sobrevivir en un accidente de avión como el de los Andes, o para no ahogarse en un naufragio. De nuevo, creo que en esos dos andaría bastante bien. Creo que el mismo Pocho andaría bastante bien en un baile así, mirá lo que te digo.

Una forma menor de postergación es ponerse a leer lo que ya se ha escrito. Tal vez un segundo recurso del miedo, del enano que está escondido adentro de nuestra cabeza y nos boicotea. Le ganaste la de sentarte, pero todavía tiene el recurso de hacerte ponerte a leer los textos que ya escribiste, interminablemente.

El miedo a abandonar el vicio es miedo al éxito. Esto puede no ser más que una frasecita que suena bien, que me la dijo por primera vez Pino en el Cadore, y que fue motivo de conversaciones con Juan Lafitte, mi flamante profesor de tenis de la Asociación Cristiana Femenina (ACF). La frasecita eufónica esconde, tal vez, otra cosa. El miedo es, tal vez, al vacío, ese vacío que la naturaleza odia. ¿Qué vamos a hacer cuando no tengamos esa parálisis, esa postergación, ese quedarse ensoñando, viendo productos excelentes en la mente, excelentes en tanto no se concretan? ¿Qué vamos a hacer con todo ese tiempo?

El temor es temor al tiempo. Al tiempo libre, quiero decir. Temor a tomar decisiones.

Oportunidad

La oportunidad es rara para el artista. La oportunidad consiste en que otro artista considere bueno tu trabajo, y te lo diga. Eso es una rareza. No se necesita ser mezquino para que eso te resulte muy difícil. Y acordemos que la mayoría de los humanos son mezquinos, y por deducción la mayoría de los artistas. Así que, que un crítico o editor o profesor de música te diga que eres bueno, que lo que hiciste vale, significa muchísimo. Si te lo dice de costado, a regañadientes, o de mala gana, eso no cambia la cosa. Tal vez lo contrario: cuando más de mala gana, más le molesta, y por ende más sincero es. Si te estuviera mintiendo, te lo diría con alegría, radiante.

Parálisis

La sensación de tener mil cosas que escribir y no escribirlas viene porque uno no escribe lo suficiente. Si no, nos pasaría como a Bubba, el compañero de Forrest Gump. El tipo habló y habló y habló de sus camarones, de los tipos y las formas de pescarlos y las maneras de cocinarlos. Días enteros le dio y le dio a la matraca, y un día, miró para arriba, hizo una pausa, y, sorprendido, dijo hasta aquí llegué, eso es todo, hasta aquí las noticias.
Bubba y Forrest se saludan en el omnibus en blanco y negro

Parálisis por análisis, dice Juan Lafitte. Flujo laminar, dice Silvia. Las cosas se agolpan en la mente, queriendo pasar todas juntas, con la consecuencia de que no pasa ninguna. De tanto pensar, rumiar, considerar escenarios, uno no hace. Pero tal vez esas no son más que excusas, y lo que falta es trabajo. Calentar la silla lo suficiente, golpear las teclas cuanto sea necesario, hora tras hora. Ahi vas a ver que sale. Después, darle un orden es un problema menor. El problema clásico del escritor es que no tiene qué escribir. Tener demasiado para escribir no debería ser problema, como de ninguna manera debería resultar un problema para un comercio tener demasiada demanda.

Lucidez

Bajo el efecto de la cocaína el asunto se potencia, claro. Pero no es necesario haber hundido el hocico en un bols lleno del talquito de los infelices para que lo que uno piensa parezca más de lo que es.


Si uno ya es, como todos, naturalmente imbécil, es innombrable cuan mentecato se vuelve después de empolvarse la nariz del lado de adentro. Recordarán, seguramente, al J., alias Cabecita. Tanto como yo, el J. carga con la vergüenza de haber compartido muchas horas de su vida con una banda de pelmazos girando en torno al polvo refinado de la hoja de coca, que algunos llaman, allá en el sur, merca, entre otros alias. La banda se reunía en el Chevrolet, boliche que hoy, claro está, no existe. Me gustaría mucho tener presente cuál fue la primera vez que fui, o quién me llevó, o quién me lo presentó. Circulaba solo y de noche, por aquellos tiempos, así que existe la posibilidad de que, simplemente, haya pasado por la puerta y me haya fascinado el medio Chevy colgando sobre la puerta principal, amagando caerte encima, tratando de echarte. Me lo mencionó, quizá, algún sibarita recorredor de restoranes, catador de tiras y vinos. Recuerdo haber ido con la Nani, aquella vieja a la que le cambié el nombre porque Nancy resultaba muy de vieja, a la vez que de pésimo gusto. Con lo que queda claro que el Chevrolet es posterior a la Nani, y a mi examigo Ortega. Haya comenzado cuando haya comenzado, hubo un período Chevrolet, que incluía cocaína y, peor aún, cocainómanos. He conocido mucha gente jodida, debo reconocer. Pero pocos más chiquitos y abyectos que los amigos del polvito. Si tienen, no quieren a nadie. Si no tienen, adulan hasta al más desagradable. Augusto, uno de los dueños del restorán, y quizá el mejor RRPP que haya conocido (después de mi hermano, claro está), perdió el boliche, los amigos, la mujer y los hijos a lomos de ese químico en polvo. El Chino, sagaz parrillero, la llamaba “la venganza del Inca”. Una vez, con el restorán ya cerrado, Agus (éramos amigos) me dio bastante, tal vez tratando de volverme como él. Y salí yo, de madrugada, solito en mi Volkswagen del 79, para casa, galopando toda esa mierda. Venía convencido de que estaba resolviendo, de forma elegantísima, el dilema de las formas geométricas que se hibridizan. Todas las dudas quedaban disipadas. Yo era un genio de la geometría espacial, y el juguete de tetraedros, rombos y conos estaba quedando terminado, finalmente.


Con un mínimo de vergüenza aún, recuerdo hacer enormes esfuerzos para no comentarme en voz alta, solito en el auto, en el semáforo de Bulevar y Avenida Italia, viendo el Hospital Italiano a mi derecha y la terminal de Tres Cruces a la izquierda. Llegué a casa, allá en La Unión, y no podía dormir. Y por varios días sentí que me tragaba la campanilla. Se me inflamó y estiró una barbaridad, y no volvió a su lugar sino varios días después.

Esa es la historia de la cocaína, y de cómo el cerebro agranda las cosas. Tengo la suerte de que nunca me gustó. Y mucho menos los coqueros.

Sintaxis y sinapsis

Las ciencias del cerebro y de la biología molecular encierran, tal vez, formas presentes del oscurantismo prerrenacentista. Los dueños de la información no se la muestran a nadie, o al menos no la hacen suficientemente pública. El nivel de conocimiento reconocido por el público es muy diferente del real; a veces mayor, a veces menor. En ambos casos, la distorsión tiene por objetivo que el conocimiento sea mantenido entre unos pocos. Así dice, al menos, Yehouda Harpaz, especulando sobre la conciencia en tanto fenómeno biológico, no moral.


El problema de la conciencia parece inabarcablemente enorme. Tal vez simplifique hablar de memoria en sentido amplio. Tal vez, digo, porque es posible que esto no sea más que un juego semántico. Tal vez el almacenamiento de datos (y su recuperación) sea tan crucial para el pensamiento que tratarlo como subdivisión no ayude casi. Al igual que en el análisis del origen de la vida, nos encontramos con un número infinito de infinitos. Ver, oír, o en general el manejo de elementos sensoriales, es en sí un cúmulo de casos. El idioma sería otro. Aunque, pensándolo bien, si lo comparamos con el proceso de ver e interpretar lo visto, tal vez el idioma sea un infinito mucho menor, aún en los políglotas. Tal vez sea por eso que se usa el idioma como vehículo para entender la mente. Es lo que hace la neurolingüística, llamada también sicolingüística, con o sin pe. Me veo tentado a salir corriendo a comprar “La asombrosa hipótesis”, del gran Francis Delano Crick. Al que llamaban por su segundo nombre, y por tanto resultaba dificilísimo saludarlo. “¿Cómo le va, Delano?”. No funciona. “¿Qué me cuenta, Delano?”. Tampoco.


Es realmente triste. Aspiramos a conocer los profundos secretos de nuestra mente y del origen de la vida, y nos vemos atrapados en chistes fáciles, de corte adolescente.


Sea como sea, es evidente que la forma de hablar de una persona refleja su forma de pensar. Los errores sintácticos son una clara expresión de las falencias sinápticas de quien los articula. Bueno, siendo menos pedantes o menos duros, digamos que refleja su tipo de conexiones cerebrales. Asumiendo, claro, que sus conexiones simbólicas equivalen a conexiones neuronales.


El Edi es un caso claro, aunque tenemos uno mucho más cercano y presente para analizar. Silvia es, a todas luces, un caso aparte. Mucho más que un capítulo aparte, esta hermosa dama es una novela aparte.

viernes, 28 de octubre de 2011

RECUERDAME

Recuérdame. Mi mejor vez. Darnauchans el Darno, mal llamado Dardo por algún iconoclasta. “¡Buena Darno, buena Darno!”, grita la hinchada en el tugurio de Avenida Brasil y Cavia. El cómico espera el silencio y hace su aporte: “¡Buenísima, Dardo!”. Y los amigos se lo festejan, allí, al día siguiente, y veinte años después, cuando Dardo ya se murió.


Ya diez años antes había que aguantarlo dando lástima en Amarcord. Con una pila de libros y un cigarrillo de funámbula ceniza. Intentando desesperado derramar sabiduría, con manos chicas e inestables. Sobre gente que, ya a esa altura, lo consideraba un pelmazo. “¡Qué grande el Darno!”, y quedaba solo en la mesa del rincón, rídiculo, pasando de libro en libro, haciéndose echar a la hora de cerrar.


Eduardo Darnauchans blanco y negro barba cigarrillo
Dardo tuvo un velorio con honores de secretario de estado, o al menos su equivalente en el mundo solidario y combativo de la cultura. Plagado de discursos, apologías, ampulosas declaraciones de respeto y amistad. En fila se sucedían, estampaban su nombre en la copiosa lista de oradores. Para gritar (y para registrar que gritaron), desde lo más profundo de sus corazones, que Eduardo Darnauchans, el Dardo, era una gran figura. Un hombre íntegro, comprometido con su arte y su parte, y su botella. Nada dado a su mujer ni sus hijos, pero esa parte no venía al caso. Un poeta cabal, de profunda sensibilidad social, luchando desde su estética trinchera contra la desigualdad, para que todos tengan vivienda digna y gratis, para que el taxi sea de quien lo trabaja. Dardo, señores, es y será una estrella en la constelación de las supernovas, un referente ineludible de la noche y el arte montevideanos, uruguayos, rioplatenses, sí señor, inclusive por qué no, del orbe mundial. Algo así como el Boris Vian del sur.


Descafeinada y triste versión, incapaz de imaginar, siquiera, un nombre como Escupiré sobre sus Tumbas. Que no tocaba ni la guitarra, mucho menos la trompeta. Que no tenía voz, ni qué decir de voto. Que no escribía novelas, ni policiales ni de las otras. Pero que sí embocó un par de poemas, y los cantaba bien y de lentes oscuros. Y que murió, también, sobre los cuarenta, con la cara hinchada y lunar. Prematuramente cansado. Con el ánimo vacío, tres veces vacío. Confirmado en su enorme hueco, que ya ni retumbaba. La flor, la flor. Si es que hubo flor.


Carrara estaba ahí. Calladito, solo, fumando con manos tembleques, con dedos palo de tambor y color nicotina. Triste, opaco, con caspa, y con la frente marchita y rajada en diagonal. Caído en su traje de mil dólares como en una bolsa de arpillera, hizo acopio de lo que le quedaba y arrancó en taxi. No tenía libreta, pero eso era lo de menos. Optó por el taxi porque no quería chocar más. Esa era la definición más simple: se había quedado sin ganas. No había tomado su última copa, todavía, pero había tenido su último choque. Los cinco puntos en la frente hablaban por él.


Recorrió la concurrencia entera, para adelante y para atrás. Y para qué. Nunca, nadie, en ningún momento, se apareció. Ni una sola de estas caritas pasó por la casa de campo. Por suerte ya se murió, podemos arrancar con los ditirambos. La tele filma, y los caranchos se cagan a codazos para cantarle las loas. Pero ni se enteraron de que se moría. Eran los dos, nomás, cumpliendo el trámite. Carrara y el Dardo, en el hospital campestre.


La madre le preparó la mochila. El hermano lo vino a buscar, temprano. Tomaron café en silencio, en el balcón. Carrara revisaba con los ojos la instalación eléctrica. Los cables iban por afuera de la pared, de la llave a la bombita. “Quién te dice”, pensaba. “Un día de éstos, puede ser que la arregle”. En el ascensor, Carrara tocó el botón del subsuelo. El hermano corrigió inmediatamente: planta baja. Claro, el 2002 iba a quedar quietito en el garage. El hermano manejó su aburrido Volkswagen despacio, como debe ser. Paró en todos los semáforos en rojo, hasta que llegó a los accesos. Ahí subió a noventa, como es debido, hasta llegar al puente del Santa Lucía. Cruzó a San José, y entró poquito antes de Rincón de la Bolsa, casi bordeando el río. Carrara veía los yates en los muellecitos privados. Suspiró.


De afuera no parecía gran cosa. Ya adentro, Carrara confirmó que las instalaciones no se parecían en nada a un hotel. Un cuarto largo, casi un corredor. Cama tras cama de los dos lados, separadas por ventanas. La butifarra le señaló un catre con el mentón, y un roperito con el dedo. Resignado, parsimonioso, Carrara deshizo la mochila, se desvistió, y se puso el piyamita celeste que lo esperaba, paciente, sobre la colchita blanca. Se sentó, y vió los lentes negros sobre la mesa de luz. Unos Ray-Ban grandes, cuadrados, con el marco grueso y negro y los lentes (las lentes) de un verde opaco, negruzco también, peor que petróleo. Los mismos Ray-Ban que usaba su mamá. Los que gasta en la foto de familia feliz de la mesita del living del apartamento: mamá y los cuatro nenes entre las plantas, en el jardín. Papá no está. Sacó la foto. Al lado de los lentes, dos libros apilados. Poesías de Miguel Hernández. Y luego una cara grande que duerme, toda marcada de acné. Estiró el brazo lentamente hacia los libros. “No hagas ruido y apagá la luz, que estoy durmiendo”, dijo el caripela abriendo un ojo. “Y dejá los libros quietos, que son p´al que los sabe usar”. Sorprendido, Carrara reconoció su carcajada juguetona, más grito que risa. “Andá a cagar”, le dijo, y se tiró sobre la colcha, con las manos en la nuca. “¿Sabés leer?”. Carrara siguió mirando el techo, gritando su risa.


Carrara leía, cómo no. Mal, a juicio de algunos. Por prejuiciosos, claro. Al oír Stephen King, Morris West, Sidney Sheldon, el carucha asentía, circunspecto. “Artesanos de la literatura”, acotó. “Son ésos los que tenés que leer si querés escribir novelas. Esos son los que te muestran lo que hay que hacer. Firuletes del lenguaje, somos muchos los que los podemos hacer. Si querés hacer una novela que te lleve bien encaminado hasta el final, tenés que leer a esos pibes. O a Dan Brown. ¿Sabés escribir?”.
Carrara lo miraba sonriente, de costado, acodando la cabeza. Volvió a sorprenderse. No había traído qué leer. Seguro que la vieja creía que lo mandaba a una cura de sueño corrida. Días y días babeando las infiltraciones de litio. Ni siquiera el privilegio de soñar. Semanas enteras completamente en blanco.


El contertulio le dio la espalda. Sin dilaciones, Carrara tomó el libro de abajo. Cartero, de Charles Bukowski. Se tuvo que parar para reírse. El cara de luna resopló, y apretó el timbre. Ipso facto empezaron a sonar los pasos en la punta del corredor, cargando la butifarra. “¿Qué pasa?” “Venga más cerquita que le cuento” “¡Hágame el favor, Darnauchans! Señor Carrara, le voy a abrir la cama así se recuesta un rato” “Estoy bien, gracias. Quiero salir a caminar” “Recuéstese un rato primero”, y se acercó a correr la colchita y la sábana. Las separó de la almohada formando un triángulo. Un gesto maternal que le sentaba bastante, en virtud de los quilos. El Dardo hizo lo propio, destapándose delicadamente. Se sentó en la cama, y depositó su mano enterita sobre el culo de la butifarra, con enorme suavidad. Circunspecto, se puso la otra mano en la frente. “¡Hágame el favor, Darnauchans!” “Disculpe, no fue mi intención”.


Amaneció relajado. Empezaba a acostumbrarse a estar sorprendido. No recordaba barbitúricos, y se encontraba despertando con el rayo de sol oblicuo desde la otra ventana, la de los del lado de enfrente. Imaginó un partido de fútbol. Este lado contra el otro lado. Nosotros contra ellos, como en la escuela. El A contra el B.


Se sentía extrañamente descansado. Miró el reloj y sacó cuentas: había dormido catorce horas. Sentado en la cama vio que los lentes y los libros no estaban. Tampoco estaba el caripela. Miró alrededor. Ni ése ni ninguno de los caripelas. El corredor estaba desierto, lleno de camastros blancos y silencio. El sol entraba casi horizontal. Seis y media. Se bañó, se afeitó. Bien moroso.


A las siete y media tomaba café con leche con bizcochos en las mesas de madera del jardín. El café con leche no tenía café. Las mesas eran de una pieza con los bancos. Largas y espaciadas tablas, oscuras y barnizadas. En la mesa siguiente estaba el Dardo, jugando a Prot, el de K-Pax. Levantó la vista del libro, con cadencia de pájaro. “Acá no pierde nadie al ajedrez, Carrara”, le gritó. Una pausita. “Pura tabla”. Carrara oyó su risa (la de Carrara), y entendió las gafas del Dardo. Se preguntó por qué se las sacaría para dormir.
CONTINUARA...

jueves, 27 de octubre de 2011

El gigante dormido

Es una figura recurrente en la literatura, emparentada con el cuento del Patito Feo. También está presente en muchas clases de muchas escuelas y muchos liceos, de todas las épocas y lugares. El grandote bonachón que, desconociendo su poder, es destratado por patanes y malandras. Hasta que, un día, despierta.

¿Cuál es la mayor corporación uruguaya? ¿Cuál es el mayor de los grupos de presión? Observando la realidad actual y del pasado reciente (y sin contar a la clase política), los candidatos podrían ser los empleados públicos primero, los jubilados después, y los ambulantes en tercer lugar.

Como corporación, los empleados públicos hacen exactamente lo que quieren (mis disculpas a los heroicos y silenciosos empleados públicos que sacan adelante las tareas necesarias del Estado). No tienen obligaciones; sólo tienen derechos. No tienen responsabilidades; sólo tienen remuneraciones y beneficios. No tienen respeto; sólo tienen prepotencia y arrogancia. Para muestra, el botón de los últimos dos casos. Los empleados de la planta de alcoholes de ANCAP ocupan la planta, no trabajan, y cobran. Y lo dicen, con total desparpajo, en el micrófono de cuanto periodista se les acerque. Los empleados de la Intendencia de Montevideo, privilegiados si los hay, hacen huelga porque no se les siguen aumentando los sueldos, cuando al resto de los uruguayos (al menos a los del sector privado) los sueldos se les encogen y los trabajos se les desvanecen. Es curioso como ni siquiera respetan a su bienamado socio, la coalición de izquierda.

Los jubilados lograron la enorme conquista de estampar el ritmo de ajuste de sus remuneraciones nada menos que en la Constitución. Es muy costoso, y muy difícil de solventar, pero: ¿quién duda de que es su derecho? Mientras no se reforme la Carta Magna, las jubilaciones y pensiones se ajustarán como los sueldos públicos. Y se pagarán, mientras haya recursos. O, tal vez, cuando se agoten, con una moneda envilecida, que quiere parecer como que todo lo puede.

Los ambulantes venden mercadería ingresada ilegalmente al país, en las veredas y en bochornosas ferias fijas creadas al efecto. En las puertas y narices de los comerciantes establecidos  (y la policía, y la DGI, y Aduana, y las intendencias), los informales les roban las ventas y los clientes. No pagan impuestos de importación, no pagan aportes a la seguridad social, no pagan tasas municipales, ni alquiler, ni abultadas y recaudatorias tarifas de servicios públicos. Abusan de la propiedad pública (extraña figura), con el fin de destrozar a los que pagan la propiedad pública.

Ninguno de ellos, claro está, es el gigante dormido. Todos ellos están solventados por ese grandote bonachón. Por grandes y organizadas que sean las corporaciones actualmente dominantes, no pueden vivir sin el Contribuyente. Los contribuyentes somos imprescindibles. Y, además, somos más. Somos 700.000 contribuyentes los que pagamos esta fiesta macabra.

Es hora de que, como los empleados públicos y los jubilados, salgamos del anonimato. Es hora de que juntemos nuestros nombres, y los escribamos en la historia. Es hora de que se rebele el gigante dormido, con la serenidad y la calma que caracteriza a los fuertes. Es la hora del Contribuyente.

(publicado hace muchos años en El Observador)

SILVIA

En el principio estaba Casupá, un minúsculo pueblo del minúsculo departamento de Florida. Ya ser departamento es minúsculo. Imaginen la dimensión del minúsculo de Florida. Que, sacando a Flores, es el menor de los departamentos de ese microscópico fenómeno que resulta Uruguay como país.

Uruguay es un accidente, resultado de las negociaciones del representante de su majestad con los incipientes gobiernos del gran Brasil y la no tan grande Argentina. Podemos afirmar, con justeza, que Uruguay es hijo de la reina, aunque en aquel momento creo que era rey. Si mi abuela tuviera ruedas sería un carrito, y si tuviera huevos sería mi abuelo. A la sazón, el líder de la Pérfida Albión era, creo, un tal Enrique Henry, que cometió la enorme locura de perder la perla del imperio, que no era la India. Perdió la totalidad de las colonias de la América del Norte, y a cambio le legó al imperio un minúsculo país independiente y ajeno al Common Wealth en la doble desembocadura de los dos Nilos del sur.

A diferencia del Amazonas, el Paraná y el Uruguay corren en el eje norte-sur, como el Nilo corre en el eje sur-norte. Se vuelcan al Atlántico con inusitada gracia en un enorme estuario marrón, que desde la colonia se llama Río de la Plata, sin serlo. Sin ser ni río, ni plata. Paralela y correspondientemente, el país a la izquierda del estuario barroso se llama Argentina, que, como saben, refiere a plata. Yo no sé que Argentina tenga o haya tenido plata... A la derecha del estuario y del más oriental de los ríos verticales, el flemático Lord Ponsomby estableció un pequeño país llamado a ser un oasis de paz y riqueza.

el viejo Batlle de piernas abiertas con sobretodo en escalinata
Independizado por su enorme valor estratégico, como Bélgica, estaba destinado a ser una tierra carente de pobres, un foco de millonarios en un continente de menesterosos. De más está decirles que ese destino no fue cumplido, por la terquedad de los gobernantes. Uno de ellos, tal vez el más influyente, fue muy elocuentemente pintado en su necedad: abriendo las patas dentro de un oscuro sobretodo, o cagando en un trono en el entronque de dos carreteras.

Por ahí por la mitad del pequeño territorio independiente, algún cacique habrá sabido llamarse Casupá, que suena agresivamente guaraní. Antes de que los mataran a todos en una celebrada y muy poco elegante solución final, esta tierra estaba poblada por humanos escasos y guaraníes. Agrede, sí, lo de guaraníes. Pero es lo que eran. Charrúas, guenoas, arachanes... Todas formas de la gran nación guaraní, que se extendía del Paraná al oeste, hasta la costa Atlántica del hoy Brasil, el más grande del mundo y sus alrededores. Le duela como le duela a Zorrilla de San Martín, y a una larga troupe de historiadores nacionalistas, los habitantes originales del paisito eran guaraníes, y hablaban guaraní. En particular, que se aguante Zorrilla. Lo tiene bien merecido por habernos infligido al cursi indígena Tabaré, que no tuvo nada menos que ojos azules. Pedazo de un descarado... Y los locales, cuando quieren darse un nombre tradicional, arraigado, se llaman Tabaré. Y el nombre ha tenido tal éxito que ha llegado a la máxima prelatura, la más alta distinción civil que un ciudadano oriental puede tener. Hoy la mitad de los niños uruguayos se llaman Tabaré, y van a estudiar medicina gratis. El asqueroso personaje de la más cursi y elemental novela rococó es hoy la quintaesencia de la nación.

Nuestro hipotético cacique habrá muerto por ahí, o habrá abierto una pulpería. Las versiones son divergentes, hasta contradictorias. Lo cierto es que algún pretendido descendiente dio en llamar al poblado del lugar Casupá, como su tatarabuelo materno. Hermano de Abayubá y Guyunusa, la de los largos cabellos. Y parientes lejanos, todos ellos, de Malinche, la gran traidora. Por allá por los setenta, un grupo estilo Abba le hizo el honor a Abayubá.  Abayubá, he´s the greatest dancer. Abayubá. Y a Casupá le hizo el honor su dizque
tataranieto el Washington Correa, y se gastó incluso unos pesos en hacer forjar en hierro un pasacalles a la entrada, que en navidad iluminaban con guirnaldas hasta que algún ocurrente se lo robó, lo fundió, y exportó el hierro. Tal como hoy exportan el cobre de los cables de la UTE que se roban, o el hierro de las bocas de tormenta o de los bustos que vayan quedando en alguna plaza perdida de la capital.

Don Washington Correa, Uasito, resultó ser él el bisabuelo de Silvia, la única hija ilustre del caserío, si no contamos al propio Uasito y al cacique Casupá. Resultó, digo, porque no se lo esperaba. Tenía mucho campo y el pene juguetón, y en un rincón de la estancia reclamó de hecho su derecho de pernada con la hija menor del puestero, que también se llamaba Correa pero era de menor linaje, hijo nomás de un inmigrante gallego, de los primeros. Y de ese encuentro nació, medio a los golpes, Asdrúbal Correa, que debió llamarse Correa Correa pero no duplicó, porque el viejo Uaso se emperró en que no era suyo, aunque cuentan que parecían dos gotas de agua. De la misma agua.
Asdrúbal empezó pobre y analfabeto, con las plantas de los pies curtidas como suelas. Y terminó respetable y cabañero, produciendo los mejores matungos que recuerda el coliseo de Maroñas, hoy propiedad de la United International Racing Co. Tuvo once hijos. No todos ellos vivos: dos suicidas, y alguno bastante gilún. El menor, Píndaro, conocido como Coronel por su aspecto militar, paseaba su bigote y su autito deportivo por Maroñas, y tuvo la suerte de enganchar a una de las flores del panadero.

Eran hermosas, las hermanitas Flores. Descendientes, claro, de Venancio Flores, el compañero de baile de Perico el Bailarín. El que se llama Flores es descendiente de Venancio, en Uruguay, aunque su abuelo haya bajado derechito de un barco de carga, con el pantalón derechito sobre el culo. Como el que se llama Vera es descendiente bastardo de don Jacinto, primer obispo de Montevideo, y segundo gran maestre de la más rancia logia masónica, Los Amigos del Dueño.
Amigo de sus amigos, y muy dado a la parranda, Coronel Correa se gastó rapidito su décimo de las cabañas y las hectáreas ganadas con esfuerzo honesto por Asdrúbal. Tuvo que volverse a Casupá, acompañado a regañadientes por su flor, hermosa a pesar de la cara avinagrada que no había podido evitar, aguantando las gansadas de su maridito. Con una barriga enorme y las comisuras caídas, Margarita Flores puso sus petates en el toppolino que les quedó, luego de tantas juergas en las que no tuvo parte. Con bombo y sin platillos hizo el viaje, callada, a lo sumo monosilábica. Al llegar, bajó las cosas y las subió a la casita de altos sobre el boliche. Y sirvió copas y almuerzos atrás del mostrador, de mármol rajado, por los siguientes veinte años. No son nada, si nos llevamos por el tango.

Fue de ese mismo bombo viajero, zarandeado por tantos pozos en la precaria carretera, que salió la única, la inefable, la nunca bien ponderada Silvia Correa, llamada, ella sí, a grandes cosas. Salió despacito, perezosa. Quién le puede echar en cara sus pocas ganas de asomar la cabecita al fantástico mundo de Casupá, tan distante, tan lejano de la ville lumière. Quién le puede reprochar resistirse a ser otra carga para la bolichera, siempre hermosa, a su pesar.

Y Margarita cumplió, a pesar de la bebida. Seca y larguirucha Silvia creció, bajo el mote de Pantera. La florcita de la flor, tan linda como la mamá, y más alta. Le pagó como pudo las clases de inglés, y las de solfeo. La trajo a Montevideo dos veces al año, a comprar el uniforme y más ropitas al London París, con el vendedor número cinco. La llevó al Parque Rodó, a dar unas vueltas en el Ocho, en el Tren Fantasma, en la Montaña Rusa.

No faltó nada en la niñez de Silvia, salvo la alegría de la madre. La ausencia de datos infantiles, tan propia de las grandes vidas, hace que el desconfiado imagine cosas. Una infancia agradable, con la libertad que brinda un pueblo chico. Cada casa era su casa. Una tarde tomaba la leche en casa, otra en la de algún vecino. Circulaba en bicicleta hasta ya entradita la noche. Y conocía a todo el mundo. En la gran familia de Casupá estaba el cura, la novia de cura, la portera del quilombo. Todos ellos conocidos por su nombre y su función, sin que ello creara distorsión o cuestinamiento alguno. Todos saludados con el mismo respeto. Todos de confianza, para cada niño del pueblo.

La gente habla porque es mala. Nadie sabe a ciencia cierta. Dicen que tomaba, hasta el knock out. Que quedaba drogui, decían. Y cuando dicen, también comentan que bolichera no era el mejor trabajo para ella. Volviendo, claro, a Coronel. La culpa es siempre del coronel, que no tiene quién le escriba. A la pobre florcita la trajo acá, de bolichera. El panadero no la había educado para eso, faltaba más. El era panadero, claro que sí. Pero la nena tenía que ser ingeniera, o al menos maestra. Sabía leer, el panadero de Maroñas. Y le gustaba mucho Florencio Sánchez. Y cuando el hijo del cabañero apareció, en el fálico y convertible coupée, con todo derecho pensó que a la nena la había colocado bien. Bien plantado, bien hablado, y bien transportado, nadie puede culparlo (al panadero) por pensar que su flor estaba en buenas manos. Mucho menos le gustaba el otro, petiso y bruto. Y policía encima. Hombre de grapas muchas, acodado en el boliche de la esquina. Famoso por no invitar: yo pago las mías, usted paga las suyas.
CONTINUARA...

Un discurso

Tiembla la tierra bajo sus pasos. Roncan los árboles, soltando a regañadientes pétalos y cascarones. Parsimonioso, el augur cuenta las cuentas y los cuentos, perdido en sus cavilaciones. Si lo escuchan o no, lo tiene sin cuidado. Un discurso es siempre un discurso, dentro o fuera de la mente. Claro que sería mejor, más consistente, un caracoleo funesto o perverso. Mejor y más ajeno. Porque las siestas que fomentaba aquel ujier, tan pedante, nunca resultaron digeribles. Venían de a cinco, apiñados. Y no daban abasto. Saliendo directo del caserío, apuntando al cerro aquél, los infantes del mecenas chocaron de frente contra el destino, infamando alegremente al corredor de apuestas. Al fondo, a la derecha, dieron con una letrina sin moscas, por fin. Y desagotaron su fuerza, aliviados. Fogones, faroles, funerales: ¿qué más da? Si es triste, inscríbelo. Si es tuerto, destiérralo. Si es melón, mastícalo si puedes, o al menos hazlo reventar en el suelo.

No te quedes

Más acérrimo sería, el calor, me dijo. Con toda esa prosapia. Me constipó las vejigas el muy pánfilo. No tuvo el menor empacho en desmerecer una larga carrera, un pestilente prestigio de tahúr. Si eran pocas tachas las que había robado. Dieciséis contaron, los melenos. Eso bifurcó en unas moñas, de ahí al cuchillo, y el andamiaje todo se despertó en fuga, mascando tabaco, doblando penales. Fue ahí, en ese hueco, que el entorno de los párpados se dio a abanicar. Parsimonioso y empachado, suculento y mendaz, revolviendo el pedregullo con su conocido, turbio, caduco machacar. Lo que era caldo, entonces, devino ronca molienda, de obstetras a medias y ninfas ajerezadas. Corta sí, palurdo. ¿Y qué? Digna y maligna por igual, igual. Bruxando una y otra más, para aquí, para ella, parásito. Y en eso despierta, para discordia del pelotón,  aquel efluvio de cantares, estrellando maderas nobles, balanceando el columpio como un niño ambidextro. Cada uno se mata los mosquitos como puede, y si te toca contra una gorda, apechugarás, como los mancos cantores de Viena. A los bandazos el paquebote, repechando el Amazonas con su rueda de aspas. Un trasplante milenario, del Misisipi al Nilo, del Titicaca al retrete. Los alfajores los reparte el turco, de algo hay que servir. Meñique alzado y taza de Turquía, como debe ser. Vende barato pero vende todo. A peso los soretes, grita, y los pesca sin mirar, muerto de frío. Chiquito pero culpable, compadre del carnicero. Expedito y afable, sordo y pendenciero cual espanto de sirenas, cosido a pedazos, surcido a golpes, invisiblemente soso. Se doblan en tres, como las cartas, y reparten el tocino con prudencia, polígamos a la antigua. Verdes como los quiero, salados cual maní maní, caliente el pororó. Dale dale, no te quedes, que después me toca a mí. Rapidito que entramos todos. Póngase de costado, alguacil. Deles el perfil bueno, el de menos calva. Recueste el hombro en el andén, y respire hondo que se le pasa. Cuerpéelo, salte a la primer piedra que vea, que la segunda viene enseguida. Si encuentra basalto, se lo queda. Si es cómplice, lo desmenuzan los perros, los de cabeza grande y gorrito feliz. Maduras las queremos todos, patán. Si tiene resabios, llene la ficha.