sábado, 22 de diciembre de 2012

De cómo la masacre de Newtown se convirtió en un evento televisivo de control mental

Traducido del inglés con la autorización del autor, Jon Rappoport. Vea el artículo original.

Control mental. Hipnosis masiva. Condicionamiento. Lavado de cerebro. De eso hablamos. 


Estamos tan condicionados por la forma en que la televisión presenta la vida, que raramente tomamos un mínimo de distancia para poder ver lo que pasa. 


En lo que refiere a desastres y crímenes masivos, los noticieros centrales mandan en el gallinero. 


Primero, los presentadores, que son los editores en jefe de sus propias transmisiones, se dan a sí mismos la voz de aura. Dejan sus cómodos sillones y viajan a la escena del crimen. “Este es importante”. 


Los presentadores proveen relevancia. Su mera presencia deja claro que esta historia supera a todas las noticias del momento. Es la primera pauta hipnótica, la primera sugestión. 


Por supuesto que los presentadores no fueron a Newtown, Connecticut, en calidad de periodistas. No fueron para investigar. 
Su presencia física en la escuela Sandy Hook y en el pueblo de Newtown era, en ese sentido, altamente irrelevante. 

Podrían haber hecho la transmisión desde las centrales en Nueva York. O desde un ropero, igual. 


Pero, claro, era mucho mejor si transmitía parado en algún lugar de Newtown. Da sensación de crisis a los millones de televidentes. 


A la vez, la presencia de los presentadores brinda seguridad. El mensaje subliminal que transmiten es: haya pasado lo que haya pasado, la situación es controlable. 


La audiencia sabe que el presentador conferirá sentido, y dará voz oficial a la tragedia. En cierta forma, los presentadores son sacerdotes, impartiendo su bendición por el sufrimiento y sus oraciones por los muertos. 


Es lo que la audiencia espera, y es lo que recibe. 


Esta expectativa es tan profunda, en efecto, que cualquier otra cosa sería considerada un insulto, un crimen moral. 


Por ejemplo, supongamos que un noticiero hiciera un cambio de marcha y empezara a entrevistar policías y residentes, haciendo preguntas fuertes sobre las contradicciones del tinglado oficial. Supongamos que el foco se moviera a esto. Supongamos que el tono se volviera especulativo, al servicio de (ni dios permita) la verdad. 


En otras palabras: con un violento cambio de perspectiva, el presentador empieza a hacer preguntas que requieren respuestas. Todo un concepto. 


No, los sacerdotes no intimidan a los feligreses. El sacerdote oye confesiones, y marca el camino a la redención. 


Pero, si milagrosamente los presentadores iniciaran una cruzada en pos de la verdad, la escena se tornaría completamente incierta, o incluso caótica. 


“Primero, había un hombre en el bosque. Ustedes mismos lo persiguieron. Lo redujeron y lo trajeron de vuelta al pueblo. ¿Quién es? ¿Dónde está? ¿Lo están interrogando? ¿Qué le preguntan? ¿Por qué tuvieron la idea de que podría ser un segundo atacante? Vamos. Respondan. La gente quiere saber. Esto no avanza. Queremos respuestas.” 


Esto se llama periodismo, una actividad ajena a estos reyes y reinas de los medios, peinados con secador. 


“Señor, sabemos que ABC reportó que había un segundo tirador. Dicen que ustedes mismos les dieron la información. ¿De dónde salió ese dato?... No, perdóneme, no me está respondiendo, eso es un non sequitur.” 


Los que reportamos en Internet decimos que hay algo que no cierra en esto de que la historia del segundo tirador se olvida, como si fuera una papa caliente… Y por eso nos llaman conspiranoicos. 


¿Entienden? Hacer preguntas pertinentes se transforma en conspirar, simplemente porque los noticieros centrales no cumplieron con su obligación, de pique. 


“Señor: ¿Encontraron un revolver en la valija del auto, o tres? Muéstreme el auto. Sí. Quiero verlo. Quiero saber el número de la matrícula. ¿Cómo dice? ¿El auto ése es un secreto? Perdone, pero no. Hay veinte niños muertos en esa escuela, señor, y queremos llegar al fondo del asunto. Vamos a ver ese auto.” 


Eso se llama investigar. Es lo que hacen los periodistas. 


“Señor, su diario publicó una historia sobre el cuerpo de un hombre que apareció en el apartamento del hermano de Adam. Que después se transformó en el cuerpo de la madre de Adam, hallado ahora en su casa en Newtown. ¿Qué fue lo que pasó, exactamente? ¿Fue un error? Parece un error bastante grande, ¿no? ¿Cómo pudo pasar eso? ¿Fue una confusión típica de los primeros pasos de la investigación? A mí me parece que no. Confundir un hombre con una mujer, pensar primero que el cadáver apareció en Nueva Jersey y luego que apareció en Connecticut, no es un error típico, en absoluto. ¿La policía halló el cadáver de un hombre? Responda.” 


El televidente promedio americano se encogería de vergüenza si oyera preguntas así de exigentes. ¿Saben por qué? Porque ha sido entrenado y condicionado por los presentadores para renunciar a ir más profundo que la superficie. En otras palabras: el televidente ha sido hipnotizado. 


“Dr. Smith, Agente Jones, tengo entendido que este joven autista, extremadamente tímido, con problemas mentales, entró en esa escuela y masacró, metódicamente, a veintiún personas. Para hacer eso tuvo que recargar la pistola por lo menos dos veces. ¿Eso es razonable? Esto no es simplemente un acto de violencia impulsiva. Esto es una masacre metódica. ¿Cuál es su explicación?” 


Si los presentadores insistieran con preguntas de este tipo: ¿saben lo que pasaría? Los televidentes empezarían a sentirse incómodos. Empezarían a resquebrajar su programa hipnótico. Empezarían a despertar. 


“Bueno, tiene razón. Esto no cierra. Tal vez sí hubo un segundo tirador.” 


O “Puede ser que ese muchacho Lanza no haya matado a nadie.” 


“¿Qué me estás diciendo? ¿Que le hicieron una cama, al tipo?” 


“Puede ser que sea un chivo expiatorio.” 


Ahí está. En vez de ser descalificados como “conspiranoicos”, estos cuestionamientos pasan a ser parte de la experiencia de mirar el noticiero. Porque, repentinamente, los periodistas empezaron a hacer preguntas incisivas. 


Pero no. Lo que nos dan es duelo y desazón. No tenemos más remedio que empezar con duelo y terminar con duelo. 


Pero esto es un montaje, es artificial. Claro que la gente de Newtown está desconcertada y sufre y siente una gran pérdida y está horrorizada. Pero los que producen el noticiero pasan minutos y horas de transmisión de esto, a consciencia, y filtran el resto. 


Y lo hacen todas las veces que pasan estas cosas. Así, la audiencia está condicionada para esperar lo mismo, y se lo traga entero, en ese estado de trance. La audiencia quiere eso y no otra cosa… Porque cualquier otra cosa ROMPERÍA EL HECHIZO y la pena dejaría de tener tanto impacto. 


Newtown es un evento televisivo. Desde el vamos, la actitud es la de un funeral. Tiene esa nota, ese color. La audiencia lo absorbe, y no quiere que sea alterado en lo más mínimo. 


Es programación Matrix. 


El presentador es sacerdote, y también es maestro. Muestra a la audiencia cómo experimentar el suceso, qué sentir, qué pensar, cómo actuar. 


Una de las habilidades principales del presentador es la comunicación fluida, pareja. Así es como se ganan esas fortunas: las fusiones y articulaciones, y el tono subyacente de sinceridad que tiñe cada detalle de lo que se informa. 


Ahí también está la hipnosis. Establece una frecuencia que se cuela en los cerebros de los televidentes. Una Frecuencia de Aceptación. Lo que define a un gran presentador es la habilidad de lograr establecer esta frecuencia. 


Scott Pelley (CBS) lo tiene en parte. Diane Sawyer (ABC) notoriamente falla, a veces. Brian Williams (NBC) es el maestro del momento. Por eso lo llaman el Walter Cronkite del siglo 21. 


“Señor, sabemos que la policía capturó a un segundo hombre, justo afuera de la escuela. ¿Cómo se llama? ¿Qué hicieron con él? ¿Dónde está?” 


No, no, no, no, no. Eso quebraría la Frecuencia de Aceptación como si fuera un huevo, y mandaría a rodar al noticiero, en un canastito. 


“Señor, qué suerte que lo encontramos, finalmente. Tenemos informes de que está por partir para Bermudas. Usted era el médico de Adam Lanza. ¿Qué medicamentos le recetaba? No sólo en los últimos tiempos. Queremos saber qué tomó desde el principio. Tenemos una lista de drogas empleadas comúnmente en pacientes de Asperger, autismo, depresión. Y sabemos, por supuesto, que inducen comportamientos violentos. Suicidio, homicidio. Responda, doctor.” 


Ahí no sólo se rompe el huevo. Ahí suspenden al presentador, y la cadena de televisión emite un comunicado informando que su “descompensación” se debió al estrés. 


Las empresas farmacéuticas lo pusieron en la lista. 


Sin embargo, las preguntas sobre los medicamentos son exactamente las que hace un periodista de verdad. No son preguntas de “conspiranoicos”. Si hubiera un periodista, en Newtown, preguntaría eso. 


El que piense que esto es absurdo, fuera de lugar, está hipnotizado. Programado. Es eso, simplemente. 


Los medios de comunicación tradicionales agonizan en este país. Se les está acabando la plata. Podrían revitalizarse en un santiamén, si se decidieran a CUBRIR las noticias, y a despertar a la audiencia. Pero eso es ajeno a sus agendas. Antes se mueren. 


Son agentes contratados por las elites que manejan este país. Son putas mandadas a la calle por sus macrós, y saben bien cuál es su trabajo, y qué no es su trabajo. 


Las noticias oficiales son forzadas por las elites en la dirección de construir eventos artificiales, conscientemente, para ser consumidos masivamente por un público en estado de control mental, físico, y espiritual. Los periodistas que osan salirse de ese marco son etiquetados como marginales. 


“Teniente, perdón. Cómo está. Brian Williams, del noticiero de NBC. Tengo una duda: si hubiera habido empleados armados en la escuela, tal vez habrían tenido chances de detener al asesino, antes de que matara a los niños. Quiero decir, personal entrenado para disparar, y con permiso de porte de armas. Una persona fuerte, capaz de enfrentar al asesino”. 


Epa, eso no es una pregunta razonable, dice la gente. Esa es una pregunta de delirante. Esa pregunta no debe formularse. ¿Por qué? ¿Quieren la respuesta cierta? Porque destruye la frecuencia hipnótica enviada por los noticieros. Esa es la verdad. 


Dice el televidente: “No molesten, estoy hipnotizado. No alteren la frecuencia a la que mi cerebro absorbe lo que dice el noticiero”. 


Por supuesto que, en esas condiciones, la última persona que alteraría la frecuencia sería el propio presentador. El es el que induce la frecuencia, por empezar. 


Con eso, sabemos que el presentador NO está para indagar e identificar nuevos hechos o perspectivas. 


Entretenimiento significa: el cerebro fue inundado de ritmos y frecuencias que lo inducen a aceptar la información transmitida. 


Así es que las canciones logran que las letras banales cobren importancia. 


Otra cosa que hace el entretenimiento, es que el receptor sienta que participa de algo grande. Este elemento es clave. El receptor se siente miembro de un colectivo que comparte un momento, una experiencia. 


“Yo me siento así, y todos los demás también”. 

Es esto lo que sustituye, en nuestra sociedad, a la experiencia individual, a la sensación de autosuficiencia.
Este colectivo, sin embargo, no es comunidad. Sólo se le parece. Sólo se siente como si lo fuera. Lo que es, es hipnosis colectiva. Como la que se observa en el canto gregoriano. O en los discursos políticos. 


El cerebro nada en determinadas armonías, y su respuesta es Aceptación. 


El lenguaje de los globalistas está repleto de entretenimiento. “Estamos todos en el mismo barco”. “Vamos a sanar al planeta”. “Debemos luchar juntos para alcanzar un mundo mejor, para nuestros hijos”. 


Suena correcto, parece correcto, pero se emite para crear un colectivo, no una comunidad. Tómese el tiempo de leer los prospectos de Monsanto. Léalos en voz alta. Óigase. Trate de darle un ritmo convincente a las frases. De repente, está en la frecuencia. Está metido en el entretenimiento. 


Eso es lo que hacen los noticieros de la televisión. Y ni siquiera hemos mencionado los efectos hipnóticos de los gestos, al enviar el mensaje a la audiencia. 


En un artículo anterior mencioné que, si fuera por la transmisión de la masacre de Newtown, no hay en todo el pueblo una persona indignada, hombre o mujer. Porque en la pantalla no aparecen. 


La cadena de televisión se aseguró de eso. Fue una elección consciente. 


“Mi hijo murió en esa escuela. Quiero saber por qué. Quiero saber de qué forma entró el asesino. ¿Quién lo dejó entrar? ¿Cómo entró? QUIERO SABER”. 


Lo lamento. Eso no se incluye en la transmisión. 


Interrumpiría el entretenimiento. 


“Perdón, señor. Tiene que retirarse. Estamos generando hipnosis y control mental. Está rompiendo la cadencia”. 


En vez de incluirlo en la transmisión, el señor es canalizado a consejeros de duelo, que tratarán de calmar su indignación. “Señor, todos tenemos que tratar de encontrar la forma de sanar”. 

Los episodios como el de Newtown son de gran valor didáctico para la televisión. Los noticieros de las cadenas centrales exhiben una constelación de emociones catalogadas como “aceptables y apropiadas”, para que sean experimentadas por la audiencia. Y la audiencia es, a la vez, entrenada para replicar esas emociones. Para sentirlas, para expresarlas, para nadar en ellas. 


Es un sistema cerrado. 


De esta forma, lateralmente, se logra que funcione el control de armas. Integra el mensaje general. La audiencia, cuya existencia transcurre dentro de ese sistema cerrado, en ese estado de trance, puede ser dirigida hacia el peor remedio para la tragedia. 


Alcanza con que el presentador frunza el ceño, o sacuda la cabeza un poquito en el momento en que aparece el tema de las armas. Sólo eso, y los cerebros de la audiencia se lo tragan: 


“Claro, por supuesto. Retiremos las armas. Si nadie tiene armas, nadie puede disparar armas. Nadie moriría. No habría crimen. Obvio.” 


La estocada final, la que termina de conferirle razonabilidad a esta solución grandilocuente y pueril, es: los policías son los buenos; son confiables; que todas las armas estén en sus manos, y se acabaron los problemas. 


Ese mismo mensaje es impartido por los presentadores de los grandes noticieros. Estos reyes y reinas no formulan preguntas difíciles a la policía. Lo evitan. 


Más aún, los presentadores SON jefes de policías suplentes. Dicen lo que los jefes de policía dirían, si tuvieran la habilidad. 


Los presentadores hacen unipersonales en Newtown y nos brindan de la mejor manera posible lo que diría la policía. Y en el camino transmiten: 


Entretenimiento. Hipnosis de masas. Control mental. Condicionamiento.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Descubra el error


El espectro completo, y por computadora.

La limitación natural de la observación astronómica fue, hasta entrado el siglo pasado, el ojo humano. Y con él, el tramo del espectro electromagnético humanamente visible.
Hace unas pocas décadas, y por casualidad, dos técnicos eléctricos descubrieron que también puede “observarse” (es decir, captarse) el universo no terrestre a través de ondas de radio. Con esto surgió el radiotelescopio. A partir de ese momento, la gama del espectro observable incluía, además del campo visual, el de radio.
No pasó mucho tiempo hasta logramos salir de esta pequeña roca que nos alberga. A partir de ese momento hemos sido capaces de captar y procesar información del espectro electromagnético completo, desde las ondas más largas y de menor frecuencia, a las más cortas y de mayor frecuencia. Desde las ondas de radio hasta los rayos gamma, los monos sin pelo del tercer planeta desde el sol pueden recoger y estudiar información del universo emitida en cualquier tipo de onda electromagnética.

De nada sirven los datos si no son procesados. Para volverse información, los simples datos recogidos deben ser analizados. Es aquí que entra en juego el enorme desarrollo de la ciencia de la informática. Es la combinación del poder de observación del campo electromagnético completo con el poder de procesamiento de enormes y variadísimas cantidades de información, que hace posible el nivel de desarrollo presente de la astronomía, y su gran aporte a nuestra comprensión del universo.

lunes, 5 de noviembre de 2012

La lenta muerte del mercado


Por Alasdair Macleod
Traducido del inglés con la autorización de GoldMoney.com

La prensa se ha ocupado extensamente de la manipulación de la tasa LIBOR, sin explicar mucho las consecuencias para los precios de todas aquellas cosas que dependen de la oferta y demanda de crédito bancario. La indignación se enfoca en las actividades de los avaros banqueros, por eso nunca se llega a establecer la conexión entre manipulaciones relativamente menores del precio del crédito, por parte de los bancos, y las mucho mayores manipulaciones hechas por los bancos centrales.

Es esto último lo que realmente debería preocuparnos. Los bancos centrales intervienen sostenidamente en los mercados, para mantener las tasas de interés por debajo de los niveles a los que de otra forma estarían. Esto lleva a precios artificialmente altos de todos los activos, ya que éstos son apuntalados por el crédito barato. La idea de que vivimos en una economía capitalista, en la que los activos cuestan según su valor productivo, es falsa.

Estamos muy alejados del mercado libre, o de precios que sean acordados libremente por las partes, sin intervención estatal. Hoy resulta imposible, para cualquier empresa, basarse en los precios que establece el mercado; ésta es la razón del crecimiento explosivo de los instrumentos financieros derivados. Cada derivado existe para compensar el riesgo de alguna transacción. Aún si muchas de esas transacciones son también derivadas, en última instancia todas existen para mitigar el riesgo de alguna actividad empresarial real. Cierto grado de cobertura es razonable en situación de mercado, como ser el granjero que vende su cosecha por adelantado para maximizar el precio, o la mina que vende su producto por adelantado  sabiendo que contará con el mineral. Pero la mayoría de estos instrumentos derivados existen sólo para cubrir incertidumbres económicas que surgen de la intervención estatal.

Según el Banco de Pagos Internacionales, los instrumentos financieros derivados empleados por agentes no financieros totalizaron, mundialmente, $46 trillones a fin del año pasado, lo que equivale a 65% del PBI mundial, o al 100% si excluimos a los gobiernos. Esto evidencia que la actividad empresarial genuina está siendo asfixiada por la intervención y la manipulación. Por definición, un empresario es alguien que explota diferencias de precios, no alguien que procura protegerse de tales diferencias.

Nuestra condena de la intervención pública debe extenderse más allá de las tasas de interés, a la moneda misma, emitida por los propios gobiernos. No hay certeza alguna en el valor futuro de las monedas, y esto hace imposible el cálculo de márgenes empresariales. Un ejemplo obvio de esta situación son las incertidumbres actuales con respecto al euro. Nadie sabe quién se queda y quién se va de la zona euro este año, o si el euro subirá o bajará de valor, o siquiera si existirá. Las incertidumbres provocadas por la intervención estatal son perniciosas para la economía.

De esta forma, todos los precios dejan de ser establecidos por compradores y vendedores, para ser determinados por la manipulación de gobiernos y bancos centrales. El que fracasa no es el sistema capitalista, sino la alteración general, oficial y tramposa de los precios.
Los gobiernos persistirán en su intento de convencernos de que la culpa es del mercado y no suya. Lo han estado haciendo, en mayor o menor medida, por cien años,  desde el abandono del patrón oro. Estamos viviendo la última vuelta de este engaño.

Nos enfrentamos, hoy, al problema del cálculo económico que identificara von Mises. Resultó en el colapso de la Unión Soviética, y ahora nosotros hemos caído en la misma trampa.

jueves, 18 de octubre de 2012

DEME MEDIA TONELADA DE HIJO

Fue Truman Show  la que abrió la compuerta. Una buena película, qué duda cabe. Buena en su ejecución, cosa que no sorprende. En eso, hasta los paganos y los gentiles. Los efectos, las actuaciones, las elecciones de actores, la compaginación, son excelentes siempre. Pero ésta también era buena en idea, algo cada vez más escaso. Mejor que lo que se podía imaginar en el momento. Película a película, los cinéfilos pueden encontrar un sinfín de piezas que le pasan el trapito. Pero pocas, muy pocas han tenido un efecto tan notorio, inmediato y devastador en la realidad circundante. Si algo alteran las películas, normalmente, es el propio cine. Esta película tuvo la peculiaridad de impactar extramuros, transformando la industria de la televisión hasta hacerla irreconocible. Y no me vengan con que es lo mismo. Minga que es lo mismo. Televisión es televisión, cine es cine. Truman Show  es el origen de la televisión verdad, que es lo que llena hoy el alma de la ciudadanía occidental toda.

La tele está plagada de reality shows. Que tienen todo de shows, claro, y nada de reality. Ya bien lo dijo Schroedinger: el fenómeno no puede ser observado sin alterarlo. Si el observador altera el devenir de una simple partícula, cuánto más alterará la cámara la interacción entre seres humanos. Personas que, encima, son evidentemente dadas a la exhibición. La televisión verdad es, por definición, mentira. Un equipo que filma a un grupo de primadonnas que saben que los están filmando, que siguen un libreto, y que pueblan al programa con sus tics y sus lugares comunes.

La televisión verdad se ha hecho con la televisión. Desde los invencibles policías, hasta los incansables médicos, pasando por las hermosas modelos, los acaudalados inversores y los espléndidos sobrevivientes. La ficción ha cedido el espacio a la hiperficción. El llamado chivo, la publicidad dentro del programa, se ha fagocitado al programa. El edificio transformándose en andamio, y nosotros mirando, inmóviles por el asombro.

El televidente consume el mensaje predigerido. Se le indica clarito clarito lo que debe creer, admirar, buscar. No hay espacio para la razón. No hay distancia entre programa e idea. No hay más disimulo. Quién me iba a decir a mí que algún día iba a echarlo en falta.

Hasta ahora me callé la boca, pero esto ha pasado de castaño oscuro. El pináculo de la televisión verdad: un hombre joven y gordo asesinado lentamente por su madre, con su canción de pan, mostaza y helados. Tiene algunas décadas ya, pero seguro que recuerdan aquella película con Nicholas Cage, ya de peluquín, siguiendo el rastro de un snuff: la documentación fehaciente del momento en que un ser humano es efectiva y físicamente llevado a la muerte, por uno o varios de sus congéneres. Por supuesto, el snuff se presenta como la encarnación del mal. Como la expresión física de lo más feo, inhumano, injusto y deplorable. El muchachito, en su desazón, se acomoda la parruqueta y pregunta: “Por qué hizo eso?”. Y la respuesta, profunda y ambigua como debe ser, se limita a “Porque podía”. Todos nos vamos a casa apesadumbrados de que exista el mal, y contentos de que no nos toque.

Para nuestro pesar, el mal extremo requiere de anonimato. Si se puede identificar, ya perdió mucha cafeína. La verdadera fuerza de la caracterización del mal hecha en 8 Milímetros está en que el señor que encarga el asesinato y su filmación es un encumbrado filántropo. Pero el mal en sí mismo se desarrolla en lugares sórdidos y apartados, en escenarios típicos del mal, y separados de nosotros, los buenos. El mal está en su corral. Los buenos con los buenos, los malos con los malos.

Qué utilidad tiene para el diablo circular enorme, rojo, de larga cola en punta, oliendo a azufre y con el pincho? Si quiere ser efectivo, el diablo se mezcla con los buenos, y del todo. No te deja pistas, como en las películas. Se esconde por completo. Se dedica al reality show.
Los snuff son un juego de niños comparados con la señora y su hijo de media tonelada, que el mundo entero celebra como expresión de amor maternal y abnegación médica.


En principio parecería una empresa rayana en lo imposible. Tomar un ser humano ya sobredimensionado, de unos 150 quilos, y triplicarle con creces el peso. Incorporar al sistema corporal de una persona 350 quilos. A priori, no resulta imaginable. Si no hubiera como hay, asombrosamente, personas de 500 quilos, me da por pensar que tal dimensión en un miembro de nuestra especie no sería siquiera imaginable. Pensémoslo con otros animales. Pensemos en un gato doméstico, que pesara 200 quilos. No. De ninguna manera.
Sin embargo, la señora se las arregló, de alguna manera, para crear ese bonsái humano al revés, y en tiempo y forma. La inevitable desconfianza general lo lleva, a uno, a creer que el plan tiene que ser explícito. Que el doctor Nardjian le vino con una propuesta concreta a la mamá. Algo como “Deme media tonelada de hijo, y le daré el mundo”. Apelando a la sensatez, uno se sacude esas ideas, y apunta a algo más sutil, como el asesinato de Kennedy, o la destrucción de las torres gemelas. A un complot no declarado, como le dice Donald Sutherland a Kostner, en el banco del parque. Es indudable que ni en las novelas funcionaría la figura del doctor Nardjian llevando a la señora a la cima del monte, y ofreciéndole el mundo. Desde hace unos párrafos sabemos que el diablo no circula con su ropaje típico. Por más que ansiemos un mundo más simple, las cosas no son así en esta inextricable urdimbre de regulación estatal y paraestatal. 


Seguramente la señora ató cabos, más o menos conscientemente. El hijo ya pesaba 160 quilos, y el mexicano aquél ya había hecho furor con su cama camioneta y sus bailes colgado de los barrotes superiores. Un cortito paseo por Google pudo perfectamente ponerla en el camino de la clínica de Nardjian, o viceversa.
 
CONTINUARÁ

martes, 9 de octubre de 2012

Aquéllas no; estas torturas


En Uruguay se habla mucho de las torturas de hace cuarenta años. Y con razón. Ocurrieron cosas innombrables que la sociedad se niega a olvidar. Con su preocupación que resiste el paso del tiempo, la comunidad uruguaya deja bien claro que es sensible al sufrimiento del prójimo, y también al abuso del que tiene poder sobre el que no tiene poder. Del fuerte sobre el débil. Del encumbrado sobre el de a pie. Para colmo de males, se ensayó, hace veinticinco años, una solución que considero equivocada. Una solución al estilo del estado, en tanto beneficia a unos pocos perjudicando a todos los demás. Se perdonó indiscriminadamente a los participantes de aquel episodio. A estos y aquellos. A los de acá, y a los de allá. A los nuestros, y a los de ellos. El estilo del estado, y con su debido color local. “Ni vencidos ni vencedores”, se proclamó. Aquí no ha pasado nada. Dense la mano, y cada cual a su casa. Aquella errónea solución dejó el problema sin resolver, dejando la herida abierta. La consecuencia debió preverse: los uruguayos van a seguir reclamando justicia. Hasta cuándo? Tal vez el tema se agote antes; no es imposible. Lo que es, sí, seguro, es que cuando hayan muerto todos los actuantes, el problema se acabará, como se acaba la rabia al morir el perro. Cuando todos los criminales que no fueron castigados hayan muerto, no habrá más criminales que castigar. No falta mucho, tal vez, para eso. Pero ese tiempo no ha llegado aún, y por eso la sociedad uruguaya, tan sensible al dolor ajeno, a la injusticia y a la opresión, seguirá reclamando, debatiendo, e indignándose. Y con razón.

Pero esta vez no quiero hablarles de aquellas torturas, sino de éstas. Hoy, en este instante, todos estos ciudadanos uruguayos, sensibles al dolor y a la injusticia, estamos torturando a 8.500 personas. Una sola bastaría, pero son 8.500, y eso sin duda refuerza el argumento. Si supieras que tu vecino tiene a una persona encerrada y torturada, seguro que harías algo. Si tuviera usted conocimiento de que en el edificio de enfrente torturan gente, seguro que actuaría. Sin embargo, en este mismo instante, la sociedad que integramos con tanto orgullo está deshumanizando a 8.500 de sus miembros. Y nosotros tan campantes.

Pero no termina ahí, la cosa. Torturar a una persona es horripilante, haya hecho esa persona lo que haya hecho. Pero, al igual que torturar a 8.500 es peor que torturar a uno: torturar inocentes es peor que torturar culpables; castigar al que te ofendió es menos grave que castigar al que no te hizo nada; encerrar con convencimiento es menos malo que apresar por las dudas. De esos 8.500 conciudadanos que hoy están presos, la mitad no tiene condena. La jerga lo denomina “procesados”. Tienen iniciado un proceso, pero ese proceso no ha concluido. Los representantes del estado han juzgado que existe una presunción suficiente de que ese ciudadano es culpable, y eso solo determina que las fuerzas del orden lo secuestren y lo encierren. El proceso continuará, sin ningún apuro ni apremio. Porque la justicia no tiene plazos. La libertad de un hombre no es razón suficiente, a ojos del estado uruguayo, para acelerar procesos, o establecer plazos o pautas. Durante las oprobiosas ferias judiciales de julio y enero, los juristas se toman sus merecidas vacaciones, mientras hay miles (miles) de ciudadanos que esperan por un resultado judicial. Esperan en la cárcel. Si tienen un buen abogado, hay altas probabilidades de que su condena no termine siendo superior al castigo máximo establecido para su delito. Pero si no lo tienen, pueden quedarse adentro por tiempo indefinido.
Eso en cuanto al proceso judicial. Vale para todos: violentos y tímidos, agresivos y respetuosos, culpables o inocentes. Pero tenemos todavía otra vueltita de tuerca que dar. Y acá tengo que reconocerme en falta. Confieso, con dolor, que no sé cuántos de los 8.500 presos uruguayos han perdido su libertad debido a crímenes sin víctima. Esto que parece contradictorio, es de lo más común. Entre la enorme lista de crímenes que tipifica nuestra ley penal hay una sublista también enorme de crímenes que no dañan a ningún congénere. Ejemplos. Si vendo leche sin pasterizar, el estado puede decidir privarme de mi libertad. No se extrañen si de mi análisis de los 8.500 presos surja alguno de éstos, por descabellado que les parezca. Menos extraño les resultará, sin duda, éste: si carneo un ternero y le vendo la mitad a mi vecino, las fuerzas del orden están en su derecho, según la ley uruguaya, de sacarme circulación. Ni qué decir de si compro una funda de azúcar en el Chuy y la vendo en la ciudad de Lascano. Si planto cáñamo en mi jardín, y lo consumo, voy a estar siempre con la espada de Damocles sobre mi cabeza. Mi libertad estará supeditada a que el aparato estatal no conozca de mi afición. O, ni que hablar!, si me niego a pagar alguno de los innumerables, literalmente innumerables impuestos que pagamos por el simple derecho a vivir en esta tierra. Les debo entonces un análisis de la composición de las penas de los 8.500 presos que hoy sufren en nuestro país, con la particular intención de identificar los que están encerrados por crímenes sin víctima.

Para todos los presos: para los culpables y los inocentes; para los que perjudicaron al prójimo y para los que no, la estadía transcurre en un lugar inhumano. La sociedad uruguaya, de probada sensibilidad ante el sufrimiento y la injusticia, tolera la intolerable situación de que todo aquel que está preso en Uruguay cumple su pena en situación de tortura permanente. Será posible que el Comisionado Carcelario no sepa esto? O los jueces? En el ideario popular, un juez es la quintaesencia de la justicia, la bondad, la probidad. Véase usted en sus zapatos. Si tuviera que decidir que el estado encerrara al más tenebroso de los asesinos: no se aseguraría de que las condiciones de ese encierro cumplieran un mínimo de decoro? A todo efecto práctico, los jueces uruguayos, bondadosos e ímprobos, no saben que cuando mandan a alguien preso lo mandan a ser torturado de corrido por toda la duración de su estadía. Sea quien sea el encerrado, una sociedad humanitaria no puede permitirse que el encierro incluya ni frío, ni hambre, ni inseguridad, ni violencia, ni amenazas, ni hacinamiento. Todos los presos uruguayos viven en una situación que para cualquiera de los ciudadanos que circulamos por ahí no podría, en ninguno de sus aspectos, dejar de llamarse tortura. 

viernes, 24 de agosto de 2012

Carga y manea


La postura generalizada con respecto a los impuestos es que son del 34% de la generación de riqueza nacional. Sea por acomodo, o por ingenuidad, economistas, opinólogos, y comentaristas en general se rasgan las vestiduras y se mecen las barbas poniendo el grito en el cielo por la ignominia de tener que pagar 34% de sus ingresos al estado. Hacen calculitos en tiempo, y determinan cosas como que desde enero a abril, incluso entrando en mayo, los uruguayos trabajamos para el ogro.

He aquí mi propuesta. Teniendo en cuenta las circunstancias actuales, digo a las autoridades y los formadores de opinión que, al 50%, firmo ahora. Tráiganme los papeles que estampo la rúbrica sin demoras. Fijen un pedazo de tierra, una extensión reducida, algo así como medio departamento de Montevideo, en algún lugar del país. Allí, los residentes pagarán el 50% por ciento de lo que produzcan al ogro, y el ogro no les deberá dar nada a cambio. Los residentes de este oasis, de este San Marino uruguayo, pagarán por sus servicios con su dinero y directamente. Se ocuparán de su salud, de su seguridad, de su educación, de su retiro. Y podrán hacer lo que quieran. Si quieren contratar a alguien, lo contratan. Si lo quieren despedir, lo despiden. Si quieren producir energía, pueden hacerlo. O comprar pollos en Brasil. O abrir a las ocho de la noche los domingos. Si quieren guardar para su futuro, será su prerrogativa. Si quieren tener un arma, sírvase usted. Pueden hacer con su tiempo y sus recursos lo que quieran, y están obligados a darle a los matones la mitad de lo que consigan con su esfuerzo, sus habilidades y su suerte.

En las circunstancias actuales, los uruguayos pagamos impuestos muy superiores a ese 34%, consensual entre difusores ingenuos y acomodados. Pero ésa no es la única mochila que nos cargan. No es el único bulto sobre el lomo del camello uruguayo. Hay una segunda bolsa sobre nuestros doblados espinazos: la regulación. Los patoteros pretenden sacarnos un montón de recursos, y a la vez atarnos las manos a la espalda. El camello tiene que cargar el bulto, y maneado.

Entonces, la propuesta debería ser tentadora para el ogro. Si, como dicen, hoy me saca 34%, yo le digo que le doy 50%. Y además, lo libero de todos los trabajos de control y seudoprovisión de servicios que se ha cargado encima él mismo. 50% en un único impuesto sencillo, una vez por año, sin declaraciones juradas ni inspectores ni inspecciones ni multas.

Sáquenle al camello una de las bolsas. Sáquenle a este burro las maneas. Si hay un matón en el barrio que requiere la mitad de lo que producimos, que se lo lleve, si nos deja producir en paz.

viernes, 10 de agosto de 2012

Denominador común



¿Me dan cinco minutos de su tiempo? Mejor diez. Denme diez minutos de su tiempo, sin interrupciones. En cuanto me pase de los diez minutos, me pueden interrumpir, insultar, o ridiculizar. Antes de eso, no me interrumpan, por favor.

Es muy gratificante y esperanzador ver que, en este grupo, haya mayoría de veinteañeros. Como tengo dos veces y media su edad, no resisto la tentación de hacerles una recomendación, un consejo que ojalá alguien me hubiera dado a mí, a los veinte. Antes que leer a Mises, lean a Kiyosaki. Antes que pelear por la libertad, peleen por su independencia económica y financiera. No busquen ser universitarios; busquen ser ricos. Estudien, claro que sí. Pero no a tiempo completo. Hagan lo que dice Kiyoski. Lo antes posible, tengan ingresos. Esos ingresos, no los gasten todos. Separen una parte. Yo qué sé, un diez por ciento, o un veinte por ciento. Unos cuantos cientos de dólares, por poner una referencia.  Tengan lo que suele llamarse capacidad de ahorro. A esas dos cosas, que ya son difíciles, se suma una tercera: hagan que esos ahorros produzcan. Que su objetivo sea independizarse de su trabajo. Apunten a poder vivir de lo que sus ahorros producen. Si uno es rico es libre. O, lo que es lo mismo, emplea su tiempo como quiere. Y tiene recursos para tratar de realizar sus sueños. Si yo fuera rico, tal vez ahora sería diputado. Me encantaría ser rico para ser como Doug Casey, o como Peter Schiff. Les paso una primicia: Peter Schiff se tira a senador. El padre sigue preso, por negarse a pagar impuestos. “Pague los impuestos”. “No”. “Lo meto preso”. “Métame preso”. El Thoreau del siglo veinte, el viejo Schiff.

Dicho esto, espero que muchos abandonen la causa y se pasen a la de Kiyosaki. Para los que se queden, veinteañeros y de los otros, tengo alguna sugerencia más. Si, a pesar de haber sido iluminados con la profunda sabiduría del japonés, persisten en su empeño de defender la libertad, mi consideración al respecto es que vamos a tener que hacer definiciones. No se puede estar con dios y con el diablo, en la misa y en la procesión. No se puede ser gordo y flaco, alto y bajo, rico y pobre, aburrido y agraciado. O se es una, o se es la otra. Bueno, esto se aplica también para los amantes y defensores de la libertad. No es posible regirse a la vez por Mises y por Friedman. No se puede aspirar a la reducción del estado mientras se vota a estatistas, o sea gente que hace crecer al estado, y que no lo disimula. No se puede defender la libertad de los humanos y apoyar a los que hacen la guerra unilateralmente, y sistemáticamente.

Ojo, no estoy diciendo que sea fácil definirse. A mí me costó tres años de mi vida, todos mis ahorros, mi carrera profesional, buena parte de mi prestigio y mi autoestima. Tuve que pasar por todo eso para darme cuenta de que con dejar de votarlos bastaba para recuperar la coherencia, para volver a estar de acuerdo conmigo. En cierto momento vi que la opción por la libertad no existía, y empecé a despotricar sobre lo mala y cobarde que era la sociedad, que no me brindaba la opción electoral que yo necesitaba. Y me llevó muy poquito, desde ahí, considerar que yo también era un miembro de esa sociedad, adulto, tan responsable como cualquiera, y que por tanto la crítica era, en primer lugar, para mí. Y di todos los pasos necesarios, y puse la opción en el mapa electoral, con el apoyo de unos cuantos hombres y mujeres, de quienes alguno hasta nos acompaña hoy, también. Fue bueno. Aprendí, hice. No me quejo. Pero no lo volvería a hacer. Fue un desperdicio de energía y recursos. Fundamentalmente, mi energía y mis recursos. ¿Qué paso? Sacamos mil quinientos votos. Hay quienes dicen que pudimos haber sacado cinco mil. Fue Connie el que me lo señaló, en su momento. El Herrerismo tuvo unos cuantos miles de votos más de lo que le daban las encuestas, y de ellos tres o cuatro mil pueden adjudicarse a los tibios de la época. A gente que compartía la idea, pero a último momento se arrepintió, y volvió al alero del partido.

Es difícil darle la espalda al pasado estatista. Hay que renunciar a todos los mitos, machacados en nuestros cerebros desde la más tierna infancia, con martillo neumático, en la leche materna, en los libros de la escuela, el liceo y la universidad. Yo fundé un partido, fui candidato a la presidencia de la república (me siento ridículo de solo decirlo), perdí todos mis ahorros, muchos amigos, y tres años de mi vida. Y lo único que necesitaba era convencerme de que tenía que empezar a negarle mi voto a todo candidato estatista.

Esa es la definición que les pido. Ese es el ejercicio que les planteo. Cada uno hace lo que quiere, defiende la causa que le dé la gana. Pero definamos bien esa causa. Tomémonos el trabajo de analizar bien nuestras inclinaciones, para luego poder defender nuestra causa sin ambages. Si lo que quieren es que no gane el Frente Amplio: ¿qué hacen acá? Vayan a trabajar con Hernán, con Analía, o con Pedro. Tengo mis contactos, me tengo bastante fe para hacerles un buen dentre con alguno de esos candidatos.

Yo entré en este grupo convencido de que había encontrado el núcleo duro que estaba buscando. Convencido de que éste sí es el grupo que yo quiero integrar, para trabajar contra el estado. Y me llevo la bofetada de que la línea dominante termina siendo votantes de estatistas – admiradores de Milton.

Cada uno hace lo que quiere. Yo, lo que quiero, es integrar un grupo que cumpla estos tres requisitos básicos. Este elemental común denominador. La gente con la que yo quiero trabajar por la libertad tiene que compartir sin reservas estos tres puntos: 1) No votar estatistas, 2) Repudiar al que hace la guerra, sea quien sea, 3) Rechazar la moneda falsa, como la gran herramienta de sumisión del estado.

Ese es el punto de partida. Tan sólo pasar a ser neutro. Solamente dejar de apoyarlos, dejar de ser parte del problema. Son poquitos requisitos. A partir de ahí, empieza el trabajo. Empieza la contribución a la causa. La búsqueda conjunta de la solución. 

jueves, 19 de julio de 2012

UN TIPO DISCRETO


Hay tantas cosas que decir. Podría hablar de la mujer, del dinero, de dios, de mi padre, de mis amigos, de la vida de ciudad, de la de burgués, de nuestra civilización occidental judeocristiana, de los salvadores al pedo, de la música, de la matemática, del yoga y de Oriente, de cómo lo manoseamos, del cuerpo, de la especialización y el sueño del generalismo, del hombre universal que según parece hoy no puede existir, del alma, la meditación, los viajes astrales y el Uno. Podría citar tantos libros, referirme a tantas conversaciones. Y me engañaría, probablemente bastante bien. Pero es seguro que a ustedes no. Sabrían enseguida que hablaría de mí, de mí y sólo de mí. Mi pequeño cerebro intoxicado de burguesía no alcanza a dejarme a un lado. Tengo que decir que no es una limitación humana; generalizada sí, pero no intrínseca. Yo, como individuo, la tengo. Y tantos otros, por lo que veo casi (y el casi que casi no se vea) todos.

Sólo puedo hablar de mí, y como necesito hablar hablaré de mí. Voy a largar toda esa mierda que me asfixia, espero no asfixiarlos. Más que eso: espero no aburrirlos. Porque quiero que me lean. Me meo por que me lean. Y espero fervorosamente que esto no suene a súplica.

¿Les suelto un discurso cronológico? Como esquema narrativo está superado, sí, pero no van a negar que es una forma de empezar. Let´s start at the very beginning. Si no, ¿por dónde? Me embarullo solo, se me entreveran los dedos, me mata la indecisión como al burro equidistante de los dos fardos de heno, de aquel espero que filósofo espero que griego. (Espero no porque me aporte nada que sea griego y no asirio o chibcha, sino porque me gusta aparecer preciso). Y esto está resultando un tratado sobre la esperanza. Fe, esperanza y caridad, para parecer teologal. Fe en que la mano no se me agarrote, y en que la cama no me encadene. Esperanza en que crean que verdaderamente espero lo que digo esperar. Caridad… se la dejo, les va a hacer falta para seguir recorriendo este cúmulo de signos (un signo es siempre de un signo, dice Cortázar que dice Madame Stein).

Y con esto caigo en la cuenta de que en la enunciación inicial omití a Cristo, el cristianismo, el catolicismo, la iglesia, los curas, los comecuras, los feligreses, y el resto: los gentiles. Nosotros leprosos, como decía aquel curita que los cuidadaba y se confesaba desde un bote hasta un barco, a los gritos. Uno de los tres gatos locos que se la tomaron en serio.


* * * * * * * *

Yo nací en La Vid, como Randall. No me crié propiamente con reos; no tuve esa suerte. Tuve poco contacto de niño (y, mayormente, siempre) con la chusma que gusta mentar Quico, el de El Chavo. Cuando tenía siete u ocho años estaba maravillado porque tenía un amigo negro en la piscina del Olimpo. Lucio se llamaba, y el blanco del ojo parecía ocuparle toda la cara cuando le respondí que mi padre era abogado. “¿Como en las películas?”

Tres para uno y uno para todas. La cazaron al vuelo, ¿no? Sí, era fácil, pero me gustó. No soy el único que tiene gusto por lo evidente, lo vulgar. Mirá Mel Brooks, mirá Spielberg, mirá el éxito que tuvo este muchacho Biella con “El piropo de la lluvia”. Para los lerdos, solución: éramos cuatro, ellas tres y el infrascrito. Y los insulto sin remordimientos, porque espero (sigo esperando) que ninguno de ustedes se coloque en el pelotón de los rezagados. Es más, anzi, espero haber despertado alguna que otra sonrisita sornosa: “A algún gil se la habrá escapado”.

Y vamos deshaciendo la madeja. Sorna era un compañero de la infancia, el Gallego Gerona. ¡Ah! Por las dudas, cualquier relación con personas o cosas existentes fuera del mundo fantásticoimaginario a que pertenece esta parrafada es pura casualidad. Pero así así, ¿eh? Destino, el Hado Funesto, de La Ilíada, o tal vez La Odisea (me parece – espero – que estaba el Pelida o Peleida. Sea como sea, nada que ver con helados, o con el hada madrina). Gallego: ¿estás ahí? No te lo tomes a mal; no es para tanto. Además, date por compensado con la fama que te llueve. Ya se lo decían al Corto las terrajitas del Chodo: la fama cuesta sudor. Y vos, Corto, agarrate los pantalones.

El Gallego tenía un rictus de desprecio que puede considerarse, sin pudores, la materialización de la sorna. Herencia materna, dato científicamente comprobado en las no pocas visitas a su casa. Se le alzaba el labio superior de un costado solo, como si tuviera vida propia o sufriera todavía el efecto de la anestesia del dentista. Llegaba casi a tocarle de fuera el borde de la nariz. En largas noches de elucubrados desvelos he llegado a la piadosa conclusión de que el maravilloso filo de su lengua, su voracidad maledicente, su afán irrefrenable de ponerse a despedazar congéneres inmediatamente después del hola, eran una consecuencia lógica, proporcionada, de la excesiva consciencia de su inmensa nada (no te escondas, Pascal, que te vimos). Me viene una muestra que espero sea representativa. Una del estadio que contó el Negro.


En la Límpida estaban su ahora cuñado y un amigo, con sus novias. Cañamel hizo un gol. Todos festejaron, saltos, gritos, abrazos, menos un medio bichicome que tenían al lado. Cuando se fueron calmando los ánimos el linyera se paró parsimonioso, se abrió el sobretodo pegajoso, se levantó el buzo grasiento, se bajó el cierre herrumbrado del pantalón grande y rotoso, sacó el sucio aparato genital y, sacudiéndolo a dos manos, repitió a media voz, con los ojos perdidos: “Cañamel nomá, Cañamel nomá”. Las chicas lloraban, y fue eso lo que indignó al Gallego. El pliegue del labio le temblaba, acariciándole la nariz: “ Me vas a decir que nunca vieron una pija, ésas”. Gallego, viejo. Hoy, pasada tánta agua bajo el puente, recapacitá. Pensá en los nervios, en el asco de esas delicadas señoritas, esos pimpollos, en la presencia pestilente de ese glande mugriento. El hecho de que fuera posible, hasta probable, que hubieran dado uno a dos revolcones, es decir tropezones, no implica que debieran permanecer impertérritas, inmutables como la pampa de granito ante la indiscreción del efusivo y desprolijo simpatizante de Cañamel. Te acepto, te aceptamos la objeción de que debieron ser un poco más respetuosas, visto y considerando que era un cocañamelófilo. Pero vale sólo como leve atenuante.

Tengo miedo de caer en el Negro, en el Corto, en el 3.14 , porque él y Eguía, que serán los primeros en leer esto, me están acusando ya de demasiado personal, de localista, de vernáculo y bucólico (con diccionario no vale). Hasta de rupestre me acusan, si me descuido. Cómo será, que tuve que oírme tildar de modernista. “Rubén Darío. Modernista”, dijo, y me alargó de vuelta el papel. Había venido a visitarme porque estaba (yo) enfermo, y estaba (él, 3.14) sentado en mi lecho de convaleciente. No emitió juicio. Con una sonrisa seria, de aprobación, me honró comparándome con ese inflador de gaitas, eterno desconocedor del alma humana. ¡Tratarme como a Armandito Vasseur, a mí, sin la menor consideración a mi fiebre y mis ojeras! Y lo peor es que tenía razón. Vean, y juzguen sin asco. Total, yo ni me entero. Incluso si alguno quiere escribirme o llamarme por teléfono (no soy ilocalizable), su conmiseración, sus vituperios, o hasta la defensa de la validez del texto que al trasnochado de turno se le pueda ocurrir, no harán más que divertirme. Y siempre está la posibilidad de un nuevo amigo, o, mejor, una nueva amiga. No para mí, ilusos. Para ustedes. Se podrían formar clubes de defensores, de detractores, de eclécticos y de indiferentes. En USA sería cosa de una semana, y se llenarían las calles de fans y antifans con carteles y vinchas. (He aquí una razón para traducir esto al inglés lo antes posible). Con ustedes, la fuente de la discordia.

Cantaba el cántaro un canto caro,

contaba cuentos de color. 
Cargaba el cántaro el niño claro, 
llenaba el aire su candor. 

Color de cloro eran los ojos

que el agua clara canturreaba. 
Crujiente cuerpo de hombros rojos, 
curtida cara reflejaba. 

Corriente quieta contra el borde,

quería quedarse con su voz. 
Cantole el niño copla acorde, 
con sus cadencias la onduló. 

Contra el cántaro corrían

canoras cuentas color carmín. 
Coro de choques, chasquidos, chispas… 
quietud querida, no tengas fin. 

Corto caduco cuento caliente,

llegó cansado pronto a su fin. 
Curioso rayo de faz sonriente 
creó la queja del querubín. 

Corta carrera corrieron cuevos,

cántaro, Febo, niño y color. 
Quizá con suerte puedan de nuevo 
cantar su juego de vida en flor. 

Obsérvese:
a) la nauseabunda aliteración en ce, parangonable a la de la guitarra que aporreaba la cigarra senil 
b) la curiosa métrica, decasílabos, octosílabos y nonosílabos casi al azar 
c) la riquísima puntuación, coronada por esos sugestivos puntos suspensivos que lo dividen casi al medio… 

* * * * * 
CONTINUARÁ

jueves, 8 de marzo de 2012

DUCHA FRIA

El asunto es el de siempre, nomás. No escapa a la regla. Decisión. Cómo salir de la cama. Después de hecho, ya está. Superada la parálisis de la postergación compulsiva, enferma, comenzamos a rodar. La inercia se transforma en su opuesto. Continuismo. Siempre pereza. De empezar, y de terminar. Si alguien o algo me ayudara a salir de la cama cuando abro los ojos, la humanidad, el cosmos todo agradecería. Pero no, no puede ser un químico. Empezás con uppers y después seguís con downers y después vas duplicando las dosis y terminás como el Flaco, o Bateman, o los morfinómanos de hospital: médicos, paramédicos, y hasta personal de servicio.

Acometí con arrojo contra la ducha fría, luego de dos días de pasiva ausencia de higiene. No fue más chocante que las otras veces. El chorro grueso cae directo como un mazo entre la maraña de cerda, densa por tantas horas de sueño. Está siempre varios centígrados más abajo. Las piernas se tensan, y las aflojo. Bufo, respiro entrecortado. Y canto, con placer y fuerza inusitados. El frío vertical y denso me desata la garganta, parece. Para verificar, me toco los músculos del frente del cuescuezo, y siguen tan campantes, tan agarrotados. El frío sigue frío, pero ahora agradable. El baño angosto y blanco, descarnado, resuena, casi late. La música revolotea contra el techo. No puede escaparse por la ventana porque está irremediablemente cerrada. Por duelo, por balance o, mucho más probablemente, por Carnaval.

Mañana me voy. Aires de despedida. El Ze me llevó a comprar las piezas que faltaban. Por suerte me llevó en su fusca amarillo. Llueve lluvia, sin parar, en este extraño Carnaval, hijo de El Niño. Está fresco, me puse la campera sin cierre, y hasta agregué el Pringle, el único que queda de los tiempos de la elegancia.


CONTINUARÁ

viernes, 10 de febrero de 2012

Fuera de foco

Pasó un buen rato mirando las estrellas, pensando en ella y en dejar de fumar. La veía de espaldas por el comienzo de Soca, con su ropa. Claudia vestida de Timo por Pocitos, pisando fuerte con los hombros altos y la cabeza adelantada. Cayó en la cuenta de que recordaba, en realidad, la foto. Eso lo llevó a las otras fotos, en el jardín del edificio de al lado. De foto a foto pasó por el culo de un obrero, parado en el andamio de la obra de la heladería, frente al Valerio, al sur por Avenida Brasil. El culo, curiosamente, ni se veía. Resultaba, nomás, una foto de la reja que rodeaba al edificio. Tan solo un hermoso primer plano de reja antigua, repujada. Enfocado en el portón, entre los pilotes coronados de frisos de colores. Era buena la foto. El no la había sacado. Recordó su intención de ampliarla hasta que se viera el culo, razón de la foto. Hasta que se viera la media raya de culo gordo y flaco. Bajo un buzo marrón de lana, entre una cintura inexistente y un cinturón negro, caro, fuera de contexto. El culo no se veía, y tampoco las viejas que se paseaban del brazo por el patio del fondo del edificio de al lado, el mismo de la foto de Claudia disfrazada de Timo. Pero visto de atrás. Otro corte, digamos. A cual más achacosa bordeaban el muro como un animal enjaulado, como el oso polar del zoológico de Barcelona luego de meterle un litro de Lexotán en la sangre. El oso llegaba al trote hasta el borde del pedacito de hielo en que lo forzaban a pasear su portento, su exuberancia, su hermosísima potencia. Y las viejas suspiraban de ángulo a ángulo de ese cuadrilátero exiguo y a la vez enorme. Sembrado, por más ironía, de hamacas y toboganes multicolores. Pero la foto no muestra eso. Sólo un patio del fondo de un edificio de Pocitos, visto de arriba, lleno de juegos infantiles de fierro. Las viejas no se ven, por más que se amplíe. Se funden en las baldosas monolíticas, entre rosado y gris. Más allá de las ilusas aspiraciones del artista, conocen su lugar, y lo respetan. Son un dechado de pudor: dios les dé varios meses.

miércoles, 25 de enero de 2012

Pero no bailan

-Yo soy el más terraja, y resulta que soy el único que baila. Inevitable, che. La ley del embudo.
-No te equivoques, pará. Sos megalómano hasta para tirarte abajo. Ni sos el más boludo, ni bailás con la más linda.
-Ni lo pretendo. Soy un hombre de trabajo.
-¿Qué dice?-, mirando a Eguía.
- Dice que no pagó la orquesta. Herencia de antiguos concubinos.
-¡Encima brisco!
-Soy el único que baila. A ustedes les sobran condiciones, pero tienen que cuidarse. No toman, porque les crece la panza. No bailan, porque no toman, y porque mañana temprano tienen partido en la liga. Y ahí entro yo, corriendo de atrás, juntacadáveres. Me acerco tímido a la hija del patrón (quien, además de rica, está buenísima), y le pido la pieza, escarbándome uña con uña y mirando al piso.
-¡Llegó el hombre de la casa, Pepitaaaa!
-Exacto. Pero cuando la calzo con mis enérgicos dedos en su cadera y mi audaz muslo en su entrepierna, y le explico la cosmogonía respirándole en la oreja, decide decirle al padre que yo soy un fenómeno, que me haga jefe de todos ustedes. Al otro día estoy mandándolos, haciendo sonar los dedos.
-¿Y nosotros, mientras?
-Ustedes, mientras, comen saladitos. Sentados en plena luz, con las corbatas en su lugar y los trajes de USD 1000 . Señorialmente fríos y distantes, convencidos de que la majuga en pleno suspira por ustedes. Y suspiran, nomás. Como para no. 3.14 tiene un manejo del castellano que ni Borges. Eguía tiene un torbellino de ideas que ni Joyce. Y con eso no estoy diciendo que uno y otro no tengan conceptos y dominio de la lengua, respectivamente. ¡Las minetas que habrás hecho, Eguía!
-Y vos tenés las dos.
-¡No! Yo lo único que tengo, creo, es huevos. Empujo y empujo hasta que el bandoneón se digna escupir una nota.
-Te lo digo siempre-, dice Eguía. –Para músico, servís.
-Tu agresiva teoría está más que perimida, querido. Era tan perecedera, tan caduca que le bastó un fin de semana a la intemperie para fenecer. ¡Leé un poco! ¡Desasnate! ¿Sabés que tienen de común Bryce y Bucowski, además de la be? ¿Miller y Cortázar? ¿Svevo y Joyce?
-Svevo y Joyce sí sé, pero me imagino que no es lo que estás buscando.
-Thoreau también, me olvidaba.
-Sos una máquina de escupir nombres, papá.
-Y no los leí, a mucha honra.

martes, 24 de enero de 2012

Cautiverio y esclavitud

Leyendo sobre libertad, me encontré con un dato que asusta: USA congrega el 25% de la población carcelaria mundial. Esta cifra relativa y escalofriante viene a complementar otro dato, igual de escalofriante, y absoluto: USA aloja 2.7 millones de presos.

Uno podría sentirse derrotado ante tal superioridad. Sin embargo, el patriotismo pudo más, y decidí tratar de confrontar esas cifras con las nuestras. Diligentemente, nuestro parlamento ha designado un Comisionado Parlamentario Penitenciario, que emite informes anuales sobre la situación de las cárceles y los presos uruguayos. Por otra parte, el Ministerio del Interior, a cargo de la policía y las cárceles, tiene la deferencia de publicar un censo de la población carcelaria, elaborado por la Universidad de la República.

El censo es claro y conciso. Consta fundamentalmente de cuadros y sus correspondientes descripciones en castellano. De él surgen las tres cifras que quiero comentar, y, en la medida de lo posible, contraponer a las del gigante del norte, que en este caso no es Brasil.

En Uruguay hay más de 8.000 presos. Más de 8.400 personas encerradas por decisión del estado. 8.492 ciudadanos que el estado ha decidido confinar en condiciones infrahumanas, según lo que declara el propio estado por medio de su integrante, el mencionado Comisionado. En una población de 3.2 millones de habitantes, esto es aproximadamente un cuarto de un uno por ciento. De cada mil ciudadanos uruguayos, más de dos y menos de tres están presos. Si sirve de consuelo, en esto estamos mejor que USA, donde de cada mil ciudadanos, casi nueve están presos por decisión del gobierno.

Otro aspecto en que podemos medirnos con el mayor matón de la historia es la reincidencia, y ahí también ganamos. Si el estudio de la universidad oficial, que publica el Ministerio del Interior, no se equivoca, casi la totalidad de los reclusos es reincidente. Además, casi 43% fue confinado por decisión del gobierno cuatro o más veces. Es en esto que nuestro gobierno aparece como benevolente, en comparación con la mayor maquinaria bélica de todos los tiempos. En efecto, el sistema penal de USA se inspira en el béisbol: tres faltas y afuera. Es decir adentro: cualquier ciudadano americano que recibe una tercera condena penal no saldrá nunca más de la cárcel.

Pero que no se avergüencen los uruguayos de bien. Todo parece indicar que la creciente inseguridad ciudadana permitirá a nuestros celosos representantes escribir otra ley, que asegurará un crecimiento más acelerado de la población carcelaria, amén de una reducción en su edad promedio. Toma cada vez más cuerpo el clamor popular por una reducción en la edad mínima de imputabilidad penal. Hay dos partidos políticos juntando firmas, y la cosa promete.

Hay un aspecto que no puedo comparar, ya que no dispongo del dato correspondiente al policía global. Mi intuición me dice que en esto estaremos peor que ellos, aunque usted no lo crea. En Uruguay, casi 48% de la población carcelaria no tiene condena. Sí, oyó bien. El gobierno decidió privar de su libertad y recluir en condiciones infrahumanas a más de 4.000 personas, confesando que no está seguro de su decisión. Basta que un juez, representante del gobierno, conceda que hay indicios para creer que un ciudadano pueda ser culpable, para que se lo encierre sin límite de tiempo. Basta la “semiplena prueba”, dicen, mostrando su desamor por el conciudadano y el castellano. Una vez más: la mitad de los ciudadanos uruguayos tras las rejas por orden del estado está allí sin una condena. Para colmo, no hay distinción entre condenados y “procesados”. Todos están hacinados, mal alimentados, mal cuidados, y librados a su suerte por igual, en el ambiente más peligroso que cualquier hombre libre puede imaginar.

Si bien lejos de ser tema corriente, sería injusto afirmar que la sociedad uruguaya no es consciente de esta situación. Tanto los gobernantes como la población conocen el problema, y cada tanto lo discuten. Los uruguayos de bien nos conformamos con condenarlo en los cafés, con señalarlo como defecto endémico de nuestro ordenamiento jurídico. Sí, sí. Es espantoso que en Uruguay los presos vivan como animales maltratados. Es inconstitucional, sí, sí, y doblemente para la mitad, que no sabe si lo creen culpable, ni sabe cuánto durará su estadía.

En Uruguay, en el mayor imperio que haya visto la humanidad, y en los demás países occidentalizados, la esclavitud es norma. Vivir en el país significa estar obligado a entregar al gobierno más de la mitad de lo que es suyo, so pena de estar fuera de la ley y como tal sujeto a los rigores de la cárcel. La forma de eludir la esclavitud es abandonar el país, con la poco estimulante perspectiva de caer en las garras de otro estado. Los ciudadanos libres somos esclavos, aunque no estemos en cautiverio.

viernes, 20 de enero de 2012

Dígame: ¿cuanto pago, de impuestos?

¿Quién no tiene amigos economistas? Yo, tengo muchos, y de lo más encumbrados. Altos dignatarios del mundo de las finanzas, las empresas, la academia, los gremios, y hasta el gobierno. Cada tanto vuelvo al ataque con la misma pregunta, y siempre sin éxito. La respuesta es inevitablemente condescendiente, paternal. No es un tema del que deba ocuparme. Para eso están ellos. Pero ellos no me dan la respuesta. Para eso están ellos: para que yo no sepa. Cuentan con sus poderosísimos métodos econométricos, pero voluntariamente se abstienen de usarlos, con el único fin de dejarme bien a oscuras. Todo economista lleva un gobernante adentro.

Les planteo ahora la pregunta, a ver si alguno de ustedes se apiada de mí. ¿Cuanto cuesta el gobierno? Dicho de otra manera: ¿cuanto pagamos, de impuestos? O, si quieren mayor respeto y objetividad: ¿cuanto pago, de impuestos?

Tal vez podamos ponernos de acuerdo en que la creencia popular ubica la carga impositiva que soportamos los uruguayos en 40%. Es decir, que de cada 100 pesos que nos entran, cuarenta se los queda el gobierno.

Ya en este punto empiezan mis dudas. Este cuarenta por ciento parece venir exclusivamente de un dedo chupado y elevado al viento, forma moderna y marítima del ojo de buen cubero, en un mundo que ha abandonado las cubas. Algunas veces parece que la falsedad de la afirmación es evidente y contundente. Aunque no lo puedan creer, muchas de las veces en que alguien comete la indiscreción de dar una aproximación al total de impuestos que paga la sociedad uruguaya, sólo toma en cuenta los impuestos nacionales. De pique, nomás, se descarta la órbita municipal, con 19 departamentos dispendiosos que mantener. Mi aproximación primaria, y de buen cubero, es que los 19 gobiernos departamentales deben costar no menos de la mitad de lo que cuesta el gobierno nacional, con lo cual los uruguayos llegaríamos rutilantemente a la cifra de sesenta por ciento de impuestos. Es decir: de cada cien pesos que recibimos, sesenta se los queda el estado.

Hay dos tipos de impuestos declarados: el IVA, y los demás.
El IVA se calcula de modo de evitar duplicaciones. Nadie paga IVA sobre algún otro IVA. El proveedor emite su factura desglosando el IVA. El que la recibe, cuando a su vez emite su factura, calcula el IVA que cobra sobre el monto sin IVA. Esto sucede infinidad de veces, sin que jamás aparezca un IVA que haya sido calculado sobre algún IVA previo.
Esto no sucede con los demás. Los impuestos que no son IVA están sujetos a IVA. Impuestos sobre los combustibles, impuestos a la renta de las empresas, impuestos a la renta de los asalariados, impuestos para la educación, impuestos específicos, patentes de rodados, contribución inmobiliaria, son algunos ejemplos. El consumidor final paga la totalidad de los impuestos que no son IVA. Paga directamente los que le son asignados, y paga indirectamente los que fueron pagados por algún productor de algún bien o servicio. Además, paga IVA sobre la parte de los impuestos no IVA que no pagó directamente. El productor incluye en sus costos los impuestos no IVA, y les carga el IVA.
Así, una parte nada despreciable del IVA recaudado es calculado sobre impuestos. Impuestos de impuestos. Cuanto más impuestos no IVA cobra el gobierno, más recauda a su vez en IVA. Parece mágico. El efecto multiplicador de los impuestos.

Hasta aquí los impuestos declarados. El gobierno nos cobra el IVA y los otros impuestos sin disimular. “Estos son los impuestos que hay que pagar”, nos dice. “Estos son los montos y tasas y porcentajes que hay que desembolsar”, nos dice. No se nos concede la gracia de tener opinión al respecto, cosa que no preocupa ni al gobernado ni al gobernante.

Además de la larga lista de gravosos impuestos oficiales, los uruguayos pagamos impuestos no declarados. Unos surgen de las actividades económicas del estado, en calidad de monopolio legal o de facto. Otros toman la forma de contribuciones, es decir compras forzosas. Entre ellas la seguridad social obligatoria, y los llamados seguros médicos. Y no olvidemos los impuestos que surgen de la pérdida de valor de la moneda de curso legal.
Los productos y servicios que provee el estado y nada más que el estado cuestan necesariamente más de lo que deberían. El sobrecosto funciona exactamente igual que los impuestos declarados no IVA: todos ellos son pagados por los consumidores finales, sumándoles el IVA, faltaba más.
La inflación, el mayor y más injusto de los impuestos, se paga de manera desigual. Lo cargan aquellos que, por obligación o desconocimiento, terminan teniendo en su poder moneda que emite el gobierno, y que sistemática y deliberadamente desvaloriza. El que tiene ahorros en pesos, y el que espera a fin de mes para cobrar un sueldo en pesos. Los asalariados y los ahorristas son las víctimas a las que apunta el gobierno con la inflación, sin sombra de piedad.

Todo esto es para mostrarles que sí he pensado al respecto. Para que vean que no vengo a ustedes con la pregunta de perezoso, nomás. Sé que lo único que hice fue enumerar. Sé que falta la cuantificación. Una vez más: que algún economista se apiade de mí. Quiero saber qué porcentaje de mis ingresos no son míos sino del ogro.