viernes, 24 de agosto de 2012

Carga y manea


La postura generalizada con respecto a los impuestos es que son del 34% de la generación de riqueza nacional. Sea por acomodo, o por ingenuidad, economistas, opinólogos, y comentaristas en general se rasgan las vestiduras y se mecen las barbas poniendo el grito en el cielo por la ignominia de tener que pagar 34% de sus ingresos al estado. Hacen calculitos en tiempo, y determinan cosas como que desde enero a abril, incluso entrando en mayo, los uruguayos trabajamos para el ogro.

He aquí mi propuesta. Teniendo en cuenta las circunstancias actuales, digo a las autoridades y los formadores de opinión que, al 50%, firmo ahora. Tráiganme los papeles que estampo la rúbrica sin demoras. Fijen un pedazo de tierra, una extensión reducida, algo así como medio departamento de Montevideo, en algún lugar del país. Allí, los residentes pagarán el 50% por ciento de lo que produzcan al ogro, y el ogro no les deberá dar nada a cambio. Los residentes de este oasis, de este San Marino uruguayo, pagarán por sus servicios con su dinero y directamente. Se ocuparán de su salud, de su seguridad, de su educación, de su retiro. Y podrán hacer lo que quieran. Si quieren contratar a alguien, lo contratan. Si lo quieren despedir, lo despiden. Si quieren producir energía, pueden hacerlo. O comprar pollos en Brasil. O abrir a las ocho de la noche los domingos. Si quieren guardar para su futuro, será su prerrogativa. Si quieren tener un arma, sírvase usted. Pueden hacer con su tiempo y sus recursos lo que quieran, y están obligados a darle a los matones la mitad de lo que consigan con su esfuerzo, sus habilidades y su suerte.

En las circunstancias actuales, los uruguayos pagamos impuestos muy superiores a ese 34%, consensual entre difusores ingenuos y acomodados. Pero ésa no es la única mochila que nos cargan. No es el único bulto sobre el lomo del camello uruguayo. Hay una segunda bolsa sobre nuestros doblados espinazos: la regulación. Los patoteros pretenden sacarnos un montón de recursos, y a la vez atarnos las manos a la espalda. El camello tiene que cargar el bulto, y maneado.

Entonces, la propuesta debería ser tentadora para el ogro. Si, como dicen, hoy me saca 34%, yo le digo que le doy 50%. Y además, lo libero de todos los trabajos de control y seudoprovisión de servicios que se ha cargado encima él mismo. 50% en un único impuesto sencillo, una vez por año, sin declaraciones juradas ni inspectores ni inspecciones ni multas.

Sáquenle al camello una de las bolsas. Sáquenle a este burro las maneas. Si hay un matón en el barrio que requiere la mitad de lo que producimos, que se lo lleve, si nos deja producir en paz.

viernes, 10 de agosto de 2012

Denominador común



¿Me dan cinco minutos de su tiempo? Mejor diez. Denme diez minutos de su tiempo, sin interrupciones. En cuanto me pase de los diez minutos, me pueden interrumpir, insultar, o ridiculizar. Antes de eso, no me interrumpan, por favor.

Es muy gratificante y esperanzador ver que, en este grupo, haya mayoría de veinteañeros. Como tengo dos veces y media su edad, no resisto la tentación de hacerles una recomendación, un consejo que ojalá alguien me hubiera dado a mí, a los veinte. Antes que leer a Mises, lean a Kiyosaki. Antes que pelear por la libertad, peleen por su independencia económica y financiera. No busquen ser universitarios; busquen ser ricos. Estudien, claro que sí. Pero no a tiempo completo. Hagan lo que dice Kiyoski. Lo antes posible, tengan ingresos. Esos ingresos, no los gasten todos. Separen una parte. Yo qué sé, un diez por ciento, o un veinte por ciento. Unos cuantos cientos de dólares, por poner una referencia.  Tengan lo que suele llamarse capacidad de ahorro. A esas dos cosas, que ya son difíciles, se suma una tercera: hagan que esos ahorros produzcan. Que su objetivo sea independizarse de su trabajo. Apunten a poder vivir de lo que sus ahorros producen. Si uno es rico es libre. O, lo que es lo mismo, emplea su tiempo como quiere. Y tiene recursos para tratar de realizar sus sueños. Si yo fuera rico, tal vez ahora sería diputado. Me encantaría ser rico para ser como Doug Casey, o como Peter Schiff. Les paso una primicia: Peter Schiff se tira a senador. El padre sigue preso, por negarse a pagar impuestos. “Pague los impuestos”. “No”. “Lo meto preso”. “Métame preso”. El Thoreau del siglo veinte, el viejo Schiff.

Dicho esto, espero que muchos abandonen la causa y se pasen a la de Kiyosaki. Para los que se queden, veinteañeros y de los otros, tengo alguna sugerencia más. Si, a pesar de haber sido iluminados con la profunda sabiduría del japonés, persisten en su empeño de defender la libertad, mi consideración al respecto es que vamos a tener que hacer definiciones. No se puede estar con dios y con el diablo, en la misa y en la procesión. No se puede ser gordo y flaco, alto y bajo, rico y pobre, aburrido y agraciado. O se es una, o se es la otra. Bueno, esto se aplica también para los amantes y defensores de la libertad. No es posible regirse a la vez por Mises y por Friedman. No se puede aspirar a la reducción del estado mientras se vota a estatistas, o sea gente que hace crecer al estado, y que no lo disimula. No se puede defender la libertad de los humanos y apoyar a los que hacen la guerra unilateralmente, y sistemáticamente.

Ojo, no estoy diciendo que sea fácil definirse. A mí me costó tres años de mi vida, todos mis ahorros, mi carrera profesional, buena parte de mi prestigio y mi autoestima. Tuve que pasar por todo eso para darme cuenta de que con dejar de votarlos bastaba para recuperar la coherencia, para volver a estar de acuerdo conmigo. En cierto momento vi que la opción por la libertad no existía, y empecé a despotricar sobre lo mala y cobarde que era la sociedad, que no me brindaba la opción electoral que yo necesitaba. Y me llevó muy poquito, desde ahí, considerar que yo también era un miembro de esa sociedad, adulto, tan responsable como cualquiera, y que por tanto la crítica era, en primer lugar, para mí. Y di todos los pasos necesarios, y puse la opción en el mapa electoral, con el apoyo de unos cuantos hombres y mujeres, de quienes alguno hasta nos acompaña hoy, también. Fue bueno. Aprendí, hice. No me quejo. Pero no lo volvería a hacer. Fue un desperdicio de energía y recursos. Fundamentalmente, mi energía y mis recursos. ¿Qué paso? Sacamos mil quinientos votos. Hay quienes dicen que pudimos haber sacado cinco mil. Fue Connie el que me lo señaló, en su momento. El Herrerismo tuvo unos cuantos miles de votos más de lo que le daban las encuestas, y de ellos tres o cuatro mil pueden adjudicarse a los tibios de la época. A gente que compartía la idea, pero a último momento se arrepintió, y volvió al alero del partido.

Es difícil darle la espalda al pasado estatista. Hay que renunciar a todos los mitos, machacados en nuestros cerebros desde la más tierna infancia, con martillo neumático, en la leche materna, en los libros de la escuela, el liceo y la universidad. Yo fundé un partido, fui candidato a la presidencia de la república (me siento ridículo de solo decirlo), perdí todos mis ahorros, muchos amigos, y tres años de mi vida. Y lo único que necesitaba era convencerme de que tenía que empezar a negarle mi voto a todo candidato estatista.

Esa es la definición que les pido. Ese es el ejercicio que les planteo. Cada uno hace lo que quiere, defiende la causa que le dé la gana. Pero definamos bien esa causa. Tomémonos el trabajo de analizar bien nuestras inclinaciones, para luego poder defender nuestra causa sin ambages. Si lo que quieren es que no gane el Frente Amplio: ¿qué hacen acá? Vayan a trabajar con Hernán, con Analía, o con Pedro. Tengo mis contactos, me tengo bastante fe para hacerles un buen dentre con alguno de esos candidatos.

Yo entré en este grupo convencido de que había encontrado el núcleo duro que estaba buscando. Convencido de que éste sí es el grupo que yo quiero integrar, para trabajar contra el estado. Y me llevo la bofetada de que la línea dominante termina siendo votantes de estatistas – admiradores de Milton.

Cada uno hace lo que quiere. Yo, lo que quiero, es integrar un grupo que cumpla estos tres requisitos básicos. Este elemental común denominador. La gente con la que yo quiero trabajar por la libertad tiene que compartir sin reservas estos tres puntos: 1) No votar estatistas, 2) Repudiar al que hace la guerra, sea quien sea, 3) Rechazar la moneda falsa, como la gran herramienta de sumisión del estado.

Ese es el punto de partida. Tan sólo pasar a ser neutro. Solamente dejar de apoyarlos, dejar de ser parte del problema. Son poquitos requisitos. A partir de ahí, empieza el trabajo. Empieza la contribución a la causa. La búsqueda conjunta de la solución.