miércoles, 26 de febrero de 2014

SABEMOS CUMPLIR - 7

Viene de SABEMOSCUMPLIR - 6

Cultura, curiosidad científica, espíritu de empresa, confianza, recursos ilimitados. Los ingredientes necesarios para llevar adelante un experimento en que los sujetos sean humanos. La pareja infértil tuvo que renunciar a su instinto de cuidar, proteger y desarrollar a algún humano chiquito. Estaban sujetos a reglas que eran desfavorables para su proyecto. No les faltaba riqueza. De ser por el precio, habrían podido pagar y mantener cinco niños. Lo que les faltaba era poder. Poder saltearse las reglas. Poder no ser vistos por el aparato represor. Poder ser transparentes, en el sentido válido de la expresión. La transparencia no es una categoría moral, sino práctica. Es transparente aquel que no es detectado por la máquina de impedir. El satélite lo ve, pero no lo denuncia. La policía sabe dónde está, pero no lo va a buscar. Nadie que no pueda sacudirse de encima al jinete oficial tiene recursos ilimitados.

Había que conseguir bebitos. Muchos bebitos, de distintas características. Un infante estaba más allá de las posibilidades de nuestra altamente solvente pareja occidental. Pero Jurgen y Leopoldo consiguieron cien: veinte alemanes, treinta rusos, y cincuenta africanos. Niño más, niño menos. Mitad varones, mitad nenas. Algunos los compraron, otros los raptaron, otros los retiraron oficialmente de hospicios y orfanatos. Estado e iglesia colaboraban. Como en política o en tenis, un cambio de uno tiene un efecto de dos. Si el opositor se retira, gano uno. Si se pasa a mi bando, gano dos. Los religiosos de los orfanatos los entregaban gustosos, haciendo de cuenta que se regocijaban por la vida mejor que les esperaba. Los burócratas llenaban los papeles de salida, indicando como receptor del niño a la Comisión Bilateral Belga y Germana para el Bienestar. Sin indagaciones. Sin seguimiento.

CONTINUARÁ

martes, 25 de febrero de 2014

SABEMOS CUMPLIR - 6

Viene de SABEMOSCUMPLIR - 5

La caballerosa amistad entre Jurgen y Leopoldo se cimentaba en tiempo compartido. Los placeres de la caza eran de rigor. La incipiente Alemania reforzaba la virilidad deportiva. Se denunciaba abiertamente la debilidad de las otras noblezas europeas, anclando el alza germana en la energía física y mental, ambas abierta y oficialmente asociadas con lo masculino. No menos que la caza, o la exposición a los elementos, la curiosidad científica y filosófica eran virtudes esenciales de los aristócratas germanos. Y, por supuesto, el espíritu de aventura productiva. El alma de emprendedor.

Como tantas otras genialidades, los planteos de Darwin resultaban obvios luego de conocidos. Los intelectuales finiseculares se preguntaban por qué se le había ocurrido al barbón, y no a ellos. Basta mirar alrededor, y la relación entre especies se hace patente. Los animales se parecen unos con otros. Y, entre grupos disímiles, también aparecen coincidencias básicas que establecen un conjunto común de características. Extremidades, ojos, boca, simetría. Lo que antes era diversidad, ahora era un mar de la misma vida. Y no era difícil imaginar una fuente simplificada, un origen de las especies. 


Más sencillo aún resultaba identificar el pasaje de una especie a otra. El perro como viniendo del lobo. El jabalí como padre del cerdo. Refunfuñaban doblemente los aristócratas alemanes, en las salas de fumar. ¿Acaso no había el hombre, en la nebulosa de los tiempos, aportado su granito de arena? Tenemos trigo porque cambió el trigo, de algo que ya no hay a esto que tan bien nos sirve. No era difícil extrapolar estas observaciones a un período más amplio, y al universo completo de la vida animal y vegetal. Lo que tuvo este inglés fue suerte, como tantas veces.

Y suerte tenemos nosotros también de vivir estos tiempos. Los alemanes somos hombres de acción, de proyectos amplios, de logros obtenidos. Qué suerte que tenemos la evolución para pensar en ella y sacarle provecho. Qué suerte que los ingleses hayan alcanzado, una vez más, su fase decadente.

La masculina intelectualidad germánica no escapaba a la dicotomía europea general. Si soy culto y sofisticado, no puedo no ver la evolución. Y si soy noble y cristiano, no puedo negar la creación. La suave ondulación de las especies, una alimentando a la siguiente, era bienvenida por su elegante simpleza. Pero fallaba por las dos puntas. En el punto de partida, el origen de la vida estaba en el creador. Y al final, estábamos nosotros. La cumbre indiscutida de la creación. No escapaba ni a Jurgen ni a Leopoldo la similitud entre simios humanos y simios selváticos. Pero no ponían gustosamente el brazo para la vacuna intragable de que el hombre es un mono, o de que el mono podría ser un hombre. La explicación evolutiva es muy atractiva intelectualmente. Su lógica es impecable. Pero somos gente decente, hijos de dios, creados a su imagen y semejanza y titulares por derecho de la naturaleza toda. Como Leopoldo era titular por derecho propio del Estado Libre del Congo. Como Jurgen y sus pares estaban eximidos de cumplir las reglas, así la humanidad tenía carta blanca con respecto a la naturaleza.


Los planteos del pelado de la isla tenían mucha sal. Parecía incómoda, pero la contradicción que ponía sobre la mesa la teoría de la evolución de las especies era un fenomenal entretenimiento. No era soluble conversando, y por eso mismo era mejor que cualquier juego de cartas.

CONTINUARÁ

lunes, 24 de febrero de 2014

SABEMOS CUMPLIR - 5

Viene de SABEMOS CUMPLIR - 4

Las dificultades que presenta el lado humano del experimento son de las que descorazonan. Nada es imposible, por supuesto. Quién no ha visto en acción a esos alpinistas solitarios que arremeten contra acantilados de cientos de metros, equipados con sus veinte dedos y un tachito con parafina. Al cabo de unas horas están en la cima, tan campantes. Aquí no ha pasado nada. La gente aplaude, la cámara filma, los patrocinadores le entregan premios y se ponderan a sí mismos. A eso equivaldría que un investigador cualquiera llevara adelante un experimento humano de ausencia de fuego y lenguaje.



Hay una mejor metáfora: la turbina dorsal. El que logre armar la verificación empírica de humanos sin fuente de energía ni comunicación simbólica dispondrá de propulsión propia, y por tanto su logro no se parecerá en nada al del escalador a puro dedo. Más que habilidades especiales, nuestro experimentador estará libre de las limitaciones corrientes. Dado que puede volar, los trescientos metros de barranca rocosa y vertical no serán tales para él, como no lo son para los halconcitos que allí anidan.

Una pareja amiga intentó gestar durante una década. La tecnología que aplicaron el primer año era irrisoria al décimo. Pero aún con diez años de ciencia a su favor no lograban óvulos fecundados que se pegaran al útero. Trataron de adoptar, pero la legislación les resultaba muy desfavorable. Por dos veces los padres abandónicos decidieron recuperar al hijo perdido. Lo padres biológicos, claro, siempre tienen preferencia legal. El bienestar del niño pasa a un segundo plano. En un lapso de cuatro años, dos bebitos queridos y cuidados perdieron protección y afecto y recuperaron el calvario que les había tocado en suerte. Acto seguido, mis amigos recibieron la ambigua sugerencia de comprar un chiquilín, cosa que rechazaron por mucho tiempo. En un cierto momento, llegó esa oportunidad tan buena que no pudieron decir no. Pagaron el bebe y empezaron a disfrutarlo, a colmarlo de cariño y dedicación. Alguien los denunció. Hoy están ambos presos. Me comentan que, cuando salgan, ya no intentarán tener un hijo. Ni propio ni ajeno.

Un laboratorio alemán, próximo al rey Leopoldo II, probaba sus vacunas en la gran estancia del gobernante en Africa Central, hoy República Democrática del Congo. Una ancestral amistad familiar unía al rey y los westfalos que controlaban a la empresa química.

Así se llamaban en aquel entonces. El concepto de laboratorio es posterior, y tiene su cuota importante de eufemismo. Los medicamentos surgían de las empresas químicas, como las tintas, los combustibles, los ácidos. Si algo no servía como añil, tal vez sirviera para la irritación intestinal. No era infrecuente que los medicamentos fueran subproductos de la industria que fabricaba los químicos para curtir cuero o ablandar aluminio. Uno caso famoso, en efecto, es el flúor. Una pila enorme de flúor resultaba de la fabricación de aluminio. No sabían qué hacer con él, porque era tóxico. Terminaron atribuyéndole poderes medicinales, e incorporándolo compulsivamente en el agua corriente, que pasó a ser fluorada.

El mito sostiene que el experimento conjunto entre los Breisenbergen y Leopoldo surgió de una bravata durante una cacería. Esta versión puede deberse a que el emprendimiento no parecía de los más rentables. Más plausible resulta, es verdad, el juego entre camaradas, tal vez con un trasfondo filosófico. El inusitado éxito de las aberrantes teorías de Darwin, sumado a su calidad de inglés, eran estímulo sobrado para estos germanos dueños del mundo. Para rédito tenían las vacunas, el marfil, el caucho. Un río de abundancia en la que nadarían sus descendientes por incontables generaciones.


Eran hombres de empresa, acostumbrados a la obtención y acumulación de riqueza. Desdeñaban a los aristócratas afeminados e inútiles. El tiempo del ocio noble había pasado, y con él el de Francia primero, y el de Inglaterra luego. Era la era de nuestra amada y venerada Alemania, tan venerada para el mariscal Jurgen como para Leopoldo. Era vecino, era admirador, era nieto de alemanes. El nuevo mundo de Alemania era el suyo.

Tal vez sea más apropiado decir que Leopoldo era hijo de nuestra amada Alemania. Su existencia, y la de sus dominios, estaban en manos de la nobleza teutona. Y eso no le generaba a ninguna de las partes conflicto alguno. El era flexible. Participaba en todos los negocios, y daba amplias facultades a los ejecutores. Como hizo Inglaterra durante siglos. Les dolía reconocerlo, pero siempre terminaban notando que caminaban por el trillo de Inglaterra. Hería su orgullo de patriotas, pero alimentaba su inventiva de empresarios, y su bolsillo. Lo que no tenía Inglaterra era una nobleza emprendedora, y por eso estaban perdiendo el mundo.

La ventaja de tratar entre caballeros era la flexibilidad. Los ingleses, los holandeses, eran comerciantes. Nosotros somos nobles. Somos como una familia. No necesitamos corporaciones ni papeles ni cortes ni juzgados. Nos respetamos mutuamente, valoramos la ganancia del otro tanto como la nuestra. Leopoldo no necesita que Jurgen le firme papeles. Tienen suficiente coincidencia. Los enormes márgenes facilitan, qué duda cabe. Pero holandeses e ingleses tenían y tienen márgenes similares, y se sienten en la obligación de meterse adrede en corsés. He aquí la ventaja de nuestra venerada Alemania.


Sigue en SABEMOS CUMPLIR - 6

domingo, 23 de febrero de 2014

SABEMOS CUMPLIR - 4

Viene de SABEMOS CUMPLIR - 3

Si suscribimos la teoría oficial, tácita y circular, la evolución de primate a civilizado se debe al fuego y al lenguaje. Se sigue que la cumbre de la naturaleza podría ser algún otro primate, y nosotros seguir sometidos a las inclemencias de los elementos. Es la otra cara de la moneda. Pensamos en prehumanos sin fuego ni habla, y luego damos vuelta la moneda e imaginamos otros primates con fuego y con habla.

Un experimento diseñado con estas premisas sería una aplicación impecable del método científico. Las dificultades surgen de otras facetas de nuestra humanidad, otras limitaciones impuestas a lo practicable. Del lado chimpancé, los obstáculos pueden verse como salvables. Hay protestas y movilizaciones, pero sigue siendo parte del día a día de la comunidad científica la experimentación con animales de todo tipo. La probada conciencia de sí mismos, de nuestros parientes más cercanos y de otros mamíferos, no es óbice para la investigación. La ciencia está primero. Seguimos siendo el eslabón más alto de la cadena alimenticia, y los hijos de dios. Por tanto todas las criaturas están a nuestro servicio, y los delfines y orangutanes no son excepción, faltaba más. Que se reconozcan en un espejo, o que sientan afecto y rechazo, o que se refieran a sí mismos en conversaciones rudimentarias con sus amos, no determinan en absoluto su igualización. No negamos su conciencia de sí mismos. Reafirmamos, nomás, nuestro derecho a emplearlos como nos plazca, al margen de sus habilidades y sensaciones. Milenios de historia nos avalan, ya.


El argumento original de la fuerza es el que prima, como prima entre humanos. Luego se lo viste de intelectualización. Se lo colorea con terminología altisonante, tanto científica como humanamente. Al final, el fuerte sigue haciendo lo que quiere, sea en la relación entre humanos y los restantes animales, o sea entre gobernantes e infantes. Si Juan va a caballo, y Pedro a pie, Juan tiene razón. Ya que, llegado el caso, Juan puede cargar sobre Pedro y perjudicarlo, cortándole la cabeza de un sablazo, o pasándole por arriba. El caballo del comisario gana siempre en las carreras del domingo, en el pueblo. Nerón resultó triunfante y laureado en la competencia de cuadrigas en las olimpíadas, aún si puso horas en un recorrido de minutos, y no era capaz de mantenerse sobre el carro por sus propios medios.

Sigue en SABEMOS CUMPLIR - 5

viernes, 21 de febrero de 2014

SABEMOS CUMPLIR - 3


El fuego aparece de manera espontánea en la naturaleza. Lo normal es que los animales huyan de él, instintivamente. El fuego parece estar vivo. Parece un depredador formidable, imposible de vencer. Un elefante puede enfrentarse a un dientes de sable, pero no al fuego. El dientes de sable es majestuoso, pero definido. La empresa es ardua, pero se le puede ganar. El fuego es un oponente que te mata, te rodea, te sofoca, y todo eso sin que lo puedas tocar siquiera.

El que alguna vez dominará al fuego tiene que recorrer un camino largo. Tiene que perderle el miedo, tiene que entenderlo, tiene que emplearlo, tiene que domesticarlo, y tiene que ser capaz de crearlo de la nada. Si nos dejamos llevar por las afirmaciones oficiales tácitas, hubo un protohumano que una vez cazó una rama encendida y se calentó con ella. No estoy seguro de que éste sea el planteo explícito. Tácitamente, omisos por opción, los popes de la ciencia están muy cómodos con la creencia general de que la domesticación del fuego fue un fenómeno singular. Algo parecido a la descripción del surgimiento de la vida: en una piscinita calentita, una piedrita se replicó, y zas, he aquí la vida.

Me resulta más sensato creer que el hombre se acercó al fuego despacito. Que por miles, si no millones de años, diversos exponentes de los monos que dejarían de serlo interactuaron con las llamas. Se quemaron, se murieron. Durante muchos milenios el uso del fuego fue parcial. Diferentes grupos de protohumanos tenían distintos grados de domesticación del fuego. Fueron transformando en aliado al enorme enemigo, en un milagro gradual y múltiple extendido en el espacio, en el tiempo y entre tribus, poblaciones e individuos.

Fuera combustión espontánea de hojarasca, o un árbol fulminado por un rayo, el fuego estaba disponible para los ancestros de la gente y para los otros monos. Hubo uno, nomás, que fue inventando un noviazgo con este cónyuge violento e impredecible. Los padres de los hombres se hermanaron con el fuego, mientras los otros siguieron huyendo de él.

Excluyendo la intervención externa y ex profeso, las oportunidades eran las mismas para los distintos primates. Por alguna razón, uno solo las aprovechó. Si nos llevamos por la experiencia humana presente, no deberíamos permitirnos desestimar a la suerte. Algún prehumano tuvo algún evento fortuito que le facilitó la familiarización con el fuego. Que le demostró su utilidad. Que le redujo el miedo. La explicación por el azar es no sólo válida sino de consideración obligatoria para todo aquel investigador que se precie. El estudioso termina, sí, eliminándola como sospechoso. Y esto por la necesaria multiplicidad de instancias que ya hemos contemplado. Si el fuego fue dominado por un protohumano, el evento puede perfectamente haber sido fortuito. En cambio, un sinfín de humanoides, durante milenios, recorrieron un tortuoso camino hasta la alianza definitiva con la bestia amarilla. Y eso no puede atribuirse a la suerte. Los grandes números llevan al promedio, y en el promedio desaparece la lotería. Eventos fortuitos aislados habrán caído como maná en las manos de los nuestros antecesores, y también de los ancestros de los gorilas y los orangutanes.

El hombre tiene el fuego y el habla. Pasan los milenios, y nos encontramos con una población humana inconmensurablemente mayor que la de los demás primates juntos. Como si esto fuera poco, la turba incontable de humanos se esparce por todo el globo. Y, no contentos con eso, tienen ciudades, matématica, naves espaciales, submarinos y filosofía. Y música. Y teléfonos celulares. Y no olvidemos al microondas, tan difundido y arraigado. Quién puede tomar café con leche en la mañana, si no es por el microondas.

Concluimos entonces que la conjunción de fuego y lenguaje lleva a la civilización. Craso sofisma. Tal vez estemos inclinados naturalmente a la petición de principios, al entrevero de causas y efectos, a la circularidad. En mi personal y conocida paranoia, atribuyo el fenómeno más a la acción descarriladora de los sabios que a una presunta propensión innata a pisotear a la lógica. Como les comentara hace un rato, la burocracia científica se siente cómoda con la simplificación que acepta el vulgo. O bien son omisos, y miran para otro lado cuando el populacho anda en círculos, o lisa y llanamente se esmeran en sumirlo en la seudológica. La ciencia es para los sacerdotes. La majuga debe simplemente leer revistas, aplaudir, y callarse la boca.

Tenemos una serie cronológica de eventos. Entre los primeros, están el control del fuego y del lenguaje. Al final, nos encontramos con el brillo deslumbrante de la civilización. La relación causa efecto es de nuestra cosecha. Por un lado, existe un gran número de comunidades humanas que disponen de fuego y habla, pero no de propulsión a chorro. Así que no cabe duda, epistemológicamente, de que el uso del fuego y de la comunicación compleja no desembocan necesariamente en la civilización. Por otro lado, es conceptualmente posible la existencia de civilización sin el uso del fuego, y sin el lenguaje que conocemos. En vez de apoyarse en el fuego, los aspirantes a civilizados pudieron encontrar otra fuente de energía, como la fotosíntesis. Del mismo modo fortuito en que el fuego se puso a tiro, pudo o podría existir una planta que le diera indicios a los precivilizados. En un proceso de milenios, estos fitoprimates podrían haber domesticado a la función clorofiliana, que tal vez resultaría en un método de propulsión mucho más eficiente y poderoso. Y habría otra civilización, con otras ciudades que se llamarían otra cosa, y con una música que tal vez fuera dodecafónica, como la de Schoenberg. Y en vez de un lenguaje basado en fonemas podría, el teleprimate, haber encontrado la forma de percibir los pensamientos de sus congéneres, y de otras criaturas inclusive, por qué no. Habría así sustitutos de estos dos pilares, y podría haberse llegado a una civilización alternativa. Esto es, incluso, una concesión, una pauperización, un ninguneo del concepto. Sin habla ni fuego ni sucedáneos de uno u otro, algún ser podría pasar de salvaje a civilizado. No existe impedimento lógico. Anclar el proceso civilizador en parla y fuego es una limitación autoimpuesta, es una seudoconclusión propia de la seudociencia que nos domina.

El resultado presentado como necesario por el obispado científico no es más que un resultado posible. Sin fuego y sin habla, es cierto que, tal vez, el hombre sería tan sólo un primate más. O quizá no existiría. No tenía medios para hacerse un lugar en el mundo. Sin esos dos recursos habría sucumbido a las inclemencias del tiempo y el espacio, y a los embates de sus depredadores, y la competencia despiadada de sus símiles por la comida y la bebida y el abrigo. Donde hay gorriones no hay chingolos. Un ser humano sin fuego ni habla pudo perfectamente haber sido el chingolo de ese universo paralelo. Haber sido excluído implacablemente por sus primos, hasta quedarse sin espacio y morir. Dicen que algo parecido les sucedió a los cromagnon, en el Peñón de Gibraltar. Pero no les creas mucho.

Es plausible, entonces, un hombre sin fuego ni lenguaje. Del otro lado del subibaja nos encontraríamos a los chimpancés, u otros sucesores de los coprimates de nuestros ancestros. Ellos estarían arriba, ahora. Parloteando calentitos alrededor de la fogata.

jueves, 20 de febrero de 2014

SABEMOS CUMPLIR - 2

Viene de SABEMOS CUMPLIR

A caballo entre ciencia y noticia está la antropología. Su parte más reciente, la historia, se estudia en los programas oficiales de los cientos de unidades administrativas en que se reparte la tierra de la Tierra. En cada una de estas subdivisiones territoriales se inculca en los niños un cúmulo de fechas, cuentos, héroes y batallas. En cierto modo, la historia, como se aprende, es de corte militar. Igual que se erigen bustos en las plazas, se establecen programas de historia. En ambos casos la finalidad es crear y reforzar mitos, con el ulterior objetivo de generar lealtad incuestionada, del humano a la unidad administrativa en la que le tocó nacer.

El tramo más antiguo de la antropología no tiene nombre específico. Antropología en sentido amplio, o antropología general, sería el estudio del hombre. Antropología en sentido estricto (o simplemente antropología, en su acepción corriente), referiría al estudio de la aventura humana antes de la invención de la escritura.

Como en historia, en antropología hay un sistema de verdades oficiales que la masa debe compartir, y por supuesto comparte. La teoría dominante, por ser oficial, es cierta. A diferencia de lo que ocurre con la historia, el carácter doctrinario de la ciencia antropológica (y de la ciencia a secas) no parece, a primera vista, originado en la intención de someter a la población. Al menos no directamente. El predominio del estado se establece a base de fuerza, y de adoctrinamiento en noticias y en historia reciente. Establecida la preponderancia indiscutida del aparato oficial, la ciencia termina siendo oficial también. Por empezar, de ahí es de donde viene el dinero. La investigación científica no sirve a la curiosidad e inventiva de la gente. El estado es el que paga; se investiga lo que dice el estado. Y se concluye lo que quiere el estado.

Modas, teorías, intereses creados, moldean a la burocracia oficial de la ciencia, que es la que, en última instancia, establece las verdades científicas del momento. No resulta evidente que la teoría científica generalmente aceptada sirva al estado en su tarea de sumisión y control de la chusma. Da lo mismo. El resultado es, igualmente, un cúmulo de aseveraciones hipotéticas que son verdad oficialmente, y que, en general, el público acepta de buen grado. El principal beneficiario de esta ceguera voluntaria es la burocracia científica. El estado saca el rédito secundario de la contribución a la idiotización general. Lo que la gente piensa e investiga se ve limitado por lo que es oficialmente cierto. Los avances, o no suceden, o son órbita exclusiva de los círculos oficiales. La plebe recibe los microondas, la élite maneja nanotecnología y vuelo antigravitatorio. Ciertos círculos coinciden en establecer una brecha de un par de décadas entre el momento en que la tecnología empieza a usarse a nivel estatal, y el momento en que la usa el vulgo. Eso, claro, en las que llegan a compartirse. Cuáles no se comparten es motivo de especulación. Y por supuesto de ridículo para los ingenuos, corajudos disidentes, que osan comunicar su desconfianza.

La supresión del disidente es práctica cotidiana, habitual, generalizada, sistemática. El ridículo suele bastar. Pero cuando no basta, están los Gulags, los avioncitos a control remoto, y varias organizaciones dedicadas oficial y exclusivamente a la supresión de disidentes en base a tortura, asesinato, encarcelamiento. A nombre de la seguridad de la gente común, por supuesto, que vitorea hasta enronquecerse.

Los supresores de disidentes son tema dominante en el entretenimiento adulto. Lo que son los superhéroes animados para las criaturas, son los agentes oficiales para los dizque mayores de edad. Sea como noticia o como ficción, los matones que patotean al cuestionador tienen una posición prominente en la televisión, entretenimiento popular por excelencia. Los agentes de la ley compiten cabeza a cabeza con el deporte por el espacio televisivo. Las ligas de los diversos deportes con sanción oficial son el circo romano moderno, plagado de simbología proestado, más o menos velada.

La verdad oficial antropológica establece que el hombre tiene un par de millones de años de antigüedad. Sus características distintivas incluyen el uso del lenguaje y del fuego. La habitual, conveniente nebulosa imprime en el incauto la creencia de que esas diferencias hacen al hombre humano. La circularidad implícita no parece preocupar, ni a sabios ni a legos. Somos humanos porque manejamos el fuego y el lenguaje. Nos comunicamos de manera compleja y controlamos a las llamas porque somos humanos. Con un mínimo de curiosidad y de amor por la lógica, la disquisición se corre unos centímetros para adelante, en seguida. Lo que los humanos tienen de distinto es lo que les permite hablar y cocinar. La comunicación compleja y la habilidad de calentarse y cazar con fogatas son consecuencias de alguna habilidad humana preexistente.

Si la calidad de humanos se materializa en lenguaje y llamas, el que quiere conocer la esencia humana debe identificar por qué el hombre fue capaz de jinetear ambos. En base a qué características propias, y en qué circunstancias el hombre comenzó a hablar, y sus vecinos chimpancés siguieron emitiendo chillidos y gruñidos guturales. Qué tenía ese grupo particular de monos que le permitió aprovechar las oportunidades de hacerse con el fuego. Y en qué consistieron esas oportunidades.

miércoles, 19 de febrero de 2014

SABEMOS CUMPLIR

Cuánta cosa hay por ahí que desconocemos. Andamos jodiendo por el espacio, tirando la plata del contribuyente con juguetes que desafían a la gravedad terrestre, y no tenemos ni la menor idea de lo que ocurre en el mar, o en las profundidades de la Tierra. No conocemos el fondo del mar. No ya en las simas. A todo lo ancho y largo de las arenas que hay bajo el agua. En las propias costas, desconocemos las características del fondo. Y de las profundidades de la Tierra, otro tanto. No hay necesidad de pensar en capas más profundas que la corteza. Simplemente los sistemas de cuevas existentes, apenas por debajo de la superficie y directamente accesibles. Esos tampoco han sido estudiados.

Siempre que pensamos en cosas desconocidas nos transportamos al espacio. Tenemos la ilusión de que la Tierra, en términos generales, nos es conocida. Y más firme todavía es nuestra ilusión de conocer lo que pasa con la raza humana. Creemos que sabemos todo. De nuestro país, y del mundo. Tenemos incorporada en el cerebro la sensación de saber.

Por pura lógica, por la propia definición del conocimiento, del dato, del mensaje, lo que sabemos es mucho menos que lo que no sabemos. De cualquier cosa. En ciencia y en noticias. En filosofía, y en chisme. A nivel abstracto, objetivo, o antropológico, histórico, social, intelectual y psicológico. Por decir algunas, nomás. Por supuesto que no pretendo ser exhaustivo. Todo lo contrario: pretendo transmitir que lo que no sabemos es infinitamente superior a lo que sabemos, y siempre lo será. Y que el concepto se ve reforzado si hablamos de gente, de pensamientos y acciones subjetivas de personas. La triste realidad es que no tenemos la menor idea de lo que ocurre en el mundo que nos rodea. Caminamos a ciegas, siguiendo una coreografía que nos brinda una falsa sensación de seguridad. Estamos en manos de fuerzas humanas que nos gobiernan, de las que sólo podemos tener algunos atisbos aislados.

No se te ocurra pensar en la prensa, término genérico y atávico que describe el cúmulo de medios masivos de comunicación. El hecho de ser masivos los hace controlados, de pique. Medio de comunicación es una definición correcta. Nosotros, la chusma, alegremente identificamos comunicación con información, lo que es antitético con la necesaria realidad. Por masivos son controlados, y por controlados son vehículos al servicio de los que los controlan. Los controladores comunican lo que les conviene, disfrazado de información. Los mensajes de los medios masivos son desinformadores per se. En su más básica esencia, por definición, por necesidad lógica. Son maquinitas de hacer creer a la gente cosas. Más. No les basta con que la población crea mentiras. A la vez, el palurdo tiene que creerse informado. Tiene que tener la sensación de saber, de conocer, de ser dueño de la verdad. De esa forma es controlable y controlado. De esa forma es manipulado, desarrollado y cosechado como gusanos de seda, como maizales, como manadas de renos en la Tundra septentrional.
La masa sucumbe a los controladores, que se sirven de la soberbia del ignorante. Su arma es este secreto que han marcado a fuego en la mente y el alma de la caterva. Miles de millones que deberían ser personas, y que son ganado.

Para que el humano común acceda a esos esporádicos atisbos se requiere un número grande de coincidencias. Por empezar, debe estar interesado. Luego, alguien tiene que saber algo, y tiene que comunicárselo. O él lo indagó, o alguien lo investigó y se lo comunicó. De forma privada, por supuesto. Si es masivo, es mentira. Si es oficial, es para adormecerte. Si sale en el noticiero, mucho mejor no oírlo.

martes, 18 de febrero de 2014

Brasil sorprende con su condena oficial

Luego de un silencio de días, Itamaratí sorprendió al mundo con una saludable condena a la violencia de estado en Venezuela. Sin la firma pero con el sello característico de su presidenta, Brasil, el indiscutible líder latinoamericano, dejó bien claros los límites, en un comunicado frío, escueto, impersonal, pero contundente.

La movida asombra sí, por los antecedentes regionales de cerrar filas con criterio ideológico. Parece que primó la otra coincidencia, esta vez. Vilma, al igual que un número significativo de sus colegas presidentes, es de extracción guerrillera, y como tal conoce la cara de la represión oficial. En sus tiempos se jugó la vida combatiendo represores. Sufrió cárcel, vio morir a sus compañeros. Se identifica con los estudiantes desarmados que salen a la calle, no con los mercenarios que disparan a la multitud.

Al reafirmar los límites de lo que puede hacer un gobierno, afín o no, aliado o no, el país norteño y su primer mandataria dieron la tónica que faltaba, y América Latina desplegó su lista de condenas, casi unánime. Con las cantadas excepciones de Bolivia y  Ecuador, sus acérrimos aliados bolivarianos, el continente se permitió repudiar actos de violencia oficial que parecían erradicados del sur de América. Una vez abierta la puerta, claro, la confianza aumenta. Las declaraciones de condena son más personales, más emotivas. “Parecía que los tiempos de represión violenta en el continente habían quedado atrás”. “Inadmisible que los progresistas actúen como los fascistas”. “Son los dictadores de derecha, los militares usurpadores, los que matan estudiantes en las calles”.


Especial destaque merece el emotivo pronunciamiento de la AEU (Asociación de Estudiantes Universitarios). “Nuestro más enfático rechazo a la agresión a los estudiantes venezolanos. Con profundo dolor y asombro vemos otra vez sangre estudiantil en las calles. Por la memoria de nuestros compañeros muertos, al gobierno venezolano le gritamos que las manifestaciones pacíficas no se reprimen con balas. Fuera Maduro”. 

viernes, 14 de febrero de 2014

Este mono que cocina

Me gustaría saber la lista de características distintivas del ser humano. Qué nos hace únicos. El segundo cerebro del intestino, por ejemplo. Una vaca: ¿también lo tiene? ¿El nuestro es distinto, o más grande, nomás? O la cetosis. ¿Es exclusiva de los humanos, como la hibernación es exclusiva de osos, marmotas, y tres o cuatro privilegiados más?

Se oye por ahí que el hombre es hombre por el lenguaje. Que es eso lo que lo distingue. Que su diferencia surge de su capacidad de hablar. A partir de la conversa, aquellos monos se volvieron esta gente. Para contrastarlo, se me ocurrió una vez que en el origen del hombre podría estar el mercado. Somos gente porque comerciamos. Parece más fácil comerciar que hablar. Primero el pulgar, y con él la habilidad de tejer cestos. Te doy un cesto, me das unos pescados. Y ambos estamos mejor equipados para sobrevivir al invierno, a las tempestades, a los grandes felinos. Podría ser, claro, que el habla vino primero. Sin dudas ayudaría poder comunicarse para intercambiar. Pero: ¿qué es más fácil? ¿Tejer un cesto, o comunicarlo a los congéneres? En principio me inclino por este orden: primero el cesto, después la palabra. Uno se hizo un cesto, y apareció otro y le ofreció pescado por el cesto. Él se lo dio, recibió el pescado, y se hizo otro cesto para sí. Y mucho después apareció la palabra cesto. O, incluso, el nombre del canastero.

En estos días apareció sobre mi escritorio un concepto nuevo: el origen del hombre como hombre está en su habilidad de cocinar. Eso, claro, nos lleva a un ancla harto reconocida de la aventura humana: el gobierno del fuego. Cocinar es someter la comida a la acción del fuego. Primero dominaron el fuego, luego cocinaron. No es imposible que algún grok cocinara la pata de un jabalí sumergiéndola en aguas termales. Pero es poco plausible.

Si el hombre se volvió hombre a lomos de la enorme ventaja que le brindaba su habilidad de cocinar, y la cocina es una aplicación del fuego, la conclusión es evidente para el peor de los silogistas. Sí: este mono de poco pelo calcula y especula porque, alguna vez, en algún momento, logró comandar a las llamas. Conservarlas. Conjurarlas a su antojo. El protohombre acelera el paso, y empieza a separarse de sus pares a un ritmo creciente, y eso se debe a que, en algún momento, logró controlar el fuego. Y los otros, no.


Los chimpancés, los cuervos, las orcas, los elefantes, los pulpos, todos exhiben logros en el ámbito del razonamiento. Un chimpancé usa un palo para sacar hormigas. Un pulpo recuerda la solución a un laberinto. Las orcas diseñan estrategias conjuntas de caza, que incluyen encallar y desencallar a voluntad. Los cuervos se sirven de dispensadores, o emplean las calles como cascanueces. Pero ninguno de ellos controla el fuego. 

Aquello que nos hizo hombres sería, entonces, aquello que nos permitió controlar el fuego. Algo que tenían los protohombres, pero no los orangutanes. Por qué puede un orangután imitar a un ser humano que lava, y no puede prender hojarasca y conservar la brasa. Malayos e indonesios coinciden en llamarlos gente que no habla. Y que no habla por decisión propia, porque si hablaran los harían trabajar.