martes, 25 de febrero de 2014

SABEMOS CUMPLIR - 6

Viene de SABEMOSCUMPLIR - 5

La caballerosa amistad entre Jurgen y Leopoldo se cimentaba en tiempo compartido. Los placeres de la caza eran de rigor. La incipiente Alemania reforzaba la virilidad deportiva. Se denunciaba abiertamente la debilidad de las otras noblezas europeas, anclando el alza germana en la energía física y mental, ambas abierta y oficialmente asociadas con lo masculino. No menos que la caza, o la exposición a los elementos, la curiosidad científica y filosófica eran virtudes esenciales de los aristócratas germanos. Y, por supuesto, el espíritu de aventura productiva. El alma de emprendedor.

Como tantas otras genialidades, los planteos de Darwin resultaban obvios luego de conocidos. Los intelectuales finiseculares se preguntaban por qué se le había ocurrido al barbón, y no a ellos. Basta mirar alrededor, y la relación entre especies se hace patente. Los animales se parecen unos con otros. Y, entre grupos disímiles, también aparecen coincidencias básicas que establecen un conjunto común de características. Extremidades, ojos, boca, simetría. Lo que antes era diversidad, ahora era un mar de la misma vida. Y no era difícil imaginar una fuente simplificada, un origen de las especies. 


Más sencillo aún resultaba identificar el pasaje de una especie a otra. El perro como viniendo del lobo. El jabalí como padre del cerdo. Refunfuñaban doblemente los aristócratas alemanes, en las salas de fumar. ¿Acaso no había el hombre, en la nebulosa de los tiempos, aportado su granito de arena? Tenemos trigo porque cambió el trigo, de algo que ya no hay a esto que tan bien nos sirve. No era difícil extrapolar estas observaciones a un período más amplio, y al universo completo de la vida animal y vegetal. Lo que tuvo este inglés fue suerte, como tantas veces.

Y suerte tenemos nosotros también de vivir estos tiempos. Los alemanes somos hombres de acción, de proyectos amplios, de logros obtenidos. Qué suerte que tenemos la evolución para pensar en ella y sacarle provecho. Qué suerte que los ingleses hayan alcanzado, una vez más, su fase decadente.

La masculina intelectualidad germánica no escapaba a la dicotomía europea general. Si soy culto y sofisticado, no puedo no ver la evolución. Y si soy noble y cristiano, no puedo negar la creación. La suave ondulación de las especies, una alimentando a la siguiente, era bienvenida por su elegante simpleza. Pero fallaba por las dos puntas. En el punto de partida, el origen de la vida estaba en el creador. Y al final, estábamos nosotros. La cumbre indiscutida de la creación. No escapaba ni a Jurgen ni a Leopoldo la similitud entre simios humanos y simios selváticos. Pero no ponían gustosamente el brazo para la vacuna intragable de que el hombre es un mono, o de que el mono podría ser un hombre. La explicación evolutiva es muy atractiva intelectualmente. Su lógica es impecable. Pero somos gente decente, hijos de dios, creados a su imagen y semejanza y titulares por derecho de la naturaleza toda. Como Leopoldo era titular por derecho propio del Estado Libre del Congo. Como Jurgen y sus pares estaban eximidos de cumplir las reglas, así la humanidad tenía carta blanca con respecto a la naturaleza.


Los planteos del pelado de la isla tenían mucha sal. Parecía incómoda, pero la contradicción que ponía sobre la mesa la teoría de la evolución de las especies era un fenomenal entretenimiento. No era soluble conversando, y por eso mismo era mejor que cualquier juego de cartas.

CONTINUARÁ

No hay comentarios:

Publicar un comentario