domingo, 8 de febrero de 2015

JOROBADITO

La historia del loro empieza con el consultor. Esta, surge de la del salvador, que a su vez tiene sus cimientos en la del dotor. El dotor, por su parte, mana del molinero. Y ahí, por suerte, se acaban los registros.
El loro colgó sus zapatos y arrancó. Así, pendientes de su hombro, el talle no contaba. Poco a poco fue transformándolos, convenientemente. Al final eran llaveritos de niña, y no llamaban la atención. Amén de los zapatitos (que no le apretaban), el loro cargaba con la infaltable mochila de enorme pasado. La carga lo empujaba al sur, al influjo inevitable del campo magnético. Su madre, sus amigos, la favela entera le imploró que la dejara.
-¡Qué vas a hacer con todo eso en la espalda! Ni siquiera vas a poder dormir.
-Es una joroba, Mangarí. Me la gané en un cementerio, y no me la pienso operar. Me pasé de ambicioso, y me tocó la joroba. Fue en España. Así que no es una joroba, en realidad.
-Es una mochila…

-Es una chepa. En verano, al volver de la ardua jornada, paraba en “El hórreo” a recomponer mi balance interno, con whisky y canapés. En igual situación, aunque bebiendo cerveza, había un jorobadito. Una de esas noches, Notredam llegó derecho como una estaca. Ante los ojos exorbitados y las bocas abiertas de los contertulios, hizo una reverencia y se sentó, la mar de sonriente. “Pero Notre”, le dije. “¿Qué pasó?” “Notre nada”, respondió. “Desde anoche, exijo que se me llame Lázaro. Miren bien. Resulta que, volviendo de la plaza de deportes, elegí pasar frente al cementerio, tratando de superar mis miedos. A los poquitos metros de muro, oigo la voz: “Lázaroooo…. Lázarooo…” No me daba cuenta de que era a mí. La falta de costumbre. “Notredam… Notredam”. Inundado de reverente pavor, contesté, bajito y finito. “Sí… aquí estoy…” “Notredam… ¿qué llevas en la esplada?” “Una chepa”, respondí. “Trae para acá”, dijo la voz de ultratumba, bien grueso, mezclada con el viento. Y así quedé. ¡Pechito de paloma!”. “¿El cementario de Cuatro Caminos?”, dijo el cojo, sentadito junto a mí. “Voy para allá”. “Te acompaño”, le dije, y arrancamos los dos. Tres metros de muro, y tal cual. La voz sorda, embedida en los remolinos de aire, bailando con las bolsas de plástico: “Pablo… Pablo”. Nosotros mirábamos para todos lados. “¡Ufa, che!”, dijo la voz, más bajito. Y luego “Cojo… Cojo…” Mi amigo reaccionó ipso facto, muy entusiasmado: “¡Sí, sí! ¡Acá estoy!” “¡Acá estamos, acá estamos!”, dije yo, dos veces, mientras movía los brazos sobre la cabeza. “Cojo… ¿qué llevas en la espalda?” “…Nada”, dijo mi amigo, confundido. “Toma una chepa”, dijo la voz. Y se ve que rebotó, o que era mucha joroba para uno, porque el Cojo quedó cojo y jorobado, y yo también.

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