miércoles, 8 de diciembre de 2021

EN LA SOMBRA - 1) PORTENTOS

Supe primero de Sigmund. Corajudo si los hay, no dudó en atacar el único camino posible, a pesar del sufrimiento y el peligro. Desmenuzando sus propios sueños, fue tirando de la piola y recuperando lo que no sabemos. Una mansión, un laberinto oscuro. [Fíjense: traer una mansión recogiendo una cometa]. De cualquier rincón puede saltar el carlanco y arrancarnos la cordura. Un proceso inverso al de Hansel y Gretel: sigo la piola adentrándome en el laberinto, y al tirar, recojo. La tanza queda en el palo del aparejo. En la mano del pescador. Ya no sirve como guía. Una vez adentro, tendrás que hallarla, a la salida. Tenías un mapa, que se quedó en tu mano, ahora sí. Y en tu mano no sirve. Tenías un espinel que recorrer, que se volvió un aparejo que tirar [Ahora sinónimo de lanzar]. Ya adentro, se puede tirar el aparejo para otros lados. Como quien tira los dados. Una forma de elegir rumbo. Una herramienta de investigación, no de salida. Tal vez sí de liberación. Paradoja: la salida por el camino de entrada es salida, pero no es liberación. A partir de la mitad del cruce, más vale salir por el otro lado. Por la luz del final del túnel. Tal vez, incluso, sea la única forma de salir. Si la corriente tira para afuera, por ejemplo [Es la línea de La política de la experiencia, de R. D. Laing .Me levanté a buscarlo, pero recordé el nombre en el camino a la biblioteca].

Seguramente S autoindagó en más cosas que los sueños. Pero yo sé hasta ahí. Y creo que basta. Hizo aflorar sus bajezas de modo implacable. Se mostró a sí mismo, ante sí mismo, como un monstruo lamentable. Si llevo las huestes a la batalla, voy a la cabeza, y con camisa blanca que resalte la sangre. Como Napoleón, gran hijo de puta, portento de coraje, arquetipo de lealtad. S es como N en la segunda, nomás. Al menos a ésa me refiero ahora. No descartemos, empero, la primera. Recordemos la conversación en el barco, al llegar a NY. “Miren cómo nos festejan. No saben que les traemos la peste”. Entre los destinatarios del comentario pudo muy bien estar Carl Gustav. Que es el segundo de la lista.

CG no niega que S fue su maestro. Un vínculo fecundo y polifacético, en el que, como no podía ser de otra manera, está presente la alegoría del cuervo y los ojos. S era territorial como un gorila de montaña. El esfuerzo de desojar al otro fue del maestro, no del hijo. Lo que no invalida a la parábola. Tal vez una versión más reciente complete la acuarela: la del brazo arrancado, colorida con la ausencia de analgésicos [Polémica Battle – Sanguinetti. Confrontar las caricaturas de Arotxa en El País].

Me inclino a pensar que el viaje heroico de CG era un tributo a S. Consciente o no. Un reconocimiento más a la grandeza e influencia del tutor. Implícito, ahora. Sumémoslo a la larga lista de acuses explícitos. Hubo muchas de cal, y muchas de arena. Si asignamos la variable cal a las buenas, diremos que muchas veces las de cal eran reticentes. El acuse de recibo reticente que me viene a la cabeza es, me temo, una reverencia ante Neumann, no S. Erich, digo. Se me filtra el apellido por dos razones. Una, el nombre es común, y por tanto no puedo confiar en que lo identifique sin ambigüedades. Otra, que la notoriedad del apellido es mayor en otro ámbito, y me permite un meandro que sabrán disculpar. Erich es un junguiano de fuste, y me quedo corto. Como mi contemporáneo Peterson, y mi casi contemporáneo Campbell. Pero su apellido suena mucho más por John von Newmann. Ambos de origen askenazi, seguramente, cosa que no hace a la cosa. Honestamente, no creo que se supieran parientes, siendo de geografías dispares. Puede que Erich haya perdido el von, o que John lo haya tomado prestado. Sostengo, empero y sin pruebas, que si nos remontamos lo suficiente, sí lo son. Hijos de dos hermanos que patearon los empedrados de Atil.

Para bien y para mal, no surge ningún temor. La búsqueda viene siendo incruenta, inocentona. Claro: no bajé suficiente. En estos primeros peldaños aparecen cosas, pero no resultan amenazantes. Ningún carlanco, ni expreso ni sugerido.

Uno está pendiente de sus emociones. De sus reacciones. Fisgoneando, tratando de robar un reflejo, un fogonazo de la gran oscuridad. Uno se cree (como Serrat) que paseará por los pasajes sinuosos de Atil o Saqsin. Del pasado común, tan viejo que llamarlo milenario es irrisorio, infantil. El diagrama que mostró un reciente video desambigua dos cosas: que el colectivo es mucho mayor que el personal, y que la sombra está en el colectivo . Enterrada en mi animalidad. En el centro mismo de la pila enorme y despatarrada de herencias está la esencia de uno, la que uno no quiere ver. La que uno escondió bajo los escombros radiantes, para no poder encontrarla. Buscar la sombra es hacerse trampa. La sombra es lo más natural, y buscarla, lo menos. Ya lo dijo Peter Pan: no se atrapa a la sombra. Tal como no se llega a una zanahoria en un palo.

Dice Peterson que hay que buscar donde uno menos quiere. Parafrasea a CG, qué duda cabe. No lo esconde. Pero P es el detonante en mi caso, y por eso se la atribuyo. Es justo.

Un aspecto que tengo presente en este momento, de lo que menos quiero, es confirmar que no soy inteligente. O no tan inteligente como me creo. Por mí, y por lo que me han hecho creer. Un primer elemento puede ser determinar justo eso: qué parte de la creencia es endógena, y cuál viene del cura, del viejo, del instructor de vuelo, de los nobles del MBA, de los amigos y los enemigos. 

Otro, tal vez forzado, es si soy capaz de violencia, o de degeneración. Si soy capaz de matar, o de violar. Parece un buen rumbo, porque el cuerpo reacciona con disgusto, con la guisa de ínfimas corrientes radioeléctricas en el lomo y los bíceps. Intentando una presentación más general: buscar en uno las características que, constatadas en otros, sublevan. La sexualidad amplia, y el desdén por la integridad ajena, pueden considerarse aspectos de la animalidad humana. Sin perder de vista que el brumoso espacio arquetípico dista de ser sólo animal. Es el depósito, el morral en que la especie apiña su enrabado pasado. Tal vez no yerro al creer que el orden de acceso es inverso al de creación. Que esto es una pila, según los programadores, o un archivo LIFO, según los contadores.

¿Soy yo, acaso, el guardián de mi hermano? ¿Tengo yo, acaso, que respetar su integridad? La bioelectricidad está, ahora, en los muslos.

Sambarino no siente urgencia de disimular su hambre. Se ve que le parece natural. el artículo periodístico habla de fiestas regulares con sistemático consumo de drogas. Brindadas éstas por los profes a los alus, y no al revés, faltaba más. No parece haber atisbo alguno por desmentirlo. Fiestas con drogas de adultos con poder a imberbes embelezados es un dato no desmentido. Parece, bah.

Puede tomarse como que el sujeto tiene más contacto con su sombra que el común de los mortales. Que yo, bah. Puede tomarse como que, si accedo a mi sombra, me voy a volver cuasipedófilo, como Martín, como Caín. La ajenidad se hace patente en el mero hecho de que el asunto me subleva. Eso no significa otra cosa que que lo considero imposible en mí. Más que eso: que considero que sólo es posible en una minoría de humanos [esto los eximiría, confrontar Memorable: “Basados en la propia trama, el violador, el asesino en serie, el pedófilo, todos los personajes de tántas películas no serían culpables.“]. Demos palabras al interrogante, al desafío: ¿soy yo capaz de seducir imberbes? ¿Drogarlos primero, violarlos después? That, pequeño Adam, is the question. Mi estructura personal, mi mente de pensamientos y mi mente de emociones, todo este aparato que considero lo que soy, rechaza eso sin sombra de duda, o de barba. Puesto sin vueltas: decididamente, si me preguntan, contesto con infinita honestidad que no. Sin embargo, ése es el camino a recorrer. Mis antepasados prehumanos, preciviles, precristianos, no vivían esa limitación. Por arraigada que esté, la moral es impuesta: es parcial, es sesgada, es cultural, y es grupal. Y agrego ahora un hallazgo: es también personal. Al embutido de topes y frenos que fuerza la cultura se le agrega la propia interpretación.

Permitan, les ruego, otro meandro, según voy recordando ocurrencias del análisis. Esto podría ser occidental, judeocristiano, postromano, medieval. No del hombre moderno, civilizado, sino del subgupo de los que resaltan la individualidad. Seguro que me equivoco, pero me da por pensar que la moral humanista no cuela tanto en otras culturas. Que, del mismo modo que tienen un mayor grado de aceptación del poder que los somete, tienen una menor urgencia humanitaria, un conjunto menor de frenos y topes al chimpancé que todos cargamos en andas. Empero, justo es decir que el budismo tira, probablemente, estas apreciaciones por tierra. Los indios (de la India), los tibetanos y chinos y japoneses y de demás países del sudeste, además de su desdén global por el individuo, su integridad, sus derechos innatos, acarrean y aportan el otro lado del espectro. Más moral, más humanista que el humanismo, el budismo, y aún más el jainismo, le pasan el trapito moral al cristianismo y su elevación de la persona. El respeto a ultranza de la vida parece superior, en estos primeros desvaríos.

A la degradación del IQ, y la accesibilidad de lo cruento, abusivo y/o degenerado, se agrega otro punto que afloró en mis recientes intentos de bajar, peldaño a escalón, al subsuelo. Pero ahora no viene. En cuanto aparezca me apersono en estos párrafos, para estamparlo, oh sí.

Un comentario mecánico, funcional, de procedimiento. El esfuerzo es de observación. La tarea es suprimir el juicio. Lo que resulta harto difícil. Parecería que pensar es juzgar. Tal vez eso sea mío, no general. De todas formas, surge el beneficio secundario de una baja en la ansiedad. Sin buscarlo. Mirar lo que pasa, tratar de ser el que mira no el que siente, tiene consecuencias en el que siente. Tal vez la elevada ansiedad sea animal. Tal vez la paz sea adquirida. Si fuéramos chimpancés: ¿estaríamos siempre gritando y golpeándonos el pecho? Es que la ventaja del animal es la falta de juicio. La conciencia trae el sopesar constante. La comparación, el intento parvular de pasar cada mísera sensación por alguno de los agujeritos geométricos del plástico colorido del jardín de infantes. Y acá está el hallazgo que faltaba, y que vengo anunciando.

Sucede que los animales (los otros) no tienen el componente de juicio. Eso los desembaraza de la autoconmiseración. A la Shopenhauer: la felicidad no es el objetivo. Ese pálido contento con que la identificamos es penosamente inferior. Por empezar: contento no es felicidad.

Se hace presente aquí el gran Cardano, con su sistemita protomasoquista de retorcerse los dedos, para gozarla al dejar de hacerlo. Lo entiendo. Lo sigo. La ausencia de dolor sí es importante. Pero es la caja de resonancia mental la que uno puede encauzar, arrear al abrevadero de la sabiduría. Si un águila tiene frío, no se siente un piojo por el hecho de tener frío. Su problema es sacarse el frío, no sentirse importante, valioso, reconocido. Esa pamplina autocomplaciente desbarranca hordas y hordas en el desfiladero de la intrascendencia. Además, por supuesto, de la angustia y la ansiedad. El amplificador de la consciencia es el componente principal del sufrimiento de la raza. No es tan importante estar contento. Ni que te reconozcan. El mal es no haber logrado lo que querías, no el hecho de que no te hagan monolitos.

Es, el anterior, un paso digno de mención, aún si escapa al objetivo de autoconocimiento puro y simple. Es un subproducto del proceso. Pero: ¡qué subproducto, mish amigosh! Recuerdo mi terapia, y me avergüenzo. Esa ristra de nimiedades que me paralizaban. ¿Qué importa si estás incómodo? ¿Qué importa si la insatisfacción mental se traduce en descompensaciones físicas? Esta incorporación momentánea que llamamos vida tiene sal y tiene miel, tiene zozobra y desconfianza. Son sensaciones, estados de ánimo con los que hay que convivir, necesariamente.

Hay otro que tengo y se me fue. Que me vino a la cabeza cuando fui hasta la cocina, a recalentar el mate cocido, en el microwave. Sin él: ¿qué sería de mí, y de occidente? Tiene relación con la caída de la ansiedad. Acá está. Es asumir que tengo mis intereses, que están enormemente por encima de los emprendimientos humanos, ésos que tienen jefes, hitos, presiones, indiferencia y (pocas veces) reconocimiento. Qué me importan el primer o el segundo postgrados científicos. Qué me importa UCU, y sus clases. Incluso: qué me importan los alumnos. Esto me importa. El crecimiento interior. El autoconocimiento. Y, por supuesto, la salud. Van de la mano.

Se vincula, claro, con el cambio radical de expectativas que significa aumentar el horizonte temporal. De los primeros asuntos desbloqueados por la gran Claudia estaba la sensación de que la vida se había acabado. Que lo mío había sido, y que el remanente digno era leerse los libros de la biblioteca. Apunten su lupa, por favor. No leer: leer esos libros dados. ¿Pueden pensar en pelotudez mayor? Condenarse a una vida sólo de lectura, ya es una vergüenza de plañideros. Pero el castigo martillador de dedos era leerse libros determinados por el pasado, a veces propio, pero muchas veces ajeno. Leerte, terminarte, una biblioteca plagada de volúmenes heredados y/o representantes de intereses superados. Podrá verse payasada más pusilánime, más pretenciosa? Ay, ay, muchacho.

Y esa microbiada difícil de tragar era debida, en parte no menor, a la expectativa de vida útil corta. Es decir: me sentía viejo, y me sentía débil [confrontar, otra vez, Memorable]. “Usted no tiene 70. Sarriá. Usted tiene menos de 50”, decía la gran Claudia. Eso, por un lado. Por el otro, tenía una panza enooome, y una niebla en la marota de aquéllas. Tenía diez años y un gato. Estaba entregado a la degradación del equipo que me concedieron, sin que lo pidiera.

Si se cambian las expectativas, se cambia la inercia. Al igual que, si estamos débiles y viejos, todo todo se acabó, si estamos jóvenes y lúcidos, la vida florece. Por eso la apuesta á la Pascal es abrumadoramente pertinente. Si aspiro a vivir 120 años activos, me siento más joven que cuando tenía 20. Yo sinceramente lo creo. Pero aún si no lo creyera, como apuesta sería recontraválido. Si me cambia la actitud: bienvenidísimo. Si darle sopa (decía el catedrático de medicina general) le hace bien, dásela cada un par de horas.

Son los proyectos los que te inyectan vitalidad. Y ésos vienen de la mano de una proyección temporal larga. Tengo 60 años para escribir novelas, o canciones, o blogs. Para resolver entuertos científicos. Para desarrollar múltiples canales de Youtube.

Desde la terapia que vengo notando que el método oriental no anda. Lo intenté en mi juventud. Bastante, y por diferentes períodos, de diferentes duraciones. En la terapia vi que la forma real de lograr paz, calmar la mente, no pensar, está poco relacionado con relajación o respiración. Tiene más que ver con observación, con entender que la mente es inherentemente múltiple, y que una parte puede limitarse a observar. Ahora estoy viendo avances en esa línea. Lograr una caída de los niveles de ansiedad, pero sin buscarla. El esfuerzo (siempre fracasado y siempre fructuoso) de no juzgar lleva a resultados relacionados con el juicio. De uno mismo, claro. Para el caso: me considero ansioso, sé que mis niveles de ansiedad son altos, sistemáticamente. Me observo, tratando de no juzgar. Los niveles de ansiedad bajan. Observar a secas provoca comprensión, y, de la mano, aceptación. Gradual, obviamente. Genera mayor comprensión, aceptación.--

Estoy encantado y sorprendido de que estoy manejando bien la ansiedad. Parece que encontré un método, una estrategia. Ir despacio. Deliberadamente despacio. Concentrarme en hacer (lo que sea) despacio. Combatir la sensación de apuro, de que el tiempo se me pasa, de que alguien me controla, de que soy un gil si hago las cosas despacio. La imagen es genial, permítanme la inmodestia. Richard Butler jugando al fútbol. También calza Jiri Novak jugando al tenis. Movimientos lentos, que parecen inapropiados. Y resultados soberbios. No necesitás estar lo más rápido posible. No necesitás estar antes. Sí que necesitás, por oposición, tomarte el tiempo para hacer las cosas bien. Pensar, en esos segundos. Calmarte, en ese tiempo que parece insuficiente. Tenés más tiempo del que creés. No existe que no tenés tiempo. Tenés tiempo, y el desafío es usarlo. Si no usás ese tiempo del que disponés, matás tus posibilidades. Otra imagen complementaria: Miguel Sprovieri cagado de risa de mí, cuando trataba de atacar a todos los múltiples atacantes a la vez. Te acordás? Se acercaban con almohadones, para tocarte. Había que evitarlo.

Lo publico como va apareciendo? Publico esto, hasta acá? Es mi naturaleza? Es mi exhibicionismo, o mi complejo? Me hará bien? Me regalaré ante los plagiarios como Quim Monzó? Tal vez sea una autotraición, un autosabotaje. Si lo publico, de alguna manera lo siento terminado.

Soy, como Nietszche, un estilista natural.


No hay comentarios:

Publicar un comentario