jueves, 26 de mayo de 2022

TRABAJO Y VALOR

 Puede tener su lógica. Y es ocurrente. Pero también es inconducente.

Sólo le saco plata a lo que no me gusta. Sólo genero valor si es a disgusto. Cierra en principio. ¿No? Desde Tucídides a acá es elegante encajar: “Si será jodido trabajar, que te pagan”.

No te dejes engañar. No son más que rimbombantes panfiladas. Giladas de giles. El verdadero meollo, el mero crux, está en ser capaz de lo contrario. Si no lográs sacarle plata a lo que te gusta, sos el capataz de los oligofrénicos.

Es un despropósito, un sinsentido con la contra extra de tener aire lógico. Un sofisma.

Parece caerse de maduro que, si hago lo que quiero, lo hago gratis. No, no y no, señor mío. Si hago lo que quiero, pero lo hago gratis, me muero de hambre. Y, tal vez mejor, tal vez peor: como no soy tan mentecato como para alcanzar el nirvana de la inanición, lo que sucede es que termina pasando que al final no hacés lo que querés. Hacés, justamente, lo que no querías hacer. Para parar la olla. Para matarte el hambre.

Pésimo. Pésimo negocio. Décadas, vidas por el caño por el ínfimo y romántico detalle de creer que, si me pagan, me prostituyo. Que, si creo, debo brindar. Regalar.

Digo. Repito. Mil veces golpeo la mesa. Hacer lo que querés, gratis, es la tumba segura. No es que no basta: es que te derrota. El componente comercial, de negocio, es infaltable. Si escribo, tengo que venderlo. Ser tan original, tan audaz, para vender, como para redactar. Ser orgulloso de ser productivo. Jugar a la ganancia.

Claro que puede resultar feo. Claro que por ahí se te puede ir el alma, tal vez, incluso más rápido y seguro que regalándote. Simplemente, hay que evitar la perdición. No hay que cruzar con la roja, ni manejar mirando la computadora de mano. Es un procedimiento fácil, más bien evidente. Y no te lo voy a describir, aunque me compares con el economista.

¿Cómo sabe, el globonauta, que habla con un economista? Si, perdido en el viento, le grita a un viandante consultando dónde está, el economista le responderá que en un globo. Y, si retruca un “¿y para dónde vamos?”, el especialista señalará con la mano “¡Para allá!”.

Sé que te dije perogrulladas. Sé que no te dí instrucciones pertinentes. Pero fue a consciencia. Si estás peleando para sacarle rédito a lo que amás, y terminás siendo un vil mercader, es que no valías mis palabras. Es que no estabas en procura de tu camino y, nomás, te pasó el agua porque no dabas pie.

Claro que el error es ubicuo. Claro que todos caen. Pero acá te hablo de chapotear. Te hablo de revolcarte. Te hablo de porcal, porcile, porquería. Te grito chiquero y barrial. Te escupo en la cara, por mentiroso.

Si eras del clan de los honestos, no vas a volverte aprovechador. Serás, nomás, un gil explotado, trabajando gratis hoy y mañana.

AMARILLO EL CANARIO

 Así lo estableció Hemingway. Escriba usted borracho, y edítelo sobrio. Te marca el enorme beneficio secundario del alcohol. Celebro siempre no tenerlo más de enemigo, y no por eso dejo de saber que ya no es mi aliado.

El borracho es sustituido por el Canario. Cuando escribo, es el Canario que me habla. Cuando la mano se suelta, es que apareció. Como la espinaca de Popeye o los músculos romperropa de Hulk. Es con esa mano suelta que saluda.

También aparece en otros lados, el Canario. Conviene multiplicarle los canales. Construirle túneles interoceánicos. Que pase el Canario en su submarino. Amarillo: ¿por qué no? Porque Amarillo es el Canario de Lennon. Amarillo es el suyo, y Canario el mío. No entreveremos los tantos. ¿Cómo que no? Puede, sí, ser el Canario, pilotando un submarino amarillo. O puede, el Canario, ser de apellido Amarillo.

Es un canal subcontinental y transoceánico, así que el vehículo tendrá que ser, por fuerza, un submarino. Déjese usted, entonces, Canario, de tractores. El tra-quitor amari-yo es el canario de otro autor, menos agraciado que John, el de la gafas. Menos sajón. Pero no te confundas: igual de Canario. Sin ser, claro, de Canarias. Este es un canario del interior. Y el del traquitor es andalú, quién no sabe.

Me sorprende la incontestable realidad del amarillo del Canario. Sólo no será amarillo si lo alimento con sesgo. Será naranja si le doy naranja. Sí, sí, en forma de zanahoria.

 

Está Vonegut, con el científico loco que congela el mundo. Y está West World, con su mención expresa a Jaynes. West World en su remake, aclaremos. En la versión Anthony Hopkins. La versión Lee Van Cleef es anterior a Jaynes. Por buenos que sean, estos pibes, no pueden retroceder en el tiempo.

 

Lo que aportó Einstein fueron las ecuaciones. Que a su vez robó. Lo que aportó Einstein, digo, fue casar el fenómeno sabido con las ecuaciones sublimes de Minkowski. Y no te cohíbas, Canario. Claro está que John K. Toole lo sabía. Claro que Mirna Minkoff es hija de Giuseppe Minkowski.

Sin usar la aritmética modal, Newton ya lo manejaba. Si lo que aparenta ser desplazamiento recto es, en realidad, orbital, ir al pasado es cuestión de velocidad, nomás. El boxeador avezado mejora su 1 – 2, al punto de meter el 2 antes. Sencillito. Pero necesitamos una cosa más: el ojo del amo. Tiene que haber un oído que capte los cambios de presión, por el árbol que cae en la tundra de Tunguska. Se requiere un aparato biológico imperfecto que fabrique, en definitiva, el tiempo. Como la luz y la materia, viene envasado. Encapsulado. Y el envase lo brinda el ojo del homo. El tiempo es tirano y es dorado. Y es discreto, porque habla poco. El tiempo calla, pero el ojo igual lo ve. Porque las vibraciones que usa no son las del árbol caído, del que todos hacen leña. El tiempo calla y otorga, dando lugar a la ilusión óptica de la unidirección.

Dispara entonces el cohete. Cada vez más veloz. En un punto, deja de caer. El ojo, deliberadamente imperfecto, lo ve, ahora, pasar volando. Sigue creciendo en velocidad, y el ojo avizor, el pobre ojo no entrenado, empieza a verlo antes. A verlo quieto.

A verlo antes, dije. En posición anterior en la vuelta. Y también en instante anterior. Empieza a ver que la rueda gira para atrás, sin que la bicicleta deje de avanzar.

 

No salimos de nuestro asombro ante la inusitada potencia de lo imperfecto. Sin humano, sin ojo, sin limitación, no habría ni tiempo. Para ponerlo, bastó lo falso y limitado. Fue para sacarlo que precisamos velocidad de escape, aritmética modal, y relatividad. En general, cuesta más hacer que romper. Pero no acá. Para deshacernos del tiempo tuvimos que hacer una pirámide genial. Portento sobre los hombros de fuera de serie sobre los hombros de canal arquetípico sobre los hombros de alquimista consumado.

 

Todos estos años de ciencia no fueron más que esfuerzos denodados para contener al Canario. ¡Disparos en el pie! El Canario tiene que salir. Como la foto en El País. Al Canario deberían obligarlo a salir, al tablado. En vez de amordazarlo, habría que darle megáfono. Curioso vehículo, éste. Autolimitante carcasa humana. El tope en el acelerador no lo pone el mecánico, a pedido del papá, que no quiere que la nena adolescente se desnuque. No, no. Cómprela quien la compre, la moto viene ya munida de su tope. Motos topeadas porque sí. Eso somos.

 

Nunca se pierde el temor

a que salga el Canario

El temido y amado

El bienamado y mentor