sábado, 11 de junio de 2022

FORMON Y CUENTA NUEVA

 Debido a la nueva escasez de tiempo, una pincelada joven alcanza. El problema no es el formón, ya que en cualquier mano corre, la tela. Cualquier manipulador sin tiempo bastaría. Si el agarre no trae acumulación, el pincel es lo de menos.

En la mente, parecían buenas. Cuando queremos que el futuro las enlace, resulta que se nos corre el balde. Que pateen la lata, nomás. No preocupa. Si el futbolista soy yo...

Estaban y ya no más. Es que el cuaderno los espanta. Parecía que iba a alcanzar con hilvanarlos, con apuntar a alturas de congestión. Pero lo que sí hace el alcance es la pincelada joven, al final. Ni el formón, ni el pincel. Si vamos a hamacar superficies, o a convencer a la piedra, o a engañar a la madera, lo que se requiere es una mano nueva. No sé, puede ser la cueva del hermano, o la nueva del hermitaño. Sin perder de vista que no es la mano sino la escasez de tiempo.

Aparece una forma. De repente. De la nada. Salen alfombras empecinadas, planeando tramoyas en el aire. Hubo una vez un vuelo fugaz, que parecía de valor. Cortes de acá, mareos de allá, pero el aparato volador se nos perdió de vista, dejando a su paso nada más que un tarro de pintura. Y, si lo empujo, salpica. Los aspirantes a calciatori lo patean, sí, pero para adelante, forzando quietudes que nadie esperaba, ni buscaba. Olvidan, con terquedad, que el futbolista sono io. Se hacen los bobos. Pero el cincel es mío. El, y el pincel. Son míos. Soy yo. La mano joven no es la pincelada. El tacho no es la estocada. Concedo a este parvulario indolente su coraje. Lo que no les concede nada. Cedo al Adonis su boleta, su candelabro y sus fueros. Y hasta ahí. Habrá luz y calor a rabiar, quiéranlo o no lo quieran. El carro será de fuego.

Me quedé, vean, sin tiempo para la ciencia. La canción terminó siendo del idiota. Del oligofrénico, pero buena. Era yo. Es él, y soy yo.

Hago esfuerzos denodados para mantener una ambigüedad. Para no soltar la tensión. Para que suba en espiral, como las volutas del humo del cigarro del gran profesor. Apunto a que llegue sin detenerse, por más que ya no se pueda. En estos días se avanza sin mirar, y se pasa y se quiere. Será que se terminó la macabra juerga, y a cada paso saltan las gracias. De cada matorral una liebre. Si me detengo, se van. Si las miro se corren, como pintura fresca. No se puede agarrar metáforas con la mano. Es de mentecatos respirar a la fuerza. Las liebres, queridos, no se cazan. Ni siquiera se les saca fotos. Basta con mirar elípticamente esa coreografía radial de cuerpitos orejudos. Un ejército de patitos amarillos de juguete, capaces de empezar y terminar tempestades. Son tantos como soldados. Son una legión de acorazados, que pasan y se quedan. Que se van si se agarran, y se quedan si apenas se los mira irse. Sin enfocar. Sin agredirlos con el ojo firme. Son una falange de misterios. Una explosión silenciosa de improperios a la muerte. No hay modo de airearlos. Tampoco hay razón. Son, nomás, tus huestes desamparadas. Son tus aliados enfermos e inconsistentes. Tus luchadores francos y tus maniobras, precisas, indecisas.

El pincel pone los trazos. La mano tiene tiempo y arrugas. Pero yo no. Sépanlo bien. Grábenselo a fuego. El tiempo es agua, y yo soy manos.

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