lunes, 28 de noviembre de 2011

Ancilar

Domésticas, a secas. Género femenino clave en el espectro, al que se le debe tantas veces el inicio y el desahogo. Ese que nos brinda el reposo necesario. Que está ahí, a la espera, sin exigir. Siempre agradecido y barato. Y si alguna vez te toca una venérea leve, a la farmacia. Una buena purga y aquí ha pasado nada.
Debo aceptar, no sin dolor, claro, que los hay que en esos casos las increpan, las insultan, hasta las abofetean. Esos desgraciados no comprenden su noble función. Estas señoritas se toman la ONDA con un pañuelito lleno de bombachas gastadas y boconas atado a un palo, y arremeten tímidas contra la ciudad, esperando fervientemente no terminar en una esquina con las piernas al aire, cagadas de frío. No sólo ellas. También lo esperan sus madres, y, eventualmente, sus padres, si es que no se las han cogido. E incluso, alguna vez, por qué no, si se las han cogido esperan igualmente de corazón que no vuelva a suceder. Todos envejecemos y nos ennoblecemos día a día, segundo a segundo (peensááá), preparándonos para el pasaporte a la dignidad, al reconocimiento generalizado que es el morir. Y ésos, ésos que por una simple ladilla castigan y vejan a su doméstica o la de su madre o su hermana o su vecina o su vecino (haya o no sido ella, además), ésos son también los que creen que no tienen padres, que vienen de los repollos. Y que, si por casualidad los tienen, sus padres no sufren el transcurso del tiempo, y por tanto estarán siempre esperándolas con la boca abierta, la cara y la única y blanca camisa humedecidas de la baba que se filtra por los huecos de los dientes ausentes. Blanca (la camisa, digo) para que no se note (o al menos se note menos) la saliva abundante y hedionda e inmunda e inmoral: porque saben, vaya si saben, que su morboso incesto se hace evidente en el barniz de fluidos bucales.

Los señoritos (que ya no son jovencitos) deberían estar agradecidos. Deberían acceder a pagar un par de pizzas a estas desafortunadas doncellas, en vez de agarrarlas a patadas a la menor picazón. No hablo de cenas, no me permito siquiera sugerir chivitos. Un par de pizzas, loco, en el Marilú o algún otro de los del Parque Timbó, metido en el auto y bien estiradito para abajo. ¡QUE NO TE VEN, COÑOOO! Te lo digo porque sé. Una pizza y un fainá, y un buen vaso de agua después, no sabés lo que reditúan. Así, llenita, es una víbora. Probá, haceme el favor. No te cambia la vida una a caballo.

Pero no, es mucho pedir. Nunca entenderán, ni aún si se impartieran cursos intensivos en Pitman. No son seres humanos. Sí, es cierto, los señoritos ancilares son subhumanos, pero me refería a que para ellos las siervas (con perdón) no son humanas. Son otra cosa, parte del mobiliario, y en el sueldito que cobran están incluidos los polvos. Las pobrecitas se ponen a fregar pisos y despalometear calzoncillos con la esperanza de casarse con algún albañil o algún policía, escapando del meretricio que les deparó el destino. Y están ejerciendo, part-time y baratísimo. Difícilmente se darán cuenta por las suyas, pero si aparece el vaguito con la boca llena[i] y campera de cuero y eventualmente rubión que siempre aparece saltan como chinches a Icaro, a integrar el ballet de Rurrú. Si están buenas. Y si no, a Montemaderos.

[i] de dientes

sábado, 19 de noviembre de 2011

Aventura

La aventura no construye
su edificio es el arte
Después del paseo
qué queda?
La canción
El viaje no tiene legado
si el marino no descansa
Remero primero, y después capitán

jueves, 17 de noviembre de 2011

Rengocracia

Si hacemos una recorrida sociológica con la vista nos vamos a convencer de que es una vil patraña que vivimos en un pueblo. La mayoría son hombres, sí, pero hay de todo. Sólo los provincianos que se han adueñado de los medios se permiten todavía atiborrar sus discursos de esas anclas: “Sólo en este país....” “Acá no hay nada...” “En otros lugares...”. Ni siquiera han dado la vuelta manzana, y se permiten comparaciones. Pobres, no han podido ver que en Madrid los músicos se mueren de hambre, como acá; que al llegar a Milán se disfruta de quilómetros de cantegril, como acá; que en Nueva York tenés que hacer cola para pagar impuestos y multas, como acá. En su intrínseca ignorancia atribuyen a su colectividad más estrecha el patrimonio de los males endémicos de la cultura. Su ignorancia los hace dueños de los medios. La rengocracia, pilar de la sociedad occidental judeocristiana.

martes, 8 de noviembre de 2011

Una horita

Una horita por día. No le hace daño a nadie. Es lo más parecido a asir este torbellino mental. Nos han dotado de cerebro, y resulta demasiado plato para digerir. Se necesitaría un equipo por cada cerebro. Gente disponible, dispuesta a seguir cada una de las infinitas líneas que se abren, minuto a minuto.

Agrando la fuente y veo mejor, y lleno más espacio, más rápido. Es como ahorrar dando vueltas manzana con el gasolero.

Esto tiene valor personal, y con eso alcanza. Se sabe que uno no va a poder desprenderse del afán de trascender. Se sabe, uno no será capaz de prescindir de querer y creer que a alguien le interese,  que uno será capaz de pasar por todas las etapas que significa publicar, que uno va a ser apto para la enorme, titánica tarea, casi imposible tal vez, de encontrar una forma, una fórmula, una estructura. Porque, fijate, te dedicás a la estructura y dejás de comunicar el torbellino. La falta de estructura es esencial al torbellino.

Suena a excusa, a qué negarlo. Darle estructura es trabajoso, pero también (y tal vez más que nada) es difícil. Quizá, simplemente, no tengo la pasta que se requiere para dar una estructura, para escribir una novela decente.

Seamos honestos: La Vid no lo es. Hicimos los esfuerzos de contactar a todos esos agentes en España, escribimos la cartita varias veces, con varias e indudables instancias de mejora, compramos todos esos libros en Amazon.com, pero Salamanca seguramente non preste.

Decimos que no somos consumistas, pero en realidad matamos ese mal momento, esa depre, comprando libros. Un consumismo más elegante, más intelectual, y, fundamentalmente, más barato, es justo reconocer. Pero consumismo al fin. Silvia jode porque van a ser muchas cajas las que habrá que embalar para mandar al viejo barrio querido, allá en el sur. Ya está calculado, creo que son 5 pounds la caja de dos quilos. Así que si fuera la friolera de 10 cajas, me sigo cajando de risa.

Uff, hay que empujarla la horita. Empiezo a mirar el reloj. Porque parte de esa euforia creativa, esa sensación de poder que tiene uno cuando hilvana ideas que parecen encajar, cayendo en su lugar como zapallos en un carro, creciendo como un globo que uno infla y que no explota. Parte de la euforia, digo, es que uno no lo escribe. Ese engañarse del drogadicto. Es fantástico, claro. Está en el aire, basta con que yo lo diga o lo sienta para que efectivamente sea fantástico, aunque más no sea por una media horita.

Hierve de actividad el Vallés Oriental, Aquí en el Augusta, en las afueras de Granollers y en las entradas de Vilanova del Vallés, en este bivio o trébol o escaléctric o cruce de carreteras, en estos accesos si fuera Montevideo, nadie para nunca. Como tengo mucho tiempo y estoy solo, ansioso, no sé, no duermo tanto, o como me acuesto temprano me despierto temprano. Sea como sea, voy a que miro por la ventana de madrugada, a las 3, 4, 5 de la mañana, y es el mismo trajín constante en todas direcciones, camiones y autos incesantemente circulando, haciendo rodar la piedrota de Sísifo.

El triunfo

Mirando para afuera desde mi privilegiada altura, dominando el industrialísimo, setentista y poluído valle, rodeado de sierra, pensaba en la novela sobre el triunfo del PL en Uruguay, 30 años después de su fundación. Para que ese triunfo fuera ahora, la fundación tendría que haber acontecido en el 75. Bueno, tal vez la ubicamos en el 80, con el SI y el NO, y luego con ACF, y luego con las primeras elecciones del 84, Sanguinetti y su hábil transar siempre, el sorete de Slinger haciéndose un lugarcito en el poder con el voto de mis hermanas y mi madre.
Federico Slinger presidente del BROU Banco Republica sentado en sofa de cuero traje tipicos lentes grandes de aumento cuadro pintado por Carlos Tonelli

Pero la escena que veía en mi mente y disfrutaba era una especie de convención de los 2500 tipos que vamos a necesitar. En algún lado oí que son 2500. La cifra parece razonable para la dimensión del ogro uruguayo.

Con esa eterna lucha con el pudor, con ese inapagable respeto humano, ese doloroso negarse a uno mismo, pensar que los demás nos van a rechazar y que eso es malo. Con esa actitud, digo, pensaba en los compañeros. Pensaba que está mal que me imagine a mí mismo como el Presidente electo, que por qué yo.

Bueno, en primer lugar porque yo soy el que imagina, cada uno se enjabona a la velocidad que quiere. En segundo lugar, aunque no segundo en importancia, porque soy yo el que imaginó esto en la realidad, y dio los pasos para que dejara de ser imagen pura. Con el apoyo del sabio, indudablemente.

“Se necesitan 2500 tipos”, dijo uno, y no estaba siendo políticamente correcto. Su cálculo político sin duda será acertado, y no faltará oportunidad en los futuros próximo, lejano y medio de intentar probarlo o comprobarlo. Pero el tipo, masculino él, sin duda, no está en lo correcto políticamente, como dicen. Que, en realidad, es socialmente. El tipo se refiere a tipos, cuando debería referirse a tipos y tipas, o mejor, a tipas y tipos. Esto es: si quisiera ser política y socialmente correcto. Pero tal vez el tipo (o tipa, las hay machistas, y muchas, debo decir) no tenga el más mínimo interés en ser social y políticamente correcto. En cuyo caso su aseveración será correcta, aunque no en esa dimensión que han dado en llamar política y que yo equiparo con social. Su aseveración será correctíshima, mish amigosh, porque será honesta. Es la honestidad la que no es políticamente correcta, fijate vos. En la escuela nos enseñaron que el plural masculino engloba a los dos. Ahora no, che. Hay que pisotear al castellano para que no se ofendan los que mandan y los que protestan, que muy pocas veces son los que las órdenes y las protestas dicen y pretenden defender.

2500 tipas serán suficientes, creo yo, para organizar el Poder Ejecutivo del paisito. Y digo paisito ahora con total propiedad. No por disminuirlo, sino por mostrar su efectiva pequeñez. Un rasgo positivo, y no negativo, desde el punto de vista del gobierno, sea desde el ángulo del gobernante o desde el del gobernado.

La Suiza de América, dicen. A mí, qué querés que te diga, me gustaría mucho más La Holanda de América. Que Montevideo fuera la Rótterdam de América, mis queridísimas correligionarias, mis liberales de mi arma.

El evento puede ser en el Cilindro, o en el Palacio Peñarol. Un escenario grande en el que el tipo (moi) pueda bailar y sudar, caminar pesado y enfático, fuerte y firme, de un lado a otro, sudando y generando clima y euforia como el gordo ése que dirige o dirigía Microsoft.

Y mucha tecnología, una pantalla gigante color atrás, con el Power Point, o mejor el Movie Maker. Lo vuelvo a reiterar otra vez más: el PP es para los que no laburan. Los que laburamos usamos Excel. Y, cuando viene de presentaciones, MM, con la ayuda de la gran Carolina Carrington. Ya te lo dije también esto: los niños no me molestan. Los adultos sí, pero soy hombre y me la aguanto.

Y, mirá vos, misántropo confeso me tiro al agua a hacer política, con nada. Con nada: ni plata, ni carisma, ni plata, ni experiencia, ni plata, ni gusto, ni plata, ni apoyo familiar, ni plata, ni respaldo emocional. Nada. Ni un peso partido por la mitad. Me dejé los ahorros, y así fue que me tuve que venir para acá. Y, mal que mal, recuperé la cuentita. ¿O no? Ahora estoy acá, en la deep Catalunya, expuesto por primera vez, realmente, al catalán.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Criterio Sox

Me aguanté al guiso de Sarbanes Oxley. Un payaso de SOx totalmente típico. Aunque es extraño. Parece convencido, el tipo. Más converso que  mercenario. Un cruzado de la involución hacia una contabilidad manual.

Se me subía la sangre a la cara, estuve a punto de mandarlo a cagar un par de veces, me faltó el respeto pero no llegó a decirme burro directamente. Cuando se iba, se da vuelta y me dice: “tengo razón”. Yo le dije que sí, que tiene razón, que me convenció, como Kung Fu le decía “eres el jefe” a aquel demente con el que terminó encadenado. “Sox es eso, es generar papel”. “Vos sos muy business, no tenés orientación Sox”. “Sox es volver al papel, para tener evidencia”.
La discusión concreta era a raíz de los asientos. El tigre dice que cada asiento debería tener un formulario manual autorizado por un jefe, con su firma. O sea, que debería haber un documento interno autorizado específicamente para cada una de las Journal Entries, para cada movimiento del diario, en castellano. Dio vueltas, jugó al yoyo, se acaloró, y luego volvió. Creo que le estoy ganando la cuerpeada. Se muere de ganas de mandarme a cagar.

Hay un jueguito de poder que no cazo del todo. Sí está claro que hay una disputa entre él y François, el francés que dirige el proyecto de Sox en Europa, o más o menos. El que manda en realidad es Chris, el inglés, el veterano de aspecto judío, simpático, llano, de nariz aguileña y pelado. En un mail, el francés le pegó un tarascón al armenio, este francés mío. Y este botija aguantó, pero tampoco reculó del todo. También me dijo que el inglés va a venir a verlo la semana que viene, pero que no sabe cuándo. Que es por un cambio en la estructura del equipo. Me dijo, entre nos, que parece que François dejaría el proyecto. “Oh!”, le dije yo, bien falso hijo de puta. “So you´ll be promoted, then”. El tipo me siguió encajando el  no sé no sé, la típica, altamente irritante ambigüedad británica. “Lo malo se aprende en seguida”, dice Gerardo que dicen las viejas. El pibe tiene muy asimilados los tics londinenses: esa ambigüedad, el saludo cantarín, el cockiness, so full of shit que funciona tan bien.

Allá, pero acá no camina. Me da toda la impresión de que el pibe está haciendo agua, y de que los catalanes lo están ayudando. Lo irrita, claramente, que yo consigo cosas, que me saludan, que me tratan con simpatía, que me tienen en cuenta. Mi máquina anda, la suya no. Yo puedo imprimir, él no. Mi conexión anda, la suya no anda. Trata de contactarse con Gabriel, el Don Bosco de informática, el hombre más solicitado de FlexCor. Ni pelota. Pero el pibe pasa y se pone a hacer chistes conmigo, y de paso me arregla la conexión a la impresora. Cuando el demente francés (otro francés) se afanó mi notebook, al otro día me habían dado otro.

Parece como que el pibe quisiera demorarme. Está entre dos fuegos, el pobre botija. Por un lado, necesita mostrar resultados, y yo se los doy, y eso le sirve. Por otro, como el reporte de avance muestra quién hizo qué, ese progreso que yo muestro no hace más que dejar en evidencia su profunda inacción.

Pero, fuera de joda, yo lo ayudo. No voy a negar que me pasa por la mente despedazarlo, pero, como no quiero ser un payaso Sarbanes Oxley yo también, lo ayudo. Aunque también hago un esfuercito para combatir al gilazo ingenuo que siempre quiere estar al mando en este pelotón, en este regimiento, en esta piara mía.

A ver si recuerdo qué fue lo que estuve a punto de regalarle y me contuve con éxito… Ah, sí! Simplemente cómo bloquear la máquina. Se va y deja la máquina prendida, lo que significa que cualquiera puede usarla, y puede mandar mails con su casilla, y puede leerle los mails y todos los archivos que tenga. Lo menos Sox que imaginarse pueda. Fue un ejercicio casi físico evitar hacerle ese regalito, combatir al comedido. Primero, no me pidió. Segundo, tal vez lo tome a mal. Callate la boca. Si te pregunta, le decís.

Pero sí lo ayudé con lo de su actitud con la gerencia local. Al pedo, creo, porque el tipo está jugado. Tal vez tenga más cartas de lo que yo creo, también. Tal vez su estrategia de SOX Champion, de paladín del SOX y la paranoia burocratizante, le rinda. Pero, no creo, qué querés que te diga. No encaja, como decía hace un rato, con el arquetipo del payaso de Sox. El payaso arquetípico suelta insistentemente las frasecitas, pero está más que dispuesto a ponerle la firma a lo que le pongan adelante. Son, los Sox clowns, especialistas en marketing: el cliente siempre tiene razón. Y éste, un payaso con todas las letras y los honores, parece que es un cruzado del Sox. En la reunión en Birmingham quedó claro que el approach es light. Por otra parte, es lo razonable. Lo sensato (amén de conveniente para el caso) es buscar pequeñas mejorías en el sistema de control interno de la empresa, mejoras que pueden venderse al auditor.

Bueno, eso es lo que le regalé al cabrón. Al enano, cabezón, de hombros angostos. Fue hoy que noté lo de los hombros angostos, viéndolo de lejos a través del laberinto de mamparas, más o menos transparentes. Y, curiosamente, se parece a Eduardito. No sólo en los rasgos; también en los gestos. Eso es muy común. Debe haber grupos no definidos de gente, tipos. Como el tipo Rolo Puente, o el tipo de las orejas caídas, o, ahora, el tipo Eduardito. Pobre, siendo el gran super hiper deportista, parecerse a este midget, este gnomo formato botella.

Lo que le regalé al armenio fue, entonces, que se deje de joder. Le reconocí que Sox es generar más papel, para generar evidencia, para generar responsables. Pero después, al rato, luego de ir a buscarme un vasito de agua a la máquina de café del final del corredor (a la del principio fui esta vez, en realidad; hay una en cada punta), le encajé, timidón, sin mirarlo fijo, que mi corta experiencia me indica que SOX es papel, pero también que Sox es política. Es convencer al management local de hacer pequeñas mejoras en el sistema de control interno, mejoras que compren suficientemente bien como para implementarlas, y mejoras que sean vendibles al auditor.

Estaba implícito, claro, que el verdadero objetivo del proyecto Sox es lograr el dictamen limpio. Nosotros somos pagados por la empresa para ayudar a la gerencia local a venderle, al auditor, un sistema de control interno que lo convenza. “Vamos a tener que negociar con los gerentes locales”, le dije. “Y no va a ser fácil”. Entre dientes y regañadientes aceptó. Pero al irse volvió al ataque, risueño y amistoso. “No pienses, en el fin de semana, en el registro de asientos de diario…. Yo tengo razón”. “Claro que tenés razón”, le grité, entre risitas, muy British también yo. “You´re the boss”.

Ese tic de soberbia, tan londinense, tan útil en Londres. Hacete el fenómeno, mostrate confiado, comiéndote los niños crudos, que el resto no interesa. Pero acá, con los catalanes, eso no camina, nene. Peor los tratás, menos te rinden. En Londres la gente parece funcionar por miedo. Te responden si te tienen miedo. Entonces, el que intimida gana. Acá, mi querido, es al revés. Si te hacés el fenómeno, te bajan la cortina.

Me puso muy nervioso, hoy, cuando le encajaba el descarado bullshit al gerente financiero. Al FD, nada menos, que es lo más parecido a nuestro jefe, acá. El es mi jefe, ta, fenómeno. Pero el jefe de él (suyo, en realidad) no es otro que Mateu, carajo. Bueno, pues primero, en vez de acercarse hasta su oficina, lo llama por teléfono. Luego, va para allá con su nóudbuc, haciéndose el craquito. A los diez minutos vuelve, a romper mi tranquilidad. Se sienta, y le encaja a Mateu “traete alguna silla de por ahí, que tengo que mostrarte algunas cosas”. Y, mirándome a mí. “Sabés, mi computadora no tiene batería”, risita British. “Tuve que volver para mostrarle unas cosas”. El gerente, meta preguntarle por el significado de los dos correos que recibió. El, meta responderle explicándole la famosa planillita de Excel, tan colorida, su hija del arma, la que le valiera el tarascón digital. Enseñándole a vivir. Repitiendo un rosario de obviedades, con aire de estar pasándole una verdad alquímica. El gerente bosteza, se deja caer sobre el escritorio, masculla unos cuantos monosílabos aprobatorios cuasi afirmativos. Y vuelve “recibí estos mails…” “Esos mails están mal”, termina diciendo, el fenomenal. “Yo te voy a decir, después, como es la cosa”. Y ahí tallé. Si, perdoname, no tuve más remedio. Ahí fue que les dije a los dos, ahora, lo mismo que le había dicho antes al gerente. Que el poder pasó del equipo Sox a la gerencia, ahora. Que el proyecto está en sus manos. Que lo que dicen esos mails es “Vos y tu jefe están a cargo, ahora”. Lo que significa que, el enano, no. ¿Y para dónde arranca el armenio? El nene sale con otra bien londinense: la negación. “Eso está mal, yo lo voy a corregir luego, y te voy a contar, después, más adelante”.

Tal vez fue por eso que estaba tan caliente, tan cegado de ira. Fue por eso que se me vino al humo con lo del Journal Entry Watch. Quién te dice. En este caso, como en todos, también hay a que tener en cuenta, y muchísimo, el error del contrario. Tenemos esa inclinación a hacer una descripción (y una correspondiente proyección) lógica de los hechos. Pero tal vez el tipo está perdiendo, está cegado por la ira, y está empezando a hacer la mala sistemáticamente. Tal vez se está refugiando en desarrollar su muy pajera y colorida planilla de Excel, plagada de formato para decir una y mil veces lo obvio. Tal vez se está escondiendo atrás de ser el adalid de la evidencia incriminatoria como defensa, nomás, como habla solo el que habla solo, para no ponerse a llorar. Porque, por más que pueda no ser, todo indica que lo que va a venir a hacer el jefazo de UK es darle una patada en el orto.

Veremos si eso me rebota bien, o me rebota mal. Yo, de todos modos, estoy jugado. No me calienta nada, y es en serio. Cada día que pasa, cobro, y cobro bien de bien. Y cuando se acabe… ¡a casita! Ya estaba decidido, este proyectito me vino de perlas para juntar unos morlacos justo antes de volverme. Si tira más de enero, fantástico, perderé el pasaje, quemimporta, la pago con menos de dos días de laburo.

Una lista larga

Unos cuantos libros, de literatura
Una lista larga de proyectos literarios
Una incertidumbre extraña, un cierto vacío
Un lánguido temor al desperdicio
Una pila grande de minutos a usar, de saber a volcar
Una sensación de potencia inhibida
Una fuerza muerta pujando
Un valor perro
Poderes mezquinos
Potestades inventadas
Pubertad prolongada
Un eterno comienzo
Una disciplina esquiva
Una deficiencia de atención

Un gusto por lo raro, amor eterno a la originalidad, al menos como pretensión. Creo que creen algunos que es una pose.

Un dolor soportable, una insatisfacción petisa.

Una ausencia de hambre que, imagino, no podemos alterar ahora. Viniendo del pasado, digo, y carentes de una máquina del tiempo.

Una sensación de haber sido estafado, que seguramente es otra excusa para quedarnos quietitos, viéndola pasar.

Fama es, lo que se busca? Quiero creer que quiero trascender.

Moneda de cambio, algo con que pagar. Uno quiere usar, de algún modo, lo que cree que aprendió.

Una inclinación al juego, satisfacción inmediata. O, quién sabe, un condicionamiento al fracaso, un sabotaje a uno mismo, a la Walt Witman.

Horas y horas en casa, solo. Revisando los libros, esa gran pequeña biblioteca plagada de literatura. La literatura es para niños, es cosa de adolescentes. Como los porros, como los empujones en la parada. Cuando se crece se pierde el interés por la ficción. En aquella época uno se jactaba de sólo leer ficción, o de no leer no ficción, que no es lo mismo pero es igual. Después, en algún momento, uno cambia, y quiere ser científico. Quiere digerir solito lo que otros agarran con esfuerzo, con contracción a lo académico, a lo formalmente establecido.

Pero los conocimientos científicos se obtienen, sabés, asistiendo a cursos formales. ¡El renacentismo es una pamplina, gurí! Si querés saber, tenés que estudiar. Y si querés estudiar, tenés que conseguir alguien que te enseñe. Y, preferentemente, tenés que pagarle.

Que quién te estafó? Los maestros, los curas, los profesores, los padres. Te creíste que eras inteligente, que tenías un sino, un futuro promisorio, algo que dar que no tienen los otros, generalmente. Que tu juego era con los grandes, con Arquímedes y Chet Baker.

Enorme y ecléctica, la lista. Una historia que contar, igualmente. Eso, cualquiera tiene. Si sabés escribir, no la contás porque no querés.

sábado, 5 de noviembre de 2011

La Unión hace la fuerza

El tiempo empieza cuando empiezan tus recuerdos, bastante después del comienzo de tu conciencia. Y los recuerdos son refritos de recuerdos, vivencias posteriores, datos externos que se les pegan. Contando recuerdos se miente, a conciencia. Tus recuerdos son ficción.

Los niños creen en los Reyes, en Papá Noel, en los ratones, en el ratón que ahora, con profundo mal gusto, llaman Pérez. Creían, antes, en cosas antiguas, pasadas de moda, como el Carlanco y el Viejo de la Bolsa. No era delito, en aquellos días, amenazar a los niños con que un personaje entrado en años y con un saco a las espaldas vendría de vaya a saber dónde para llevárselos, si no comían o no se quedaban quietos. Y aquellos niños tenían, como consuelo, la elaboración de historias con esos personajes oscuros.
esbozo en paint entre torpe y naif del carlanco con leyenda en lenguaje infantil

El Carlanco, que hasta las piedras arrancaba, vivía en el altillo, aquel cuarto pequeño al que se llegaba por una escalera escarpada, de madera, con baranda. Yo subía de día, con luz, y luchaba contra su dudosa presencia. Y hurgaba entre los trastos, esquivando los rayos de luz que se filtraban entre los muebles patas para arriba, los proyectores manuales, los trapos blancos por encima, extraña y prolífica protección. Extraña protección, digo, porque eran trastos en el altillo, y el polvo estaba a la orden del día. Prolíficos también, porque generaban fantasmas y danzas en la cabecita de humo.

La escalera partía de lo que llamaban galería, vaya uno a saber por qué. Una estancia intermedia entre los cuartos y la cocina y aledaños. Un chorizo largo, enorme para mí, como un océano, como un ambiente abierto pero cerrado. Con techos enormemente altos, y una rara, fresca penumbra. Terminaba en una pared de vidrios, que daba a un cuarto todo de vidrio que miraba al jardín, y tenía libros, me imagino.

Antes del final de vidrio, a la izquierda quedaba el piano, que en aquel momento era negro. Uno podía meter dedo tranquilo, y podía también desplegar un juego de pedales que daban fuelle, para que un rollo de papel perforado trajera un fantasma que movía las teclas y hacía al piano sonar, con el gran Chopín. Siglos después los de la OSE lo copiaron, y comenzaron a cobrar las cuentas de agua con unas tarjetas cuadradas, rectangulares, plagadas de agujeritos cuadrados, cuadrados, y decoradas con una filigrana en verde.

Pasando el piano, a la izquierda de la izquierda, estaban los cuartos. El de mi tía Aidée, que galopó la cirrosis por décadas, tenía una camita rara, con cabecera y pie sugeridos, en cuatro palitos blancos repujados. Y tenía también una colcha blanca y roja, a cuadraditos chiquitos. Bien chiquitos serían, los cuadraditos, que eran chiquitos para un nene chiquito que caminaba a sus anchas por la casa de la Unión, como un explorador solitario.
La mesa de luz de Aidée (que, al final, no pudo con la cirrosis), tenía encima un objeto fascinante. Una virgen de metal, digamos que de Lourdes. La virgen estaba rota, separada de su base. Había que apoyarla con delicadeza para que se quedara ahí paradita, quietita. La virgencita equilibrista daba música, con una llavecita pegada, metálica también y además plegable, que uno debía hacer girar bastante primero, rompiéndose los dedos. Esto, claro, si uno quería oír la musiquita tintibulante clun clan clin por un rato. Si lo que el investigador buscaba era simplemente una muestra, sólo saber el tipo de sonido, sólo recuperar el recuerdo sonoro de una incursión reciente, el dolor en los dedos era evitable. Sólo media vuelta, y oír los acordecitos de lata, cada vez más lentos hasta morir, como mi tía Aidée con su cirrosis, o mi abuelo Marcos con su leucemia, o mi abuela Lola con su tozudez, su compromiso ineludible de esclavizar a Aidée, la de la cirrosis duradera.


El otro extremo de la galería, la otra costa del océano de sombra, era una puertita de vidrio partida en cuatro, con unas cortinitas de voille del lado de la calle, del otro lado, y un pestillo color plata, finito, en el que había que apoyarse fuerte, lastimándose, esta vez, la palma. Después de la puerta cuadriculada, un cuartito con un teléfono. Una cabina telefónica privada. Un teléfono pesado, con un disco de metal y los números repujados en negro, con fondo blanco. Un cable cubierto con un forro de tela, que se quebraba y te dejaba ver los cables que había adentro del cable del telefonote cuadradote, pesado hasta las lágrimas. Te trepabas al taburete, apoyándote en aquellos barrotes transversales tan convenientes, te parabas con temor en el asiento acolchadito y blanco opaco, y alcanzabas el disco del telefonote, que se apoyaba en un soporte de madera al efecto, que sobresalía, cuadrado, de la pared, y tenía un reborde para que el telefonote no se cayera.


Jesús, que para mí nunca fue Jesucito, pasaba a través de la otra puerta del cuartito del teléfono, trayéndo el Espíritu Santo a los apóstoles que dudaban, tan miedosos. Pasaba a través de la puerta de vidrio del lado de la calle, y entraba en el cuartito del telefonote, y repartía llamitas, que los apóstoles depositaban sobre sus cabezas, sacándose de encima el miedo y el frío. Pasaba a través de las puertas, y, aún siendo Jesús, daba miedo. Daba, te digo, mucho más miedo que el Carlanco, que nunca mostró el pelo en el altillo. Los aulliditos como el viento que se depositaban contra el techo de la galería, saliendo de lo alto, de la puerta del altillo, no eran del Carlanco. Eran de un fantasma vestido de blanco, con las sábanas viejas que cubrían los muebles, mucho más parecido al que llaman Jesucito que al Carlanco, que jamás arrancó una piedra.

De la puertita del lado de allá del cuartito del teléfono, había un patio como redondeado, que terminaba en unas barandas. Con la cabecita entre las rejas de la baranda, uno miraba para abajo. El piso del garaje donde se ponía el auto, era de unas baldosas muy típicas, amarillitas, divididas en nueve cuadraditos igualitos igualitos. Y, para llegar a las baldosas tan típicas, igualitas a las de la vereda pero amarillas y no grises, había que bajar una escalera ancha, redondeada, que se hacía más ancha a medida que uno bajaba. Los escalones eran de mármol blanco, e irregulares, más anchos cuanto más cerca de la pared.


El auto se entraba por la misma puerta por la que uno entraba. El auto entraba en la casa, igual que el resto de los moradores, como tal vez entraran los caballos en las casas, cuando no había autos y sí había carros y sus caballos. El portón era enorme, de dos hojas, muy, muy pesado. Ya el pestillo era duro, y después, a empujar fuerte, a tirar fuerte como aquella corvina que casi me tira el agua. Era de barrotes de hierro negro, y después, del lado de adentro, vidrio. El auto entraba y manchaba las baldositas de aceite, qué le vas a hacer.


Y después del auto, o del lugar del auto cuando el auto no estaba, pasando por debajo del patiecito circular de la baranda, y luego de la galería, y luego de la estancia de luz donde seguramente había libros, pasando por debajo de todo el chorizo de casa se llegaba a un lugar abierto, con unas columnas cuadraditas también, pero blancas, que sostenían el cuartito de la luz, de los presuntos libros y también una mecedora. Subiendo un escaloncito se salía de lo cerrado, y se estaba ya en el jardín, aunque todavía bajo techo.


El jardín era grande, pero cerrado. Como un gran patio rectangular con un camino de baldosas en el medio, una pared blanca, descarnada, a la derecha del que entraba o a la izquierda del que salía, y una pared disfrazada de arbustitos del otro lado. Había una fuente, un tanque bajo con agua que tenía una tortuga, unos peces grandes, y una espátula rosada, aunque usted no lo crea, parada casi siempre en una pata, larga, tan larga como la otra pata que mantenía recogida. Lo que no era camino era canteros, de tierra gris, clara, con poco pasto, tal vez algunas flores, hortensias, por qué no.


Al final, uno llegaba a la jaula, al jaulero, a la hija del chocolatero. A la China, al Japón, todos juntos en una reunión. Uno llegaba, digo, a una jaula enorme llena de pájaros, que ocupaba un quinto, digamos, del jardín, y todo su ancho. Dentro había un árbol, y mi abuelo podía entrar sin agacharse. Era grande, mi abuelo. Yo entraba con él, sin darle la mano. Me preocupaba que fuera a darse la cabeza contra el techo de alambrado, que fuera a engancharse los pelos ralos entre el tejido fino de alambre que impedía que los mil pajaritos se escaparan. Les dábamos de comer, revisábamos los nidos, mirábamos los pollitos pura piel, sin plumas, y nos volvíamos.

La Suiza del Medio Oriente

El abuelo era grande, y, decían, malo. Conmigo era buenísimo, me mostraba los pájaros, me enseñaba a esperar. Se murió desde Líbano, sentado en una silla con una pierna para adelante, apoyada en otra silla con un almohadón. Tenía diabetes. El mito es que lo mordió uno de los varios Jasper (la jota suena en inglés), los sucesivos perros de la familia. Mi padre y su famila tuvieron su sucesión de Jásperes, como nosotros tuvimos nuestra sucesión de Timoteos. El Jasper que pretendidamente mordió al viejo malo fue el de mi tía Marita, la que no tuvo hijos. Estaban en el jardín de la casa de Marita en Malvín, que tenía unos desniveles marcados por muritos, y no tenía nada de pasto en la tierra gris. Parece ser que tenía una parra, y el viejo malo quiso bajar un racimo con un palo, y mi tía sin hijos estaba cerca, y el Jasper de turno se creyó que el viejo le iba a dar con el palo en la cabeza, y lo mordió, y el viejo se murió porque tenía diabetes (diabetis, creíamos). Claro, no enseguida. Muchos años después, con la pierna podrida, azul, para adelante en el estar de la casa de la calle Líbano en Punta Gorda, que hoy llaman Carrasco porque es más lindo.

En el fondo de la casa de la playa, cerca del club Náutico que le matizó la vida por un buen tiempo a mi tía Aidée, la esclava que jineteó la cirrosis, el viejo malo que era bueno conmigo me enseñó a cazar pajaritos con un trampero.

Había, en el fondo de la casita de la playa, una hamaca de metal de tres cuerpos. El abuelo y yo nos sentábamos a esperar, calladitos. El trampero simple, de una jaulita sola, estaba colgado de un clavito en la pared lindera, en el fondo del fondo. En ese rincón, encima del parrillero de metal, la casa daba a otras dos casas, o, lo que es lo mismo, el final de tres jardines confluía, como confluyen Argentina, Brasil y Paraguay en las Cataratas del Iguazú, en el mapa.
Esta hamaca era blanca, y los almohadones eran o blancos o rosados. Seguramente fueran blancos, pero hay unos rosados rondando en mi cabeza. Un rosado desteñido, y unos rebordes bien marcados en el plástico, tal vez ellos sí blancos.

La hamaca del frente era parecida, pero menos sólida. El mismo alto de los soportes laterales, un alto bajo, por debajo del nivel de las cabezas de los adultos cuando estaban sentados. La hamaca del frente era un instrumento central de la máquina del tiempo. Ese era el esquema de la casita de Líbano: el frente, y el fondo. Pasando por un garaje abierto y otro cerrado. Ese pasaje al fondo a través de un garaje, y esa disposición de chorizo pegado a las paredes linderas, eran características comunes de la casa de La Unión, u Ocho de Octubre, y la de Líbano, o Punta Gorda. Y también de la casa de los San Román en Garzón, en Colón.

En la hamaca del fondo, entonces, el abuelo me enseñaba a esperar. El juego era bastante fácil, en realidad. Sentarse ahí y mirar el trampero. Aguantarse y no hamacar la hamaca, porque esos aparatos de fierro siempre chillan. Lo que agarramos, el viejo y yo, fue un gorrión. Un bicho sin ningún valor para el viejo (írrito, nulo), dado que no vivía en cautiverio, no cantaba, y no tenía ningún brillito especial en las plumas. El viejo, claro está, lo soltaba, aunque no sin antes cortarle las plumas de la cola, ritual que yo hallaba incomprensible. “Si me lo encuentro de nuevo, ya sé”, decía. Una especie de bravata con uno mismo, un canto a la intervención. Lo tuve entre mis manos, entonces lo marco. La maté porque era mía.

Y ése es mi recuerdo del viejo, que tanto me quería. Tengo, también, recuerdos de comentarios del viejo. De mi viejo, de mi mamá, de mi abuela Pastora, de mi tía soltera y mi tía sin hijos. Mi viejo contaba que, cuando nació mi hermana mayor, el viejo le golpeó la espalda: “No te preocupes, la próxima vamos a tener suerte”. Mi vieja, con cierto contenido horror, contaba que el viejo comía con las manos, disfrutando enormemente los cartílagos de las patas del pollo. También contaban que se mordía comiendo a lo bruto, ocasionalmente. Y se enfurecía por haberse mordido, mirando alrededor para pescar al que osara reírse. La tensión la quebraba la abuela, que se reía con ganas porque ella sí tenía derecho.

De los tramperos debe venir un vicio bastante mayor que el viejo no tenía y yo sí, y mi viejo también. Matar bichos con rifles y escopetas era el mejor de los programas, o al menos uno de los mejores. 

viernes, 4 de noviembre de 2011

Mamíferos

Cuando todavía eras compadre de tu padre, viste lo que es querer, allá en Zapicán, Lavalleja. Desde el camión disparaste el 22, y la bala impactó de lleno en el pecho. El de ella, agujereado. El tuyo, lleno de orgullo, grandote, tanto aplauso de los adultos. Y la otra liebre, la sana, no se quiso ir. Chillando te miró triste, ojo con ojo, profundo, reclamando. No le pudiste tirar, pero no se salvó.

Niño aún, exploraste los confines del lago sin gente, la parte privada de la Laguna del Diario. Con la ropa al hombro y el agua al pecho, cruzaste aquel bracito de agua, hasta el istmo blanco de arena. Las lisas saltaban a lo lejos. Y una grande te cayó encima, sin avisar, pesada y viscosa, en el medio del lomo. Sacudiendo el estupor, registraste el episodio de frontera, comiendo maná a dos manos.

Joven y fuerte (apuesto también, pero no viene al caso), nadaste a cien metros de la orilla, paralelo a la costa, en la bahía oscura de Pocitos, contra las piedras del otrora Kibon. Un rumor incierto entre el tumulto, agua en las orejas, brazadas desparejas. Levantaste la cabeza y te llenaste de un fugaz pavor, un pavor que en el acto se volvió sublime. No te preocupes, no son tiburones. Sobre el agua negra, dos aletas negras cerrándose en círculos. Una tonina te pechó de atrás, la otra dejó que agarraras su aleta, por unos metros. Y adiós para siempre.

Borracho en Carrasco, saliendo de Clyde´s, no encontraste el auto. Pudo ser cortejo, pudo ser pelea. En el jardín de una casita sobre Rivera, frente al cine, dos gatos danzaban, lento, en silencio. A vista y paciencia de todos, pero sólo para tus ojos. Fueron varios minutos de tai chi animal. Más minutos que la tolerancia de tu paciencia beoda.

Oyster card

Marvelous, this light blue little card. You don´t have to even take it out of the tiny red plastic envelope. Just hand it to the round reader, and the two-folded gates will open, abracadabra, with a gentle green spot smiling at you. For just 3 gbp deposit, refundable whenever you feel like it.

Yeah, sure, He´ll know your whereabouts. Who cares? Have I anything to hide? Have you? If I´m sick, or out of town, He knows it. He´ll be able to figure out where we live, where we work, which airport we choose, where our friends or dealers are. So what? It could be fair enough. He knows your name and address, and all of your journeys and destinations. Thus, he can manage to design a better, cheaper tube. He just has to do that.

Oyster Card. Funny name. Sounds like ostrich to me. Ostrichback around this wonderful network of underground colourful lines. On your feet, and the escalators, and the talking trains.

The bad thing: it´s not worth it, most of the times. If you´re a frequent flyer, please get yourself a weekly pass. You only can ride the ostrich efficiently if you use it once in a while. If not, you´ll end up giving away all your precious info, and, at the same time, paying more. With a weekly pass you keep your paranoid privacy, and you pay less. Same thing if you only use Zone 1. Go buy ten tickets at a time, and you´ll be saving some quid.

Top-up, is the name of the game. Oyster only tops up on a daily basis. No explanation whatsoever. Readers can read in buses, time schedules can be communicated from bus stop to bus stop, trains can talk, journeys can be deducted from beginning to end, once and a thousand times. But the ostrich can only compare on a daily basis.

We all know the wonders computers can make. If cars can tell you where to go, then the tube IT system can compare on a weekly basis. What am I talking about! It´s already comparing daily, with total accuracy.
Ken Livingstone blanco y negro microfonos Tony Blair atras

Come on, Red. Go ahead and give as a reasonable ostrich, will ya? Oyster should always be the best deal, or your money back. Aren´t you for the people? It´ll be good for you too. Fancy you knowing everything of 50, maybe 70% of the tube journeys. Wouldn´t it be great? You could then give us an even better underground, and a cheaper one. Win-win, they call it, the businessmen. We get the best price always, you get the priceless information.


I myself wouldn´t mind if He even sold it. Would you?