sábado, 22 de diciembre de 2012

De cómo la masacre de Newtown se convirtió en un evento televisivo de control mental

Traducido del inglés con la autorización del autor, Jon Rappoport. Vea el artículo original.

Control mental. Hipnosis masiva. Condicionamiento. Lavado de cerebro. De eso hablamos. 


Estamos tan condicionados por la forma en que la televisión presenta la vida, que raramente tomamos un mínimo de distancia para poder ver lo que pasa. 


En lo que refiere a desastres y crímenes masivos, los noticieros centrales mandan en el gallinero. 


Primero, los presentadores, que son los editores en jefe de sus propias transmisiones, se dan a sí mismos la voz de aura. Dejan sus cómodos sillones y viajan a la escena del crimen. “Este es importante”. 


Los presentadores proveen relevancia. Su mera presencia deja claro que esta historia supera a todas las noticias del momento. Es la primera pauta hipnótica, la primera sugestión. 


Por supuesto que los presentadores no fueron a Newtown, Connecticut, en calidad de periodistas. No fueron para investigar. 
Su presencia física en la escuela Sandy Hook y en el pueblo de Newtown era, en ese sentido, altamente irrelevante. 

Podrían haber hecho la transmisión desde las centrales en Nueva York. O desde un ropero, igual. 


Pero, claro, era mucho mejor si transmitía parado en algún lugar de Newtown. Da sensación de crisis a los millones de televidentes. 


A la vez, la presencia de los presentadores brinda seguridad. El mensaje subliminal que transmiten es: haya pasado lo que haya pasado, la situación es controlable. 


La audiencia sabe que el presentador conferirá sentido, y dará voz oficial a la tragedia. En cierta forma, los presentadores son sacerdotes, impartiendo su bendición por el sufrimiento y sus oraciones por los muertos. 


Es lo que la audiencia espera, y es lo que recibe. 


Esta expectativa es tan profunda, en efecto, que cualquier otra cosa sería considerada un insulto, un crimen moral. 


Por ejemplo, supongamos que un noticiero hiciera un cambio de marcha y empezara a entrevistar policías y residentes, haciendo preguntas fuertes sobre las contradicciones del tinglado oficial. Supongamos que el foco se moviera a esto. Supongamos que el tono se volviera especulativo, al servicio de (ni dios permita) la verdad. 


En otras palabras: con un violento cambio de perspectiva, el presentador empieza a hacer preguntas que requieren respuestas. Todo un concepto. 


No, los sacerdotes no intimidan a los feligreses. El sacerdote oye confesiones, y marca el camino a la redención. 


Pero, si milagrosamente los presentadores iniciaran una cruzada en pos de la verdad, la escena se tornaría completamente incierta, o incluso caótica. 


“Primero, había un hombre en el bosque. Ustedes mismos lo persiguieron. Lo redujeron y lo trajeron de vuelta al pueblo. ¿Quién es? ¿Dónde está? ¿Lo están interrogando? ¿Qué le preguntan? ¿Por qué tuvieron la idea de que podría ser un segundo atacante? Vamos. Respondan. La gente quiere saber. Esto no avanza. Queremos respuestas.” 


Esto se llama periodismo, una actividad ajena a estos reyes y reinas de los medios, peinados con secador. 


“Señor, sabemos que ABC reportó que había un segundo tirador. Dicen que ustedes mismos les dieron la información. ¿De dónde salió ese dato?... No, perdóneme, no me está respondiendo, eso es un non sequitur.” 


Los que reportamos en Internet decimos que hay algo que no cierra en esto de que la historia del segundo tirador se olvida, como si fuera una papa caliente… Y por eso nos llaman conspiranoicos. 


¿Entienden? Hacer preguntas pertinentes se transforma en conspirar, simplemente porque los noticieros centrales no cumplieron con su obligación, de pique. 


“Señor: ¿Encontraron un revolver en la valija del auto, o tres? Muéstreme el auto. Sí. Quiero verlo. Quiero saber el número de la matrícula. ¿Cómo dice? ¿El auto ése es un secreto? Perdone, pero no. Hay veinte niños muertos en esa escuela, señor, y queremos llegar al fondo del asunto. Vamos a ver ese auto.” 


Eso se llama investigar. Es lo que hacen los periodistas. 


“Señor, su diario publicó una historia sobre el cuerpo de un hombre que apareció en el apartamento del hermano de Adam. Que después se transformó en el cuerpo de la madre de Adam, hallado ahora en su casa en Newtown. ¿Qué fue lo que pasó, exactamente? ¿Fue un error? Parece un error bastante grande, ¿no? ¿Cómo pudo pasar eso? ¿Fue una confusión típica de los primeros pasos de la investigación? A mí me parece que no. Confundir un hombre con una mujer, pensar primero que el cadáver apareció en Nueva Jersey y luego que apareció en Connecticut, no es un error típico, en absoluto. ¿La policía halló el cadáver de un hombre? Responda.” 


El televidente promedio americano se encogería de vergüenza si oyera preguntas así de exigentes. ¿Saben por qué? Porque ha sido entrenado y condicionado por los presentadores para renunciar a ir más profundo que la superficie. En otras palabras: el televidente ha sido hipnotizado. 


“Dr. Smith, Agente Jones, tengo entendido que este joven autista, extremadamente tímido, con problemas mentales, entró en esa escuela y masacró, metódicamente, a veintiún personas. Para hacer eso tuvo que recargar la pistola por lo menos dos veces. ¿Eso es razonable? Esto no es simplemente un acto de violencia impulsiva. Esto es una masacre metódica. ¿Cuál es su explicación?” 


Si los presentadores insistieran con preguntas de este tipo: ¿saben lo que pasaría? Los televidentes empezarían a sentirse incómodos. Empezarían a resquebrajar su programa hipnótico. Empezarían a despertar. 


“Bueno, tiene razón. Esto no cierra. Tal vez sí hubo un segundo tirador.” 


O “Puede ser que ese muchacho Lanza no haya matado a nadie.” 


“¿Qué me estás diciendo? ¿Que le hicieron una cama, al tipo?” 


“Puede ser que sea un chivo expiatorio.” 


Ahí está. En vez de ser descalificados como “conspiranoicos”, estos cuestionamientos pasan a ser parte de la experiencia de mirar el noticiero. Porque, repentinamente, los periodistas empezaron a hacer preguntas incisivas. 


Pero no. Lo que nos dan es duelo y desazón. No tenemos más remedio que empezar con duelo y terminar con duelo. 


Pero esto es un montaje, es artificial. Claro que la gente de Newtown está desconcertada y sufre y siente una gran pérdida y está horrorizada. Pero los que producen el noticiero pasan minutos y horas de transmisión de esto, a consciencia, y filtran el resto. 


Y lo hacen todas las veces que pasan estas cosas. Así, la audiencia está condicionada para esperar lo mismo, y se lo traga entero, en ese estado de trance. La audiencia quiere eso y no otra cosa… Porque cualquier otra cosa ROMPERÍA EL HECHIZO y la pena dejaría de tener tanto impacto. 


Newtown es un evento televisivo. Desde el vamos, la actitud es la de un funeral. Tiene esa nota, ese color. La audiencia lo absorbe, y no quiere que sea alterado en lo más mínimo. 


Es programación Matrix. 


El presentador es sacerdote, y también es maestro. Muestra a la audiencia cómo experimentar el suceso, qué sentir, qué pensar, cómo actuar. 


Una de las habilidades principales del presentador es la comunicación fluida, pareja. Así es como se ganan esas fortunas: las fusiones y articulaciones, y el tono subyacente de sinceridad que tiñe cada detalle de lo que se informa. 


Ahí también está la hipnosis. Establece una frecuencia que se cuela en los cerebros de los televidentes. Una Frecuencia de Aceptación. Lo que define a un gran presentador es la habilidad de lograr establecer esta frecuencia. 


Scott Pelley (CBS) lo tiene en parte. Diane Sawyer (ABC) notoriamente falla, a veces. Brian Williams (NBC) es el maestro del momento. Por eso lo llaman el Walter Cronkite del siglo 21. 


“Señor, sabemos que la policía capturó a un segundo hombre, justo afuera de la escuela. ¿Cómo se llama? ¿Qué hicieron con él? ¿Dónde está?” 


No, no, no, no, no. Eso quebraría la Frecuencia de Aceptación como si fuera un huevo, y mandaría a rodar al noticiero, en un canastito. 


“Señor, qué suerte que lo encontramos, finalmente. Tenemos informes de que está por partir para Bermudas. Usted era el médico de Adam Lanza. ¿Qué medicamentos le recetaba? No sólo en los últimos tiempos. Queremos saber qué tomó desde el principio. Tenemos una lista de drogas empleadas comúnmente en pacientes de Asperger, autismo, depresión. Y sabemos, por supuesto, que inducen comportamientos violentos. Suicidio, homicidio. Responda, doctor.” 


Ahí no sólo se rompe el huevo. Ahí suspenden al presentador, y la cadena de televisión emite un comunicado informando que su “descompensación” se debió al estrés. 


Las empresas farmacéuticas lo pusieron en la lista. 


Sin embargo, las preguntas sobre los medicamentos son exactamente las que hace un periodista de verdad. No son preguntas de “conspiranoicos”. Si hubiera un periodista, en Newtown, preguntaría eso. 


El que piense que esto es absurdo, fuera de lugar, está hipnotizado. Programado. Es eso, simplemente. 


Los medios de comunicación tradicionales agonizan en este país. Se les está acabando la plata. Podrían revitalizarse en un santiamén, si se decidieran a CUBRIR las noticias, y a despertar a la audiencia. Pero eso es ajeno a sus agendas. Antes se mueren. 


Son agentes contratados por las elites que manejan este país. Son putas mandadas a la calle por sus macrós, y saben bien cuál es su trabajo, y qué no es su trabajo. 


Las noticias oficiales son forzadas por las elites en la dirección de construir eventos artificiales, conscientemente, para ser consumidos masivamente por un público en estado de control mental, físico, y espiritual. Los periodistas que osan salirse de ese marco son etiquetados como marginales. 


“Teniente, perdón. Cómo está. Brian Williams, del noticiero de NBC. Tengo una duda: si hubiera habido empleados armados en la escuela, tal vez habrían tenido chances de detener al asesino, antes de que matara a los niños. Quiero decir, personal entrenado para disparar, y con permiso de porte de armas. Una persona fuerte, capaz de enfrentar al asesino”. 


Epa, eso no es una pregunta razonable, dice la gente. Esa es una pregunta de delirante. Esa pregunta no debe formularse. ¿Por qué? ¿Quieren la respuesta cierta? Porque destruye la frecuencia hipnótica enviada por los noticieros. Esa es la verdad. 


Dice el televidente: “No molesten, estoy hipnotizado. No alteren la frecuencia a la que mi cerebro absorbe lo que dice el noticiero”. 


Por supuesto que, en esas condiciones, la última persona que alteraría la frecuencia sería el propio presentador. El es el que induce la frecuencia, por empezar. 


Con eso, sabemos que el presentador NO está para indagar e identificar nuevos hechos o perspectivas. 


Entretenimiento significa: el cerebro fue inundado de ritmos y frecuencias que lo inducen a aceptar la información transmitida. 


Así es que las canciones logran que las letras banales cobren importancia. 


Otra cosa que hace el entretenimiento, es que el receptor sienta que participa de algo grande. Este elemento es clave. El receptor se siente miembro de un colectivo que comparte un momento, una experiencia. 


“Yo me siento así, y todos los demás también”. 

Es esto lo que sustituye, en nuestra sociedad, a la experiencia individual, a la sensación de autosuficiencia.
Este colectivo, sin embargo, no es comunidad. Sólo se le parece. Sólo se siente como si lo fuera. Lo que es, es hipnosis colectiva. Como la que se observa en el canto gregoriano. O en los discursos políticos. 


El cerebro nada en determinadas armonías, y su respuesta es Aceptación. 


El lenguaje de los globalistas está repleto de entretenimiento. “Estamos todos en el mismo barco”. “Vamos a sanar al planeta”. “Debemos luchar juntos para alcanzar un mundo mejor, para nuestros hijos”. 


Suena correcto, parece correcto, pero se emite para crear un colectivo, no una comunidad. Tómese el tiempo de leer los prospectos de Monsanto. Léalos en voz alta. Óigase. Trate de darle un ritmo convincente a las frases. De repente, está en la frecuencia. Está metido en el entretenimiento. 


Eso es lo que hacen los noticieros de la televisión. Y ni siquiera hemos mencionado los efectos hipnóticos de los gestos, al enviar el mensaje a la audiencia. 


En un artículo anterior mencioné que, si fuera por la transmisión de la masacre de Newtown, no hay en todo el pueblo una persona indignada, hombre o mujer. Porque en la pantalla no aparecen. 


La cadena de televisión se aseguró de eso. Fue una elección consciente. 


“Mi hijo murió en esa escuela. Quiero saber por qué. Quiero saber de qué forma entró el asesino. ¿Quién lo dejó entrar? ¿Cómo entró? QUIERO SABER”. 


Lo lamento. Eso no se incluye en la transmisión. 


Interrumpiría el entretenimiento. 


“Perdón, señor. Tiene que retirarse. Estamos generando hipnosis y control mental. Está rompiendo la cadencia”. 


En vez de incluirlo en la transmisión, el señor es canalizado a consejeros de duelo, que tratarán de calmar su indignación. “Señor, todos tenemos que tratar de encontrar la forma de sanar”. 

Los episodios como el de Newtown son de gran valor didáctico para la televisión. Los noticieros de las cadenas centrales exhiben una constelación de emociones catalogadas como “aceptables y apropiadas”, para que sean experimentadas por la audiencia. Y la audiencia es, a la vez, entrenada para replicar esas emociones. Para sentirlas, para expresarlas, para nadar en ellas. 


Es un sistema cerrado. 


De esta forma, lateralmente, se logra que funcione el control de armas. Integra el mensaje general. La audiencia, cuya existencia transcurre dentro de ese sistema cerrado, en ese estado de trance, puede ser dirigida hacia el peor remedio para la tragedia. 


Alcanza con que el presentador frunza el ceño, o sacuda la cabeza un poquito en el momento en que aparece el tema de las armas. Sólo eso, y los cerebros de la audiencia se lo tragan: 


“Claro, por supuesto. Retiremos las armas. Si nadie tiene armas, nadie puede disparar armas. Nadie moriría. No habría crimen. Obvio.” 


La estocada final, la que termina de conferirle razonabilidad a esta solución grandilocuente y pueril, es: los policías son los buenos; son confiables; que todas las armas estén en sus manos, y se acabaron los problemas. 


Ese mismo mensaje es impartido por los presentadores de los grandes noticieros. Estos reyes y reinas no formulan preguntas difíciles a la policía. Lo evitan. 


Más aún, los presentadores SON jefes de policías suplentes. Dicen lo que los jefes de policía dirían, si tuvieran la habilidad. 


Los presentadores hacen unipersonales en Newtown y nos brindan de la mejor manera posible lo que diría la policía. Y en el camino transmiten: 


Entretenimiento. Hipnosis de masas. Control mental. Condicionamiento.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Descubra el error


El espectro completo, y por computadora.

La limitación natural de la observación astronómica fue, hasta entrado el siglo pasado, el ojo humano. Y con él, el tramo del espectro electromagnético humanamente visible.
Hace unas pocas décadas, y por casualidad, dos técnicos eléctricos descubrieron que también puede “observarse” (es decir, captarse) el universo no terrestre a través de ondas de radio. Con esto surgió el radiotelescopio. A partir de ese momento, la gama del espectro observable incluía, además del campo visual, el de radio.
No pasó mucho tiempo hasta logramos salir de esta pequeña roca que nos alberga. A partir de ese momento hemos sido capaces de captar y procesar información del espectro electromagnético completo, desde las ondas más largas y de menor frecuencia, a las más cortas y de mayor frecuencia. Desde las ondas de radio hasta los rayos gamma, los monos sin pelo del tercer planeta desde el sol pueden recoger y estudiar información del universo emitida en cualquier tipo de onda electromagnética.

De nada sirven los datos si no son procesados. Para volverse información, los simples datos recogidos deben ser analizados. Es aquí que entra en juego el enorme desarrollo de la ciencia de la informática. Es la combinación del poder de observación del campo electromagnético completo con el poder de procesamiento de enormes y variadísimas cantidades de información, que hace posible el nivel de desarrollo presente de la astronomía, y su gran aporte a nuestra comprensión del universo.

lunes, 5 de noviembre de 2012

La lenta muerte del mercado


Por Alasdair Macleod
Traducido del inglés con la autorización de GoldMoney.com

La prensa se ha ocupado extensamente de la manipulación de la tasa LIBOR, sin explicar mucho las consecuencias para los precios de todas aquellas cosas que dependen de la oferta y demanda de crédito bancario. La indignación se enfoca en las actividades de los avaros banqueros, por eso nunca se llega a establecer la conexión entre manipulaciones relativamente menores del precio del crédito, por parte de los bancos, y las mucho mayores manipulaciones hechas por los bancos centrales.

Es esto último lo que realmente debería preocuparnos. Los bancos centrales intervienen sostenidamente en los mercados, para mantener las tasas de interés por debajo de los niveles a los que de otra forma estarían. Esto lleva a precios artificialmente altos de todos los activos, ya que éstos son apuntalados por el crédito barato. La idea de que vivimos en una economía capitalista, en la que los activos cuestan según su valor productivo, es falsa.

Estamos muy alejados del mercado libre, o de precios que sean acordados libremente por las partes, sin intervención estatal. Hoy resulta imposible, para cualquier empresa, basarse en los precios que establece el mercado; ésta es la razón del crecimiento explosivo de los instrumentos financieros derivados. Cada derivado existe para compensar el riesgo de alguna transacción. Aún si muchas de esas transacciones son también derivadas, en última instancia todas existen para mitigar el riesgo de alguna actividad empresarial real. Cierto grado de cobertura es razonable en situación de mercado, como ser el granjero que vende su cosecha por adelantado para maximizar el precio, o la mina que vende su producto por adelantado  sabiendo que contará con el mineral. Pero la mayoría de estos instrumentos derivados existen sólo para cubrir incertidumbres económicas que surgen de la intervención estatal.

Según el Banco de Pagos Internacionales, los instrumentos financieros derivados empleados por agentes no financieros totalizaron, mundialmente, $46 trillones a fin del año pasado, lo que equivale a 65% del PBI mundial, o al 100% si excluimos a los gobiernos. Esto evidencia que la actividad empresarial genuina está siendo asfixiada por la intervención y la manipulación. Por definición, un empresario es alguien que explota diferencias de precios, no alguien que procura protegerse de tales diferencias.

Nuestra condena de la intervención pública debe extenderse más allá de las tasas de interés, a la moneda misma, emitida por los propios gobiernos. No hay certeza alguna en el valor futuro de las monedas, y esto hace imposible el cálculo de márgenes empresariales. Un ejemplo obvio de esta situación son las incertidumbres actuales con respecto al euro. Nadie sabe quién se queda y quién se va de la zona euro este año, o si el euro subirá o bajará de valor, o siquiera si existirá. Las incertidumbres provocadas por la intervención estatal son perniciosas para la economía.

De esta forma, todos los precios dejan de ser establecidos por compradores y vendedores, para ser determinados por la manipulación de gobiernos y bancos centrales. El que fracasa no es el sistema capitalista, sino la alteración general, oficial y tramposa de los precios.
Los gobiernos persistirán en su intento de convencernos de que la culpa es del mercado y no suya. Lo han estado haciendo, en mayor o menor medida, por cien años,  desde el abandono del patrón oro. Estamos viviendo la última vuelta de este engaño.

Nos enfrentamos, hoy, al problema del cálculo económico que identificara von Mises. Resultó en el colapso de la Unión Soviética, y ahora nosotros hemos caído en la misma trampa.

jueves, 18 de octubre de 2012

DEME MEDIA TONELADA DE HIJO

Fue Truman Show  la que abrió la compuerta. Una buena película, qué duda cabe. Buena en su ejecución, cosa que no sorprende. En eso, hasta los paganos y los gentiles. Los efectos, las actuaciones, las elecciones de actores, la compaginación, son excelentes siempre. Pero ésta también era buena en idea, algo cada vez más escaso. Mejor que lo que se podía imaginar en el momento. Película a película, los cinéfilos pueden encontrar un sinfín de piezas que le pasan el trapito. Pero pocas, muy pocas han tenido un efecto tan notorio, inmediato y devastador en la realidad circundante. Si algo alteran las películas, normalmente, es el propio cine. Esta película tuvo la peculiaridad de impactar extramuros, transformando la industria de la televisión hasta hacerla irreconocible. Y no me vengan con que es lo mismo. Minga que es lo mismo. Televisión es televisión, cine es cine. Truman Show  es el origen de la televisión verdad, que es lo que llena hoy el alma de la ciudadanía occidental toda.

La tele está plagada de reality shows. Que tienen todo de shows, claro, y nada de reality. Ya bien lo dijo Schroedinger: el fenómeno no puede ser observado sin alterarlo. Si el observador altera el devenir de una simple partícula, cuánto más alterará la cámara la interacción entre seres humanos. Personas que, encima, son evidentemente dadas a la exhibición. La televisión verdad es, por definición, mentira. Un equipo que filma a un grupo de primadonnas que saben que los están filmando, que siguen un libreto, y que pueblan al programa con sus tics y sus lugares comunes.

La televisión verdad se ha hecho con la televisión. Desde los invencibles policías, hasta los incansables médicos, pasando por las hermosas modelos, los acaudalados inversores y los espléndidos sobrevivientes. La ficción ha cedido el espacio a la hiperficción. El llamado chivo, la publicidad dentro del programa, se ha fagocitado al programa. El edificio transformándose en andamio, y nosotros mirando, inmóviles por el asombro.

El televidente consume el mensaje predigerido. Se le indica clarito clarito lo que debe creer, admirar, buscar. No hay espacio para la razón. No hay distancia entre programa e idea. No hay más disimulo. Quién me iba a decir a mí que algún día iba a echarlo en falta.

Hasta ahora me callé la boca, pero esto ha pasado de castaño oscuro. El pináculo de la televisión verdad: un hombre joven y gordo asesinado lentamente por su madre, con su canción de pan, mostaza y helados. Tiene algunas décadas ya, pero seguro que recuerdan aquella película con Nicholas Cage, ya de peluquín, siguiendo el rastro de un snuff: la documentación fehaciente del momento en que un ser humano es efectiva y físicamente llevado a la muerte, por uno o varios de sus congéneres. Por supuesto, el snuff se presenta como la encarnación del mal. Como la expresión física de lo más feo, inhumano, injusto y deplorable. El muchachito, en su desazón, se acomoda la parruqueta y pregunta: “Por qué hizo eso?”. Y la respuesta, profunda y ambigua como debe ser, se limita a “Porque podía”. Todos nos vamos a casa apesadumbrados de que exista el mal, y contentos de que no nos toque.

Para nuestro pesar, el mal extremo requiere de anonimato. Si se puede identificar, ya perdió mucha cafeína. La verdadera fuerza de la caracterización del mal hecha en 8 Milímetros está en que el señor que encarga el asesinato y su filmación es un encumbrado filántropo. Pero el mal en sí mismo se desarrolla en lugares sórdidos y apartados, en escenarios típicos del mal, y separados de nosotros, los buenos. El mal está en su corral. Los buenos con los buenos, los malos con los malos.

Qué utilidad tiene para el diablo circular enorme, rojo, de larga cola en punta, oliendo a azufre y con el pincho? Si quiere ser efectivo, el diablo se mezcla con los buenos, y del todo. No te deja pistas, como en las películas. Se esconde por completo. Se dedica al reality show.
Los snuff son un juego de niños comparados con la señora y su hijo de media tonelada, que el mundo entero celebra como expresión de amor maternal y abnegación médica.


En principio parecería una empresa rayana en lo imposible. Tomar un ser humano ya sobredimensionado, de unos 150 quilos, y triplicarle con creces el peso. Incorporar al sistema corporal de una persona 350 quilos. A priori, no resulta imaginable. Si no hubiera como hay, asombrosamente, personas de 500 quilos, me da por pensar que tal dimensión en un miembro de nuestra especie no sería siquiera imaginable. Pensémoslo con otros animales. Pensemos en un gato doméstico, que pesara 200 quilos. No. De ninguna manera.
Sin embargo, la señora se las arregló, de alguna manera, para crear ese bonsái humano al revés, y en tiempo y forma. La inevitable desconfianza general lo lleva, a uno, a creer que el plan tiene que ser explícito. Que el doctor Nardjian le vino con una propuesta concreta a la mamá. Algo como “Deme media tonelada de hijo, y le daré el mundo”. Apelando a la sensatez, uno se sacude esas ideas, y apunta a algo más sutil, como el asesinato de Kennedy, o la destrucción de las torres gemelas. A un complot no declarado, como le dice Donald Sutherland a Kostner, en el banco del parque. Es indudable que ni en las novelas funcionaría la figura del doctor Nardjian llevando a la señora a la cima del monte, y ofreciéndole el mundo. Desde hace unos párrafos sabemos que el diablo no circula con su ropaje típico. Por más que ansiemos un mundo más simple, las cosas no son así en esta inextricable urdimbre de regulación estatal y paraestatal. 


Seguramente la señora ató cabos, más o menos conscientemente. El hijo ya pesaba 160 quilos, y el mexicano aquél ya había hecho furor con su cama camioneta y sus bailes colgado de los barrotes superiores. Un cortito paseo por Google pudo perfectamente ponerla en el camino de la clínica de Nardjian, o viceversa.
 
CONTINUARÁ

viernes, 24 de agosto de 2012

Carga y manea


La postura generalizada con respecto a los impuestos es que son del 34% de la generación de riqueza nacional. Sea por acomodo, o por ingenuidad, economistas, opinólogos, y comentaristas en general se rasgan las vestiduras y se mecen las barbas poniendo el grito en el cielo por la ignominia de tener que pagar 34% de sus ingresos al estado. Hacen calculitos en tiempo, y determinan cosas como que desde enero a abril, incluso entrando en mayo, los uruguayos trabajamos para el ogro.

He aquí mi propuesta. Teniendo en cuenta las circunstancias actuales, digo a las autoridades y los formadores de opinión que, al 50%, firmo ahora. Tráiganme los papeles que estampo la rúbrica sin demoras. Fijen un pedazo de tierra, una extensión reducida, algo así como medio departamento de Montevideo, en algún lugar del país. Allí, los residentes pagarán el 50% por ciento de lo que produzcan al ogro, y el ogro no les deberá dar nada a cambio. Los residentes de este oasis, de este San Marino uruguayo, pagarán por sus servicios con su dinero y directamente. Se ocuparán de su salud, de su seguridad, de su educación, de su retiro. Y podrán hacer lo que quieran. Si quieren contratar a alguien, lo contratan. Si lo quieren despedir, lo despiden. Si quieren producir energía, pueden hacerlo. O comprar pollos en Brasil. O abrir a las ocho de la noche los domingos. Si quieren guardar para su futuro, será su prerrogativa. Si quieren tener un arma, sírvase usted. Pueden hacer con su tiempo y sus recursos lo que quieran, y están obligados a darle a los matones la mitad de lo que consigan con su esfuerzo, sus habilidades y su suerte.

En las circunstancias actuales, los uruguayos pagamos impuestos muy superiores a ese 34%, consensual entre difusores ingenuos y acomodados. Pero ésa no es la única mochila que nos cargan. No es el único bulto sobre el lomo del camello uruguayo. Hay una segunda bolsa sobre nuestros doblados espinazos: la regulación. Los patoteros pretenden sacarnos un montón de recursos, y a la vez atarnos las manos a la espalda. El camello tiene que cargar el bulto, y maneado.

Entonces, la propuesta debería ser tentadora para el ogro. Si, como dicen, hoy me saca 34%, yo le digo que le doy 50%. Y además, lo libero de todos los trabajos de control y seudoprovisión de servicios que se ha cargado encima él mismo. 50% en un único impuesto sencillo, una vez por año, sin declaraciones juradas ni inspectores ni inspecciones ni multas.

Sáquenle al camello una de las bolsas. Sáquenle a este burro las maneas. Si hay un matón en el barrio que requiere la mitad de lo que producimos, que se lo lleve, si nos deja producir en paz.

viernes, 10 de agosto de 2012

Denominador común



¿Me dan cinco minutos de su tiempo? Mejor diez. Denme diez minutos de su tiempo, sin interrupciones. En cuanto me pase de los diez minutos, me pueden interrumpir, insultar, o ridiculizar. Antes de eso, no me interrumpan, por favor.

Es muy gratificante y esperanzador ver que, en este grupo, haya mayoría de veinteañeros. Como tengo dos veces y media su edad, no resisto la tentación de hacerles una recomendación, un consejo que ojalá alguien me hubiera dado a mí, a los veinte. Antes que leer a Mises, lean a Kiyosaki. Antes que pelear por la libertad, peleen por su independencia económica y financiera. No busquen ser universitarios; busquen ser ricos. Estudien, claro que sí. Pero no a tiempo completo. Hagan lo que dice Kiyoski. Lo antes posible, tengan ingresos. Esos ingresos, no los gasten todos. Separen una parte. Yo qué sé, un diez por ciento, o un veinte por ciento. Unos cuantos cientos de dólares, por poner una referencia.  Tengan lo que suele llamarse capacidad de ahorro. A esas dos cosas, que ya son difíciles, se suma una tercera: hagan que esos ahorros produzcan. Que su objetivo sea independizarse de su trabajo. Apunten a poder vivir de lo que sus ahorros producen. Si uno es rico es libre. O, lo que es lo mismo, emplea su tiempo como quiere. Y tiene recursos para tratar de realizar sus sueños. Si yo fuera rico, tal vez ahora sería diputado. Me encantaría ser rico para ser como Doug Casey, o como Peter Schiff. Les paso una primicia: Peter Schiff se tira a senador. El padre sigue preso, por negarse a pagar impuestos. “Pague los impuestos”. “No”. “Lo meto preso”. “Métame preso”. El Thoreau del siglo veinte, el viejo Schiff.

Dicho esto, espero que muchos abandonen la causa y se pasen a la de Kiyosaki. Para los que se queden, veinteañeros y de los otros, tengo alguna sugerencia más. Si, a pesar de haber sido iluminados con la profunda sabiduría del japonés, persisten en su empeño de defender la libertad, mi consideración al respecto es que vamos a tener que hacer definiciones. No se puede estar con dios y con el diablo, en la misa y en la procesión. No se puede ser gordo y flaco, alto y bajo, rico y pobre, aburrido y agraciado. O se es una, o se es la otra. Bueno, esto se aplica también para los amantes y defensores de la libertad. No es posible regirse a la vez por Mises y por Friedman. No se puede aspirar a la reducción del estado mientras se vota a estatistas, o sea gente que hace crecer al estado, y que no lo disimula. No se puede defender la libertad de los humanos y apoyar a los que hacen la guerra unilateralmente, y sistemáticamente.

Ojo, no estoy diciendo que sea fácil definirse. A mí me costó tres años de mi vida, todos mis ahorros, mi carrera profesional, buena parte de mi prestigio y mi autoestima. Tuve que pasar por todo eso para darme cuenta de que con dejar de votarlos bastaba para recuperar la coherencia, para volver a estar de acuerdo conmigo. En cierto momento vi que la opción por la libertad no existía, y empecé a despotricar sobre lo mala y cobarde que era la sociedad, que no me brindaba la opción electoral que yo necesitaba. Y me llevó muy poquito, desde ahí, considerar que yo también era un miembro de esa sociedad, adulto, tan responsable como cualquiera, y que por tanto la crítica era, en primer lugar, para mí. Y di todos los pasos necesarios, y puse la opción en el mapa electoral, con el apoyo de unos cuantos hombres y mujeres, de quienes alguno hasta nos acompaña hoy, también. Fue bueno. Aprendí, hice. No me quejo. Pero no lo volvería a hacer. Fue un desperdicio de energía y recursos. Fundamentalmente, mi energía y mis recursos. ¿Qué paso? Sacamos mil quinientos votos. Hay quienes dicen que pudimos haber sacado cinco mil. Fue Connie el que me lo señaló, en su momento. El Herrerismo tuvo unos cuantos miles de votos más de lo que le daban las encuestas, y de ellos tres o cuatro mil pueden adjudicarse a los tibios de la época. A gente que compartía la idea, pero a último momento se arrepintió, y volvió al alero del partido.

Es difícil darle la espalda al pasado estatista. Hay que renunciar a todos los mitos, machacados en nuestros cerebros desde la más tierna infancia, con martillo neumático, en la leche materna, en los libros de la escuela, el liceo y la universidad. Yo fundé un partido, fui candidato a la presidencia de la república (me siento ridículo de solo decirlo), perdí todos mis ahorros, muchos amigos, y tres años de mi vida. Y lo único que necesitaba era convencerme de que tenía que empezar a negarle mi voto a todo candidato estatista.

Esa es la definición que les pido. Ese es el ejercicio que les planteo. Cada uno hace lo que quiere, defiende la causa que le dé la gana. Pero definamos bien esa causa. Tomémonos el trabajo de analizar bien nuestras inclinaciones, para luego poder defender nuestra causa sin ambages. Si lo que quieren es que no gane el Frente Amplio: ¿qué hacen acá? Vayan a trabajar con Hernán, con Analía, o con Pedro. Tengo mis contactos, me tengo bastante fe para hacerles un buen dentre con alguno de esos candidatos.

Yo entré en este grupo convencido de que había encontrado el núcleo duro que estaba buscando. Convencido de que éste sí es el grupo que yo quiero integrar, para trabajar contra el estado. Y me llevo la bofetada de que la línea dominante termina siendo votantes de estatistas – admiradores de Milton.

Cada uno hace lo que quiere. Yo, lo que quiero, es integrar un grupo que cumpla estos tres requisitos básicos. Este elemental común denominador. La gente con la que yo quiero trabajar por la libertad tiene que compartir sin reservas estos tres puntos: 1) No votar estatistas, 2) Repudiar al que hace la guerra, sea quien sea, 3) Rechazar la moneda falsa, como la gran herramienta de sumisión del estado.

Ese es el punto de partida. Tan sólo pasar a ser neutro. Solamente dejar de apoyarlos, dejar de ser parte del problema. Son poquitos requisitos. A partir de ahí, empieza el trabajo. Empieza la contribución a la causa. La búsqueda conjunta de la solución. 

miércoles, 25 de enero de 2012

Pero no bailan

-Yo soy el más terraja, y resulta que soy el único que baila. Inevitable, che. La ley del embudo.
-No te equivoques, pará. Sos megalómano hasta para tirarte abajo. Ni sos el más boludo, ni bailás con la más linda.
-Ni lo pretendo. Soy un hombre de trabajo.
-¿Qué dice?-, mirando a Eguía.
- Dice que no pagó la orquesta. Herencia de antiguos concubinos.
-¡Encima brisco!
-Soy el único que baila. A ustedes les sobran condiciones, pero tienen que cuidarse. No toman, porque les crece la panza. No bailan, porque no toman, y porque mañana temprano tienen partido en la liga. Y ahí entro yo, corriendo de atrás, juntacadáveres. Me acerco tímido a la hija del patrón (quien, además de rica, está buenísima), y le pido la pieza, escarbándome uña con uña y mirando al piso.
-¡Llegó el hombre de la casa, Pepitaaaa!
-Exacto. Pero cuando la calzo con mis enérgicos dedos en su cadera y mi audaz muslo en su entrepierna, y le explico la cosmogonía respirándole en la oreja, decide decirle al padre que yo soy un fenómeno, que me haga jefe de todos ustedes. Al otro día estoy mandándolos, haciendo sonar los dedos.
-¿Y nosotros, mientras?
-Ustedes, mientras, comen saladitos. Sentados en plena luz, con las corbatas en su lugar y los trajes de USD 1000 . Señorialmente fríos y distantes, convencidos de que la majuga en pleno suspira por ustedes. Y suspiran, nomás. Como para no. 3.14 tiene un manejo del castellano que ni Borges. Eguía tiene un torbellino de ideas que ni Joyce. Y con eso no estoy diciendo que uno y otro no tengan conceptos y dominio de la lengua, respectivamente. ¡Las minetas que habrás hecho, Eguía!
-Y vos tenés las dos.
-¡No! Yo lo único que tengo, creo, es huevos. Empujo y empujo hasta que el bandoneón se digna escupir una nota.
-Te lo digo siempre-, dice Eguía. –Para músico, servís.
-Tu agresiva teoría está más que perimida, querido. Era tan perecedera, tan caduca que le bastó un fin de semana a la intemperie para fenecer. ¡Leé un poco! ¡Desasnate! ¿Sabés que tienen de común Bryce y Bucowski, además de la be? ¿Miller y Cortázar? ¿Svevo y Joyce?
-Svevo y Joyce sí sé, pero me imagino que no es lo que estás buscando.
-Thoreau también, me olvidaba.
-Sos una máquina de escupir nombres, papá.
-Y no los leí, a mucha honra.

viernes, 20 de enero de 2012

Dígame: ¿cuanto pago, de impuestos?

¿Quién no tiene amigos economistas? Yo, tengo muchos, y de lo más encumbrados. Altos dignatarios del mundo de las finanzas, las empresas, la academia, los gremios, y hasta el gobierno. Cada tanto vuelvo al ataque con la misma pregunta, y siempre sin éxito. La respuesta es inevitablemente condescendiente, paternal. No es un tema del que deba ocuparme. Para eso están ellos. Pero ellos no me dan la respuesta. Para eso están ellos: para que yo no sepa. Cuentan con sus poderosísimos métodos econométricos, pero voluntariamente se abstienen de usarlos, con el único fin de dejarme bien a oscuras. Todo economista lleva un gobernante adentro.

Les planteo ahora la pregunta, a ver si alguno de ustedes se apiada de mí. ¿Cuanto cuesta el gobierno? Dicho de otra manera: ¿cuanto pagamos, de impuestos? O, si quieren mayor respeto y objetividad: ¿cuanto pago, de impuestos?

Tal vez podamos ponernos de acuerdo en que la creencia popular ubica la carga impositiva que soportamos los uruguayos en 40%. Es decir, que de cada 100 pesos que nos entran, cuarenta se los queda el gobierno.

Ya en este punto empiezan mis dudas. Este cuarenta por ciento parece venir exclusivamente de un dedo chupado y elevado al viento, forma moderna y marítima del ojo de buen cubero, en un mundo que ha abandonado las cubas. Algunas veces parece que la falsedad de la afirmación es evidente y contundente. Aunque no lo puedan creer, muchas de las veces en que alguien comete la indiscreción de dar una aproximación al total de impuestos que paga la sociedad uruguaya, sólo toma en cuenta los impuestos nacionales. De pique, nomás, se descarta la órbita municipal, con 19 departamentos dispendiosos que mantener. Mi aproximación primaria, y de buen cubero, es que los 19 gobiernos departamentales deben costar no menos de la mitad de lo que cuesta el gobierno nacional, con lo cual los uruguayos llegaríamos rutilantemente a la cifra de sesenta por ciento de impuestos. Es decir: de cada cien pesos que recibimos, sesenta se los queda el estado.

Hay dos tipos de impuestos declarados: el IVA, y los demás.
El IVA se calcula de modo de evitar duplicaciones. Nadie paga IVA sobre algún otro IVA. El proveedor emite su factura desglosando el IVA. El que la recibe, cuando a su vez emite su factura, calcula el IVA que cobra sobre el monto sin IVA. Esto sucede infinidad de veces, sin que jamás aparezca un IVA que haya sido calculado sobre algún IVA previo.
Esto no sucede con los demás. Los impuestos que no son IVA están sujetos a IVA. Impuestos sobre los combustibles, impuestos a la renta de las empresas, impuestos a la renta de los asalariados, impuestos para la educación, impuestos específicos, patentes de rodados, contribución inmobiliaria, son algunos ejemplos. El consumidor final paga la totalidad de los impuestos que no son IVA. Paga directamente los que le son asignados, y paga indirectamente los que fueron pagados por algún productor de algún bien o servicio. Además, paga IVA sobre la parte de los impuestos no IVA que no pagó directamente. El productor incluye en sus costos los impuestos no IVA, y les carga el IVA.
Así, una parte nada despreciable del IVA recaudado es calculado sobre impuestos. Impuestos de impuestos. Cuanto más impuestos no IVA cobra el gobierno, más recauda a su vez en IVA. Parece mágico. El efecto multiplicador de los impuestos.

Hasta aquí los impuestos declarados. El gobierno nos cobra el IVA y los otros impuestos sin disimular. “Estos son los impuestos que hay que pagar”, nos dice. “Estos son los montos y tasas y porcentajes que hay que desembolsar”, nos dice. No se nos concede la gracia de tener opinión al respecto, cosa que no preocupa ni al gobernado ni al gobernante.

Además de la larga lista de gravosos impuestos oficiales, los uruguayos pagamos impuestos no declarados. Unos surgen de las actividades económicas del estado, en calidad de monopolio legal o de facto. Otros toman la forma de contribuciones, es decir compras forzosas. Entre ellas la seguridad social obligatoria, y los llamados seguros médicos. Y no olvidemos los impuestos que surgen de la pérdida de valor de la moneda de curso legal.
Los productos y servicios que provee el estado y nada más que el estado cuestan necesariamente más de lo que deberían. El sobrecosto funciona exactamente igual que los impuestos declarados no IVA: todos ellos son pagados por los consumidores finales, sumándoles el IVA, faltaba más.
La inflación, el mayor y más injusto de los impuestos, se paga de manera desigual. Lo cargan aquellos que, por obligación o desconocimiento, terminan teniendo en su poder moneda que emite el gobierno, y que sistemática y deliberadamente desvaloriza. El que tiene ahorros en pesos, y el que espera a fin de mes para cobrar un sueldo en pesos. Los asalariados y los ahorristas son las víctimas a las que apunta el gobierno con la inflación, sin sombra de piedad.

Todo esto es para mostrarles que sí he pensado al respecto. Para que vean que no vengo a ustedes con la pregunta de perezoso, nomás. Sé que lo único que hice fue enumerar. Sé que falta la cuantificación. Una vez más: que algún economista se apiade de mí. Quiero saber qué porcentaje de mis ingresos no son míos sino del ogro.

lunes, 16 de enero de 2012

QUÉ SORPRESA

Soy brisco desde siempre, Timo. Desde mucho antes de que nos conociéramos. Si no lo notaste fue porque no quisiste. ¿Por qué te creés que me vestía como me vestía? Acordate de mis relaciones con mujeres. De mi debut. Del problemita hormonal.

Pasábamos bien, ¿eh? Éramos los dueños del mundo. Me gustaba tu compañía. Siempre te estaba buscando. Y, a vos, yo te fascinaba. El Tato nos presentó, y enseguida le dio envidia. Yo sé que te hablaba mal de mí. Te decía que yo era delicado de salud, que estaba siempre enfermo, siempre tomando remedios. Qué sí, estaba en los equipos, iba, jugaba. Pero no rendía, y me daba un trabajo enorme.



CONTINUARÁ...

miércoles, 11 de enero de 2012

Unos cuantos proyectos

La casita de La Unión, la matemática, el ajedrez, la literatura, internet. El piano, la canción, la música. Tengo el germen de cada uno. Tengo el bicho del genio, para mi orgullo y pesar.


Tengo tanto miedo. Tengo miedo de morir, aunque no lo crean. Yo, el discípulo de Castaneda. El regador de palos de escoba. El compañero de la niña de rojo. El que saluda, con los monjes: “recuerda que vas a morir”.

Ése, sí, el gitano. Ése teme morir. Galopa el temor de no abarcar. Sufre por ser finito. Teme sin fin.

Viejos amigos

Aplicaciones sucesivas de Pitágoras pueden hacer maravillas. Como el volumen de la esfera, o de la conjunción de dos cilindros cruzados a noventa grados. No parece dar, empero, para el área o el perímetro de la elipse.

Para el volumen de la esfera, y demás cuerpos inscritos en un cubo, cuentan también ciertas sumas descubiertas por Euler, entre ellas el límite de la suma de los inversos de los sucesivos naturales.

Oficialmente

Pocho fue al siquiatra. Quiere que vaya yo también. El técnico de la familia sostiene que no es necesario. Ahora, qué quieren que les diga: yo, con un certificado de orate, estaría hecho. Lo blando ante el que venga a joder.

Y lo duro en algún entrepierna. Si es poco peludo, mejor.

martes, 10 de enero de 2012

De amplio espectro

Tengo bronquitis. Hace días. Jugando al básquetbol casi me muero. Jugamos cinco partidos. Fue en los últimos dos que me fallaron los pulmones. Puse el automático y seguí. Ando bastante bien. Aunque me duelen tupido las rodillas. Tomo Algirelax, un antiinflamatorio. Antialérgico también tomo, sí, pero en otros momentos. En las crisis. Alérgicas, claro. En las emocionales me meto en la cama.

Hice el intento de meditar. Las figuras del juguete perfecto se adueñan de mí. Es como ser workoholic. No lo controlo. Como el cigarro.


Un cúmulo de perfecciones. Decenas de figuras hechas por dios. Coexistiendo en paz. Compartiendo el ser. Siendo a la misma vez. Yo soy yo, y soy tú. El soy tú, y eres yo.

Voy perdiendo el interés por lo que no sea abstracto o la bebida. Me llaman distintas mujeres, y cuando apunto a contactarlas razono que no quiero verlas, o mejor oírlas. Recuerdo experiencias y resuelvo quedarme como estoy.

No es así, ves, con el ajedrez. O con la matemática. Te diré que incluso con la música y la literatura estoy sintiendo ese ansioso desgano.

El problema es que no escribo. Si escribiera estaría bien. No sé en qué momento se me vino encima. Si todo rodaba.

Qué tiempos aquéllos, en que escribía con fluidez. Me sentaba en un aeropuerto y llenaba un cuaderno. Sin exagerar. En serio, te digo.



Bueno, escribía bastantes páginas.

lunes, 9 de enero de 2012

Opinión crítica

Story line, dice. Como en el cine. En inglés. Seguro que no vio películas de Woody Allen. Seguro que no entendió Pulp Fiction, donde lo crucial es narrado. La literaturización del cine. Un ataque frontal a la dictadura de la imagen. El contracine. Antes y después de Tarantino.

Story line, dice. Yo no leí lo suyo, así que no puedo decir, por mi lado.  Lo que les puedo decir, es que
 de vago a artista hay tan poco
 como de esquizofrénico a místico.

viernes, 6 de enero de 2012

Calvinismo católico

¿Quién puede, hoy, imaginar un catolicismo puro? Calvino reformó, realmente. Creo su escisión y modificó el tronco original, inevitablemente. ¿De dónde, si no, viene el Ursus Miei? Lo terrenal recuperó terreno en la iglesia católica, apostólica y romana. De la mano de Calvino, a quien dieron en llamar Italo por error, siendo como era de un país más al norte, cuyo nombre no recuerdo.

La santificación del trabajo. La redención por la prosperidad. El éxito como carta de membrecía de los elegidos.

martes, 3 de enero de 2012

Merodeador conceptual perenne

Se me va de las manos. Veníamos bien. Me distraigo con el ajedrez, y la geometría. Postergo, yo también, lo importante. Me ha abordado una ansiedad que creí superada. Son demasiados objetivos. Demasiados deseos. Sí, deseos. Ambiciones. Aunque sean conceptuales, aunque no quiera más que conocimiento, me mata el ansia. A mí también, sí. La estúpida megalomanía. El miedo a la muerte, a que los quince minutos se acaben sin que pase nada. A que no llegue la gloria, interna o externa. A que ni descubra ni me descubran. Al frío de ser viejo, solo, y pobre. A la imposibilidad de ser reconocido, o de disfrutar de compañía. A perder, in somma. A ser un enorme mediocre. A tocar en un espectro amplio pero sin técnica ni registro. A perder al ajedrez, al tetris, al barreminas. A no tener más que un barnicito de Internet, y exclusivamente del lado del cliente. A tocar el piano como un artrósico. A componer jugadas sin pizca de imaginación. A estudiar geometría espacial y particiones regulares sin la menor oportunidad de acceder a esencia alguna. Un merodeador conceptual perenne. Un tigre que no salta. Un asaltante pusilánime, irresuelto y perezoso. Aquejado de vicios capitales en guarismos mayores que uno. Pereza, en cabeza. Lujuria que se va perdiendo, a riesgo de volverse depravación. Avaricia: ¿quién lo duda? Esa petulante aspiración a genio, a descubridor. Esa urgencia sorda por agarrar desprevenido a lo desconocido.

Diecisiete formas posibles de partición regular. El área de la elipse. La leminscata, y demás curvas curiosas, trascendentes, de mágica denominación. Los npúmeros divinos, además de pi y e. El contenido informativo del aura, propia y ajena. Mantener cuatro pelotas de tenis en vilo. Soltar el pie derecho para recibirme de baterista. Arpegiar a dos manos sin presentir calambres. Cantar como B. B. King, o Ray Charles, sin rastro visible de melanina. El único albino músico es Ermeto. No puede haber dos, como en Highlander.

No parece haber lugar para vos entre los grandes, chiquitín. Y entre los enanos te negás a estar. ¿Entonces? La disyuntiva no cede, pibe. Seguís ahí, en precario equilibrio de trompo que pierde fuerza.

Y las mujeres. Las incómodas mujeres. Y el Pocho, con su Roipnol. Y la noche con sus junetes perdidos y sus excesos inconducentes. Y la chacra de las chircas. Y la casita de La Unión, que, si bien avanza, no se resuelve. Y la guita que se acaba. Y los laburos que se rechazan, por convicción, por amor a una valentía inexistente. Por fidelidad al personaje que aspira a aspirar a parecer genial.

El juguete perfecto. El engendro del rabioso. El milagro de un cubo compuesto de secretos innumerables. La galera de conejos geométricos. La muñeca rusa de líneas graciosamente simples. El ingobernable Autocad.

Y el básquetbol, con este asqueroso dolor de rodillas.
 Y la tosecita persistente.

Y la lista móvil de fans, de sexo variable. Y la sensación de mico descastado, de payaso venido a menos, de vástago incapaz de satisfacer a sus progenitores, de lector penosamente insuficiente, de administrador aburrido e intransigente.

Llegué. Aburrido e intransigente, los adjetivos esclarecedores.

domingo, 1 de enero de 2012

A desalambrar

Hay, incuestionablemente, un componente cultural fuerte y claro. La mesa fue diseñada con 3 patas, pero sólo le andan 2. Al Poder Ejecutivo no le interesa ejecutar, tanto como al Legislativo no le interesa relegislar o controlar. El sistema electoral requiere modificaciones a los gritos, cambios que nada tienen que ver con el emplaste que logró su único objetivo: obstaculizar el ascenso de la izquierda. Pero me estoy yendo de tema; ya volveremos. Agrego nomás que no es el sistema bipartidista el caduco, sino el tripartidista.

La pata renga es, efectivamente, el Poder Judicial. Como el seudómbudsman, está malherido desde el vamos. La cabeza del PJ (no, no es el peronismo) es designada por el Legislativo. ¡Volvé, Montesquieu! ¿Qué afiebrado bulbo raquídeo concibió tal desvarío?¿Cuotificación partidaria en la Suprema Corte de Justicia, a plena luz del día? ¿Are we kidding?

Pero eso también es otra historia, pequeño Adam. El atavismo cultural que me ocupa no es el grosero pisoteo a los fundamentos teóricos de la democracia moderna, ésa que vive y lucha con sus dos siglos largos de actividad ininterrumpida. No, no, cofrades. El verdadero escollo es el descreimiento general en el ámbito judicial, tomando el término en una acepción amplia que incluye, las más de las veces, pasos administrativos previos. Aún con una innegable cultura democrática, Uruguay no parece creer que el cobro y el uso de la recaudación fiscal y cuasifiscal están también sujetos a la Constitución y la Ley. Los políticos, íconos (aún si despreciados) de una nación carente de figuras o modelos extra fútbol, se encargan de dejar en claro que esa vía no existe. Lo hacen por conveniencia, por ignorancia, por incompetencia, por lo que sea, pero trasmiten explícita e implícitamente que la composición y descomposición de la recaudación y el gasto del aparato estatal es su competencia exclusiva. Incluso (y fundamentalmente) cuando ellos mismos señalan sus propias aberraciones (la desagradable autorreferencia es por motivos estrictamente enfáticos, pagando el debido precio estético). Los trapos se lavan en casa. Se tiran sus piedritas entre pares, con el estruendo de la tribuna, y aquí no ha pasado nada. No crean que olvido la aprendida calistenia de las manifestaciones, las huelgas de brazos caídos y estómagos vacíos, las carpas, los campamentos, las ocupaciones, los desfiles de caballos, zorras, tractores y detractores. Lejos de contradecirme, esto confirma la afirmación: estamos absolutamente convencidos de que sólo accedemos a un pequeño trozo del pastel del ruido en los medios. Buscamos la llave en el zaguán del vecino; ahí hay más luz.

Constitucionalmente hablando

Tomen sus Constituciones, hermanos, por favor. Abranlas ahora en la Sección II. Librito verde, de lomo cuadrado (plano, mejor), bastante más amplia y hermosa que el boletín ensamblado en dos grampas ferruginosas que estudiamos en aquellos lejanos y cómodos días...

Según el libro de cabecera, que, por una vez, desplazamos de la mesita de luz, tenemos derechos. Nosotros, los no políticos, los no funcionarios (huy, perdón), los establecidos, los de cuarta, los ciudadanos de a pie, podemos, según dice, reclamar más cosas que el voto.

Empiezan confiriéndonos el honor, el trabajo (que, sepanlón, está espeshialmente protegido por la ley, y debe ser distribuido imparshial y equitativamente) y la propiedad. Te digo una cosa: con cualquiera de ésos yo ya reclamaría. 1: están pisoteando mi honor con el despilfarro. 2: ¿cuántos son los que quieren trabajar de portero por milky verdolaga? ¿50.000? ¿100.000? Nos da para una banquita en el Senado, mirá vos.  3: lo que me sacan en impuestos injustificados (pido encarecidamente se me informe de la eventual existencia de algún país, en el globo o aledaños, que tenga un IVA igual o mayor que .23) es, indubitablemente, mi propiedad, mi contante y sonante propiedad.

Después, como los cerdos de Orwell, nos hacen saber que somos iguales que todos. Ante la ley, dice. A pesar de que la Carta confiere a la Asamblea General la potestad de interpretarla, oh barbaridad, me voy a permitir interpretaciones, a riesgo de ir en cana por inconstitucional, delitos de lesa nación. Creo que sería injusto, amén de absurdo, no darle un sentido laxo a la palabra ley. Ley: el conjunto de lo que nos rige. Así, ser iguales ante la ley es serlo ante el Estado, esa persona multipersonal, esa Santísima Infinidad que no existe como tal, que necesita de alguna de sus mascaritas para ser. Ese Nosotros que definimos por convención, para poder vivir sin matarnos, es la quintaesencia de la Ley, digo yo.

Entonces, cabasheros, estamos, qué duda cabe, ante una flagrante, continuada y polifacética violación del Texto Magno.
Cacho, vos que trabajás en la contru por cuatro quinientos, jugadazo y muerto de frío en el andamio, no sos para nada igual ante el Estado que el mostro que empalma $ 18.000 por abrir la puerta y llevar papeles y café. Tiene que usar uniforme, ta bien, pero es la única a su favor. Decime la verdad: por $ 13.000 más y la abolición del frío y el riesgo, ¿no te pondrías un conjuntito azul?
Tito, enfermero en el hospital de Melo, me confirmó que se vendría a la capital, sin dudarlo, para ganar 5 veces lo que gana por no trabajar en el Palacio.

Y no se andan con chiquitas a la hora de darnos las debidas garantías. Todo órgano del Estado tiene que respondernos por el daño que nos cause. Y todo ciudadano (ergo también los de cuarta) puede pedir lo que quiera ante cualquiera de las mil caras del ogro filantrópico. Redondito: el BROU, la UTE, el Palacio, que nos devuelvan la platita de todos esos años de exceso de sueldos que hemos pagado sin chistar.

Me permito un pequeño meandro para destacar un par de perlitas de la inconstitucionalidad institucional nacional. Vean ustedes qué sabrosa candidez.

Sin cortapisas ni matices, no señor. Capítulo XX, artículo YY.En ningún caso las cárceles pueden mortificar a los presos. Permitime que me sor-ría. ¿No es inconducente? Esto hace inevitable la inconstitucionalidad. Los presos están siempre mortificados, hermano. Más allá de esa pequeña gracia, lo que sí aparece como rotundamente inaceptable (en los términos de la glorificada Carta) es la sobrepoblación de los institutos de reclusión, moneda corriente, sabido es.

Igual apreciación corresponde a la categórica e ilimitada obligación del Estado de proveer para bobos, locos y lisiados,| Capítulo ZZ, versículo JJ. Regocíjense conmigo, cofrades: ¿qué creen que pasaría si Don Orione y Aldeas Infantiles cerraran sus puertas, como hicieron, en su momento, el Tupí Nambá, ONDA y el Sorocabana?

Desde Israel: voten a Ron Paul y dejen que mi gente se vaya

Artículo de Rafi Farber, publicado en Settlers of Samaria

Últimamente he estado teniendo problemas para dormir. Me siento en mi sala, acá en Karnel Shomron, en la octava noche de Chanukah, pensando qué otros milagros nos esperan el 3 de enero y en los meses siguientes. Tengo el nombre Ron Paul constantemente en las puntas de mis dedos. Lo tecleé tantas veces este mes que resulta demencial. Siento un entusiasmo que pocas veces he sentido, y eso que ya ni vivo en América. En el último debate republicano me levanté a las 3 de la mañana de Israel para verlo en vivo a las 8 de la tarde EST en YouTube, y no me dio pereza en absoluto. Estoy sobregirado, y no puedo bajar las revoluciones.

Recién hace poco me di cuenta de la verdadera razón de esta excitación.

Al principio me interesé en este asunto de la libertad cuando oí que Ron Paul quería suspender toda la ayuda internacional, incluyendo la que recibe mi país. Me pareció una idea espectacular. Odio recibir dinero de los contribuyentes americanos, cuando no lo necesito. La razón por la que lo aceptamos no es, les comento, sólo que lo necesitemos. Es que no nos gusta sentirnos solos. Los judíos siempre sienten una profunda soledad, un profundo aislamiento existencial. “Viéndolos desde la cima de la montaña, observándolos desde las alturas, ésta es gente solitaria, que no se incluye entre las Naciones”, dice Balaam del Pueblo de Israel en Números 23:9 . Todavía sentimos esa soledad. Así que aceptamos el dinero. Es vergonzoso, es un robo, es moralmente reprobable, y hace que la gente nos odie por meterlos en un conflicto en cuya solución nada tienen que ver. Yo quería que la ayuda se cortara, pero no confiaba en que ningún líder israelí renunciara a ella por las suyas. Así que me puse a indagar sobre Ron Paul.

Me encontré con cosas fascinantes. Me enteré en los foros de gente que, allá por 2008, le dio poco menos que su vida. Algunos hicieron aportes de campaña que no se podían permitir, a otros su dedicación exclusiva y enfermiza les costó el matrimonio. Esto me resultó impresionante. Al principio no entendía cómo, pero después de unos días de oírlo empecé a darme cuenta.

¿Qué tiene Ron Paul, que lleva a la gente a tales extremos? ¿Por un lado apoyo demencial, y por el otro tanto miedo y desprecio? Les doy la respuesta en una palabra: alma.

El alma esencial de un ser humano es libre, por definición. La idea de que los hombres somos libres por obra de Dios es un concepto que escapa a la mayoría de la gente. Esto se debe a que la mayoría de las personas quiere controlar a los otros, quiere sacarles su libertad. Esto normalmente se conoce como el afán de poder. El afán de poder es opuesto a la libertad, ya que poder significa la capacidad de controlar a los otros. Hay sólo un uso legítimo del poder, sea poder militar, legislativo o ejecutivo: la legalización de la libertad.

Ron Paul no quiere ser presidente para “darme” libertad. Él ni me dio la libertad, ni es el dueño de mi libertad. Ron Paul quiere ser presidente por una única razón, que es parar de castigar a la gente por usar la libertad que tiene por derecho propio. No quiere poder. Eso es claro para cualquiera que lo oye.

Hay dos tipos de seres humanos. Los que quieren poder, y los que quieren libertad. Se ve muy fácilmente quién es qué. Los que quieren libertad son filosos. Son consistentes, de principios, y cuando hablan uno puede sentir su alma. En algún lugar del ciberespacio espiritual hay un continuo de almas, y cuando entramos en contacto con alguna de esas almas nos damos cuenta enseguida, porque las almas son libres por definición. Sentimos sinceridad, realidad, consistencia: un ser humano libre. Si en nuestra búsqueda de libertad entramos en contacto con un alma humana de verdad, nos hacemos adictos instantáneamente, y devoramos todo lo que podamos encontrar de ella. Queremos unírnosle inmediatamente, sean cuales sean las discrepancias. En este movimiento para la libertad hay gente a la que no le gusta Israel, en especial los “colonos” como yo. A mí no me importa. Si buscan la libertad, yo lo percibo, y mi inclinación hacia el individualismo se transforma súbitamente en un deseo de fundirme en un colectivo – pero un colectivo de individuos libres. Una hermosa dialéctica. No importa en qué estamos de acuerdo y en qué no, mientras estemos de acuerdo en la libertad.

Nos hacemos adictos a Ron Paul y buscamos desesperadamente más y más. Cualquier video viejo, cualquier discurso desconocido, cualquier cosa que haya dicho que no hayamos oído, aunque sí lo hayamos oído mil veces, con otras palabras. Es inevitable. El ansia voraz de usar la libertad que Dios nos dio nos domina por completo. Como si de repente cayéramos en la cuenta de que somos humanos, y la Imagen Divina con que Dios nos creó cobrara vida y se inflamara.

Pero hay otra cosa que nos pasa. Una vez adictos a Ron Paul, ya no podemos aguantar escuchar a los que buscan poder. En cuanto arrancan a hablar se nos revuelve el estómago. Antes nos parecían simplemente aburridos. Ahora son revulsivos. Oír a Romney o Gingrich o Bush u Obama nos da náuseas, y nos preguntamos cómo hace Ron Paul para resistir los debates sin que se le revuelva el estómago. La fachada política que son estos candidatos resulta tan transparente que parece un fantasma que nos saca su lengua etérea. Es insoportable.

Lo que nos enfurece, cuando oímos a Romney o Gingrich, es que hay un tipo ahí parado diciendo cosas, pero no hay alma. No son hombres libres. Son hombres de poder. No es que Romney o Gingrich no tengan alma. Sí que tienen. Son hombres como nosotros. Lo que pasa es que prácticamente prendaron sus almas en su búsqueda de poder, en su afán de controlar a los otros con afirmaciones como “¡Quiero reducir el presupuesto y agrandar el aparato militar!”. Y lo dicen con toda la cara, imperturbables, como si fuera una grabación, sin alma. Su humanidad está tan enterrada bajo la montaña de mentiras que se contaron a sí mismos, que ni ellos mismos ni nosotros podemos siquiera sentir sus almas en el continuo humano. Un hombre libre puede llegar a volverse loco con el espectáculo de un cuerpo humano que habla sin un alma que comunique.

Ron Paul nunca baja en las encuestas, y esto se debe a que no está “convenciendo” en el sentido habitual, diciendo que tiene razón en el tema que sea. Lo que está haciendo es activar almas humanas, encendiendo fuegos espirituales de a uno al hablar de libertad. No hay vuelta atrás, una vez que un alma ha sido activada, y la persona entiende que ES libre, más allá de lo que le hagan o le digan. Los otros candidatos tratan de captar atenciones con frases impactantes que suenan bien. Los esclavos siguen estas frasecitas en patota, siguiéndose unos a otros de candidato en candidato. Sin prisa pero sin pausa, Ron Paul va activando unas pocas almas de las que se inclinan en la turba, de las que pasan de un candidato que se repite a otro, de una campaña de frases impactantes a otra. Así es cómo Ron Paul sube en las encuestas.

Y sin embargo no podemos esperar que todos los hombres, las mujeres y los niños entiendan el mensaje de libertad y se entusiasmen con él. La realidad es que la mayoría simplemente no lo soporta. Ser libre de verdad es tan aterrador como estimulante. La Biblia nos habla de esto muy claramente en la historia del Éxodo desde Egipto. Cuando Moisés aceptó finalmente el rol de intermediario en la relación con Dios, se le encomendó comunicar lo que sigue a mis tatarabuelos los israelitas:

“Por lo tanto, di a los israelitas: Yo soy Dios. Yo los liberaré de las cargas impuestas por los egipcios, y los conduciré fuera de sus ataduras. Los redimiré con mi brazo extendido, a través de señales asombrosas. Y los tomaré, para que sean Mi pueblo. Y yo seré su Dios, y ustedes sabrán que Yo soy el Señor que los liberó de las cargas impuestas por los egipcios". (Ex. 6:6-7)

¿Y qué respondieron mis abuelos?

“Y Moisés dijo estas cosas al pueblo, pero no oyeron, debido a su falta de espíritu y a sus lazos de crueldad”. (6:9)

No todo el mundo puede manejar el mensaje de libertad. Para algunos es demasiado aterrador, otros simplemente están demasiado esclavizados. Ésos son los que desprecian a Ron Paul. Gente similar a los que se rebelaron contra Moisés en el desierto, y trataron de volver a Egipto. La libertad es más de lo que pueden tolerar. No pueden manejar este don Divino. Quieren, necesitan que alguien los controle. Sus almas han sido demasiado castigadas con esclavitud, impuestos y guerras.

Aún así, Dios forzó a mis arrogantes tatarabuelos a dejar Egipto, y es por eso que ahora estoy acá, predicando libertad otra vez, peleando por la libertad de America, y también por mi libertad, por liberarme de la influencia americana en mi región.

¡Voten por Ron Paul, y dejen que mi gente se vaya, otra vez! Dejen de entrometerse, paren de tratar de comprar influencia dándome dinero. ¡Paren de querer ser el Pacificador todopoderoso, y déjennos resolver nuestros problemas por las nuestras! Si nosotros creemos que Irán es una amenaza, nos las arreglaremos, y aceptaremos las consecuencias. No son problemas de USA, y además ustedes no están en condiciones de financiar otra guerra.

Ahora entiendo por qué hay gente capaz de darle todo a este hombre. Cada vez que le preguntan: “¿Usted legalizaría la heroína?”, Ron Paul responde: “¡Yo quiero legalizar la libertad!” Es muy poquito lo que esta gente entiende de que la libertad es mil veces más adictiva que la heroína.

¡Judíos americanos! ¡Despierten! ¡Dejen ir a sus hermanos israelíes! Fuimos la primer Nación que Dios liberó, y brindamos al mundo el concepto de libertad, cuando dejamos Egipto hace 3000 años. Es tiempo de dar el ejemplo para el que fuimos elegidos.


El autor, Rafi Farber, es miembro de Jews for Ron Paul, y maneja el sitio World of Judaica. Pueden escribirle a settlersofsamaria@gmail.com