miércoles, 8 de diciembre de 2021

EN LA SOMBRA - 1) PORTENTOS

Supe primero de Sigmund. Corajudo si los hay, no dudó en atacar el único camino posible, a pesar del sufrimiento y el peligro. Desmenuzando sus propios sueños, fue tirando de la piola y recuperando lo que no sabemos. Una mansión, un laberinto oscuro. [Fíjense: traer una mansión recogiendo una cometa]. De cualquier rincón puede saltar el carlanco y arrancarnos la cordura. Un proceso inverso al de Hansel y Gretel: sigo la piola adentrándome en el laberinto, y al tirar, recojo. La tanza queda en el palo del aparejo. En la mano del pescador. Ya no sirve como guía. Una vez adentro, tendrás que hallarla, a la salida. Tenías un mapa, que se quedó en tu mano, ahora sí. Y en tu mano no sirve. Tenías un espinel que recorrer, que se volvió un aparejo que tirar [Ahora sinónimo de lanzar]. Ya adentro, se puede tirar el aparejo para otros lados. Como quien tira los dados. Una forma de elegir rumbo. Una herramienta de investigación, no de salida. Tal vez sí de liberación. Paradoja: la salida por el camino de entrada es salida, pero no es liberación. A partir de la mitad del cruce, más vale salir por el otro lado. Por la luz del final del túnel. Tal vez, incluso, sea la única forma de salir. Si la corriente tira para afuera, por ejemplo [Es la línea de La política de la experiencia, de R. D. Laing .Me levanté a buscarlo, pero recordé el nombre en el camino a la biblioteca].

Seguramente S autoindagó en más cosas que los sueños. Pero yo sé hasta ahí. Y creo que basta. Hizo aflorar sus bajezas de modo implacable. Se mostró a sí mismo, ante sí mismo, como un monstruo lamentable. Si llevo las huestes a la batalla, voy a la cabeza, y con camisa blanca que resalte la sangre. Como Napoleón, gran hijo de puta, portento de coraje, arquetipo de lealtad. S es como N en la segunda, nomás. Al menos a ésa me refiero ahora. No descartemos, empero, la primera. Recordemos la conversación en el barco, al llegar a NY. “Miren cómo nos festejan. No saben que les traemos la peste”. Entre los destinatarios del comentario pudo muy bien estar Carl Gustav. Que es el segundo de la lista.

CG no niega que S fue su maestro. Un vínculo fecundo y polifacético, en el que, como no podía ser de otra manera, está presente la alegoría del cuervo y los ojos. S era territorial como un gorila de montaña. El esfuerzo de desojar al otro fue del maestro, no del hijo. Lo que no invalida a la parábola. Tal vez una versión más reciente complete la acuarela: la del brazo arrancado, colorida con la ausencia de analgésicos [Polémica Battle – Sanguinetti. Confrontar las caricaturas de Arotxa en El País].

Me inclino a pensar que el viaje heroico de CG era un tributo a S. Consciente o no. Un reconocimiento más a la grandeza e influencia del tutor. Implícito, ahora. Sumémoslo a la larga lista de acuses explícitos. Hubo muchas de cal, y muchas de arena. Si asignamos la variable cal a las buenas, diremos que muchas veces las de cal eran reticentes. El acuse de recibo reticente que me viene a la cabeza es, me temo, una reverencia ante Neumann, no S. Erich, digo. Se me filtra el apellido por dos razones. Una, el nombre es común, y por tanto no puedo confiar en que lo identifique sin ambigüedades. Otra, que la notoriedad del apellido es mayor en otro ámbito, y me permite un meandro que sabrán disculpar. Erich es un junguiano de fuste, y me quedo corto. Como mi contemporáneo Peterson, y mi casi contemporáneo Campbell. Pero su apellido suena mucho más por John von Newmann. Ambos de origen askenazi, seguramente, cosa que no hace a la cosa. Honestamente, no creo que se supieran parientes, siendo de geografías dispares. Puede que Erich haya perdido el von, o que John lo haya tomado prestado. Sostengo, empero y sin pruebas, que si nos remontamos lo suficiente, sí lo son. Hijos de dos hermanos que patearon los empedrados de Atil.

Para bien y para mal, no surge ningún temor. La búsqueda viene siendo incruenta, inocentona. Claro: no bajé suficiente. En estos primeros peldaños aparecen cosas, pero no resultan amenazantes. Ningún carlanco, ni expreso ni sugerido.

Uno está pendiente de sus emociones. De sus reacciones. Fisgoneando, tratando de robar un reflejo, un fogonazo de la gran oscuridad. Uno se cree (como Serrat) que paseará por los pasajes sinuosos de Atil o Saqsin. Del pasado común, tan viejo que llamarlo milenario es irrisorio, infantil. El diagrama que mostró un reciente video desambigua dos cosas: que el colectivo es mucho mayor que el personal, y que la sombra está en el colectivo . Enterrada en mi animalidad. En el centro mismo de la pila enorme y despatarrada de herencias está la esencia de uno, la que uno no quiere ver. La que uno escondió bajo los escombros radiantes, para no poder encontrarla. Buscar la sombra es hacerse trampa. La sombra es lo más natural, y buscarla, lo menos. Ya lo dijo Peter Pan: no se atrapa a la sombra. Tal como no se llega a una zanahoria en un palo.

Dice Peterson que hay que buscar donde uno menos quiere. Parafrasea a CG, qué duda cabe. No lo esconde. Pero P es el detonante en mi caso, y por eso se la atribuyo. Es justo.

Un aspecto que tengo presente en este momento, de lo que menos quiero, es confirmar que no soy inteligente. O no tan inteligente como me creo. Por mí, y por lo que me han hecho creer. Un primer elemento puede ser determinar justo eso: qué parte de la creencia es endógena, y cuál viene del cura, del viejo, del instructor de vuelo, de los nobles del MBA, de los amigos y los enemigos. 

Otro, tal vez forzado, es si soy capaz de violencia, o de degeneración. Si soy capaz de matar, o de violar. Parece un buen rumbo, porque el cuerpo reacciona con disgusto, con la guisa de ínfimas corrientes radioeléctricas en el lomo y los bíceps. Intentando una presentación más general: buscar en uno las características que, constatadas en otros, sublevan. La sexualidad amplia, y el desdén por la integridad ajena, pueden considerarse aspectos de la animalidad humana. Sin perder de vista que el brumoso espacio arquetípico dista de ser sólo animal. Es el depósito, el morral en que la especie apiña su enrabado pasado. Tal vez no yerro al creer que el orden de acceso es inverso al de creación. Que esto es una pila, según los programadores, o un archivo LIFO, según los contadores.

¿Soy yo, acaso, el guardián de mi hermano? ¿Tengo yo, acaso, que respetar su integridad? La bioelectricidad está, ahora, en los muslos.

Sambarino no siente urgencia de disimular su hambre. Se ve que le parece natural. el artículo periodístico habla de fiestas regulares con sistemático consumo de drogas. Brindadas éstas por los profes a los alus, y no al revés, faltaba más. No parece haber atisbo alguno por desmentirlo. Fiestas con drogas de adultos con poder a imberbes embelezados es un dato no desmentido. Parece, bah.

Puede tomarse como que el sujeto tiene más contacto con su sombra que el común de los mortales. Que yo, bah. Puede tomarse como que, si accedo a mi sombra, me voy a volver cuasipedófilo, como Martín, como Caín. La ajenidad se hace patente en el mero hecho de que el asunto me subleva. Eso no significa otra cosa que que lo considero imposible en mí. Más que eso: que considero que sólo es posible en una minoría de humanos [esto los eximiría, confrontar Memorable: “Basados en la propia trama, el violador, el asesino en serie, el pedófilo, todos los personajes de tántas películas no serían culpables.“]. Demos palabras al interrogante, al desafío: ¿soy yo capaz de seducir imberbes? ¿Drogarlos primero, violarlos después? That, pequeño Adam, is the question. Mi estructura personal, mi mente de pensamientos y mi mente de emociones, todo este aparato que considero lo que soy, rechaza eso sin sombra de duda, o de barba. Puesto sin vueltas: decididamente, si me preguntan, contesto con infinita honestidad que no. Sin embargo, ése es el camino a recorrer. Mis antepasados prehumanos, preciviles, precristianos, no vivían esa limitación. Por arraigada que esté, la moral es impuesta: es parcial, es sesgada, es cultural, y es grupal. Y agrego ahora un hallazgo: es también personal. Al embutido de topes y frenos que fuerza la cultura se le agrega la propia interpretación.

Permitan, les ruego, otro meandro, según voy recordando ocurrencias del análisis. Esto podría ser occidental, judeocristiano, postromano, medieval. No del hombre moderno, civilizado, sino del subgupo de los que resaltan la individualidad. Seguro que me equivoco, pero me da por pensar que la moral humanista no cuela tanto en otras culturas. Que, del mismo modo que tienen un mayor grado de aceptación del poder que los somete, tienen una menor urgencia humanitaria, un conjunto menor de frenos y topes al chimpancé que todos cargamos en andas. Empero, justo es decir que el budismo tira, probablemente, estas apreciaciones por tierra. Los indios (de la India), los tibetanos y chinos y japoneses y de demás países del sudeste, además de su desdén global por el individuo, su integridad, sus derechos innatos, acarrean y aportan el otro lado del espectro. Más moral, más humanista que el humanismo, el budismo, y aún más el jainismo, le pasan el trapito moral al cristianismo y su elevación de la persona. El respeto a ultranza de la vida parece superior, en estos primeros desvaríos.

A la degradación del IQ, y la accesibilidad de lo cruento, abusivo y/o degenerado, se agrega otro punto que afloró en mis recientes intentos de bajar, peldaño a escalón, al subsuelo. Pero ahora no viene. En cuanto aparezca me apersono en estos párrafos, para estamparlo, oh sí.

Un comentario mecánico, funcional, de procedimiento. El esfuerzo es de observación. La tarea es suprimir el juicio. Lo que resulta harto difícil. Parecería que pensar es juzgar. Tal vez eso sea mío, no general. De todas formas, surge el beneficio secundario de una baja en la ansiedad. Sin buscarlo. Mirar lo que pasa, tratar de ser el que mira no el que siente, tiene consecuencias en el que siente. Tal vez la elevada ansiedad sea animal. Tal vez la paz sea adquirida. Si fuéramos chimpancés: ¿estaríamos siempre gritando y golpeándonos el pecho? Es que la ventaja del animal es la falta de juicio. La conciencia trae el sopesar constante. La comparación, el intento parvular de pasar cada mísera sensación por alguno de los agujeritos geométricos del plástico colorido del jardín de infantes. Y acá está el hallazgo que faltaba, y que vengo anunciando.

Sucede que los animales (los otros) no tienen el componente de juicio. Eso los desembaraza de la autoconmiseración. A la Shopenhauer: la felicidad no es el objetivo. Ese pálido contento con que la identificamos es penosamente inferior. Por empezar: contento no es felicidad.

Se hace presente aquí el gran Cardano, con su sistemita protomasoquista de retorcerse los dedos, para gozarla al dejar de hacerlo. Lo entiendo. Lo sigo. La ausencia de dolor sí es importante. Pero es la caja de resonancia mental la que uno puede encauzar, arrear al abrevadero de la sabiduría. Si un águila tiene frío, no se siente un piojo por el hecho de tener frío. Su problema es sacarse el frío, no sentirse importante, valioso, reconocido. Esa pamplina autocomplaciente desbarranca hordas y hordas en el desfiladero de la intrascendencia. Además, por supuesto, de la angustia y la ansiedad. El amplificador de la consciencia es el componente principal del sufrimiento de la raza. No es tan importante estar contento. Ni que te reconozcan. El mal es no haber logrado lo que querías, no el hecho de que no te hagan monolitos.

Es, el anterior, un paso digno de mención, aún si escapa al objetivo de autoconocimiento puro y simple. Es un subproducto del proceso. Pero: ¡qué subproducto, mish amigosh! Recuerdo mi terapia, y me avergüenzo. Esa ristra de nimiedades que me paralizaban. ¿Qué importa si estás incómodo? ¿Qué importa si la insatisfacción mental se traduce en descompensaciones físicas? Esta incorporación momentánea que llamamos vida tiene sal y tiene miel, tiene zozobra y desconfianza. Son sensaciones, estados de ánimo con los que hay que convivir, necesariamente.

Hay otro que tengo y se me fue. Que me vino a la cabeza cuando fui hasta la cocina, a recalentar el mate cocido, en el microwave. Sin él: ¿qué sería de mí, y de occidente? Tiene relación con la caída de la ansiedad. Acá está. Es asumir que tengo mis intereses, que están enormemente por encima de los emprendimientos humanos, ésos que tienen jefes, hitos, presiones, indiferencia y (pocas veces) reconocimiento. Qué me importan el primer o el segundo postgrados científicos. Qué me importa UCU, y sus clases. Incluso: qué me importan los alumnos. Esto me importa. El crecimiento interior. El autoconocimiento. Y, por supuesto, la salud. Van de la mano.

Se vincula, claro, con el cambio radical de expectativas que significa aumentar el horizonte temporal. De los primeros asuntos desbloqueados por la gran Claudia estaba la sensación de que la vida se había acabado. Que lo mío había sido, y que el remanente digno era leerse los libros de la biblioteca. Apunten su lupa, por favor. No leer: leer esos libros dados. ¿Pueden pensar en pelotudez mayor? Condenarse a una vida sólo de lectura, ya es una vergüenza de plañideros. Pero el castigo martillador de dedos era leerse libros determinados por el pasado, a veces propio, pero muchas veces ajeno. Leerte, terminarte, una biblioteca plagada de volúmenes heredados y/o representantes de intereses superados. Podrá verse payasada más pusilánime, más pretenciosa? Ay, ay, muchacho.

Y esa microbiada difícil de tragar era debida, en parte no menor, a la expectativa de vida útil corta. Es decir: me sentía viejo, y me sentía débil [confrontar, otra vez, Memorable]. “Usted no tiene 70. Sarriá. Usted tiene menos de 50”, decía la gran Claudia. Eso, por un lado. Por el otro, tenía una panza enooome, y una niebla en la marota de aquéllas. Tenía diez años y un gato. Estaba entregado a la degradación del equipo que me concedieron, sin que lo pidiera.

Si se cambian las expectativas, se cambia la inercia. Al igual que, si estamos débiles y viejos, todo todo se acabó, si estamos jóvenes y lúcidos, la vida florece. Por eso la apuesta á la Pascal es abrumadoramente pertinente. Si aspiro a vivir 120 años activos, me siento más joven que cuando tenía 20. Yo sinceramente lo creo. Pero aún si no lo creyera, como apuesta sería recontraválido. Si me cambia la actitud: bienvenidísimo. Si darle sopa (decía el catedrático de medicina general) le hace bien, dásela cada un par de horas.

Son los proyectos los que te inyectan vitalidad. Y ésos vienen de la mano de una proyección temporal larga. Tengo 60 años para escribir novelas, o canciones, o blogs. Para resolver entuertos científicos. Para desarrollar múltiples canales de Youtube.

Desde la terapia que vengo notando que el método oriental no anda. Lo intenté en mi juventud. Bastante, y por diferentes períodos, de diferentes duraciones. En la terapia vi que la forma real de lograr paz, calmar la mente, no pensar, está poco relacionado con relajación o respiración. Tiene más que ver con observación, con entender que la mente es inherentemente múltiple, y que una parte puede limitarse a observar. Ahora estoy viendo avances en esa línea. Lograr una caída de los niveles de ansiedad, pero sin buscarla. El esfuerzo (siempre fracasado y siempre fructuoso) de no juzgar lleva a resultados relacionados con el juicio. De uno mismo, claro. Para el caso: me considero ansioso, sé que mis niveles de ansiedad son altos, sistemáticamente. Me observo, tratando de no juzgar. Los niveles de ansiedad bajan. Observar a secas provoca comprensión, y, de la mano, aceptación. Gradual, obviamente. Genera mayor comprensión, aceptación.--

Estoy encantado y sorprendido de que estoy manejando bien la ansiedad. Parece que encontré un método, una estrategia. Ir despacio. Deliberadamente despacio. Concentrarme en hacer (lo que sea) despacio. Combatir la sensación de apuro, de que el tiempo se me pasa, de que alguien me controla, de que soy un gil si hago las cosas despacio. La imagen es genial, permítanme la inmodestia. Richard Butler jugando al fútbol. También calza Jiri Novak jugando al tenis. Movimientos lentos, que parecen inapropiados. Y resultados soberbios. No necesitás estar lo más rápido posible. No necesitás estar antes. Sí que necesitás, por oposición, tomarte el tiempo para hacer las cosas bien. Pensar, en esos segundos. Calmarte, en ese tiempo que parece insuficiente. Tenés más tiempo del que creés. No existe que no tenés tiempo. Tenés tiempo, y el desafío es usarlo. Si no usás ese tiempo del que disponés, matás tus posibilidades. Otra imagen complementaria: Miguel Sprovieri cagado de risa de mí, cuando trataba de atacar a todos los múltiples atacantes a la vez. Te acordás? Se acercaban con almohadones, para tocarte. Había que evitarlo.

Lo publico como va apareciendo? Publico esto, hasta acá? Es mi naturaleza? Es mi exhibicionismo, o mi complejo? Me hará bien? Me regalaré ante los plagiarios como Quim Monzó? Tal vez sea una autotraición, un autosabotaje. Si lo publico, de alguna manera lo siento terminado.

Soy, como Nietszche, un estilista natural.


sábado, 16 de septiembre de 2017

Te quiero. Tal vez te destruya.

Está claro que Guilligan lee a Cortázar. Y que no es al revés, ya que Julio se nos murió, hace un tiempo ya.
Traveller y Horacio construyendo un puente imposible con tablones, y Walter y Pinkman disputándose el intento de matar la mosca, son la misma metáfora. Hasta ahí llego. Ahora, si me apuras, no sé decirte qué me quieren decir.
La muerte se asoma, se anuncia, sonríe. Acecha como un amigo más, sentado a la mesa, conversando. Eso, ella. De nuestro lado, la muerte se intuye, se anticipa, se teme.
La otra cara es el afecto teñido de rivalidad. Te quiero, pero tal vez te destruya. Te destrato, pero te protejo.
Y bueno, ya tengo un título para este esfuerzo a la Kundera. Milan busca encontrar la metáfora esclarecedora. Yo chapoteo tratando de esclarecer la metáfora.
Y ésta no es la única metáfora mortal que Breaking Bad toma de Rayuela. También está la muerte de la novia de Pinkman observada en pasiva tensión, vivo homenaje a la callada observación de los amigos de la Maga de que Rocamadour está, efectivamente, muerto. Walter no actúa intencionalmente. Los pretensiosos hipercultos que caminan París no actúan porque no saben qué hacer.

jueves, 14 de septiembre de 2017

La resurrección de Arimatea

El cuerpo del Maestro debió pudrirse en el madero, como el de Barrabás. En cambio, dicen que murió sorprendentemente rápido, y que su cuerpo fue reclamado. Con éxito, además.
Si hay resurrección, no puede haber cuerpo. Arimatea pudo robarlo desde el sepulcro, que era de su propiedad. Pudo incluso llevárselo sin más, y enterrar los sudarios, sin el cuerpo. Enterrarlos sin enterrarlos. Era una cueva, no un pozo.
Tanto como seguidor secreto, Arimatea podía ser detractor secreto. Al pedir el cuerpo dejó de ser un cristiano encubierto. Si no lo mataron a él también, por traidor al gobierno colaboracionista que integraba, es que no era cristiano, o es que era un genial malabarista de la intriga.
Pudo robarlo por encargo de cualquiera de ambos bandos. A los cristianos les interesaba que el Rabbi resucitara. A los gobernantes, que se pudriera, o que se creyera que lo robaron. A ambos, entonces, podía interesar que se regara la inconcebible patraña. Pudo robarlo por encargo de ambos.
La historia de Arimatea puede arrojar luz. Si no certeza.

martes, 12 de septiembre de 2017

Faena clandestina

Con el invalorable apoyo de los reclutas de Sabana Grande, el Gobierno Bolivariano de Venezuela logró desarticular una red de contrabando contrarrevolucionario.
Desde su apartamento en el séptimo piso de una avenida céntrica, Agapito Mas, 48, suministraba carne sin la debida habilitación.
El antisocial fue identificado por su vecina contigua, que sospechó al verlo bien alimentado y enérgico.
La Brigada Higiénica incautó cuatro tramperos, una bolsa llena de residuos de origen farináceo, y varios quilogramos de latas de conserva que el delincuente obtuvo con la venta de carne, primariamente de paloma.
El delincuente construyó 4 (cuatro) armazones tipo andamio, con los que lograba nivelar sus tramperos con la baranda de su balcón, y así engañar a las incautas aves. 3 (tres) de los tramperos parecían antiguos, y exhibían herrumbre en sus alambres. El cuarto era de fabricación casera, claramente reciente. Esto último refuerza la creencia de que el negocio prosperaba.
La Brigada Higiénica colabora con el Destacamento Policial Revolucionario de Sabana Grande para identificar a los compradores que se beneficiaron de este organizado esquema subversivo.


domingo, 8 de febrero de 2015

EJE SINORRUSO

Un posible escenario futurista de ficción política es China y Rusia aliados en un futuro cercano, torciéndole el brazo a occidente. Occidente (USSA) tiene el poder militar, pero se rehúsa a usarlo a gran escala. China y Rusia tienen las riendas de los mercados. Combinados, pueden hacer caer a los bonos del tesoro. Pueden empezar, si quieren, con los de Freddie y Fanny. China es la segunda economía del mundo. Rusia la octava. Tienen ambas enormes reservas de oro. Son vecinas. Son extensísimas territorialmente. Son enemigas históricas, lo que constituye una baza importantísima de occidente. Pero eso puede cambiar. No tienen por qué ponerse de acuerdo en todo. Pueden tener una alianza financiera, o monetaria. Caso a caso, nomás, pueden coordinarse para actuar en el mercado financiero. Gradualmente, pueden avanzar en el escenario geopolítico. Como Rusia recuperó Crimea, China puede tomar las islitas disputadas con Japón primero. Luego tomar Taiwán, por qué no. Hong Kong ya está en el bolso.
Imaginar este mundo. Un mundo en el que Rusia y China, combinados de manera extraoficial, ponen de rodillas a USSA, poquito a poco. En principio veo como inevitable la reacción militar de USSA, ya que ése es el recurso que le queda. No es creíble que el complejo industriomilitar se entregue sin pelear. Pero hay argumentos a favor de que sí ocurra. Un ejemplo reciente es la implosión de la URSS. Potentísima militarmente, igualmente cayó. Y cayó de manera incruenta. ¿Por qué? Porque se compensó a los militares de alguna manera. Los magnates militares se transformaron en la oligarquía mafiosa rusa.

De más está decir que el oro sería un arma central de esta embestida rusochina. Una moneda conjunta basada en oro sería un golpe potentísimo. Claro, el asunto está en el límite. El negocio del eje asiático es mantener la batalla a nivel financiero. Empujar y ganar territorio, pero no hacer que USSA y NATO recurran a la guerra a gran escala.

JOROBADITO

La historia del loro empieza con el consultor. Esta, surge de la del salvador, que a su vez tiene sus cimientos en la del dotor. El dotor, por su parte, mana del molinero. Y ahí, por suerte, se acaban los registros.
El loro colgó sus zapatos y arrancó. Así, pendientes de su hombro, el talle no contaba. Poco a poco fue transformándolos, convenientemente. Al final eran llaveritos de niña, y no llamaban la atención. Amén de los zapatitos (que no le apretaban), el loro cargaba con la infaltable mochila de enorme pasado. La carga lo empujaba al sur, al influjo inevitable del campo magnético. Su madre, sus amigos, la favela entera le imploró que la dejara.
-¡Qué vas a hacer con todo eso en la espalda! Ni siquiera vas a poder dormir.
-Es una joroba, Mangarí. Me la gané en un cementerio, y no me la pienso operar. Me pasé de ambicioso, y me tocó la joroba. Fue en España. Así que no es una joroba, en realidad.
-Es una mochila…

-Es una chepa. En verano, al volver de la ardua jornada, paraba en “El hórreo” a recomponer mi balance interno, con whisky y canapés. En igual situación, aunque bebiendo cerveza, había un jorobadito. Una de esas noches, Notredam llegó derecho como una estaca. Ante los ojos exorbitados y las bocas abiertas de los contertulios, hizo una reverencia y se sentó, la mar de sonriente. “Pero Notre”, le dije. “¿Qué pasó?” “Notre nada”, respondió. “Desde anoche, exijo que se me llame Lázaro. Miren bien. Resulta que, volviendo de la plaza de deportes, elegí pasar frente al cementerio, tratando de superar mis miedos. A los poquitos metros de muro, oigo la voz: “Lázaroooo…. Lázarooo…” No me daba cuenta de que era a mí. La falta de costumbre. “Notredam… Notredam”. Inundado de reverente pavor, contesté, bajito y finito. “Sí… aquí estoy…” “Notredam… ¿qué llevas en la esplada?” “Una chepa”, respondí. “Trae para acá”, dijo la voz de ultratumba, bien grueso, mezclada con el viento. Y así quedé. ¡Pechito de paloma!”. “¿El cementario de Cuatro Caminos?”, dijo el cojo, sentadito junto a mí. “Voy para allá”. “Te acompaño”, le dije, y arrancamos los dos. Tres metros de muro, y tal cual. La voz sorda, embedida en los remolinos de aire, bailando con las bolsas de plástico: “Pablo… Pablo”. Nosotros mirábamos para todos lados. “¡Ufa, che!”, dijo la voz, más bajito. Y luego “Cojo… Cojo…” Mi amigo reaccionó ipso facto, muy entusiasmado: “¡Sí, sí! ¡Acá estoy!” “¡Acá estamos, acá estamos!”, dije yo, dos veces, mientras movía los brazos sobre la cabeza. “Cojo… ¿qué llevas en la espalda?” “…Nada”, dijo mi amigo, confundido. “Toma una chepa”, dijo la voz. Y se ve que rebotó, o que era mucha joroba para uno, porque el Cojo quedó cojo y jorobado, y yo también.

lunes, 10 de marzo de 2014

PRISION DOMICILIARIA

Cada ser humano es un congreso de voluntades. Muchas de ellas son idiotas. Cuando los idiotas de su congreso toman el mando, los humanos hacen idioteces. A juzgar por los resultados visibles, los congresistas idiotas deben tener mayorías circunstanciales la mayor parte del tiempo.

Sin duda algún idiota, o grupo de idiotas, había tomado su cerebro. Sin esto, resulta inexplicable que haya ido por las suyas a contarle al opresor sobre su nuevo paradero. Bastaba quedarse como estaba para seguir seguro. No señor: fue hasta las oficinas de la Recaudadora e hizo cola para comunicar su dirección presente y local.

Resultaba bastante zalamero, el del mostrador. Licenciado para acá, licenciado para allá. El recién llegado había hecho media hora de cola, y ahora le comunicaba sus coordenadas presentes. El dependiente terminó de digitar los datos, e imprimió dos copias. “Una para usted, licenciado. La otra me la firma en la línea punteada, por favor”. Desconcertado e incómodo, no contuvo sus automatismos y firmó. El dependiente lo despachó con una muy respetuosa sonrisa.

Unos meses después, llegó la intimación del Fondo. Le comunicaban que debía, y que por tanto debía presentarse en las oficinas del Fondo para pagar lo que debía. Lo que debía no se establecía en la intimación, y él sabía que no debía nada, ni al Fondo ni a nadie. Ignoró la intimación. Con esfuerzo, a las cansadas, terminó estableciendo el vínculo entre la Recaudadora y el Fondo. Sin pedirle permiso, ni informarlo, la Recaudadora había dado al Fondo sus datos. ¿Por qué? Porque el Fondo quería cobrarle. ¿Para qué? Para que el Fondo lo intimara.

Justo es decir que no todas las instituciones de recaudación de aportes traicionaban a sus afiliados. La Mutual de Ingenieros no le brindó información al Fondo. Sostuvo que no estaba autorizada a hacerlo, y ganó. Tanto la Mutual como la Recaudadora se deben a sus afiliados. Una lo tuvo en cuenta, la otra no.

Algo similar debe haber sucedido con las Agencias Previsionales. Lo más sencillo para el Fondo habría sido usar a las Agencias como usaba a la Recaudadora, o pretendía usar a la Mutual. Se sigue que las Agencias no cooperaron con el Fondo. El aparato estaba claramente dividido. Otra de las infinitas rajaduras del sistema. Por esas rajaduras es que se escapa la gente. Hay que estar atento a las rajaduras.

Para el caso, la traición de la Recaudadora era suficiente. El Fondo volvió a intimarlo, esta vez de forma certificada. Volvió el intimado a ignorar la citación, pero esta vez no resultó. Llegó una citación judicial, mucho más preocupante pero igualmente ignorada. El paso final fue el par de gordos de azul, con cachiporras y 38. Esos son más difíciles de ignorar.

Luego de establecido el nexo judicial oficial con el Fondo, los gordos soltaron los brazos del detenido, que volvió a la relativa comodidad de su domicilio. El intimado tenía un abogado, y estaba litigando. Era suficiente para no tenerlo guardado. El abogado hizo su recomendación habitual: pague usted. El intimado se mantuvo en sus trece: no debo nada, no pago nada. La consecuencia natural era la cárcel: jaulas diseñadas especialmente para humanos que no logran satisfacer al amo.

La tarea del abogado pasó a ser cómo mantenerlo fuera de la jaula. El argumento del intimado no era del agrado del abogado, y por tanto renunció. Según el protocolo, le fue asignado un defensor de oficio. El intimado no quería abogado, ni propio ni de oficio. Pero eso no integraba el universo de lo posible. El defensor de oficio terminó blandiendo el argumento del intimado, aclarando que no era suyo sino del intimado. Y el planteo pasó. Se coló por alguna de las múltiples rendijas. Tal vez el jefe del abogado se asustó. Tal vez al abogado le hizo gracia el planteo, y sintió que él no corría riesgos.

No sabemos si le resultó simpático al defensor. Es pura especulación. Sí sabemos, a ciencia cierta, que le hizo mucha, mucha gracia al juez. Le sacó una piedra de molino de encima. Le quitó la responsabilidad de hacer el planteo él. Podía, después de décadas, ponerse del lado de la gente, y sin perder el trabajo. Tal vez un poco de prestigio. Pero ya estaba viejo, igual. Ya no iba a tener más ascensos. Para este juez, el planteo del intimado fue una fruta caída del cielo.

El intimado argumentaba así. No había tenido diferencias con la ley en su larga vida. Nunca había agredido a nadie, ni física ni económicamente. No era peligroso, y sí era confiable. Por tanto, no había necesidad de ponerlo en una jaula en la que sufriría hambre, frío, maltrato e inseguridad. Recalcaba primero que no le debía nada al Fondo, y luego pasaba a atacar a la pena en sí misma, independientemente del delito. No había justificación alguna para la tortura implícita en la jaula de humanos. Si el amo quería recluirlo sin caer en violencia injustificada e innecesaria, tenía que guardarlo en situación segura y decorosa. Su inmerecida e injustificada pena era de reclusión, no de tortura. Si el estado sólo quería privarlo de su libertad, tenía que hacerlo de modo de evitar hambre, frío, hacinamiento, malos tratos, riesgo de muerte. En el supuesto estado de derecho reinante, cada extra sería reclamado por el intimado, que pasaría de demandado a actor. La reclusión del intimado no sería un costo para el aparato. El intimado correría con los gastos que, razonablemente, asegurarían una prisión domiciliaria segura.

El intimado logró su prisión domiciliaria.

El juez se jubiló con la conciencia tranquila, a disfrutar de haber alcanzado la bonhomía, a contárselo a sus nietos en cada reunión familiar.

El defensor encontró la veta y hoy es rico. Sacó 4000 personas de las jaulas oficiales. Unos pagaron más, otros menos, pero fueron 4000 facturas a gente que le debía nada más ni nada menos que su libertad física.

Las jaulas comunales están descongestionadas por primera vez en cincuenta años. Con un número de internos llevado a la mitad, los que siguen adentro están mucho mejor.

Y los jueces ya no mandan a la gente presa a ciegas. Primero hay un lugar decoroso a donde mandar al reo, luego va el reo a la jaula. A todo aquel que no es peligroso para la sociedad, se le permite la prisión domiciliaria, a su costo.