sábado, 11 de junio de 2022

FORMON Y CUENTA NUEVA

 Debido a la nueva escasez de tiempo, una pincelada joven alcanza. El problema no es el formón, ya que en cualquier mano corre, la tela. Cualquier manipulador sin tiempo bastaría. Si el agarre no trae acumulación, el pincel es lo de menos.

En la mente, parecían buenas. Cuando queremos que el futuro las enlace, resulta que se nos corre el balde. Que pateen la lata, nomás. No preocupa. Si el futbolista soy yo...

Estaban y ya no más. Es que el cuaderno los espanta. Parecía que iba a alcanzar con hilvanarlos, con apuntar a alturas de congestión. Pero lo que sí hace el alcance es la pincelada joven, al final. Ni el formón, ni el pincel. Si vamos a hamacar superficies, o a convencer a la piedra, o a engañar a la madera, lo que se requiere es una mano nueva. No sé, puede ser la cueva del hermano, o la nueva del hermitaño. Sin perder de vista que no es la mano sino la escasez de tiempo.

Aparece una forma. De repente. De la nada. Salen alfombras empecinadas, planeando tramoyas en el aire. Hubo una vez un vuelo fugaz, que parecía de valor. Cortes de acá, mareos de allá, pero el aparato volador se nos perdió de vista, dejando a su paso nada más que un tarro de pintura. Y, si lo empujo, salpica. Los aspirantes a calciatori lo patean, sí, pero para adelante, forzando quietudes que nadie esperaba, ni buscaba. Olvidan, con terquedad, que el futbolista sono io. Se hacen los bobos. Pero el cincel es mío. El, y el pincel. Son míos. Soy yo. La mano joven no es la pincelada. El tacho no es la estocada. Concedo a este parvulario indolente su coraje. Lo que no les concede nada. Cedo al Adonis su boleta, su candelabro y sus fueros. Y hasta ahí. Habrá luz y calor a rabiar, quiéranlo o no lo quieran. El carro será de fuego.

Me quedé, vean, sin tiempo para la ciencia. La canción terminó siendo del idiota. Del oligofrénico, pero buena. Era yo. Es él, y soy yo.

Hago esfuerzos denodados para mantener una ambigüedad. Para no soltar la tensión. Para que suba en espiral, como las volutas del humo del cigarro del gran profesor. Apunto a que llegue sin detenerse, por más que ya no se pueda. En estos días se avanza sin mirar, y se pasa y se quiere. Será que se terminó la macabra juerga, y a cada paso saltan las gracias. De cada matorral una liebre. Si me detengo, se van. Si las miro se corren, como pintura fresca. No se puede agarrar metáforas con la mano. Es de mentecatos respirar a la fuerza. Las liebres, queridos, no se cazan. Ni siquiera se les saca fotos. Basta con mirar elípticamente esa coreografía radial de cuerpitos orejudos. Un ejército de patitos amarillos de juguete, capaces de empezar y terminar tempestades. Son tantos como soldados. Son una legión de acorazados, que pasan y se quedan. Que se van si se agarran, y se quedan si apenas se los mira irse. Sin enfocar. Sin agredirlos con el ojo firme. Son una falange de misterios. Una explosión silenciosa de improperios a la muerte. No hay modo de airearlos. Tampoco hay razón. Son, nomás, tus huestes desamparadas. Son tus aliados enfermos e inconsistentes. Tus luchadores francos y tus maniobras, precisas, indecisas.

El pincel pone los trazos. La mano tiene tiempo y arrugas. Pero yo no. Sépanlo bien. Grábenselo a fuego. El tiempo es agua, y yo soy manos.

CAUDAL

Sin saberlo, buscamos el camino de menor resistencia. La cara positiva de la indolencia, que tanto molesta en los milenios. Y molesta por propia.

Si las ideas fueran como el agua que cae, seguirlas sería fácil. El flujo turbulento sería laminar. Esto nos muestra que la variable limitante es la velocidad. A partir de un valor, ya no lo puedo seguir. Quieren pasar todos por la puerta angosta, a la vez.

El camino de menor resistencia es una falsa solución. Como es habitual, cambia, nomás, la pregunta. La traslada. El nombre dado a la enfermedad, ni la explica ni la cura.

Porque no es un camino. ¿Por cuál de los brazos desemboca el Paraná?
La idea del delta puede ayudar. Es factible, a todas luces, hacer una lista ordenada de los canales. Por caudal. Son muchos, pero pocos. No es objetable decir que desemboca por el primero de la lista. Tenemos un orden. No es poca cosa.

Insistiendo, surge que el caudal no es la única característica relevante. O, tal vez, sí.

viernes, 10 de junio de 2022

LANGUEDOC, EL ESCONDITE PERFECTO

La sangre se usó poco para la propulsión en agua. Tal vez el último caso de relevancia fueron las galeras romanas. Tales barbaridades sólo funcionan con esclavos. Así de ineficientes. Los vikingos, que eran ciudadanos, no remaban forzados. No eran atados al banco. No recibían garrote. Y lo más importante: desenfundaban y peleaban.

En Albi, cerca de Toulouse, vivía el último de los cátaros. Tenía mucha tierra y modos suaves. Y una nube de caballos con los que tiraba de los barcos. Ese milagro de los navíos a tracción animal.

El canal siempre estuvo por hacerse. Desde Nerón. El hijo de Riquet encontró la forma de mantener el nivel del agua (o la forma de convencer a Colbert), y el canal despegó.

Los Riquet ya manejaban el impuesto a la sal. Estos renacentistas... Se mecen las barbas, se rasgan las vestiduras si oyen hablar de prohibir las ventanas, para vender más velas. ¡Qué locura infantil! Pero, a la vuelta de la esquina, gravan la sal.

El gobernante tiene, entre sus privilegios, el de ser el astuto. Hacen esos movimientos magistrales. Toman esas políticas geniales. Diseñan métodos inigualables para esquilmar al vulgo. Para penetrarle la piel. Y claro, siempre son el mismo método: no se le cobra directamente, al pobre siervo. Astuta, sagaz, profundamente, se marca un sobreprecio a lo que el vasallo comprará por fuerza.
No es cosa de economistas modernos, el asunto del mercado. Ya desde la dinastía Minh, el usurpador sabe que no se cobran impuestos, sino que se controla productos, negocios, mercados. El principal, claro, la moneda. En nuestra historia: la sal.

El bisabuelo Bérit empezó con la política de muchos caballos y pocos hijos. La cuestión está siempre en el lado del que uno se para. La familia sobrevivió a la protoinquisición. No quedó ni un cátaro, que no fueran Bérit y su hijo, los hacedores de mulas. El bisabuelo sabe pararse. Sabe esconderse. Sabe ser sin parecer. Es otro rasgo del genio. que se parece mucho a la vieja y querida suerte. Como era genial, el bisabuelo tuvo la fabulosa fortuna de prosperar hasta el punto en que su vida personal no era asunto de nadie. A base de acumular caballos, compró mucha tierra, y su libertad. Y la de su único hijo.

La inquisición es hija de la persecusión de los cátaros. No se le escapa a nadie que las purgas tienen ulteriores propósitos. Erradicar a los cátaros era la excusa de Inocencio para recuperar fieles quemando infieles, y la de El Hermoso para anexar territorio. Poco pudo hacer el aragonés, más que patalear por perder sus tierras. En vez de hacerle la guerra a él, Felipe se la hizo a sus súbditos albigenses. El perdió la tierra. Los occitanos la religión, la cultura, la tradición. Y la vida.

Seguro usted ya se detuvo a meditar sobre la marginalidad de los exitosos. El grupo descastado es el que se hace con una mayoría notoria de las fichas en juego. Como si, en el mercado, ser perseguido fuera una ventaja.
El caso más manejado es el de los judíos en occidente. Pero la situación es análoga, sin restricciones, para los coptos en Egipto, o los armenios en Turquía. No pueden ni caminar por la calle, pero la plata queda toda con ellos. Se compran toda la tierra, todo el oro, todo el arte. Y eso los hace más odiados y más perseguidos.
Usted tendrá su interpretación. A riesgo de aburrirlo, vaya aquí la mía, en un esbozo primario y elemental. Si tuviera que usar una palabra, nomás, diría compensación. Se hacen ricos porque sin riqueza están sonados. Se hacen ricos porque deben. Porque no tienen más remedio. ¿Por qué Carlitos Monzón y Cococho Alvarez terminaron en la cima? Contra todo pronóstico, los flaquitos, los rodillijuntos, los asmáticos, y los meros sin talento, en los puestos destacados. Se suben al podio del deporte. O los emperadores, gobernantes o gerentes: raramente son no feos, o de estatura no acondroplásica.

En una palabra sola
todo está en compensación

El bisabuelo Raimundo manejaba las mulas de Riquet hijo, el padre de Riquet nieto, su amigo. Estaba lejos de ser nadie. Era de la edad del señorito. Correteaban juntos hasta que Raimundo cumplió diez años, y se volvió aprendiz. El encargado lo tomó a tiempo completo. Lo quería, lo conocía bien, sabía que sabía de mulas y burdéganos y caballos. El y el señorito jugaban en la bosta, a su vista y paciencia. Como los mutantes de hoy parecen digitar en las computadoras de mano como si estuviera en su hélice, estos dos trataban con equinos, fértiles y de los otros, como si los oyeran hablar.

Nadie amaba a los híbridos más que Raimundo, que los terminó. Aunque no antes de montar a la cría de una mula. “Cuando las mulas paran”, decían. “Cuando las ranas críen cola”.
La idea inicial era que las mulas eran mejores para tirar. Y eran, sí. Pero no eran fértiles. Cada mula era un cul de sac. Para tirar de una barcaza bastaban dos mulas, contra los tres caballos requeridos. Pero los caballos generaban más caballos.
Se dice así: mulas. Pero hay mulas y hay mulos. Los mulos tienen un enorme vigor, pero jamás engendran. Algo pasa con el líquido seminal. Las mulas, en cambio, pueden engendrar, en un milagro natural de alineación de astros.
Por supuesto que Raimundo no conocia los cálculos. La combinatoria la inventó el primero de los Bernoulli, unas cuantas décadas después. Y la genética molecular aparecerá siglos más adelante. Aventuro una conjetura asaz audaz en la polémica, aún vigente, de la recombinación meiótica.

Los cromosomas del pregameto se alínean y se recombinan. Se barajan. Se mezclan de una manera que, a priori, apunta a ser aleatoria, pero que oficialmente (está demostrado) no lo es. Así que cualquier recombinación no aleatoria es válida. Y yo tengo la mía.
Todos los genes de cada cromosoma son separados, desflecados. Queda una bolsa de gatos con dos versiones de cada uno de los genes que integraban el cromosoma original. Y luego se vuelve a armar los dos cromosomas completos, con la única condición de que cada cromosoma debe tener los mismos genes del cromosoma original. Lo que puede cambiar, entonces, es el orden.
Para que la mula sea fértil, sus óvulos deben ser o del padre o de la madre. Los gametos que resulten de la recombinación deberán ser puros: o de caballo, o de burro. El caballo tiene 32 cromosomas diferentes, y el burro 31. Así, hay 31 pares burro-caballo, y un cromosoma no pareado, suelto, de caballo.
A ojo de buen cubero, podemos afirmar que el caballo tiene unos 20.000 genes.
Con respecto al cromosoma suelto, asumimos que se conserva o se pierde, por mitades. El óvulo de caballo lo necesita, el de burro debe prescindir de él. Así que este cromosoma aporta un factor de 1/2 a la cuenta de favorables sobre posibles, que determinará la probabilidad de que un óvulo de mula sea viable.
Favorables son todas las combinaciones que dan un gameto de caballo: todos los cromosomas son exclusivamente de la yegua, madre de la mula. Por fuerza, el contragameto (resultante del mismo par de cromosomas del pregameto) será puro pollino. Pero no será favorable: la cría viable de la mula es entre mula y caballo.
Y resulta en caballo. Desaparecen las trazas de mula. Para el ojo externo y vulgar, uno está frente a un caballo. El genetista molecular tampoco encontrará la pista de la mula. Es el escondite perfecto. Una mula perdida en un linaje de caballos. Sí, sí, un poquito más fuertes, un poquito más resistentes. Pero, por sobre todo, raros.

Los Raimundo, los Rogelio, los Guillermo Bérit se alternaban para cabalgar en sus mulas. Para ellos eran mulas. El resto elegía entre la sorna y la admiración, al hablar de la monta de los últimos y únicos albigenses.

20.000 genes más o menos, y 31 cromosomas. Tomando promedios, un cromosoma tendrá 700 genes, o por ahí. En cada cromosoma los casos favorables son todas las formas de combinar esos 700, sin importar el orden. Y los casos totales resultan de juntar 700 genes, sacados de los 1.400 genes totales, de cualquier forma.
Para llenar cada una de las 700 posiciones, tendré suerte la mitad de las veces. Al elegir la primera, hay 700 que me sirven, de los 1.400. Al elegir la segunda, hay 699, de los 1.398 que quedaron luego de que se fueron los dos pareados, uno para cada uno de los 2 gametos que se formarán. Y así seguimos. Multiplicando 1/2 700 veces, tengo la probabilidad de que uno de los cromosomas sea sólo de caballo. Esto ocurrirá en cada uno de los 31 cromosomas, resultando en que este número debe multiplicarse 31 veces. Y el resultado debe dividirse entre 2, por el cromosoma suelto de caballo.
Esto da algo como un 2, luego de 6.500 ceros después de la coma.

2.2 x 10 ^(-6.533)

Sí, sí. Mis cuentas deben estar mal. Y por muchos lados. De todas formas, es un intento que sí muestra que una mula que engendre es un milagro puro y simple. Liso y llano. Es imposible, bah. Así que seguramente los cátaros remanentes mentían. Los Bérit decían que cabalgaban en mulas, como los Habsburgo decían que habían sido designados directamente por Dios para cobrar impuestos, dominar tierras, ejercer derechos de pernada, quemar brujas y decapitar rebeldes. Te lo concedo: Raimundo, Rogelio, Guillermo, mezclados en el orden que quieras, no cabalgaban en mulas. Porque una mula fértil tiene menos chance que todas las loterías del globo juntas. No te lo niego: los Bérit mentían. A cambio, concederás que embellece la historia.

El bisabuelo convenció a su amigo Riquet de desafectar a las mulas. De dejar de fabricarlas. De discontinuarlas. En un par de años se duplicó la dotación de equinos, y con ella el tránsito fluvial. Riquet lo hizo socio, y le dio la posibilidad de que el negocio de los animales fuera suyo. En diez años debía comprar la mitad que Riquet no le regaló.
A su costo, conservó las últimas mulas. Dejolas, nomás, pastar, en sus ya extensos campos.

Que yo lo voy a enterrar
cuando se muera de viejo

Y siguió cubriéndolas con burros y caballos, de manera sistemática, rotativa. Hubo varias preñeces fallidas, hasta que una prendió. Un caballito fuerte: nadie habría dicho que era hijo de una mula. Los Bérit son conocidos como jinetes de mulas. Montan caballos espléndidos que ellos llaman mulos, y que son la descendencia de aquel mulito milagroso. Un caballo que supo salirse del rumbo por un instante. Fue y volvió, y no se le nota. Es mulo porque los Bérit lo saben y lo dicen. Por nada más.

sábado, 4 de junio de 2022

CUADERNITO DE MAR

Gran incorporación, el cuadernito. En el parcial estuve escribiendo en él. Los alumnos concentrados, y yo leyendo mis notas manuscritas. El cuadernito es para ocupar los tiempos libres. Tenerlo presente siempre. Sacarlo y escribir, o estudiar lo que vengo escribiendo. Y también dibujar. Pero menos, claramente. Lo mío no es el dibujo. Pero dibujar también. Por qué no. Por qué privarme.

Estoy castigándome menos. Se necesitaron seis décadas para lograr el obvio nirvana de parar con el látigo. Entre las herramientas, la de la autohipnosis.

No soy ningún genio. No tengo ninguna exigencia. Escribo, hago música, dibujo, porque es bueno para mí. Porque disfruto y mejoro. Más humor, descanso, y conexiones neuronales.

Escribo, toco y delíneo, sin premios que me den. Ni rico ni famoso. Nadies deslumbrado.

Cuando el alumno está pronto, aparece el maestro. Cuando la obra está pronta, aparece el editor. Yo soy escritor, no agente. Me queda ya grande el traje de la obra, así que trato de barajarlo y dejo que el agente entierre a sus muertos.

Es el cuadernito el hacedor de milagros. Te toca con su varita, y te saca la ansiedad. Los textitos vienen siendo cortos, y es por la ansiedad. Me pasa lo que al amigo de Danny Glover, que no podía contar la platita que había hecho limpiando vidrios, en el semáforo.

La ansiedad me hace ver la solución como problema. Me crispa que no caiga, que se mantenga flotando. La urgencia de la caída produce textitos cortos, muy afines a poesías. Si queremos cuentos y novelas, tenemos que gobernar a la ansiedad. Y para eso, el cuadernito.

Ya tengo novia. Ya la impresioné. La suerte está echada. Cayó a mi favor.

También tengo un mareo soberbio en la cabeza. Y vivo con eso. Remo en la dirección del remolino. Si llega a ser que me voy por el agujero, que así sea. Abracemos la locura. Tal vez pase a un vergel en el corazón de la tierra. Debajo de los mares.

Estoy probando la autohipnosis al dormir. Que el sueño me venza con los antebrazos hacia arriba, en equilibrio inestable según los físicos, o precario en castellanito, nomás. Busco olvidarme de que eso requiere esfuerzo muscular. Que la mente se crea que está relajada, que ella no tiene que participar en el esfuerzo de resistir la gravedad en las manos. Que los brazos se mantienen verticales sin una decisión consciente.

Busco que se muevan sin que yo los mueva: que esto le abra espacio al subconsciente. A esa mente que siento, a la que creo usar de corrido, a la que creo mi yo, la pongo en situación anormal, levemente incómoda. Distraigo al consciente, así el inconsciente (mejor, tal vez, el subconsciente) puede tomar las riendas de un pedacito. En este caso, el o los antebrazos.

Otro aspecto de la autohipnosis es reducir el castigo. Me encuentro castigándome, y paro. Al identificar el proceso mental nocivo, la primera tendencia es juzgarlo, entrando así en otro proceso negativo. El segundo es igual de malo que el primero. Ambos son de fuerte y conocida autoalimentación. Realimentación. Autorrealimentación. Disparan la iteración propia de la mente, que lleva a la resonancia. Y que potencia el daño de manera enorme, ilimitada. Sea lo que sea que hay al inicio, si la maquinaria solita se ocupa de darle un empujoncito preciso cada vez que pasa la hamaca, hay peligro de explosión. Puede fácilmente venirse abajo la estantería, como en los videos del puente colgante enorme, majestuoso, americano. Empieza a retorcerse en la ventisca, hasta se descascara. Saltan unos pedazos , y luego deja de ser puente para volverse escombros que caen al río, para no volver.

Mi persona es convivir con el mareo mental. Ni malo ni bueno. La variación en los estados mentales es inherente a la cualidad del equipo cerebral natural. El sufrimiento es un estado en sí mismo, que permea a muchos pensamientos, tal vez a todos. Y que puede rastrearse hasta la consciencia. La explicación satisfactoria es la de Jaynes. El sufrimiento viene atado al pensamiento circular. El aparato tiene tendencia natural a la resonancia. Los pensamientos son agradables o desagradables en función de un cierto tenor del estado general mental momentáneo. Cada estímulo genera un proceso recursivo. Tal vez esa noria sea dolorosa per se. Por eso es que tampoco lo agradable resulta disfrutable. Por eso los halagos, por ejemplo, también molestan.

Cabalgando la fabulosa interpretación de Julian Jaynes: la solución que la mente propuso, para una situación social pasada de compleja, trae aparejada la reiteración. Las emociones son amplificadas sin límite, hasta el hartazgo. Y el humano se vuelve neurótico. No había neurosis antes de La Ilíada.

La hipnosis es una vuelta al idílico pasado. A las épocas en que el humano no hacía más que acatar. No decidía. Acatar, incluso, es un término engañoso. Implica una cierta sumisión que, a su vez, implica la consciencia que todavía no afloró. Las decisiones son automáticas. No surgen de un análisis, sino que aparecen en la mente ya prontas. Jaynes dice que aparecen como alucinaciones auditivas. En forma de órdenes, dice. Y por eso parece que los humanos actuaban en base a acatamientos, o acataciones.

Pero la presentación auditiva e imperativa no es necesaria. Jaynes la saca de La Ilíada, en la que las acciones espontáneas de los actores son obedecimientos u obedeciones a los dictados de los dioses que sentencian. Claro, Julian Jaynes no es ningún pelotudo. Yo me voy inclinando a que las decisiones aparecen de forma espontánea en el interior humano, y eso le quita, al lenguaje, su enorme protagonismo. La tesis de JJ es más que genial, en sus profundas simpleza y accesibilidad, o miento. Y presupone el lenguaje. El planteo al que me veo llevado por los deditos que bailan no lo requiere, y por tanto lo descarta. Pero no sé qué pasará con el maravilloso andamiaje de Julian, si le sacamos ese mojón.

Lo que vengo a proponer, sin proponérmelo, es que las decisiones vienen tomadas en la mente. Que aparecen como tales y ya. Dentro del cráneo, por así decirlo. Entre los ojos, apenitas arriba. Entre las cejas, para ser más preciso. Mi propuesta vuelve a lo animal. Así debe decidir, por ejemplo, un gato, o un tapir. Y se viene abajo el procedimiento para encarar un entorno social más complejo que la complejidad máxima atendible en la forma anterior a la humana. En vez de avanzar, retrocedí una casilla. El cerebro bicameral de Julian, el nunca bien ponderado, es el salto del okapi a ser gente. Luego viene el abandono de las voces alucinadas, que es la catapulta a la modernidad. Es la gruta hacia la consciencia. Es el glorioso hallamiento del pasaje a la individualidad consciente. Oscuro y subterráneo. Imposible hasta que se ve y se vive y con eso se hace patente y deja de ser una pamplina, un sueño de poetas, una entelequia o quimera. Cosa de dioses, hecha cosa de hombres.

Así vamos. Navegando la tempestad, en un cuadernito de papel. Y siempre peleando para olvidar lo que piensen.

EPILOGO

Te lo doy a leer por tendencia al confesionario, dijera Eguía. Es la lucha para dejar de esconderme. Parece una mera decisión. Dejo de esconderme porque llego a esa conclusión, y dejo de hacerlo. Decido no esconderme más, y, a partir de ese momento, estoy a la vista de todos. Qué inconmensurablemente fabuloso sería. Me escondí mucho, por mucho tiempo. Dejar de hacerlo no puede no ser un proceso largo. Un proceso que requiere esfuerzo. Doloroso y gozoso, lleno de idas y venidas. Con muchas características, pero ninguna que se parezca a corto. Ni, menos que menos, inmediato.

Un trabajo constante de dejar de castigarse y dejar de esconderse. El estigma de que lo que creen es crucial nos acompaña desde que somos. No podemos, mágicamente, decidir que deje de serlo. El asunto es cambiar, para que el resultado sea que lo que ellos piensen deje de ser importante. A esas alturas, ya no me esconderé.

Me escondo porque me importan las opiniones. De todos y cada uno.

Cualquier soreteecha humo

Si reduzco lo que me interesan esas opiniones, me esconderé menos. Y guay de equivocar el orden. Si dejo de esconderme, pero no dejó de importarme lo que piensen, me hago hazmerreír, y me flagelo. ¡Mirá! Si me importa menos lo que piense más y más gente, podré dejar de esconderme. Si me muestro sin haber reducido esa importancia, me disparo en el pie. La pregunta sin solución: ¿puedo reducirla a base de actuar como si la hubiera, efectivamente, reducido? ¿Puedo encogerlos exponiéndome?

Otra manera de verlo es si el problema es que me escondo, o el problema es que me importan las opiniones generales y ubicuas.

Huevo y gallina again. Resonancia una vez más. Vuelve la neurosis al centro del escenario. Si no la combatimos, es el personaje único.

INSTRUCCIONES PARA EL DIBUJO

Un barquito de papel, à la Serrat, que navega el mareo resonante de la neurosis. El pelo son las olas. El barquito apunta hacia abajo, en una ola que se vuelve remolino, en el rincón superior derecho.

Las olas del pelo ocupan todo lo ancho, cuando el barquito es sólo una parte de uno de los cuatro rinconcitos. El espacio del barquito es un cuarto de la hoja, verticalmente. Y un tercio horizontalmente. Los otros dos tercios son cielo azul, y un sol naciente.

Las cejas se elevan en el centro, dando una forma combada hacia abajo en los costados de la hoja, concavidad positiva. Los ojos confluyen, en cambio, hacia abajo. Entre la conjunción de las cejas, y la de los ojos, la figura se repite, reducida. Esto ocurre una segunda vez. Son tres iteraciones, de mayor a menor, o de menor a mayor, según el observador se pare. Si se considera mirando desde dentro, la resonancia es creciente. Si desde fuera, decreciente, de más está decir. 

martes, 31 de mayo de 2022

HASTA ACA

Hace días que me debato entre contactarte y esperar, Carlos. Por la vía de los hechos termino esperando. Esperándote. Es lo más común: tomar la decisión pasiva. No hacer nada (hacer nada) no deja de ser (es) una decisión. Es más fácil de tomar, porque se toma sola. No hacer nada es tomar una decisión sin tomarla.

En nuestro vínculo predominó tu perfil comercial. Es el menos esperado, entre hombres de ciencia. Pero fue el dominante. Me vendiste muy bien la Universidad Nacional del Cuento (UNC). Y yo compré. El resultado no desestima mi ingenuidad. Tu argumentación fue buena, y también cayó en terreno fértil. Tal vez porque quería, yo, creer.

Nuestro origen es el Centro de Física. De ahí viene el vínculo. Ambos de ahí, y ambos críticos. El Centro de Física es una cueva de ladrones, y por tanto uno debería arrancar para otro lado. En la esencia del bochornoso estado del Centro de Física está su calidad de institución pública. Qué podemos esperar del estado. El estado es así. Una colección de chacras. Gente que cobra para hacer lo opuesto de lo que oficialmente hace. La universidad pública (el Centro de Física, para el caso) alberga decenas de miles de señorones con títulos rimbombantes, que cobran un sueldo por dedicar tiempo a reducir la calidad y cantidad de la enseñanza. Enseñan lo menos posible. Es lo que les conviene. Cuanto menos profesionales haya, mejor. Cuanto menos sepan los pocos que haya, mejor. Los alumnos son competidores.
Uno se ve tentado de justificar al profesorado. Quién puede culparlos de buscar su beneficio. Es el sistema que es perverso. Es la habitual y conocida selección negativa de las instituciones públicas, es decir burocráticas. La burocracia existe para perpetuarse primero, medrar en segundo término, y luego crecer.

Con ese telón de fondo, nadie puede culparme (tampoco a mí) por el sesgo pro UNC. Como institución privada, era, a todas luces, preferible. Y ahí vino el énfasis del vendedor. Ahí vino la demoledora acción comercial de don Carlos. Un ambiente de trabajo ejemplar, en contraposición al delirio suicida de la academia del Centro. En el Centro están todos locos. Al Centro, ya lo mataron. En la UNC, en cambio, gente macanuda toda. Muy profesionales en su actitud cotidiana, y muy, muy técnicos.

Leo esto y me avergüenzo. No entiendo cómo me la tragué. Debí haberlo imaginado. Tenía suficientes elementos. Si yo sé que estos mamotretos amparados en regulación no son más que prolongaciones del estado. Si yo sé que están protegidos por la regulación que está para controlarlos. El estado es un tentáculo de las instituciones oligopólicas reguladas. Sean bancos, petroleras, servicios públicos, o universidades. Como Buenos Aires es un barrio de Montevideo, las universidades privadas son el estado del estado. Más papistas que el papa es una expresión incorrecta. Son el papa del papa. Y ésta más, siendo que el papa es hoy jesuita. Como se es sacerdote para toda la vida, y marine, también se es jesuita para toda la vida. No es un papa jesuita, sino un jesuita papa. Arturo, el superior general, lo manda todavía. El papa negro es ahora el jefe oficial del papa oficial.

Esta historia llega a su fin. Tal vez el límite esté dado por la humillación. Tal vez sea la sensación de humillación la que uno no tolera. Tengo un grupo de unas doce personas. Todos a punto de recibirse. Y todos se presentan como analfabetos. La mitad lo son, y la otra mitad hacen debida cuenta. Egresados universitarios que no saben multiplicar. Y yo parado ahí adelante, haciendo la versión mil del mismo ejercicio, diciendo la vez mil que dos más dos no son cinco. Estos señores se van a recibir en unos meses. En lo que canta un gallo tendrán sus titulitos colgados en la pared. Y seguirán sin saber multiplicar. Egresados, sí. Pero no alfabetizados.

Entre la espada y la pared. Entre el sartén y el fuego. Se hace complicadísimo encontrar un compromiso. Un huequito por el que pasar. Una hendidura. Una rendija. Cómo HACER lo que la UNC quiere (NO – ENSEÑAR – NADA) sin entregar el alma. Cómo contribuir en algo a estos señores que están empecinados en mantener su pasmosa ignorancia. Si pasan, soy un irresponsable, además de un pelele. Si pierden, soy el ogro que les impide titularse.

El vaciamiento de contenido académico es completo. Constituye una estafa de varias dimensiones: estudiantes, financiadores, estado, sociedad.

Por mí, les enseño lo que sea. Lo que quieran. Lo hago para mí. No hay cosa que disfrute más que compartir lo que sé.

Lo que pasa es que ese enorme placer se vuelve su opuesto si el destinatario no quiere lo que le doy. Se disfruta si es recibido, se sufre si es rechazado. Se manda como un regalo, pero vuelve como una balloneta. Como el amor.

No hay peor venganza que el alumno forzado. Si quiere aprender, es la gloria. Si no quiere, es el infierno.

Que los estudiantes estén confabulados no reduce su calidad de víctimas. Son, por lejos, los principales perjudicados. Se pasan varios años asistiendo y pagando, y reciben, al final, una cajita vacía en la que se lee: LICENCIADO. Asisten muchas horas, al final de cuentas. Y pagan muchos sueldos mensuales.
Los financiadores son los padres, y las instituciones que los becan. También, por supuesto, asaltados a mano armada.
El estado es el ministerio. Se supone que hay una estructura regulatoria que garantiza la calidad de la enseñanza. Al ministerio se le dice, fuerte y claro, que esta gente sí sabe, cuando termina. Que estos muchachos sí aprenden. El ministerio es, como los alumnos, cómplice y víctima.
El colectivo humano que integramos es fuertemente socabado. La plaza, el mercado, recibe un creciente ejército de personas que se esconden atrás de un título. Que oficialmente saben aquello que flagrantemente desconocen. El empleador es perjudicado. El comprador también. Y el mermado contingente de los que sí saben paga el pato del descrédito. Los profesionales no saben nada, es la idea que resulta. Y eso quiere decir todos ellos: la gran mayoría que no sabe, pero también la encogida minoría que sí sabe.

Se me vino encima que yo no soy esto. Por fin. No me identifico con esto. No soy esto. Y, claro, no participo de esto.

jueves, 26 de mayo de 2022

TRABAJO Y VALOR

 Puede tener su lógica. Y es ocurrente. Pero también es inconducente.

Sólo le saco plata a lo que no me gusta. Sólo genero valor si es a disgusto. Cierra en principio. ¿No? Desde Tucídides a acá es elegante encajar: “Si será jodido trabajar, que te pagan”.

No te dejes engañar. No son más que rimbombantes panfiladas. Giladas de giles. El verdadero meollo, el mero crux, está en ser capaz de lo contrario. Si no lográs sacarle plata a lo que te gusta, sos el capataz de los oligofrénicos.

Es un despropósito, un sinsentido con la contra extra de tener aire lógico. Un sofisma.

Parece caerse de maduro que, si hago lo que quiero, lo hago gratis. No, no y no, señor mío. Si hago lo que quiero, pero lo hago gratis, me muero de hambre. Y, tal vez mejor, tal vez peor: como no soy tan mentecato como para alcanzar el nirvana de la inanición, lo que sucede es que termina pasando que al final no hacés lo que querés. Hacés, justamente, lo que no querías hacer. Para parar la olla. Para matarte el hambre.

Pésimo. Pésimo negocio. Décadas, vidas por el caño por el ínfimo y romántico detalle de creer que, si me pagan, me prostituyo. Que, si creo, debo brindar. Regalar.

Digo. Repito. Mil veces golpeo la mesa. Hacer lo que querés, gratis, es la tumba segura. No es que no basta: es que te derrota. El componente comercial, de negocio, es infaltable. Si escribo, tengo que venderlo. Ser tan original, tan audaz, para vender, como para redactar. Ser orgulloso de ser productivo. Jugar a la ganancia.

Claro que puede resultar feo. Claro que por ahí se te puede ir el alma, tal vez, incluso más rápido y seguro que regalándote. Simplemente, hay que evitar la perdición. No hay que cruzar con la roja, ni manejar mirando la computadora de mano. Es un procedimiento fácil, más bien evidente. Y no te lo voy a describir, aunque me compares con el economista.

¿Cómo sabe, el globonauta, que habla con un economista? Si, perdido en el viento, le grita a un viandante consultando dónde está, el economista le responderá que en un globo. Y, si retruca un “¿y para dónde vamos?”, el especialista señalará con la mano “¡Para allá!”.

Sé que te dije perogrulladas. Sé que no te dí instrucciones pertinentes. Pero fue a consciencia. Si estás peleando para sacarle rédito a lo que amás, y terminás siendo un vil mercader, es que no valías mis palabras. Es que no estabas en procura de tu camino y, nomás, te pasó el agua porque no dabas pie.

Claro que el error es ubicuo. Claro que todos caen. Pero acá te hablo de chapotear. Te hablo de revolcarte. Te hablo de porcal, porcile, porquería. Te grito chiquero y barrial. Te escupo en la cara, por mentiroso.

Si eras del clan de los honestos, no vas a volverte aprovechador. Serás, nomás, un gil explotado, trabajando gratis hoy y mañana.

AMARILLO EL CANARIO

 Así lo estableció Hemingway. Escriba usted borracho, y edítelo sobrio. Te marca el enorme beneficio secundario del alcohol. Celebro siempre no tenerlo más de enemigo, y no por eso dejo de saber que ya no es mi aliado.

El borracho es sustituido por el Canario. Cuando escribo, es el Canario que me habla. Cuando la mano se suelta, es que apareció. Como la espinaca de Popeye o los músculos romperropa de Hulk. Es con esa mano suelta que saluda.

También aparece en otros lados, el Canario. Conviene multiplicarle los canales. Construirle túneles interoceánicos. Que pase el Canario en su submarino. Amarillo: ¿por qué no? Porque Amarillo es el Canario de Lennon. Amarillo es el suyo, y Canario el mío. No entreveremos los tantos. ¿Cómo que no? Puede, sí, ser el Canario, pilotando un submarino amarillo. O puede, el Canario, ser de apellido Amarillo.

Es un canal subcontinental y transoceánico, así que el vehículo tendrá que ser, por fuerza, un submarino. Déjese usted, entonces, Canario, de tractores. El tra-quitor amari-yo es el canario de otro autor, menos agraciado que John, el de la gafas. Menos sajón. Pero no te confundas: igual de Canario. Sin ser, claro, de Canarias. Este es un canario del interior. Y el del traquitor es andalú, quién no sabe.

Me sorprende la incontestable realidad del amarillo del Canario. Sólo no será amarillo si lo alimento con sesgo. Será naranja si le doy naranja. Sí, sí, en forma de zanahoria.

 

Está Vonegut, con el científico loco que congela el mundo. Y está West World, con su mención expresa a Jaynes. West World en su remake, aclaremos. En la versión Anthony Hopkins. La versión Lee Van Cleef es anterior a Jaynes. Por buenos que sean, estos pibes, no pueden retroceder en el tiempo.

 

Lo que aportó Einstein fueron las ecuaciones. Que a su vez robó. Lo que aportó Einstein, digo, fue casar el fenómeno sabido con las ecuaciones sublimes de Minkowski. Y no te cohíbas, Canario. Claro está que John K. Toole lo sabía. Claro que Mirna Minkoff es hija de Giuseppe Minkowski.

Sin usar la aritmética modal, Newton ya lo manejaba. Si lo que aparenta ser desplazamiento recto es, en realidad, orbital, ir al pasado es cuestión de velocidad, nomás. El boxeador avezado mejora su 1 – 2, al punto de meter el 2 antes. Sencillito. Pero necesitamos una cosa más: el ojo del amo. Tiene que haber un oído que capte los cambios de presión, por el árbol que cae en la tundra de Tunguska. Se requiere un aparato biológico imperfecto que fabrique, en definitiva, el tiempo. Como la luz y la materia, viene envasado. Encapsulado. Y el envase lo brinda el ojo del homo. El tiempo es tirano y es dorado. Y es discreto, porque habla poco. El tiempo calla, pero el ojo igual lo ve. Porque las vibraciones que usa no son las del árbol caído, del que todos hacen leña. El tiempo calla y otorga, dando lugar a la ilusión óptica de la unidirección.

Dispara entonces el cohete. Cada vez más veloz. En un punto, deja de caer. El ojo, deliberadamente imperfecto, lo ve, ahora, pasar volando. Sigue creciendo en velocidad, y el ojo avizor, el pobre ojo no entrenado, empieza a verlo antes. A verlo quieto.

A verlo antes, dije. En posición anterior en la vuelta. Y también en instante anterior. Empieza a ver que la rueda gira para atrás, sin que la bicicleta deje de avanzar.

 

No salimos de nuestro asombro ante la inusitada potencia de lo imperfecto. Sin humano, sin ojo, sin limitación, no habría ni tiempo. Para ponerlo, bastó lo falso y limitado. Fue para sacarlo que precisamos velocidad de escape, aritmética modal, y relatividad. En general, cuesta más hacer que romper. Pero no acá. Para deshacernos del tiempo tuvimos que hacer una pirámide genial. Portento sobre los hombros de fuera de serie sobre los hombros de canal arquetípico sobre los hombros de alquimista consumado.

 

Todos estos años de ciencia no fueron más que esfuerzos denodados para contener al Canario. ¡Disparos en el pie! El Canario tiene que salir. Como la foto en El País. Al Canario deberían obligarlo a salir, al tablado. En vez de amordazarlo, habría que darle megáfono. Curioso vehículo, éste. Autolimitante carcasa humana. El tope en el acelerador no lo pone el mecánico, a pedido del papá, que no quiere que la nena adolescente se desnuque. No, no. Cómprela quien la compre, la moto viene ya munida de su tope. Motos topeadas porque sí. Eso somos.

 

Nunca se pierde el temor

a que salga el Canario

El temido y amado

El bienamado y mentor