domingo, 30 de octubre de 2011

En automático

Breton no leyó, seguramente, a Montaigne. Aunque hay otras dos posibilidades. La primera y más probable es que estoy mal informado. La segunda, es que el muy ingrato no citó autoría. No sería raro. Ayn Rand lo hizo con Hayek, y el payaso de Monzó lo hizo conmigo. Sí, sí, conmigo, con el pobre muchacho que esto escribe, no tan morocho como el morocho.

Escritura automática... ¡Vamos! Es simplemente dejarse llevar, como hizo Montaigne hace más de cuatro siglos. Acallar a la vergüenza, y al pudor. Dejar que los párrafos vengan a mí. ¡Andresito Breton! ¡Armandito Vasseur! Tráeme al pollo que quieras.  Breton, Cervantes, el que te parezca. Te corro con Montaigne (léase con fonética castellana). Y te doy diez cuerpos de ventaja.

No es por eso

Según cuenta Dawkins, un obispo a todo trapo, con tiara y callado y púrpura y gorrito, comentaba del ridículo de ciertas creencias africanas de que algunas de sus mujeres se transformaban en brujas y volaban en la noche. Habrase visto...
Y está la contracara, también, como muy bien lo pone Dolina. Está ese ejército de ingenuos que dice que para hacer algo bueno de verdad hay que estar chalado. El radiólogo de la madrugada hace hincapié en el sufrimiento, planteando que el que quiere ser artista debe sufrir, y estableciendo el destrato y el rechazo social como parte de un recomendable entrenamiento. Se detiene en el homosexualismo, también, terminando con esta fabulosa advertencia: cualquier Mansfloro se cree que es Oscar Wilde (NOTA: Nótese la ese de Mansfloro, versión aporteñada y arrabalera). Lo que dice el maestro, señoritas, es que Oscar Wilde era grande porque era grande, no porque era maricón. Del mismo modo que Charlie Parker era Charlie Parker porque era Charlie Parker, y no porque se reventara los brazos, el hígado y los dientes con esa aberración que llamamos, irónicamente, heroína.

Majareta

Loco estás si estás jodido. Si estás pasándola bien: ¿qué carajo importa si oyes voces o ves a dios? Y es gracioso ver cómo gente cuerda y partida al medio se esmera en cambiar a otros, que ellos consideran locos, y que la pasan bien. Parece que vinieran de la mano: cuanto más minúsculo, cuanto menos agraciado y más infeliz, más propenso es el ciudadano a dar consejos y a señalar con el dedo.

Quien quiera una expresión viviente de esta tan difundida y nefasta forma de ser perro del hortelano, puede departir con el Pocho. Les recomiendo que se pongan el chaleco de plomo, y que aún así no se expongan a esa nefasta radiación más que un tiempo moderadamente prudencial. Ese desesperado, patético afán de enseñarle a los demás a vivir, cuando su situación personal pende de un hilo. Claro que el Pocho no es el único caso. Lo que digo es que no hay peor. Tan ocurrente, Lacalle afirma que el no es más blanco que nadie, pero nadie es más blanco que él. La situación del Pocho es similar: él no es más carcamán que nadie, pero nadie es más carcamán que él.

No caigamos en el Pocho, al menos todavía. Todos sabemos que el Pocho es un caso extremo, y que los extremos son malos. Menos caricaturesco aunque igual de significativo es el contenido del examen sicológico previo al curso de piloto civil. Nos remontamos ahora a unos veinte años atrás, como siempre.

En aquella época, el curso de piloto estaba subvencionado. Resabio tal vez, atavismo quizá, de una época en que volar era bien visto. En un país en que uno de los medios más eficaces de esquilmar al contribuyente es el precio del combustible, el consumo de nafta de avión para aprender a volar avionetas no pagaba impuestos. Dejando de lado cuestionamientos filosóficos, y teniendo en la enorme lista de aspiraciones el afán de volar, aproveché la volada y me anoté en un aeroclub del aeródromo de Mellila, en las afueras de la ciudad. Pero, mis amigos, nada es gratis. Para calificar para tal beneficio uno debía someterse a la vejación de hacerse tomografías, pruebas auditivas y tests de aptitud física y mental. Haciendo gala de una profunda honestidad intelectual, fui a la mutualista, pedí hora con un médico, y le expliqué a la señora, sin tapujo alguno, que necesitaba ese completo y carísimo electroencefalograma porque quería hacer el curso de piloto. Ni corta ni perezosa, la señora exhibió su gran generosidad y me indicó el examen, por el que pagué tan sólo el ticket de atención. Generosísima, comprensivísima la señora, ya que no podía desconocer que la mutualista estaba fundida ya por aquellos tiempos. Y visionaria también, ya que sigue fundida hoy, y vivita y coleando. “¡Qué le hace una raya más al tigre!”, seguramente pensó, la señora. Y quién puede negarle razón, a la luz de los acontecimientos. La mutualista pagó el electro, entonces, como luego el estado pagó la mitad del precio de la nafta, además de pagar una larga lista de refinanciaciones y condonaciones a mi mutualista, y a todas las demás. Moraleja: nunca subestimes la capacidad contributiva del ciudadano cornudo.

Hechos los análisis físicos del cuerpo y la mente, el comité determinó que yo tenía un cuerpo sano. Para ver si en él había, también, una mente sana, tuve que contestar un cuestionario escrito la mar de gracioso.

“¿Qué edad tiene?” “28” “¿De dónde es?” “Montevideo” “¿Usted oye voces en su cabeza?” “No” “¿Profesión?” “Contador” “¿Estado civil?” “Soltero” “¿Oye voces? ¿Qué le dicen?” “No oigo voces”. Y así sucesivamente. Cada dos o tres preguntas, el asunto de las voces. 

Tal vez fuera para verificar el nivel de estupidez. No para indagar sobre alucinaciones auditivas, sino para ver si el aspirante era suficientemente idiota como para reconocerlo. La teoría del interrogado que se pisa el palito, como vimos tantas veces en Londres. Te van a dar infinitas oportunidades de pisarte el palito. Si hay algún idiota consumado, lo van a descartar, como descartan a los tarados en los aeropuertos. “¿Lleva usted una bomba en su equipaje?” Siempre hay algún bromista que contesta que sí, y permite que un número importante de verdugos de variados tamaños haga su trabajo, o lo justifique.

Reconozco que no es demasiado claro el hilo conductor que lleva al cuestionario del curso de piloto. Pero, no obstante, sí creo que hay un vínculo, y que ese vínculo ha sido puesto de manifiesto de manera más o menos satisfactoria. Vino a través del Pocho, y de su afán de ser maestro de vida cuando su propia vida es un despojo. 
Los creadores del examen para el curso de piloto de avionetas están buscando locos de una manera arbitraria, deshonesta, y muy poco efectiva. Tal vez llegamos al tema del cuestionario buscando una definición de loco, o de locura. Para el tribunal de lo contencioso a la conducción de aviones ligeros, la definición de loco se acerca mucho a la de estúpido. ¿Cuándo eres loco? Cuando reconoces que oyes voces. Si oyes voces, y no lo reconoces, no hay problema. 

Lógico: estos señores son profesionales de la sique. Este sanedrín de psicólogos y psiquiatras sabe mucho más que este humilde escriba. Con todas esas credenciales, tal vez sepan que el que está loco como para oír voces, es siempre también tan estúpido como para reconocerlo en sus respuestas a un cuestionario escrito. Tal vez las excepciones como yo sean pocas, o simplemente intrascendentes. Quiero decir: uno que oye voces con la debida gravedad, siempre va a ser taradazo, y lo va a reconocer en el cuestionario, negándose a sí mismo la posibilidad de hacer lo que está queriendo hacer. Uno que oye algo cada tanto, u oyó algo alguna vez, tiene las reservas suficientes como para callarse la boca, y eso por sí solo garantiza que no está tan loco que no pueda manejar una avioneta. Lo mismo para el que consume medicamentos sicoactivos, como tranquilizantes. Me imagino que el que toma una cantidad suficiente se habrá vuelto imbécil como para reconocerlo en el cuestionario y cerrarse así la puerta, él mismo. El que toma Lexotan y lo niega, ése es apto. Resalto un aspecto: vean cómo caímos, sin proponérnoslo, de nuevo en el tema de la verdad.

Que, como ya dijimos, no es el tema. El tema era y sigue siendo la locura. El muerto vivo, el exgordo, el Cabecita, el Pocho... La lista puede seguir y seguir, y puede envolverte en cualquier momento. Así que vamos a dejarla por acá, por ahora.

Vale la pena, sí, volver sobre una recomendación: escribe cuanta gansada quieras, pero no te aísles. La locura real, inhabilitante, está muchas veces ligada al aislamiento. Veamos si somos capaces de tratar con otros catalizadores, otros gatillos, otros incentivos para la debilidad mental.

Otro que también mencionamos es la bebida. Personalmente no creo que sea de los más determinantes. La cocaína: por supuesto. Pero la bebida, para mí, es más bien un desencadenante de la inacción, un potente motor del quedarse quieto. No hagas nada, tómate un whisky que se te pasa todo, y cuando te sientas un poco mal no hagas nada más que tomarte otro whisky, y así sigues quietito y la vida se te va. Nada más ni nada menos que eso: el whisky no te enoquece, sino que te maniata.

¡Huy sí! ... Seguro, ya te oigo decir que hay una larguísima lista de borrachos que consiguieron expresarse, que lograron el súmmum de lo que puede esperarse de la vida, que trascendieron, dejaron una huella, hicieron algo importante. Así, son considerarlo mucho, se me ocurren Bucowski y Churchill. No te niego razón, pero sostengo que lo que dices es una estupidez. Mi opinión es la misma que para Charlie Parker con la heroína o Wilde con la dilatación anal. Esos fenomenales son tan fenomenales que lo son a pesar de esos obstáculos. Como decía Onetti de Arlt: es grande no por su preciosismo, sino a pesar de él.
Onetti blanco y negro maquina de escribir muchos papeles humo dado vuelta para mirar a la camara

Pero hay un elemento del ser majareta que tal vez sea enormemente más relevante que éstos. También lo hemos mencionado. Te lo digo, por si no lo recuerdas: el cerebro es un simulador. Venimos equipados con una Ferrari, y sin saber manejar. Imagina qué pasaría si te dieran una Ferrari, y lo más que has conducido en tu vida es un escarabajo. Imagina que te pongan a dirigir una avioneta, cuando sólo has manejado autos. Eso somos los humanos. Si ser mal de la cabeza es ser incapaz de manejar adecuadamente el cerebro, los humanos somos dementes por naturaleza, y por tanto debemos asumir la locura, y por ende perderle del todo el miedo. Fíjense que la locura tal vez sea, en realidad, el miedo a ser considerado loco. O a perder las riendas del todo.

La vida eterna

Hay fundamentos de peso para sostener que el cerebro humano es la cúspide de la vida en este hermoso planeta azul. De unos bichitos ultramicroscópicos capaces de crear copias de sí mismos, se llegó a menos de un quilo y medio de bichitos con filamentos, capaces de proveer conciencia. La simple vida es un milagro. El mero surgimiento de esos aparatitos autocopiativos es indescriptiblemente asombroso. De ahi a los organismos, y luego a los altos mamíferos, y luego al mono sin pelo que sabe que existe.

La única forma de describir esta acumulación natural de milagros es con la acumulación de infinitos sucesivos de Cantor. Ya un infinito te saca de cuadro. Y bueno, al que no le gusta la sopa, dos platos. Encima de ese infinitito perturbador, te ponen infinitos de infinitos. Así es la vida. No, no te estoy diciendo que qué le vas a hacer. Te digo que pienses que la vida, la estructura de la vida, es como una estructura de infinitos, y encima crecientes.

Hablemos de los bichitos. Nadie sabe bien cómo ni de dónde salieron. En una sopita caliente primigenia, con condiciones químicas y físicas muy particulares, parece ser que alguna de las piedritas infinitesimales que había consiguió hacer una copia de sí misma.

Sin entrar en otros aspectos, hay aquí una pregunta para la ciencia dominante. Armado con la lectura de algunos libros, la visita de algunos sitios, y el recuerdo de un número mucho mayor de programas documentales de TV, me apresto a tomar por asalto al establishment.

Fíjense que parece ser que la vida surgió por mera chance, y que surgió de manera única. El cuento que el lego oye es que apareció un bichito que fue capaz de replicarse, y que de ese bichito surgió el enorme árbol de la vida. Con la mayor humildad debo encajarles en el mentón que eso no parece muy plausible. Si las condiciones estaban dadas, seguramente apareció un sinnúmero de bichitos autorreplicantes. Si rastreáramos el origen del ADN (o el ARN, o lo que fuera que los precedió), si fuéramos capaces de llegar al punto número uno de la evolución de la vida, nos encontraríamos con un número enorme de números uno. Si los cálculos no me fallan, debe haber infinitos puntos de partida de la vida. De la misma forma que el jazz surgió espontáneamente a todo lo largo y ancho de la costa este de USA, sin que sea posible determinar exactamente dónde. Igual que el tango no surgió ni en Buenos Aires ni en Montevideo, sino en todos los arrabales de los dos puertos del Río de la Plata, y en ninguno.

Las condiciones estaban dadas, y explotó la vida. Dentro de un marco similar, surgieron espontáneamente innúmeras formas de la misma vida. Con igual estructura, igual mecanismo, pero individualmente diferentes. Todas potenciales precursoras del ADN, y cada una con su esencia especial, su estilo particular, su sabor único.

Con esta premisa, analicemos el árbol de la vida. El hermosísimo poster, tanto en su versión decimonónica como en presentaciones más modernas, muestra mamíferos, insectos, plantas, protozoarios, tal vez virus. Y todos ellos confluyen en un origen único, en el tronco de la vida. De ser cierto, esto podría implicar que sólo uno de los replicantes primigenios tuvo éxito. Y, por supuesto, también que todos los demás desaparecieron sin dejar rastro. Coincidirán en que esto es altamente improbable.

Intentemos recorrer el camino en dirección inversa. Tenemos un caldo en el que pululan innumerables replicantes diferentes, surgidos espontáneamente y de variedad prácticamente infinita. En algún punto, algunos de ellos se asociaron, y empezaron a reproducirse juntos. Tal vez podamos afirmar que de esa asociación surge el gene, y luego el ADN, en tanto entidad múltiple.

Tal vez haya llegado a una respuesta. Tal vez mejore el insomnio. Tal vez, por una vez, este ejercicio ha sido fértil, y una pequeña respuesta para una de las pequeñas preguntas ha aparecido. Lo que el amigo Darwin explica es la evolución de los seres celulares. A partir del surgimiento de la célula, el proceso que el genial y canoso inglés denomina “la evolución natural de las especies” determina ese árbol de la vida que vemos en las paredes de los laboratorios y en los textos de biología. Sí parece plausible que la célula como tal haya surgido de manera única. Sí es entendible la afirmación de que la primera célula puede rastrearse, de que el tan fotogénico “árbol de la vida” tiene un punto único del que parte, o en el que todas sus partes confluyen: el primer ser unicelular. La aparición de la célula es un hito portentoso en la evolución de la vida. Tan portentoso como el cerebro humano.

Señores, por favor no pierdan de vista que esto tan solo nos permite respirar un poco mejor. Nos saca, sí, un peso de encima, pero no resuelve el problema del origen de la vida. Tal vez por un error de los científicos, tal vez por una metida de pata de los vulgarizadores, la percepción del vulgo es que la vida surgió de manera única. Y eso, pequeño Adam, no es verdad. Si nos ponemos a pensar, hasta un cierto tufillo creacionista puede tener. Vino un señor bajito, ojón y verde, pariente del cabezón, y depositó un juguetito ultramicroscópico en un charco tibio. Y volvió a irse en su nave, a la velocidad de la luz.
Los humanos somos difíciles de convencer. Nos enamoramos de nuestras opiniones. Del concepto de la tierra como centro, pasamos a otro mejor, pero igualmente enormemente equivocado. El sol como centro aparece hoy sólo un poquitito menos patético que el geocentrismo.

Tal vez con la teoría de la evolución y la búsqueda del origen de la vida pase algo parecido. Deslumbrados con el elegantísimo hallazgo del barbudo, nos dejamos llevar y creemos que explica el origen de la vida. Explica la friolera de la evolución de la vida celular, compleja, si te gusta el calificativo. Pero no el origen de la vida. Tal vez tenga la suerte de encontrarme con algo o alguien que busca identificar replicantes primigenios. Tal vez esto se vea en los bichitos que son puro ADN, puro polímero, como los virus. Tal vez haya que buscar el ADN más cortito. Quién te dice, tal vez aparezca un organismo unigénico. Seres unicelulares hay a patadas. Me gustaría ver si hay algún ser que tenga un solo gene. Más que eso: que sea un solo gene. Que no sea otra cosa que un gene, solito en este mundo cruel.

Un paseíto rápido por la autopista nos indica que, en el mundo de los expertos, el término unigénico se usa para describir características que provienen de un solo gene. El término se usa en el marco del estudio de las expresiones de los genes, y no de los genes en sí. Este, es mi escrito, y uso las palabras como quiero. No me parece mal que los que estudian el cáncer y la levadura le den esa acepción. Exijo, eso sí, reciprocidad. Mi acepción es tan buena como la suya (la de ellos, no la de usted). Debo reconocer que también hay quien usa la expresión en el mismo sentido que el suscrito, aunque en un entorno diferente. Hablan de un conepto muy interesante: cromosomas unigénicos.

Tal vez no expliquemos nunca cómo surgió la vida. Hay que reconstruir las condiciones que había en la tierra hace cinco mil millones de años. Como bien dice Goedel, lo cierto es más que lo que se puede probar. Puedes hincarle el diente, si quieres, al problema del 3x+1, propuesto por Hofstadter a este respecto.

Que no pueda comprobarse no significa que no sea cierto. Y tampoco que haya que hacerle lugar a la mano de dios, o de Maradona, o del cabecita. Es probable que las condiciones en que surgió la vida en la tierra sean irreproducibles sempiternamente. Tal vez hasta sea más fácil encontrar un planeta que esté justo en esas condiciones y usarlo como escenario de nuestros experimentos. Tal vez despertemos la vida allí, como tal vez la despertó el primo del cabezón en este bendito planeta azul.

Un mínimo de complejidad

El inicio de la vida puede haber sido cualquier cosa. Como se dice por ahí, puede haber sido algún químico que hoy no existe. ¿Qué les parece si bajamos las pretensiones? Siendo menos ambiciosos, podríamos enfocarnos en el paso anterior al actual. Algo así es lo que hacen Szathmary et all con respecto a la célula, en el trabajo que tuvimos la suerte de encontrarnos en nuestro último paseo por la red. El húngaro y sus acólitos (acólito él, a su vez, de Ganti, el magnífico) busca la “precélula”. Nosotros podríamos apuntar a la “prebase”, o el “pregene”.

Es indudable que la evolución a la Darwin es una excelente premisa. Se llega a una determinada situación en base a pequeños cambios con respecto a una situación anterior, por errores de copiado que resultan tener una ventaja competitiva. Lo normal es que esos cambios sean menores, bien localizados dentro de un universo casi infinito de características. El color de los ojos, el tamaño de la mandíbula. Pero la acción de la selección natural se torna más y más difícil de aplicar, cuanto más simple es el individuo o la especie afectada. La evolución del elefante enano desde un elefante normal que se vio atrapado en una isla es claramente visible. ¿Qué pasa, no obstante, si hablamos de un replicante muy simple?
El replicante primigenio tiene que haber sido el más simple. El más simple que podemos imaginar es la conjunción de dos elementos. Al separarse, cada uno de ellos se vuelve a juntar con otro, y así se replica. A no puede transformarse en él más otro A. AB, por el contrario, sí puede transformarse en dos AB. El AB inicial se desmembra, y tenemos un A y un B. Luego el A se aparea con un nuevo B, y el B con un nuevo A.
La selección natural no parece poder operar en nuestro replicante incausado, al menos sin matarlo en tanto tal. Enfatizo, para los disidentes, que nuestros A y B son elementos inmutables. Si fueran complejos y como tal variables, no estaríamos en nuestro caso teórico sino en otro menos simple. AB, para cambiar, sólo puede desaparecer como tal, y volver a ser A y B, entidades separadas. Se requiere de un mínimo de complejidad para que la evolución del barbudo sea aplicable. Tal vez esa complejidad mínima sea un compendio de tres elementos. El replicante ABC puede pasar a ser ABD, y de ABD podemos decir que es una evolución de ABC. Que sigue siendo ABC, aunque modificado. Nuestro último replicante puede cambiar de igual forma, volviéndose AED. Y éste, a su vez, puede transformarse en FED, que permite pícaras asociaciones financieras en sus pequeñas mentes. Lo relevante no es encontrar siglas conocidas, sino el hecho de que el nuevo replicante no tiene nada del original, y sin embargo sigue siéndolo, evolucionado.

En la situación actual, el elemento más básico que hallamos es NCNCCC, que algunos llaman pirimidina. Podríamos decir que es lo que tienen en común las bases adenina, guanina, timina y citosina. El desafío está en encontrar un precursor para esta araña de seis patas.

El dilema del huevo y la gallina no es tal. Es evidente que lo que estuvo primero fue la gallina, ya que la gallina produce al huevo. En algún momento la gallina desarrolló la habilidad de metabolizar un huevo. En aquellos tiempos la gallina era distinta de lo que es hoy, pero era indudablemente la gallina.
La naturaleza y la matemática están plagadas de estos círculos viciosos. Son los famosos “eternos rulos” de Hofstadter. Uno de ellos es el ADN. El ADN se compone de cuatro bases, que son variaciones de un mismo tema. El tema se llama primidina, y es un hexágono de cuatro carbonos y dos nitrógenos, con la presentación NCNCCC. Esta presentación es circular. Como dijimos, es un hexágono. Podría empezar en cualquiera de las letras.

Miedo

Me he estado planteando una forma más radical de intentar escribir. Sentarme horas y horas frente al teclado, como hacía Nicholson. Jack Nicholson, dicen, se sentaba hasta 18 horas frente a una máquina de escribir, tratando de encontrar un guión como la gente. Tal vez es por eso el pequeño pánico ante la idea. Como el que sentía Juan Bigote Brian al pensar en dejar de fumar. El mío, de abandonar el vicio de la postergación, de la procrastination.

El miedo puede ser, también, miedo al miedo escénico. Sentarte ante la pantalla en blanco te da miedo escénico, como jugar al tenis. Y el miedo escénico es muy desagradable, física y mentalmente. El miedo escénico tal vez sea de origen genético. Tal vez haya personas que tienen la virtud de que no se les desenchufa el cerebro cuando se ponen a jugar un partido de tenis. Tal vez ésos sean los buenos soldados. El alelo del guerrero. El tipo que no pierde la calma en el fragor de la batalla. Tal vez me engaño, pero no estoy tan seguro de que ése sea mi problema. Me da por pensar que en el frente de batalla me manejaría bastante bien. Aunque debe ser un error, teniendo en cuenta que en el Paintball tenía la misma parálisis cerebral que jugando al tenis, o al rugby, o al fútbol, o al básquebol, o a cualquier deporte de competencia. Sea como sea, tal vez no es el mismo alelo que para sobrevivir en un accidente de avión como el de los Andes, o para no ahogarse en un naufragio. De nuevo, creo que en esos dos andaría bastante bien. Creo que el mismo Pocho andaría bastante bien en un baile así, mirá lo que te digo.

Una forma menor de postergación es ponerse a leer lo que ya se ha escrito. Tal vez un segundo recurso del miedo, del enano que está escondido adentro de nuestra cabeza y nos boicotea. Le ganaste la de sentarte, pero todavía tiene el recurso de hacerte ponerte a leer los textos que ya escribiste, interminablemente.

El miedo a abandonar el vicio es miedo al éxito. Esto puede no ser más que una frasecita que suena bien, que me la dijo por primera vez Pino en el Cadore, y que fue motivo de conversaciones con Juan Lafitte, mi flamante profesor de tenis de la Asociación Cristiana Femenina (ACF). La frasecita eufónica esconde, tal vez, otra cosa. El miedo es, tal vez, al vacío, ese vacío que la naturaleza odia. ¿Qué vamos a hacer cuando no tengamos esa parálisis, esa postergación, ese quedarse ensoñando, viendo productos excelentes en la mente, excelentes en tanto no se concretan? ¿Qué vamos a hacer con todo ese tiempo?

El temor es temor al tiempo. Al tiempo libre, quiero decir. Temor a tomar decisiones.

Oportunidad

La oportunidad es rara para el artista. La oportunidad consiste en que otro artista considere bueno tu trabajo, y te lo diga. Eso es una rareza. No se necesita ser mezquino para que eso te resulte muy difícil. Y acordemos que la mayoría de los humanos son mezquinos, y por deducción la mayoría de los artistas. Así que, que un crítico o editor o profesor de música te diga que eres bueno, que lo que hiciste vale, significa muchísimo. Si te lo dice de costado, a regañadientes, o de mala gana, eso no cambia la cosa. Tal vez lo contrario: cuando más de mala gana, más le molesta, y por ende más sincero es. Si te estuviera mintiendo, te lo diría con alegría, radiante.

Parálisis

La sensación de tener mil cosas que escribir y no escribirlas viene porque uno no escribe lo suficiente. Si no, nos pasaría como a Bubba, el compañero de Forrest Gump. El tipo habló y habló y habló de sus camarones, de los tipos y las formas de pescarlos y las maneras de cocinarlos. Días enteros le dio y le dio a la matraca, y un día, miró para arriba, hizo una pausa, y, sorprendido, dijo hasta aquí llegué, eso es todo, hasta aquí las noticias.
Bubba y Forrest se saludan en el omnibus en blanco y negro

Parálisis por análisis, dice Juan Lafitte. Flujo laminar, dice Silvia. Las cosas se agolpan en la mente, queriendo pasar todas juntas, con la consecuencia de que no pasa ninguna. De tanto pensar, rumiar, considerar escenarios, uno no hace. Pero tal vez esas no son más que excusas, y lo que falta es trabajo. Calentar la silla lo suficiente, golpear las teclas cuanto sea necesario, hora tras hora. Ahi vas a ver que sale. Después, darle un orden es un problema menor. El problema clásico del escritor es que no tiene qué escribir. Tener demasiado para escribir no debería ser problema, como de ninguna manera debería resultar un problema para un comercio tener demasiada demanda.

Lucidez

Bajo el efecto de la cocaína el asunto se potencia, claro. Pero no es necesario haber hundido el hocico en un bols lleno del talquito de los infelices para que lo que uno piensa parezca más de lo que es.


Si uno ya es, como todos, naturalmente imbécil, es innombrable cuan mentecato se vuelve después de empolvarse la nariz del lado de adentro. Recordarán, seguramente, al J., alias Cabecita. Tanto como yo, el J. carga con la vergüenza de haber compartido muchas horas de su vida con una banda de pelmazos girando en torno al polvo refinado de la hoja de coca, que algunos llaman, allá en el sur, merca, entre otros alias. La banda se reunía en el Chevrolet, boliche que hoy, claro está, no existe. Me gustaría mucho tener presente cuál fue la primera vez que fui, o quién me llevó, o quién me lo presentó. Circulaba solo y de noche, por aquellos tiempos, así que existe la posibilidad de que, simplemente, haya pasado por la puerta y me haya fascinado el medio Chevy colgando sobre la puerta principal, amagando caerte encima, tratando de echarte. Me lo mencionó, quizá, algún sibarita recorredor de restoranes, catador de tiras y vinos. Recuerdo haber ido con la Nani, aquella vieja a la que le cambié el nombre porque Nancy resultaba muy de vieja, a la vez que de pésimo gusto. Con lo que queda claro que el Chevrolet es posterior a la Nani, y a mi examigo Ortega. Haya comenzado cuando haya comenzado, hubo un período Chevrolet, que incluía cocaína y, peor aún, cocainómanos. He conocido mucha gente jodida, debo reconocer. Pero pocos más chiquitos y abyectos que los amigos del polvito. Si tienen, no quieren a nadie. Si no tienen, adulan hasta al más desagradable. Augusto, uno de los dueños del restorán, y quizá el mejor RRPP que haya conocido (después de mi hermano, claro está), perdió el boliche, los amigos, la mujer y los hijos a lomos de ese químico en polvo. El Chino, sagaz parrillero, la llamaba “la venganza del Inca”. Una vez, con el restorán ya cerrado, Agus (éramos amigos) me dio bastante, tal vez tratando de volverme como él. Y salí yo, de madrugada, solito en mi Volkswagen del 79, para casa, galopando toda esa mierda. Venía convencido de que estaba resolviendo, de forma elegantísima, el dilema de las formas geométricas que se hibridizan. Todas las dudas quedaban disipadas. Yo era un genio de la geometría espacial, y el juguete de tetraedros, rombos y conos estaba quedando terminado, finalmente.


Con un mínimo de vergüenza aún, recuerdo hacer enormes esfuerzos para no comentarme en voz alta, solito en el auto, en el semáforo de Bulevar y Avenida Italia, viendo el Hospital Italiano a mi derecha y la terminal de Tres Cruces a la izquierda. Llegué a casa, allá en La Unión, y no podía dormir. Y por varios días sentí que me tragaba la campanilla. Se me inflamó y estiró una barbaridad, y no volvió a su lugar sino varios días después.

Esa es la historia de la cocaína, y de cómo el cerebro agranda las cosas. Tengo la suerte de que nunca me gustó. Y mucho menos los coqueros.

Sintaxis y sinapsis

Las ciencias del cerebro y de la biología molecular encierran, tal vez, formas presentes del oscurantismo prerrenacentista. Los dueños de la información no se la muestran a nadie, o al menos no la hacen suficientemente pública. El nivel de conocimiento reconocido por el público es muy diferente del real; a veces mayor, a veces menor. En ambos casos, la distorsión tiene por objetivo que el conocimiento sea mantenido entre unos pocos. Así dice, al menos, Yehouda Harpaz, especulando sobre la conciencia en tanto fenómeno biológico, no moral.


El problema de la conciencia parece inabarcablemente enorme. Tal vez simplifique hablar de memoria en sentido amplio. Tal vez, digo, porque es posible que esto no sea más que un juego semántico. Tal vez el almacenamiento de datos (y su recuperación) sea tan crucial para el pensamiento que tratarlo como subdivisión no ayude casi. Al igual que en el análisis del origen de la vida, nos encontramos con un número infinito de infinitos. Ver, oír, o en general el manejo de elementos sensoriales, es en sí un cúmulo de casos. El idioma sería otro. Aunque, pensándolo bien, si lo comparamos con el proceso de ver e interpretar lo visto, tal vez el idioma sea un infinito mucho menor, aún en los políglotas. Tal vez sea por eso que se usa el idioma como vehículo para entender la mente. Es lo que hace la neurolingüística, llamada también sicolingüística, con o sin pe. Me veo tentado a salir corriendo a comprar “La asombrosa hipótesis”, del gran Francis Delano Crick. Al que llamaban por su segundo nombre, y por tanto resultaba dificilísimo saludarlo. “¿Cómo le va, Delano?”. No funciona. “¿Qué me cuenta, Delano?”. Tampoco.


Es realmente triste. Aspiramos a conocer los profundos secretos de nuestra mente y del origen de la vida, y nos vemos atrapados en chistes fáciles, de corte adolescente.


Sea como sea, es evidente que la forma de hablar de una persona refleja su forma de pensar. Los errores sintácticos son una clara expresión de las falencias sinápticas de quien los articula. Bueno, siendo menos pedantes o menos duros, digamos que refleja su tipo de conexiones cerebrales. Asumiendo, claro, que sus conexiones simbólicas equivalen a conexiones neuronales.


El Edi es un caso claro, aunque tenemos uno mucho más cercano y presente para analizar. Silvia es, a todas luces, un caso aparte. Mucho más que un capítulo aparte, esta hermosa dama es una novela aparte.

jueves, 27 de octubre de 2011

El gigante dormido

Es una figura recurrente en la literatura, emparentada con el cuento del Patito Feo. También está presente en muchas clases de muchas escuelas y muchos liceos, de todas las épocas y lugares. El grandote bonachón que, desconociendo su poder, es destratado por patanes y malandras. Hasta que, un día, despierta.

¿Cuál es la mayor corporación uruguaya? ¿Cuál es el mayor de los grupos de presión? Observando la realidad actual y del pasado reciente (y sin contar a la clase política), los candidatos podrían ser los empleados públicos primero, los jubilados después, y los ambulantes en tercer lugar.

Como corporación, los empleados públicos hacen exactamente lo que quieren (mis disculpas a los heroicos y silenciosos empleados públicos que sacan adelante las tareas necesarias del Estado). No tienen obligaciones; sólo tienen derechos. No tienen responsabilidades; sólo tienen remuneraciones y beneficios. No tienen respeto; sólo tienen prepotencia y arrogancia. Para muestra, el botón de los últimos dos casos. Los empleados de la planta de alcoholes de ANCAP ocupan la planta, no trabajan, y cobran. Y lo dicen, con total desparpajo, en el micrófono de cuanto periodista se les acerque. Los empleados de la Intendencia de Montevideo, privilegiados si los hay, hacen huelga porque no se les siguen aumentando los sueldos, cuando al resto de los uruguayos (al menos a los del sector privado) los sueldos se les encogen y los trabajos se les desvanecen. Es curioso como ni siquiera respetan a su bienamado socio, la coalición de izquierda.

Los jubilados lograron la enorme conquista de estampar el ritmo de ajuste de sus remuneraciones nada menos que en la Constitución. Es muy costoso, y muy difícil de solventar, pero: ¿quién duda de que es su derecho? Mientras no se reforme la Carta Magna, las jubilaciones y pensiones se ajustarán como los sueldos públicos. Y se pagarán, mientras haya recursos. O, tal vez, cuando se agoten, con una moneda envilecida, que quiere parecer como que todo lo puede.

Los ambulantes venden mercadería ingresada ilegalmente al país, en las veredas y en bochornosas ferias fijas creadas al efecto. En las puertas y narices de los comerciantes establecidos  (y la policía, y la DGI, y Aduana, y las intendencias), los informales les roban las ventas y los clientes. No pagan impuestos de importación, no pagan aportes a la seguridad social, no pagan tasas municipales, ni alquiler, ni abultadas y recaudatorias tarifas de servicios públicos. Abusan de la propiedad pública (extraña figura), con el fin de destrozar a los que pagan la propiedad pública.

Ninguno de ellos, claro está, es el gigante dormido. Todos ellos están solventados por ese grandote bonachón. Por grandes y organizadas que sean las corporaciones actualmente dominantes, no pueden vivir sin el Contribuyente. Los contribuyentes somos imprescindibles. Y, además, somos más. Somos 700.000 contribuyentes los que pagamos esta fiesta macabra.

Es hora de que, como los empleados públicos y los jubilados, salgamos del anonimato. Es hora de que juntemos nuestros nombres, y los escribamos en la historia. Es hora de que se rebele el gigante dormido, con la serenidad y la calma que caracteriza a los fuertes. Es la hora del Contribuyente.

(publicado hace muchos años en El Observador)

Un discurso

Tiembla la tierra bajo sus pasos. Roncan los árboles, soltando a regañadientes pétalos y cascarones. Parsimonioso, el augur cuenta las cuentas y los cuentos, perdido en sus cavilaciones. Si lo escuchan o no, lo tiene sin cuidado. Un discurso es siempre un discurso, dentro o fuera de la mente. Claro que sería mejor, más consistente, un caracoleo funesto o perverso. Mejor y más ajeno. Porque las siestas que fomentaba aquel ujier, tan pedante, nunca resultaron digeribles. Venían de a cinco, apiñados. Y no daban abasto. Saliendo directo del caserío, apuntando al cerro aquél, los infantes del mecenas chocaron de frente contra el destino, infamando alegremente al corredor de apuestas. Al fondo, a la derecha, dieron con una letrina sin moscas, por fin. Y desagotaron su fuerza, aliviados. Fogones, faroles, funerales: ¿qué más da? Si es triste, inscríbelo. Si es tuerto, destiérralo. Si es melón, mastícalo si puedes, o al menos hazlo reventar en el suelo.

No te quedes

Más acérrimo sería, el calor, me dijo. Con toda esa prosapia. Me constipó las vejigas el muy pánfilo. No tuvo el menor empacho en desmerecer una larga carrera, un pestilente prestigio de tahúr. Si eran pocas tachas las que había robado. Dieciséis contaron, los melenos. Eso bifurcó en unas moñas, de ahí al cuchillo, y el andamiaje todo se despertó en fuga, mascando tabaco, doblando penales. Fue ahí, en ese hueco, que el entorno de los párpados se dio a abanicar. Parsimonioso y empachado, suculento y mendaz, revolviendo el pedregullo con su conocido, turbio, caduco machacar. Lo que era caldo, entonces, devino ronca molienda, de obstetras a medias y ninfas ajerezadas. Corta sí, palurdo. ¿Y qué? Digna y maligna por igual, igual. Bruxando una y otra más, para aquí, para ella, parásito. Y en eso despierta, para discordia del pelotón,  aquel efluvio de cantares, estrellando maderas nobles, balanceando el columpio como un niño ambidextro. Cada uno se mata los mosquitos como puede, y si te toca contra una gorda, apechugarás, como los mancos cantores de Viena. A los bandazos el paquebote, repechando el Amazonas con su rueda de aspas. Un trasplante milenario, del Misisipi al Nilo, del Titicaca al retrete. Los alfajores los reparte el turco, de algo hay que servir. Meñique alzado y taza de Turquía, como debe ser. Vende barato pero vende todo. A peso los soretes, grita, y los pesca sin mirar, muerto de frío. Chiquito pero culpable, compadre del carnicero. Expedito y afable, sordo y pendenciero cual espanto de sirenas, cosido a pedazos, surcido a golpes, invisiblemente soso. Se doblan en tres, como las cartas, y reparten el tocino con prudencia, polígamos a la antigua. Verdes como los quiero, salados cual maní maní, caliente el pororó. Dale dale, no te quedes, que después me toca a mí. Rapidito que entramos todos. Póngase de costado, alguacil. Deles el perfil bueno, el de menos calva. Recueste el hombro en el andén, y respire hondo que se le pasa. Cuerpéelo, salte a la primer piedra que vea, que la segunda viene enseguida. Si encuentra basalto, se lo queda. Si es cómplice, lo desmenuzan los perros, los de cabeza grande y gorrito feliz. Maduras las queremos todos, patán. Si tiene resabios, llene la ficha.

Yatay

Dale matraca. Con todos esos quehaceres. Dormido o mal vestido, diferente pero sobrio, pelando viruta al margen de la ciencia. Bandadas ingentes de neófitos, deletreando números primos. Y el tesoro estaba mal. Estaba torcido, ubicuo y volátil como si lo esperaran. Los tocayos fueron los escogidos. Estiraron el negocio con esmero, podando un recuerdo tras otro. En su escueta diáspora, zurdos a rabiar, se pusieron a tiro, dando chance al calculista de enfrente, invitándolo a disgusto porque había que hacer número. Doblemente espejados en Yatay, arremetieron. Una empresa doble, fundida en hierro. Con el aporte del artesano eran ya tres contra uno, en bandolera en el tren bala, dispersando sevillanas al voleo, esperando que los vieran. Y seguro, con tanto aspaviento terminaron incendiando la pira bautismal, herencia políglota de veleidades culinarias. A la cena todo el mundo, fue la arenga, y se dieron el lujo de la glotonería. Que trajeran, nomás, la alforja llena de bulas. No iban a despellejarlos tan a la ligera. No iba a ser sin rechinar de espadas, sin filamentos alérgicos y novedades coloniales. El primer mellizo desenfunda su vaina, y propone desprolijo un zafarrancho. Toda pared es inflamable, todo peligro arropa mundos paralelos. El herrero, estandarte triangular de fiestas vanas, inclina su juventud él también, paladeando su circunstancia. Y así, machimbrados, multiplicados, uno tras otro fueron derritiendo los macaquitos, el papa negro a la cabeza. A la sazón la pintan calva. Y a Calvino, de melena. Y el acero de Toledo bien vale una misa. Templado, calibrado, reluciente. Deficiente también, no hace falta que lo aclares. Incandescente, apoyado en la carne débil a lo largo, longitudinal. Chamuscando mucho más que vello, horadando consignas medulares en pro de la obsesión. La consigna: una tortura. La cordura, una pena. Y la punta roma del bastardo, tan solo una baba más. Otra línea, nomás, en el misal de las recomendaciones. Otro flanco borroso, para así disfrazar el bochorno, centrando el discurso en el engaño. Otro potro, como el de Licurgo. A engrosar el tedioso papiro, agazapados en la dulce espera, justificando el medio desde el principio. Genuflexo, se pone el indio de pie, para hacerle una rendija a la mañana. Con los ojos cerrados es más fácil, piensa, y espera el cabeceo breve, raspando la túnica con el dorso de los dedos. La señal es imperceptible y clara. Debe usted ceder. La gama siempre prevalece, y el bulto obcecado propondrá, a lo sumo, una demora.  O dos. Y que se espere Torquemada, que vamos al galope. Que frunza su toga de ínfimos pliegues y pida audiencia. Que vuelva nomás, furioso, que la dicha del enemigo sabrá esculpirle un anatema.

El cabrón

Diseñaba golosinas en sus ratos libres, el cabrón. Bien ganado tenía el mote de El Cabrón de las Golosinas. A las cinco de la tarde, iba al colegio, e intentaba regalarlas. Y volvía aporreado por los padres, engañando baldosas. Y se las comía, una a una, con o sin televisión. Poco más sabía, el cabrón. Poco contenido para llenar el día. Y cada tarde volvía, impasible y esperanzado. Tal golpiza se llevó una vez, que se le prendió la lamparita, y diseñó un quiosquito blindado. En una mano las golosinas, en la otra el maletín con las partes del quiosco, el cabrón emprendía su cruzada cada tarde, a las cinco menos cuarto, para tener tiempo de armar el quiosco.

Aliterando

En un golfo de Galicia, gordo y grosero el golfista daba gusto a sus ganas. Gastaba lo que ganaba, y guardaba garbanzos y guirnaldas. Gonorrea nunca tuvo, pero sí que le ardía la garganta. Tenía un guepardo gallego, y gurises variopintos. Todo un garañón, dispersando gametos. Las garras, para la guitarra, y la guerra para después. En tardes grises guisaba, con guisantes y todo. Mirando las golondrinas por la ventana.  Los gruñidos le recordaban al gamo, el que le regaló Guyunusa. El guardia de la puerta cargaba la garrafa, gratis. En el grupo lo golpeaban, esos golfos. A veces se refugiaba en la gruta, varios gradientes sobre el nivel del mar. Y de noche, al garito, a gozar de sus gracias. Gregorio, lo llamaban los amigos. Aunque en la guardería era Gualberto, y alardeaba guapezas. Y en Guadalajara iba al Parque Güel, a visitar a Gaudí. Se sentaba en las gradas, empinando grapamiel, de Gualeguaychú.

Pedregullo

Por vueltas que le demos, el procedimiento es inconducente. Aparenta cerrar, por momentos, y los ojos dejan pasar la luz, parece. Luego los centros se desdibujan, las caras se cruzan, los modelos se desarman. La carrera deja de tener fin. El objetivo, esquivo, se pierde en un olvido triste, en un episodio vano. Y las explicaciones no corresponden. Los aciertos no contribuyen. Los pasos intermedios no suman. El viento, displiscente, deja de soplar. Navegar en aceite, como un ciego tuerto. Izar sin mástil, remedar sin ejemplo. Vagar en un ciclo indefinido de símbolos concéntricos, de perogruyos que no se entienden. Pegando manotazos con brazos cortos, con remos huecos. Empujando el bote en tierra, como quien patina en pedregullo. Bordando sin dedal, y con cuchillo. Y amagando sin contrincante. Un fuego de hielo seco que no se entrega, que pide en japonés, y a los gritos. Un enemigo bonachón, que te miente sin remedio pero te quiere sin atajos. Una vergüenza dominada, sabedora de su poder, voluminosa y oculta. Garrapatas de juguete, fístulas de algodón, borregos chillones. Una larga colección de fatigas. Envoltorio de caramelo, ruidoso y sucio, terco entre los dedos. Mingitorio de burdel, lleno de moscas. Purgatorio garabateado en papel, con tizne de merengue. Corolario redundante, pereza banal, amistades duraderas que ya no recuerdo. Fastuoso, aquel festín de párvulos. A los saltos en la galería de vidrio, dando la cabeza contra la claraboya. Piruetas elásticas de artificio, vanagloriándose del porrazo.

Bajen del árbol ahora mismo

Trepado en el mburucuyá, buscando fruta. Escupiendo, para abajo, el carozo del butiá. Verá usted, perro verdugo. Sus poesías son escasas. Sabrá usted bien, vecino, que la nube no llegó. Cuando llueva te lo digo, policía del infierno. Tus mendigos son eternos, como el vagabundo errante, como el cetro del obispo con su música de tres. Como el cantar de la queja. Como todos esos tangos, que te vieron descifrar un cuento sabido. Carabobo, cartonero, coloquial acalorado. Siempre siete, o más.

Siempre son siete, o múltiplos de siete. Hay que buscarlos bien. Siempre hay algún níspero, aún si podrido. Nunca falta un clavo que patear. Nunca Dolores, siempre Mireya. Rota la huella del querubín. ¡Oh, colores! Oh, mores. Temporal de pétalos hundidos. Hirió, sesgado pero certero. Sorprendiendo con lo obvio. Sucumbiendo, qué más da. Que tal si la piola se disipa, y la suerte te socorre. Cuál será, entonces, el final duradero. Sarcasmo, lo presiento. La persecución de la magia.

Gracias, Robert

La ví, la mano negra e invisible. Pero no me dio el tiempo, y cuando solté el marronazo ya la había corrido. Probé otra vez, seguro de errarle, porque no estaba más. El eje astilló el tapete, hasta ahí vamos bien. Y ya sobre el billar deforme las cuentas rengueaban. Entra en escena el de los puños almidonados, para medir, parsimonioso y lúgubre, la distancia entre conclusiones. El otro, como ausente, pispea de reojo, sonriendo para adentro. Al verlo, redirijo el marrón, que acierta, ahora sí, en esos dos dientes grandes. Y el otro cae, y el de levita lo junta. Y el público se me viene encima, en malón. Una finta, una derecha. Cuclillas, y patada de canguro. El gordo confiado, acostumbrado a pegar, hizo ruido de tambores contra el borde. La rubia teñida dudó, dándome el segundo necesario, y solté el tercero, una llave nelson esta vez. El golpe seco, soberbio, me dejó su peluca en la palma izquierda. Y con ella le dí al enano, que venía de atrás. Giré sobre los talones, y busqué la puerta. Se me había acabado el repertorio, y las marionetas seguían empujando, apurando. Hábil, de un homoplatazo desplacé la puerta de vaivén. Pero en vez de en la calle caí en la cocina. Pero siempre hay una. Sentadito en un rincón, jocoso, estaba Robert Rodríguez, y de mi lado. Me tira un sartén, y una nueve milímetros, que barajo a la vez, sin inconvenientes. Mientras, mis piernas vuelan sobre mi cabeza que, a unos dos metros del suelo, apunta su nuca al pelado que ataca. Un sartenazo cierto lo distrae, y veo la puerta, la buena. Agacho la cabeza y arremeto. Y la puerta era blindada. Y mi cabeza no.

Caspa

Minguito Sofovich y el Preso atras en el mostrador del bar
La cabeza, hermano, hay que usarla. Y para más cosas que transportar caspa. Si, como a Minguito, sólo te sirve el melón para llevar cantidades industriales de caspa, más te vale cortártelo, extirpártelo. Como esta recomendación es un tanto extrema, me veo forzado a buscar refuerzos, a conseguir un aval. Mi garante, en este caso, es el mismísimo nuestroseñor, Yesuscristu, tan cantado por Roberto Carlos, el patadura, desde la cima de una de los mayores morros del estado de Río de Janeiro. Y esto no es risa, jóvenes. Recomiendo deshacerse del mate inútil, como el del Corcovado recomienda arrancarse un ojo o un dedo si eso te apartara, o pareciera apartarte, de la luz, del amor eterno y cruel del seno divino, izquierdo, derecho, tangente o cotangente.

Avances sociales

En mi última estadía en estas latitudes, antes de mi último viaje a la capital de La Reina de Los Mares, atender el teléfono no integraba la gama de conductas posibles. Me acercaba al bullicioso electrodoméstico, pero la mano se resistía a tomar el auricular y separarlo de la base. Mi brazo izquierdo (único hábil en estos casos) cobraba una rígida, agarrotada independencia, crispando su mano como la garra de 
ilustracion a lapiz del baron de Munchausen caballo y jinete alzados tirando de la ropa desafiando la tercera ley de Newton
Peter Sellers y su brazo rigido en Dr. StrangeloveJim Carrey en El Mentiroso, para luego elevarse al cielo como el brazo de Peter Sellers en Dr. Strangelove. Me cuelgo de él con mi otro brazo, tratando de bajarlo del techo, con la invalorable asistencia del barón de Münchausen. El que llama se cansa, o el contestador hace lo suyo, y la magia se quiebra. Y cae mi brazo del cielorraso, terminando abruptamente su periplo flotante, dándose de garra contra el suelo.


Es con profundo orgullo, entonces, que les comunico que mis avances sociales me permiten, hoy, atender las llamadas entrantes. Más que eso: mal que mal, algunas llamaditas hacemos. La consigna es una por día, y sólo por hoy. Pasos de bebé, que de a uno come la gallina y se llena. Conquistando la cordura desde la playa, metro a metro, cuerpo a cuerpo. Para solaz generalizado, con la sola excepción del abajo firmante. El público contento, la gilada aplaudiendo, pero yo soportando estoicamente la embestida baguala. A la cabeza del malón, cortado solo, blandiendo su cimitarra, arremete el Pocho, enorme, inmutable. Y un terror hipnótico te paraliza, agarrotándote el brazo. En un despliegue casi impúdico de control mental, una breve sucesión de respiraciones profundas e imágenes pacificadoras derrite la rigidez, y la mano caza el aparato, llena de gracia. Y la voz del hola es natural, hasta amistosa. ¿Y para qué? Para recibir en el medio del tímpano el mandoble del Pocho. Para que el chorro de amoníaco impacte de lleno en el cuerpo calloso, justo en medio de tus dos cerebros.


Digo una vez más, repito de nuevo: no hay desayunos gratis. Todo concepto acarrea su contraconcepto. Toda moneda tiene seca. Y todo repliegue tiene beneficio secundario. Queda bárbaro atender el teléfono. Es verdad. La familia no se preocupa, los amigos no se ofenden. Pero el amoníaco te sigue partiendo el cerebro en dos. De un lado o del otro, estamos jodidos. El acertijo nos atrapa, la ambigüedad hace presa de nosotros, apretándonos los huevos hasta que nos saltan los ojos. Pero sólo hasta que viene al rescate la caballería, de la mano de mi mujer, el sargento Custer. Vamos a poner un captor de llamadas, amor, si te parece. Son sesenta pesitos por mes, nomás. Si le duele un ojo al tomar el café, debería usted considerar sacar la cuchara de la taza. La solución, claro que sí, está siempre en lo obvio. Lo único que falta es conocer lo obvio. Saber dónde pegar el martillazo. El tipo pegó tres martillazos, y pasó una factura de cien mil verdes. Y el muy payaso del dueño del barco se ofendió... No había con qué darle, lo tenía varado en la bahía, pagando muelle y sin generar flete. Y desfilaban los mecánicos, los ingenieros, los curanderos. Cuando viene uno y resuelve el problema de manera expedita, en vez de regocigarse, el armador se ofende. ¿Qué esperaba? ¿Qué quería? Tal vez se habría quedado más contento si el muchachito hubiera dado friegas al caño con alguna poción mágica. Si hubiera, quizá, hecho la danza de la lluvia, pintada su cara, coronado de plumas. Como simplemente vino, llegó, y resolvió, nuestro héroe debió haber cobrado más barato. Esta extraña lógica establece que una solución limpia, ágil, fácil, vale menos que una engorrosa, de largo aliento, e imperfecta. Lo que se paga no es la solución, sino el verso. Fue esto lo que derrotó al pobre gordo. Fue, también, lo que mató a Dylan Thomas, bajo la forma de conversaciones vanas e insoslayables de avión.


Con su envidiable criterio práctico mi mujer desató el nudo. Pero sólo para movernos a la siguiente casilla. Si, con la invalorable asistencia del captor de llamadas, filtramos al Pocho, nos deshacemos del chorro de amoníaco, es verdad. Pero se nos tira encima la culpa, furibunda y pestilente piara. ¿Quién te sacaba de la cárcel? ¿Quién te educó, mal o bien, con máximas y con dinero? ¿Quién te llenaba el bolsillo de billetes para que dilapidaras tu juventud? ¿Quién te dio su extraña confianza, siempre? Y ahora que está solo, ahora que la muerte liberó a tu madre, das vuelta la cara, y compras billetes de avión para poner la mayor de las distancias, en el entendido de que el pobre viejo no sabe de internet, y repudia profundamente todo lo que sea gastar. Cuanto más chico el gasto, más repudiable. Lo que hace que el Pocho no llame por teléfono, para regocijo del viajero.


La vida está llena de misterios. Plagada de milagros, buenos y malos. Pero el mayor de los interrogantes cósmicos es que tu padre resulte la persona más despreciable que conoces. Qué extraña sucesión de eventos desemboca en una realidad tan irreal. Qué determina este pobre desastre, esta catástrofe de entrecasa, de tacañas proporciones.


serie Lost cinco en la selva Hugo Kim la coreana la rubia con rifles
Un elemento para nada menor del acertijo es qué parte del comportamiento es voluntaria, y qué parte es necesaria. Está claro que para alcanzar la categoría de despreciable no se requiere que los actos del despreciado sean enteramente gobernados por su voluntad. Pero eso no quiere decir que haya que descartar totalmente este aspecto. Remitámonos a las consideraciones sobre la justicia. Estamos entre justos. ¿O no? Durmamos nuestro sueño, camaradas. El Pocho está vedado, saben ustedes. Por razones de salud. Hay tantos otros temas, igual. Las llamadas, o las películas, o la historia reciente, que por tanto tiempo no se estudió en las escuelas ni los liceos. O Melchor, pobrecito. Pogrecito dice la beba, de su muñeco. Pobrecitos los cocodrilos, dice el sapo del chiste, tratando de zafar de una muerte segura a manos del iracundo león. La misma muerte que acechaba al lisiado de la silla de ruedas, metiendo mano desesperadamente, con el rey del zoológico pisándole las cubiertas. ¡Si corren es peor!, vociferaba, en un intento final, un último engaño ante la remotísima posibilidad de que algún ingenuo disminuyera la marcha, dándole a la fiera un opción que le diera a él una magrísima chance. Los asaltantes van a las viejas y los niños, y los leones sueltos van a las crías y los enfermos. Es la ley. El león despedazó la silla, y el tullido siguió trasmitiendo su engaño hasta el final, aún desde adentro de la cabeza del gran felino. Machacona emisión radial, como la de la torre de la isla de Lost, que el presentador pronuncia Last. But not least.


Aparece aquí Melchor, asomando la cabecita. Uno más para atender. El olvidado Melchor viene a reclamar su lugar, su derecho. Hasta en esto es descastado, pogrecito. Los otros dementes se asocian entre ellos, y con la locura. Este infeliz viene de la mano del Pocho. En el propio loquero, le toca en la sala de los aburridos. Ni ahí lo dejan salir al patio a jugar. En penitencia, Melchor. Siempre en penitencia.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Bancando giles


Trabajar es aguantar giles. Acá y en todos lados. El acerto podrá ofender, y así desenmascarar al ofendido. Lo digo a toda voz: el que se ofenda, es un gil que otros aguantan. Como el que dice que el tamaño no cuenta la tiene corta, el que dice que laburar no es aguantar giles es porque se sabe aguantado, y gil. Y te digo más. Me refiero a una persona en particular. Para más señas, de corta estatura. De muy corta estatura.


El petiso y yo tenemos una amistad de larga data. Tal vez el primer chiste escolar que recuerdo sea el del petiso, el primer día de clase. Había que pasar al frente, solito, y decir en voz alta el nombre que los padres y la costumbre le habían dado. Se llamaba, en aquel tiempo, Augusto Armas, y lo que dijo fue “August Arms”. Claro, para vos, adulto y avinagrado, seguramente no resulte desopilante. Pero para niños de seis años que habían aprendido inglés básico para entrar al colegio, te aseguro que pegaba bien.


A partir de ahí, y por más de una década, fuimos conocidos. Es cómico como los alumnos de las distintas clases del mismo grado son casi enemigos. Jugábamos al fútbol todos los mediodías, pero siempre de contrincantes. La amistad sólo pudo aparecer cuando fuimos compañeros de clase, es decir de salón. Bastaron unos pocos días en el mismo salón para que se destaparan todos los puntos en común, desde el sentido del humor hasta el amor por las minas, pasando por las pretenciones musicales. 

Insectos

Los animales no se suicidan. Quien diga lo contrario miente. Algunos animales tienen, sí, ciertos comportamientos que parecen suicidas. Las ballenitas unicornio se encallan en malón en algún islote del Mar del Norte, los ruiseñores cantan hasta morir, y el alacrán, rodeado por el fuego, se envenena solito, atacando despiadadamente su propia yugular.


Quien te diga que los animales se suicidan te miente, o no leyó a Richard Dawkins. Seguramente fue en El gene egoísta, o tal vez en El fenotipo extendido. Lamento comunicarles que no voy a ir hasta la biblioteca a confirmar, porque se me escapa la idea. Ya nos ocuparemos de eso. Lo que interesa ahora es que Dawkins deja cristalinamente claro que los aparentes suicidios animales no son más que tiros por la culata. Lo que mi amigo Richard nos pone en el plato es que la naturaleza es enormemente imperfecta. Tan maravillosa como imperfecta, la Pachamama comete atroces errores de cálculo. Los que, por definición, son involuntarios. Las ballenas piloto se encallan porque el sistema de navegación les falla. Es impresionante, pero falla. Y cuando falla, van todas ellas al cadalzo, a hacerse deshonrar por Robespierre. El ruiseñor canta hasta morir, sí. Simplemente porque prioriza su reproducción. Hace una apuesta a conquistar a la hembra, y la pone por encima de todo lo demás, y se olvida de comer, y se muere. Y para el escorpión también tenemos una explicación. Más difícil, concedido. Mis niveles de crueldad infantil nunca dieron para rodear un alacrán con querosén y prender el querosén fuego. Y si eso no fuera cierto, si mi sadismo de niño sí llegara a tales extremos, no me daba la inventiva, porque nunca se me ocurrió. Y se me diera la inventiva, seguramente no me habría dado el coraje, porque aquellos alacranes blancos y negros que había en Pinares siempre me dieron mucho miedo. Esto del alacrán suicida es para mí, entonces, no más que un mito. Aún así, podemos esbozar una teoría que refute la teoría del suicidio entomológico. Reza como sigue. El alacrán, y su hermano mayor el escorpìón, atacan a la yugular si se ven rodeados. Si es fuego el que te rodea, la única yugular que atacar es la tuya. De ahí que la escopeta le dispare en un ojo. De ahí que la cola, oronda y amenazante, se entierre sin miramientos entre las vértebras superiores del único ser vivo a tiro. De ahí que se inmole cual bonzo, pero sin querer.

Dejando de lado por un momento lo ontológico, me permito presentarles, aquí, una reflexión de corte zoológico. Tal vez el estilete del escorpión tenga sensores químicos que identifican la médula espinal del adversario. ¿Por qué? Porque nuestro escorpión no ve su nuca, y sin embargo emboca de maravilla.

Los había blancos y los había negros, como los gallos de riña.

Primero la casa principal, y luego el galponcito, albergaban un número nada despreciable de alacranes, unos blancos, otros negros, todos ellos grandecitos como para que el miedo te hiciera respirar rapidito. Los negros eran negros, y parecían normales. Los blancos no. Los blancos eran algo así como alacranes en negativo. Como resecos cadáveres. Zombies de alacrán, pero que aparecían a cualquier hora, sin conjuros, y en cantidad similar a la de alacranes negros, normales, mortales. Y que no eran inmortales tampoco, y zucumbían al zapatillazo como los mejores, como los negritos tolón tolón que parecían darles origen.
Punta del Este desde Imarangatú sol mar azul edificios y la playa plagada de sombrillas multicolores


La luz de la reflexión ontológica expone al alacrán. No hay problema con eso. Pero atrás del alacrán, no siempre visible, venía siempre la araña. Bien decía el Pocho: “atrás de la pelota viene el chiquilín”. La araña era el corolario del alacrán. Pero más grande, más peluda, y también, a qué negarlo, más mala. A ver díganme, si no: ¿a quién picaron los alacranes? ¿A Jorgito? ¿A Paz? ¿A la hija de la empleada? ¿Al Viejo Ramírez, incluso, que supo dormir casi sobre la arena de los médanos del fondo? No, claro que no. A ninguno de ésos picaron los alacranes, porque nunca, en la larga historia de La Candelaria, un alacrán osó inocular a ninguno de sus humanos ocupantes, precarios, estables, pasajeros, de servicio, o del tipo que se te ocurra. Ahora, las arañas... Las arañas sí. Las arañas tienen un largo prontuario de ataques al género humano de la casita de Pinares. Incluso, fíjense, al Pocho picaron. Y no me vengan con que no fue en La Candelaria sino en el auto, en el estacionamiento de Imarangatú, más guaranga serás tú. La estoy viendo ahora mismo, saliendo silenciosa, ominosa de la sombrilla verde y blanca y oxidada. El Pocho era el único que la podía cerrar, y tenía que usar las dos manos. La cerraba rugiendo y después la cargaba desde la arena hasta el auto, y la ponía entre los asientos de adelante, entre él y Norita. Y yo la veo ahora, salir, con toda esa mala intención y todos esos pelos, y trepar por el bermudón estampado del Pocho, tipo kilt pero con poco rojo porque al Pocho no le gusta el colorado. Y los ojos se me agrandan hasta que no tengo más cejas, y la veo subir por el borde del asiento, y no puedo decir nada como en las pesadillas, cuando uno quiere gritar y no sale nada. Y cuando se pasa, sin dar explicaciones, al lomo al aire del Pocho, justo abajo de los pelos de la axila o sobaco, el Pocho se sonríe. Sí, sonríe, lo estoy viendo ahora. Seguramente se cree que es la manito de Paz, o de Malena. Y luego la sonrisa se le endurece en un instante de furia y pega un manotón. Y la araña cae, arrollada, como un teratoma peludo.

Así, arrollada, como un escudo. Rememorando caracolas de adivino, o semillas de café. Así, hecha un ovillo, es que la arrastra la avispa, como un remolcador arrastra un barco de carga en el puerto. Se toma su tiempo, separa la arena, cava, y luego la mete en el pocito, parsimoniosa y segura. Si le buscamos un parecido, la avispa se parece a un tábano. No parece, en absoluto, una abeja. Las abejas y las avispas son esencialmente diferentes, a pesar de sus similitudes en nombre y en enjambre. Y el San Jorge que carga la araña en la arena no se parece a las avispas negras de avispero. Se parece a un tábano, de ésos que te pican las piernas, insistentes. Un tábano con vivos rojos, que hace su danza en la arena para arrastrar y enterrar a la araña, enorme, peluda, y vencida.

Castillos



No, no hemos vuelto a Marx. Hemos vuelto a un mundo preMarx. Hemos vuelto al Imperio Austrohúngaro, que inspirara a Marx, y luego al gran Kafka y su Castillo. Y que diera la tónica a Alberto Castillo también. Y construyó-castillos en el aire.

El arte del ser

Escribía, en aquel tiempo, con pretenciones lingüísticas. No pretendo ahora ser menos pretencioso que entonces. Simplemente, aquella pretensión de antaño se me hace patente hoy, a la luz de las reflexiones del gran Kundera. Puedo ser más específico. Leer Los sonámbulos de Broch en castellano, y no en inglés, pasa a ser algo secundario, porque la literatura no es tributo al idioma sino al conocimiento de la ambigüedad que nos rodea e inunda. Contribuir al desarrollo de la hermosa lengua de Castilla debería, a estas alturas, dejar de ser el móvil, al escribir. Es, tal vez, más importante, más trascendente, escribir para analizar el ser. Ver la literatura no como un ejercicio idiomático sino como un ejercicio ontológico, o cognoscitivo. La novela como vehículo de exploración y sabiduría, como carretera hacia las entrañas del conocimiento, tan válida como la matemática o la dilucidación de las letras del código de la vida. La novela, con su creación de personajes y circunstancias, como único método de conocer el ser. Y de combatir, así, el olvido del ser, tan de la época.


Kundera ni siquiera considera el otro tópico, el que se me metió en la cabeza en los últimos tiempos. Divertir. Entretener. Quién te dice, tal vez más adelante en El arte de la novela, el maestro nos explique este aspecto.

martes, 25 de octubre de 2011

De caballos y camellos

El silencio reina en la madrugada. No es absoluto, claro que no, pero los desafiantes vienen de a uno, en fila india, sin concierto alguno. Durante el día (y el día dura hasta bien entrada la noche), esto es un escándalo. Un rugido general dominado por los ómnibus y sus estruendosos cambios de marcha. De madrugada, en la verdadera noche, lo que hay es silencio, incluso si siempre, constantemente, está siendo agredido por un grito, una explosión, una risa, una alarma, alguno que calienta el auto, o cascos herrados de caballo pobre.

Desde un séptimo piso todo suena como en casa, como en la habitación de al lado. Será que el sonido sube, será que las paredes de los edificios lo arropan, o que la calma potencia los ruidos. Por lo que sea, las patas de los caballos flacos que recorren la ciudad de noche pisan el hormigón de allá abajo como si pisaran el parqué de mi livinrún.

Los pasos de los matungos son fáciles de identificar. Son cuatro, como cuatro son las patas que tienen. Cuatro sonidos parejos, y luego empieza otra vez. La cadencia muestra que los grupos son de cuatro, como un compás compadrón en el pentagrama. Y ahora viene la pregunta: ¿sonaría igual si los carritos de los clasificadores fueran tirados por camellos?
No es ninguna novedad que esto es inverosímil. Acá no hay camellos, y los camellos no tiran de carros. Pero la pregunta viene porque es sabido que la forma de caminar de camélidos y cabállidos es diferente.

Los caballos y sus primos sacan primero una de las manos, luego la otra pata trasera, luego la misma pata delantera, y luego la otra pata trasera. Si la mano izquierda fuera 1, la derecha 2, la pata izquierda 3, y la derecha 4, los caballos caminan en un paso que puede describirse como 1-4-2-3 si son zurdos, o 2-3-1-4 si son derechos. Lo cual es, a todas luces, harto equivalente. Los camellos y sus primos (llamas, guanacos, vicuñas), por su parte, caminan en un esquema 1-3-2-4. Que no es lo mismo, claro está. En los caballos la pata delantera tira de la pata trasera opuesta, o la pata trasera empuja a la pata delantera del mismo lado. Por el contrario, los camellos tiran de la misma pata trasera, o empujan la delantera opuesta. A qué se debe esto, preguntarán. Ni puta idea. Tal vez tiene que ver con que los caballos caminan en terreno firme, mientras que los camellos se las ven con la arena. Esto en cuanto al exterior. Pero hay también una razón interior a ambos jumentos. Sus condiciones de vida habrán establecido alguna particularidad biológica que los hace caminar como caminan. Los músculos, los esqueletos, los cerebros, habrán sido moldeados por esos diferentes entornos produciendo diferentes resultados en cada caso, cuya consecuencia motriz es que los camellos se muevan de un modo y los caballos de otro.

Se ha establecido, en otro plano, una fórmula para transformar un caballo en un camello. El ingrediente secreto es la comisión. Creando una comisión, es posible transformar un caballo en un camello. Seguramente lo inverso también será válido, pero eso ocurrirá en otras latitudes, más desérticas, más cálidas, menos arboladas. En Yemén transforman camellos en caballos. Aquí es al revés.

Otra pregunta que aflora es cómo camina un humano en cuatro patas. Si observáramos a un niño corriendo en cuatro patas, o incluso gateando: ¿cuál de los dos modelos veremos? Esto no es un tema menor. Nos dará un indicio, una pista de nuestra distancia genética con ambas especies. O tal vez los niños árabes gatean como camellos, mientras los de estas latitudes lo hacen como caballos. Esta es una asunción bastante torpe, ya que los camélidos parecen ser una excepción entre los cuadrúpedos. Torpe y peligrosa, además. No vaya a ser que venga uno de turbante y prenda fuego el teatro. Con estos señores no se juega, ya vieron lo que pasó en Dinamarca. Algo giede, claro que sí. Es torpe la deducción, porque no sólo los caballos hacen el 1-4-2-3. También lo hacen los perros, los gatos, hasta las ratas, me atrevo a aseverar. Allá en el medio oriente hay camellos, sí señor, pero también hay perros y gatos. La distinción cultural entre gateos mediorientales y occidentales no tiene ningún sustento. Más aún: gatear, viene de gato. Y no creo que ninguno de ustedes sostenga que los gatos de la península arábiga caminan distinto que los de la península ibériga.


Tal vez no necesitemos de ningún gateo, y menos aún de niños ya creciditos en clase de gimnasia, corriendo en cuatro patas con pies y manos bien plantados en el piso, sin apoyarse en sus rodillas. Basta con mirar a un hombre (o una mujer, obviamente) caminar, para ver que el patrón es el del caballo, el tan elegante 1-4-2-3. Bien despacito, la primera observación es que el pie que avanza impulsa a su mano. Pero un poquito más de atención muestra que también la mano que avanza impulsa al pie contrario. De hecho, no cuesta mucho correr un poquito en cuatro patas. No mucho más que acelerar apenas el pulso y la respiración. Y ahí se ve claramente, una vez más, el patrón caballar.
Un elemento a investigar es la distribución de la tracción. En el humano es evidente que la tracción está en las patas traseras, que para el caso serían piernas. No veo dificultad alguna en generalizar este concepto al resto de los cuadrúpedos de andar caballuno. ¿Será que en los camélidos hay algún cambio aquí? Tal vez los camellos se sirven más de sus manos, proporcionalmente. No digo que usen más sus manos que sus patas traseras, cosa que la evidencia no confirma (el camello que estoy imaginando tiene las patas traseras más voluminosas que las delanteras, como cualquier caballo, perro o ratón que se precie). Propongo, en cambio, la hipótesis de que se sirvan de sus extremidades delanteras más que los otros cuadrúpedos. En esta línea se presenta en escena la hiena, tan fuerte en sus cuartos delanteros, tan comparable a un marinero de dibujito, de antebrazos inflados. O a un tullido, de esos que suplen sus piernas con sus manos, con o sin silla de ruedas. O a un levantador de pesas, nomás. Esos zoquetes que invariablemente parecen dos mitades distintas unidas arbitrariamente en algún experimento, los cuartos sacados de un ser mucho más chico que el dueño de las paletas, de los hombros y brazos. Los fisiculturistas parecen, sin excepción, recién levantaditos de una silla de ruedas.

Si el camello y sus parientes son la excepción, tal vez sean más jóvenes como especie.