jueves, 18 de octubre de 2012

DEME MEDIA TONELADA DE HIJO

Fue Truman Show  la que abrió la compuerta. Una buena película, qué duda cabe. Buena en su ejecución, cosa que no sorprende. En eso, hasta los paganos y los gentiles. Los efectos, las actuaciones, las elecciones de actores, la compaginación, son excelentes siempre. Pero ésta también era buena en idea, algo cada vez más escaso. Mejor que lo que se podía imaginar en el momento. Película a película, los cinéfilos pueden encontrar un sinfín de piezas que le pasan el trapito. Pero pocas, muy pocas han tenido un efecto tan notorio, inmediato y devastador en la realidad circundante. Si algo alteran las películas, normalmente, es el propio cine. Esta película tuvo la peculiaridad de impactar extramuros, transformando la industria de la televisión hasta hacerla irreconocible. Y no me vengan con que es lo mismo. Minga que es lo mismo. Televisión es televisión, cine es cine. Truman Show  es el origen de la televisión verdad, que es lo que llena hoy el alma de la ciudadanía occidental toda.

La tele está plagada de reality shows. Que tienen todo de shows, claro, y nada de reality. Ya bien lo dijo Schroedinger: el fenómeno no puede ser observado sin alterarlo. Si el observador altera el devenir de una simple partícula, cuánto más alterará la cámara la interacción entre seres humanos. Personas que, encima, son evidentemente dadas a la exhibición. La televisión verdad es, por definición, mentira. Un equipo que filma a un grupo de primadonnas que saben que los están filmando, que siguen un libreto, y que pueblan al programa con sus tics y sus lugares comunes.

La televisión verdad se ha hecho con la televisión. Desde los invencibles policías, hasta los incansables médicos, pasando por las hermosas modelos, los acaudalados inversores y los espléndidos sobrevivientes. La ficción ha cedido el espacio a la hiperficción. El llamado chivo, la publicidad dentro del programa, se ha fagocitado al programa. El edificio transformándose en andamio, y nosotros mirando, inmóviles por el asombro.

El televidente consume el mensaje predigerido. Se le indica clarito clarito lo que debe creer, admirar, buscar. No hay espacio para la razón. No hay distancia entre programa e idea. No hay más disimulo. Quién me iba a decir a mí que algún día iba a echarlo en falta.

Hasta ahora me callé la boca, pero esto ha pasado de castaño oscuro. El pináculo de la televisión verdad: un hombre joven y gordo asesinado lentamente por su madre, con su canción de pan, mostaza y helados. Tiene algunas décadas ya, pero seguro que recuerdan aquella película con Nicholas Cage, ya de peluquín, siguiendo el rastro de un snuff: la documentación fehaciente del momento en que un ser humano es efectiva y físicamente llevado a la muerte, por uno o varios de sus congéneres. Por supuesto, el snuff se presenta como la encarnación del mal. Como la expresión física de lo más feo, inhumano, injusto y deplorable. El muchachito, en su desazón, se acomoda la parruqueta y pregunta: “Por qué hizo eso?”. Y la respuesta, profunda y ambigua como debe ser, se limita a “Porque podía”. Todos nos vamos a casa apesadumbrados de que exista el mal, y contentos de que no nos toque.

Para nuestro pesar, el mal extremo requiere de anonimato. Si se puede identificar, ya perdió mucha cafeína. La verdadera fuerza de la caracterización del mal hecha en 8 Milímetros está en que el señor que encarga el asesinato y su filmación es un encumbrado filántropo. Pero el mal en sí mismo se desarrolla en lugares sórdidos y apartados, en escenarios típicos del mal, y separados de nosotros, los buenos. El mal está en su corral. Los buenos con los buenos, los malos con los malos.

Qué utilidad tiene para el diablo circular enorme, rojo, de larga cola en punta, oliendo a azufre y con el pincho? Si quiere ser efectivo, el diablo se mezcla con los buenos, y del todo. No te deja pistas, como en las películas. Se esconde por completo. Se dedica al reality show.
Los snuff son un juego de niños comparados con la señora y su hijo de media tonelada, que el mundo entero celebra como expresión de amor maternal y abnegación médica.


En principio parecería una empresa rayana en lo imposible. Tomar un ser humano ya sobredimensionado, de unos 150 quilos, y triplicarle con creces el peso. Incorporar al sistema corporal de una persona 350 quilos. A priori, no resulta imaginable. Si no hubiera como hay, asombrosamente, personas de 500 quilos, me da por pensar que tal dimensión en un miembro de nuestra especie no sería siquiera imaginable. Pensémoslo con otros animales. Pensemos en un gato doméstico, que pesara 200 quilos. No. De ninguna manera.
Sin embargo, la señora se las arregló, de alguna manera, para crear ese bonsái humano al revés, y en tiempo y forma. La inevitable desconfianza general lo lleva, a uno, a creer que el plan tiene que ser explícito. Que el doctor Nardjian le vino con una propuesta concreta a la mamá. Algo como “Deme media tonelada de hijo, y le daré el mundo”. Apelando a la sensatez, uno se sacude esas ideas, y apunta a algo más sutil, como el asesinato de Kennedy, o la destrucción de las torres gemelas. A un complot no declarado, como le dice Donald Sutherland a Kostner, en el banco del parque. Es indudable que ni en las novelas funcionaría la figura del doctor Nardjian llevando a la señora a la cima del monte, y ofreciéndole el mundo. Desde hace unos párrafos sabemos que el diablo no circula con su ropaje típico. Por más que ansiemos un mundo más simple, las cosas no son así en esta inextricable urdimbre de regulación estatal y paraestatal. 


Seguramente la señora ató cabos, más o menos conscientemente. El hijo ya pesaba 160 quilos, y el mexicano aquél ya había hecho furor con su cama camioneta y sus bailes colgado de los barrotes superiores. Un cortito paseo por Google pudo perfectamente ponerla en el camino de la clínica de Nardjian, o viceversa.
 
CONTINUARÁ