miércoles, 25 de enero de 2012

Pero no bailan

-Yo soy el más terraja, y resulta que soy el único que baila. Inevitable, che. La ley del embudo.
-No te equivoques, pará. Sos megalómano hasta para tirarte abajo. Ni sos el más boludo, ni bailás con la más linda.
-Ni lo pretendo. Soy un hombre de trabajo.
-¿Qué dice?-, mirando a Eguía.
- Dice que no pagó la orquesta. Herencia de antiguos concubinos.
-¡Encima brisco!
-Soy el único que baila. A ustedes les sobran condiciones, pero tienen que cuidarse. No toman, porque les crece la panza. No bailan, porque no toman, y porque mañana temprano tienen partido en la liga. Y ahí entro yo, corriendo de atrás, juntacadáveres. Me acerco tímido a la hija del patrón (quien, además de rica, está buenísima), y le pido la pieza, escarbándome uña con uña y mirando al piso.
-¡Llegó el hombre de la casa, Pepitaaaa!
-Exacto. Pero cuando la calzo con mis enérgicos dedos en su cadera y mi audaz muslo en su entrepierna, y le explico la cosmogonía respirándole en la oreja, decide decirle al padre que yo soy un fenómeno, que me haga jefe de todos ustedes. Al otro día estoy mandándolos, haciendo sonar los dedos.
-¿Y nosotros, mientras?
-Ustedes, mientras, comen saladitos. Sentados en plena luz, con las corbatas en su lugar y los trajes de USD 1000 . Señorialmente fríos y distantes, convencidos de que la majuga en pleno suspira por ustedes. Y suspiran, nomás. Como para no. 3.14 tiene un manejo del castellano que ni Borges. Eguía tiene un torbellino de ideas que ni Joyce. Y con eso no estoy diciendo que uno y otro no tengan conceptos y dominio de la lengua, respectivamente. ¡Las minetas que habrás hecho, Eguía!
-Y vos tenés las dos.
-¡No! Yo lo único que tengo, creo, es huevos. Empujo y empujo hasta que el bandoneón se digna escupir una nota.
-Te lo digo siempre-, dice Eguía. –Para músico, servís.
-Tu agresiva teoría está más que perimida, querido. Era tan perecedera, tan caduca que le bastó un fin de semana a la intemperie para fenecer. ¡Leé un poco! ¡Desasnate! ¿Sabés que tienen de común Bryce y Bucowski, además de la be? ¿Miller y Cortázar? ¿Svevo y Joyce?
-Svevo y Joyce sí sé, pero me imagino que no es lo que estás buscando.
-Thoreau también, me olvidaba.
-Sos una máquina de escupir nombres, papá.
-Y no los leí, a mucha honra.

martes, 24 de enero de 2012

Cautiverio y esclavitud

Leyendo sobre libertad, me encontré con un dato que asusta: USA congrega el 25% de la población carcelaria mundial. Esta cifra relativa y escalofriante viene a complementar otro dato, igual de escalofriante, y absoluto: USA aloja 2.7 millones de presos.

Uno podría sentirse derrotado ante tal superioridad. Sin embargo, el patriotismo pudo más, y decidí tratar de confrontar esas cifras con las nuestras. Diligentemente, nuestro parlamento ha designado un Comisionado Parlamentario Penitenciario, que emite informes anuales sobre la situación de las cárceles y los presos uruguayos. Por otra parte, el Ministerio del Interior, a cargo de la policía y las cárceles, tiene la deferencia de publicar un censo de la población carcelaria, elaborado por la Universidad de la República.

El censo es claro y conciso. Consta fundamentalmente de cuadros y sus correspondientes descripciones en castellano. De él surgen las tres cifras que quiero comentar, y, en la medida de lo posible, contraponer a las del gigante del norte, que en este caso no es Brasil.

En Uruguay hay más de 8.000 presos. Más de 8.400 personas encerradas por decisión del estado. 8.492 ciudadanos que el estado ha decidido confinar en condiciones infrahumanas, según lo que declara el propio estado por medio de su integrante, el mencionado Comisionado. En una población de 3.2 millones de habitantes, esto es aproximadamente un cuarto de un uno por ciento. De cada mil ciudadanos uruguayos, más de dos y menos de tres están presos. Si sirve de consuelo, en esto estamos mejor que USA, donde de cada mil ciudadanos, casi nueve están presos por decisión del gobierno.

Otro aspecto en que podemos medirnos con el mayor matón de la historia es la reincidencia, y ahí también ganamos. Si el estudio de la universidad oficial, que publica el Ministerio del Interior, no se equivoca, casi la totalidad de los reclusos es reincidente. Además, casi 43% fue confinado por decisión del gobierno cuatro o más veces. Es en esto que nuestro gobierno aparece como benevolente, en comparación con la mayor maquinaria bélica de todos los tiempos. En efecto, el sistema penal de USA se inspira en el béisbol: tres faltas y afuera. Es decir adentro: cualquier ciudadano americano que recibe una tercera condena penal no saldrá nunca más de la cárcel.

Pero que no se avergüencen los uruguayos de bien. Todo parece indicar que la creciente inseguridad ciudadana permitirá a nuestros celosos representantes escribir otra ley, que asegurará un crecimiento más acelerado de la población carcelaria, amén de una reducción en su edad promedio. Toma cada vez más cuerpo el clamor popular por una reducción en la edad mínima de imputabilidad penal. Hay dos partidos políticos juntando firmas, y la cosa promete.

Hay un aspecto que no puedo comparar, ya que no dispongo del dato correspondiente al policía global. Mi intuición me dice que en esto estaremos peor que ellos, aunque usted no lo crea. En Uruguay, casi 48% de la población carcelaria no tiene condena. Sí, oyó bien. El gobierno decidió privar de su libertad y recluir en condiciones infrahumanas a más de 4.000 personas, confesando que no está seguro de su decisión. Basta que un juez, representante del gobierno, conceda que hay indicios para creer que un ciudadano pueda ser culpable, para que se lo encierre sin límite de tiempo. Basta la “semiplena prueba”, dicen, mostrando su desamor por el conciudadano y el castellano. Una vez más: la mitad de los ciudadanos uruguayos tras las rejas por orden del estado está allí sin una condena. Para colmo, no hay distinción entre condenados y “procesados”. Todos están hacinados, mal alimentados, mal cuidados, y librados a su suerte por igual, en el ambiente más peligroso que cualquier hombre libre puede imaginar.

Si bien lejos de ser tema corriente, sería injusto afirmar que la sociedad uruguaya no es consciente de esta situación. Tanto los gobernantes como la población conocen el problema, y cada tanto lo discuten. Los uruguayos de bien nos conformamos con condenarlo en los cafés, con señalarlo como defecto endémico de nuestro ordenamiento jurídico. Sí, sí. Es espantoso que en Uruguay los presos vivan como animales maltratados. Es inconstitucional, sí, sí, y doblemente para la mitad, que no sabe si lo creen culpable, ni sabe cuánto durará su estadía.

En Uruguay, en el mayor imperio que haya visto la humanidad, y en los demás países occidentalizados, la esclavitud es norma. Vivir en el país significa estar obligado a entregar al gobierno más de la mitad de lo que es suyo, so pena de estar fuera de la ley y como tal sujeto a los rigores de la cárcel. La forma de eludir la esclavitud es abandonar el país, con la poco estimulante perspectiva de caer en las garras de otro estado. Los ciudadanos libres somos esclavos, aunque no estemos en cautiverio.

viernes, 20 de enero de 2012

Dígame: ¿cuanto pago, de impuestos?

¿Quién no tiene amigos economistas? Yo, tengo muchos, y de lo más encumbrados. Altos dignatarios del mundo de las finanzas, las empresas, la academia, los gremios, y hasta el gobierno. Cada tanto vuelvo al ataque con la misma pregunta, y siempre sin éxito. La respuesta es inevitablemente condescendiente, paternal. No es un tema del que deba ocuparme. Para eso están ellos. Pero ellos no me dan la respuesta. Para eso están ellos: para que yo no sepa. Cuentan con sus poderosísimos métodos econométricos, pero voluntariamente se abstienen de usarlos, con el único fin de dejarme bien a oscuras. Todo economista lleva un gobernante adentro.

Les planteo ahora la pregunta, a ver si alguno de ustedes se apiada de mí. ¿Cuanto cuesta el gobierno? Dicho de otra manera: ¿cuanto pagamos, de impuestos? O, si quieren mayor respeto y objetividad: ¿cuanto pago, de impuestos?

Tal vez podamos ponernos de acuerdo en que la creencia popular ubica la carga impositiva que soportamos los uruguayos en 40%. Es decir, que de cada 100 pesos que nos entran, cuarenta se los queda el gobierno.

Ya en este punto empiezan mis dudas. Este cuarenta por ciento parece venir exclusivamente de un dedo chupado y elevado al viento, forma moderna y marítima del ojo de buen cubero, en un mundo que ha abandonado las cubas. Algunas veces parece que la falsedad de la afirmación es evidente y contundente. Aunque no lo puedan creer, muchas de las veces en que alguien comete la indiscreción de dar una aproximación al total de impuestos que paga la sociedad uruguaya, sólo toma en cuenta los impuestos nacionales. De pique, nomás, se descarta la órbita municipal, con 19 departamentos dispendiosos que mantener. Mi aproximación primaria, y de buen cubero, es que los 19 gobiernos departamentales deben costar no menos de la mitad de lo que cuesta el gobierno nacional, con lo cual los uruguayos llegaríamos rutilantemente a la cifra de sesenta por ciento de impuestos. Es decir: de cada cien pesos que recibimos, sesenta se los queda el estado.

Hay dos tipos de impuestos declarados: el IVA, y los demás.
El IVA se calcula de modo de evitar duplicaciones. Nadie paga IVA sobre algún otro IVA. El proveedor emite su factura desglosando el IVA. El que la recibe, cuando a su vez emite su factura, calcula el IVA que cobra sobre el monto sin IVA. Esto sucede infinidad de veces, sin que jamás aparezca un IVA que haya sido calculado sobre algún IVA previo.
Esto no sucede con los demás. Los impuestos que no son IVA están sujetos a IVA. Impuestos sobre los combustibles, impuestos a la renta de las empresas, impuestos a la renta de los asalariados, impuestos para la educación, impuestos específicos, patentes de rodados, contribución inmobiliaria, son algunos ejemplos. El consumidor final paga la totalidad de los impuestos que no son IVA. Paga directamente los que le son asignados, y paga indirectamente los que fueron pagados por algún productor de algún bien o servicio. Además, paga IVA sobre la parte de los impuestos no IVA que no pagó directamente. El productor incluye en sus costos los impuestos no IVA, y les carga el IVA.
Así, una parte nada despreciable del IVA recaudado es calculado sobre impuestos. Impuestos de impuestos. Cuanto más impuestos no IVA cobra el gobierno, más recauda a su vez en IVA. Parece mágico. El efecto multiplicador de los impuestos.

Hasta aquí los impuestos declarados. El gobierno nos cobra el IVA y los otros impuestos sin disimular. “Estos son los impuestos que hay que pagar”, nos dice. “Estos son los montos y tasas y porcentajes que hay que desembolsar”, nos dice. No se nos concede la gracia de tener opinión al respecto, cosa que no preocupa ni al gobernado ni al gobernante.

Además de la larga lista de gravosos impuestos oficiales, los uruguayos pagamos impuestos no declarados. Unos surgen de las actividades económicas del estado, en calidad de monopolio legal o de facto. Otros toman la forma de contribuciones, es decir compras forzosas. Entre ellas la seguridad social obligatoria, y los llamados seguros médicos. Y no olvidemos los impuestos que surgen de la pérdida de valor de la moneda de curso legal.
Los productos y servicios que provee el estado y nada más que el estado cuestan necesariamente más de lo que deberían. El sobrecosto funciona exactamente igual que los impuestos declarados no IVA: todos ellos son pagados por los consumidores finales, sumándoles el IVA, faltaba más.
La inflación, el mayor y más injusto de los impuestos, se paga de manera desigual. Lo cargan aquellos que, por obligación o desconocimiento, terminan teniendo en su poder moneda que emite el gobierno, y que sistemática y deliberadamente desvaloriza. El que tiene ahorros en pesos, y el que espera a fin de mes para cobrar un sueldo en pesos. Los asalariados y los ahorristas son las víctimas a las que apunta el gobierno con la inflación, sin sombra de piedad.

Todo esto es para mostrarles que sí he pensado al respecto. Para que vean que no vengo a ustedes con la pregunta de perezoso, nomás. Sé que lo único que hice fue enumerar. Sé que falta la cuantificación. Una vez más: que algún economista se apiade de mí. Quiero saber qué porcentaje de mis ingresos no son míos sino del ogro.

lunes, 16 de enero de 2012

QUÉ SORPRESA

Soy brisco desde siempre, Timo. Desde mucho antes de que nos conociéramos. Si no lo notaste fue porque no quisiste. ¿Por qué te creés que me vestía como me vestía? Acordate de mis relaciones con mujeres. De mi debut. Del problemita hormonal.

Pasábamos bien, ¿eh? Éramos los dueños del mundo. Me gustaba tu compañía. Siempre te estaba buscando. Y, a vos, yo te fascinaba. El Tato nos presentó, y enseguida le dio envidia. Yo sé que te hablaba mal de mí. Te decía que yo era delicado de salud, que estaba siempre enfermo, siempre tomando remedios. Qué sí, estaba en los equipos, iba, jugaba. Pero no rendía, y me daba un trabajo enorme.



CONTINUARÁ...

miércoles, 11 de enero de 2012

Unos cuantos proyectos

La casita de La Unión, la matemática, el ajedrez, la literatura, internet. El piano, la canción, la música. Tengo el germen de cada uno. Tengo el bicho del genio, para mi orgullo y pesar.


Tengo tanto miedo. Tengo miedo de morir, aunque no lo crean. Yo, el discípulo de Castaneda. El regador de palos de escoba. El compañero de la niña de rojo. El que saluda, con los monjes: “recuerda que vas a morir”.

Ése, sí, el gitano. Ése teme morir. Galopa el temor de no abarcar. Sufre por ser finito. Teme sin fin.

Viejos amigos

Aplicaciones sucesivas de Pitágoras pueden hacer maravillas. Como el volumen de la esfera, o de la conjunción de dos cilindros cruzados a noventa grados. No parece dar, empero, para el área o el perímetro de la elipse.

Para el volumen de la esfera, y demás cuerpos inscritos en un cubo, cuentan también ciertas sumas descubiertas por Euler, entre ellas el límite de la suma de los inversos de los sucesivos naturales.

Oficialmente

Pocho fue al siquiatra. Quiere que vaya yo también. El técnico de la familia sostiene que no es necesario. Ahora, qué quieren que les diga: yo, con un certificado de orate, estaría hecho. Lo blando ante el que venga a joder.

Y lo duro en algún entrepierna. Si es poco peludo, mejor.

martes, 10 de enero de 2012

De amplio espectro

Tengo bronquitis. Hace días. Jugando al básquetbol casi me muero. Jugamos cinco partidos. Fue en los últimos dos que me fallaron los pulmones. Puse el automático y seguí. Ando bastante bien. Aunque me duelen tupido las rodillas. Tomo Algirelax, un antiinflamatorio. Antialérgico también tomo, sí, pero en otros momentos. En las crisis. Alérgicas, claro. En las emocionales me meto en la cama.

Hice el intento de meditar. Las figuras del juguete perfecto se adueñan de mí. Es como ser workoholic. No lo controlo. Como el cigarro.


Un cúmulo de perfecciones. Decenas de figuras hechas por dios. Coexistiendo en paz. Compartiendo el ser. Siendo a la misma vez. Yo soy yo, y soy tú. El soy tú, y eres yo.

Voy perdiendo el interés por lo que no sea abstracto o la bebida. Me llaman distintas mujeres, y cuando apunto a contactarlas razono que no quiero verlas, o mejor oírlas. Recuerdo experiencias y resuelvo quedarme como estoy.

No es así, ves, con el ajedrez. O con la matemática. Te diré que incluso con la música y la literatura estoy sintiendo ese ansioso desgano.

El problema es que no escribo. Si escribiera estaría bien. No sé en qué momento se me vino encima. Si todo rodaba.

Qué tiempos aquéllos, en que escribía con fluidez. Me sentaba en un aeropuerto y llenaba un cuaderno. Sin exagerar. En serio, te digo.



Bueno, escribía bastantes páginas.

El cambista

En el afán de aumentar mi comprensión del fantástico mundo de los cambistas, inicié y terminé una cruzada por el libro homónimo de Juan E. Gruber, con sorpresas gratas y de las otras. La primera fue que conseguí el libro. En Mercado Libre figuraba, pero en Argentina. Aparecía uno de acá, pero vencido. Enfilé a lo de Pocho, que me queda cerca. Nones. Apuntaron mi nombre en un papelito. No digo que sea en vano, porque he tenido resultados en el pasado. Pero mi apuesta era que nones.



El domingo arranqué para Tristán Narvaja, con la esperanza de que apareciera en las librerías establecidas de las primeras cuadras desde 18. Mi intención era recorrerlas en un zigzag de tramos casi paralelos, cubriendo ambas veredas a la vez. Silvia me hizo ver la inconveniencia de la estrategia. Se hacía difícil estar cruzando entre el gentío de la calle. Y eso si había suerte y aparecían huecos entre los puestos. Arrancamos por la vereda este, y fuimos avanzando sin éxito: avanzábamos bien, pero el libro no aparecía. Los libreros lo conocían, indicaban el tiempo en que fue publicado y su relativo éxito de ventas. Podría estar, en las mesas de la calle Paysandú.


Mi memoria de la feria era sólo sobre Tristán Narvaja. Sin agregados, sin aditamentos. Pero Silvia sabía y me lo recordó, y cuando llegamos recuperé la memoria de varias y largas visitas, con compras de libros de matemática y partituras de Chopin. Recorrimos dos cuadras enteras de puestos, escaneando los estantes en busca de un lomo ancho y celeste y una foto que es cuatro fotos de la misma cara. Dicen que es el Peque Deal.


La visita a la feria se hace más interesante si uno tiene un objetivo. Compramos El Clave Bien Temperado, y casi me hago el feliz poseedor de un libro sobre la literatura oral chaná, escrita por un académico de apellido Blixen. Me llamó el tema, y me llamó el autor. Abrí el librito, y vi el número cien escrito a lápiz en la primera página, en blanco. Incrédulo, llamé al librero. “Cien”, confirmó, con voz cantarina. “Es muy caro, señor”, le contesté. A lo que respondíó “bueno”, con voz cantarina, mientras devolvía el volumen colorido y pequeño a su lugar. A la vuelta me permití preguntarle si me lo vendía por cincuenta, a lo que contestó “no”, alargando la o.


Al terminar el ida y vuelta ya estaba pronto para claudicar. Me dolía la espalda. Silvia me recordó que faltaba la vereda oeste de Tristán Narvaja. Era el camino de vuelta, por otra parte.

Estos libreros son libreros. Saben de lo que hablan, y les gusta. Muchos dan la impresión de hacerlo por el gusto de tener y cambiar y leer y comentar libros. En el día pico que es el domingo, con la calle atestada de romeros, las librerías están vacías. Un señor fofo, de un rango etario amplio, pelado y de bigote, de voz suave y generosa, me pidió que esperara, que iría al fondo a ver. Tardó un rato, volvió sin él. Me comentó que había tenido muchos, y nuevos. Que los había traído la viuda, y que luego los había retirado. Me recomendó Pocho y La Feria del Libro. Este último dato fue revelador. Creo que era Río Negro y Colonia. Me comentó que tenían un primer piso con una muy interesante colección de uruguayos. Me sorprende la amplitud de estos comerciantes. No está en su interés informarme de la competencia. Agradecile calurosamente, y seguí mi camino ascendente hacia 18, principal avenida.


En la esquina de Uruguay, un local intrascendente, en ochava, escaso, con las cortinas de metal bajas. Un señor sentado en un banquito en la puerta, que ni habla cuando entramos. Vacío adentro. Nadie atrás del mostrador, y ese espacio resulta extrañamente accesible para el viandante. Un flaco joven lee plácidamente, como si no estuviera. Somos él y yo. No logro convencer a Silvia de que el paseo vale la pena. Me asegura que me cree, y sigue recostada al mostrador, con cierto desdén asqueado. Empiezo a recorrer y los estantes no terminan. Recoveco tras recoveco, con los libros bien clasificados en estanterías de madera de pino de cajón, clarita y sin barniz. Muchos libros. Parece que el espacio se fuera agrandando a medida que circulo. El local, de afuera, parecía diez veces menor. Por otra parte, los corredores son angostísimos. Parece que uno no va a ser capaz de acceder a los libros, pero cada vez que quiero tomar uno lo consigo sin dificultades. En uno de los intentos casi cojo un gato barcino, que siguió quietito como un libro, mirándome plácido. En un rincón más informal que el resto, como si fuera un área más privada aún, me encuentro, en el estante más alto, varios ejemplares de Viven que parecen nuevos. En un cuerpo angosto que flanquea un vano, diez o veinte tomos de un estudio de Germán W. Rama sobre nuestra educación. Acelerado, vuelvo a ponerme del lado del cliente, codo con codo con Silvia, acodados en el mostrador. Un perro viejo vomita bilis en el epicentro de la librería, sin alterar el silencio. Vuelve a hacerlo. Es Silvia que lo nota, expresando su asco, esta vez verbalmente. Esperamos y aparece el otro dueño. El hermano, digo yo,  del que ocupa el taburete que se roba medio vano de la puerta. Reconoce el libro en cuanto se lo menciono, y arranca para el fondo. Tarda cinco, hasta diez minutos. Vuelve con un ejemplar nuevo. Trescientos cincuenta pesos que pago gustoso, aún si la publicación vencida de Mercado Libre era por cien. Le pondero la librería y volvemos, festejando la misión cumplida, y volviéndola a festejar. Disfrutando de la grata sorpresa del éxito, tan esquivo.


Silvia manifiesta su atracción por ciertas artesanías hechas con tenedores, representando dentistas, analistas o tenderos en plena faena. Ambos nos entusiasmamos con un aparatito de lenguas de metal que vibran. El encargado del puesto lo hace sonar con solvencia, al son de un tambor que un acólito castiga con mayor solvencia, pegándole con la derecha y agarrándolo con la izquierda, bajo el brazo, como si fuera un fardo de diarios. Cometo la indiscreción de comentar que la afinación es pentatónica, que cómo rinde, que qué fácil de tocar y qué buen gusto. Silvia responde con un silencio menos que indiferente. A Silvia la pueden los gatitos siameses, a mí los halconcitos atados de una pata a la jaula sobre la que posan, o las lechuzas en jaula de sardina.

Toda una mañana en familia.

lunes, 9 de enero de 2012

Opinión crítica

Story line, dice. Como en el cine. En inglés. Seguro que no vio películas de Woody Allen. Seguro que no entendió Pulp Fiction, donde lo crucial es narrado. La literaturización del cine. Un ataque frontal a la dictadura de la imagen. El contracine. Antes y después de Tarantino.

Story line, dice. Yo no leí lo suyo, así que no puedo decir, por mi lado.  Lo que les puedo decir, es que
 de vago a artista hay tan poco
 como de esquizofrénico a místico.

Para parar la olla

Así que sí. Así que es así. Así que vienen degollando, y tenemos que mirarlos pasar. Tenemos que constatar el colorido de sus ropajes, como en un desfile. Tenemos que ceñirnos al momento, como vestido de gorda puta, o puta gorda.


Me quedé sin guita, y tuve que llamar al Facu. Me armé de valor, y dejé de lado la culpa. Uno tiene que jugar las cartas de que dispone. “¡Sí, Timo, cómo no!”, dijo, igual de campechano. “Estuve, justo, hablando de vos. Pensé que no estabas, por lo que me dijiste. Si estás, esperame que vea si sigue en pie, y te llamo”. Me explicó, además, del asunto de la publicidad, del pasado de izquierda, de su amistad, de la valoración que tenía de mi perfil, generalmente incomprendido. Ambiente de mucho estímulo mental, al parecer.
Habló interminablemente cuanto quiso, a su imagen y semejanza, y terminó advirtiéndome, tímidamente, de la inconveniencia de un eventual nuevo ataque de crisis vocacional.

Verizzi me cito de noche. Facu me había advertido, ya, de sus excentricidades. También habló y habló, sin oírme. Me impresionó el parecido con la personalidad del Facu. En vez de seguirlo con todo, lo seguía con parte. Con la parte visible. La otra especulaba: ¿quién copia a quién? Este tiene más aire de loco. Revolea las manos, y las retuerce. Me sorprende. No en el contenido, claro. Me aborda. Me asalta. No tengo más chance que la del inglés: mi primer movimiento, quietud, divino tesoro. Llega a la propuesta, y resalta lo inevitable. Lo plantea con gracia. Con creatividad, dicho con las debidas disculpas. Con la que se arrogan, descalificándose. Quién, decime, que se defina creativo, puede crear. Qué creación, decime vos, por favor, puede caber en “hacer creatividad”, o peor, hacerla “en serio”. Volvamos, volvamos. No nos dejemos arrastrar por el resentimiento.

La apuesta inevitable. Pascal, penetrando con su enorme nariz quevédica. No sé de qué Vedas, o qué puedas tú vedar, sin autoridad y eligiendo de la corta lista de excepciones permitidas, de productos exentos del arancel común.
La apuesta que él hacía, digo. El salto al vacío que significa trabajar con un tipo de probada inestabilidad. Un tipo sólido en su inconstancia, a través de los siglos. “Vamos a andar”, le digo. No me queda otra. “Salvo”, agrego, “que haya un muerto en el ropero”.
Con ésa le gané. Pasó un fulgor de desconcierto entre sus dientes manchados de tabaco, sus comisuras con membranas de café (palmípedo bucal), su tos áspera, su calavera incipiente a través del papiro epitelial. Un relámpago de duda. Incapaz de rotular el dato. Te maté Verizzi, con lo del muerto. ¿Eh? Il morto chi ammazza, zeta doble otra vez.

No había muerto, asumimos, y se comenzó. Llegué temprano. Nadie. Ni recepcionista ni nada. Entré, y pianté parriba. Cayetano di Leoni.

Alba me presentó. Me llevó de recorrida. La primera y duradera impresión: una caterva de ineptos, con el agravante de ser pretenciosos. La excepción podría ser el propio Verizzi. Tiene cerebro, y lo usa. Y labura. Se equivoca feísimo, eso sí. Quiero decir que contradice feísimo al libro, lo que tal vez sea un acierto, en las afueras de mi amurallado entendimiento.

viernes, 6 de enero de 2012

Calvinismo católico

¿Quién puede, hoy, imaginar un catolicismo puro? Calvino reformó, realmente. Creo su escisión y modificó el tronco original, inevitablemente. ¿De dónde, si no, viene el Ursus Miei? Lo terrenal recuperó terreno en la iglesia católica, apostólica y romana. De la mano de Calvino, a quien dieron en llamar Italo por error, siendo como era de un país más al norte, cuyo nombre no recuerdo.

La santificación del trabajo. La redención por la prosperidad. El éxito como carta de membrecía de los elegidos.

jueves, 5 de enero de 2012

Multipropósito

Mi primera ubicación fue en el segundo piso, junto a la computadora. La mesa era algo así como moderna y rústica. Y, más que mesa, era un mueble multipropósito. Sostenía la computadora, y también una torta de cajas de disquettes de cinco un cuarto, absolutamente aparatosos e inútiles. En cajitas perfectas, grises y brillantes, cada disco con su rótulo ininteligible que indicaba origen, destino, finalidad, contenido, en palabras formadas de palabras y fechas, como cont396 o balU$10 . Cada antecesor había traído su programa y había dejado sus respaldos.

Moderno y rústico el mueble, y por ende la mesa que lo integraba. Amén de angosta. El cuaderno cabía sólo de costado. Así, debía sentarme apaisado, si quería escribir, que es lo que hago.

Y me acordaba del morocho componiendo con la viola de la cintita en el wáter del baño blanco de la casa del Pocho de Azucena y Otermin. Me acordaba y me acuerdo de abrirle la puerta intempestivamente  y reírme de su pose de mujer a caballo. Llorando le comentaba de mis dificultades para entrender el prodigio de un sorete saliendo a través de un recto comprimido por un par de muslos pegados. No entendía mi asombro. Para él era normal componer cantando y cagando con las piernas juntas hacia un costado, sin temor al acecho constante de las hemorroides. Luego de años me bendijo con una explicación, que tal vez haya desgranado con su analista corporativo. Altamente simple y plausible, exenta de fijaciones y libidos. Le gustaba, de niño, defecar con la puerta del armario abierta, para ver los frascos y las etiquetas. Para ello tenía que correr las piernas como las corría yo ante el monitor.

En mi caso era inevitable, si quería escribir, que es lo que hago. Hasta que me decidí y pedí, tartamudeando, un escritorio de los que usaba Alba, jinete de dos jumentos o más.

La impresión correcta

A Verizzi le dicen Tito. Alberto Tito Verizzi. Atendí el teléfono y dije “Tito”, (porque era Verizzi), “voy para ahí”.
Estaba con las arquitectas, arquidiocesanas. Y elegantes. Y cultas. Y ocurrentes. Como debe ser. A tono con el garbo mental propio del ramo, y de Manley en especial.

Manley Latin American Inc., filial de Manley, Brooks, Jocubowski & Co., Inc., NY, USA, capital de capitales. NY no es la capital de USA, pero lo es del  mundo. Para quien dude, ahí está la sede de Iuén, incluyendo, entre muchas otras divisiones, reparticiones, organismos y fondos, al Iuendipí. Así que, ya te digo. Como Miami: no es capital de Iués, pero sí lo es de Latin America, Inc. . Y si no, ahí está Don Shohnson con Ferrari y chaquetones remangados de hilo, para probarlo irrefutablemente.

Al Director General de la filial cisplatina de Manley, al Managing Director, le gustan las computadoras, aunque no habla inglés, cotorra criolla. Le gustan también el cigarro y el cafré. Quizá, quién te dice, hasta más. El escritorio está regado de vasitos a medio vaciar, medio llenos como el de Santa Teresa de Jesús. Algunos cargan con cigarrillos a medio fumar, y cantidades variagbles de ceniza. Artículo que no falta ni en el teclado, ni en el maus, ni, válgame dios,  en el cenicero. Y que puede encontrarse en soluciones de polvo y pelusa por los bordes y el papel de la impresora. Antigua, ella, y lejana, y oblicua. Haciendo la tarea de imprimir tan compleja como se requiere en un ambience así de intelectualmente sofisticado. Para imprimir, el único decision-taker de la filial cisplatina debe ponerse de pie, colocar el papel en los rieles, desplazar el polvo, amén de tocar botones y desactivar pitos. ¿Qué indica eso a un visitante mínimamente lúcido? ¡No estamos acá para imprimir, botija!

miércoles, 4 de enero de 2012

El sobrestante

No sé bien qué hablaron. Yo, no hablé. Miraban unos dibujitos. Me los mostraron. Di una opinión, sí, al final. Sobre el lugar de los medidores de los servicios públicos. Lo que cuenta, ahora, es que me vi involucrado. “Lo decidí”, dijo. “Desde hoy estás a cargo de la obra”.

La obra. La gran obra. La Obra de Dios. Santifiquémonos con nuestro esfuerzo diario, hermanos. Hermanos serán entre ellos. Yo no tengo familia, como don Gaspar de Francia, el Supremo.

Creo haberles mentado, al pasar, la elegancia de las profesionales de marras. Lenguaje florido, escotes, chambergos adolescentes y agarzonados. El asunto era elegir colores, redistribuir el espacio rectangular desde todos los ángulos y humores, incorporar sustantivos y epítetos descollantes.
Un esgrima verbal vistoso, hay que reconocer. Hasta agradable, en una de ésas. Lo cual es mucho decir, si comparamos con Bidegáin o Fedón.

De buenas a primeras, sin haberme sacado el sobretodo, estaba al frente de la fiesta tridimensional. Sí, yo. Este servidor. Un muchacho de barrio, de trabajo, acostumbrado a las simples bellezas de la cuadra, al goce frugal del reposo dominguero, al chiste sano del café, alguna vez.

Cálculos integrados

Yo, el hijo del matador de conejos, codeándome con la estética. Agradeciles, y agradézcoles por este medio, el enorme honor conferido al permitirme ser el gil de los números. Que deben hacerse, nadie duda. También es incontestable que no los tenemos que hacer nosotras. Nosotras tenemos que hablar con los proveedores, y ver que las dicroicas den en el lugar justo. Y cuando llega la cuenta, el gil, el que hace los números, tiene que pagarla. Sencillito. Cuándo se empieza, cuándo se termina, cuánto se gasta, cómo se paga, no nos incumbe. Más: no debe incumbirnos. Contamina nuestras sensibilidades. Distrae nuestras mentes escogidas.

Así las cosas, me puse a hacer cuadros. Un simple diagramita con aspiraciones de Pert, o de Gant. Un cuadrito de doble entrada, como permite el papel, como determina el cuadrillé de la hoja de cálculo.

Todavía usaba el Symphony, aquél que me impresionó en su momento por su verdadera calidad de integrado. Conocí, en mis tiempos de la Madre Patria, un tal Access, que reivindicaba inmerecidamente esa característica. Tan integrado como un retrete de casa antigua. Para procesar texto luego de manipular listados, debía uno salir del DB, ir al módulo central, y cargar el procesador. Para cagar había que salir al jardín, sufriendo la inclemencia de la estación que fuera. Con el Symphony, en cambio, basta con apretar F6 para pasar de una función a la otra.
Escribí el memo, y a continuación, derechito nomás, armé el cuadro. Las columnas indicaban tiempo, las filas tareas.

Verizzi lo recibió con algarabía. Lo pegó en la estantería que le cubría las espaldas. Lo ponderó como algo impensable hasta ahora en Manley, como símbolo de una nueva y luminosa etapa. Y me encareció lo comunicara e impusiera a las hermosas, caducas profesionales del espacio, en absoluto sideral.

Que me lo diga Tito

Las arquitectas se resistieron sin disimulos. ¿De cuándo a acá se les controla? Sí, sí, te dijimos qué íbamos a hacer, cuánto iba a demorar cada paso, cuánto iba a costar. Pero siempre indicándote, Timo, que eran datos aproximados, tentativos. Te repetimos: en la construcción, las cosas son muy variables. Aparte… vos viste como es Tito…

Tito. La coartada general. Válida, por otra parte. Tito era el único móvil posible de cualquier actividad. Si Tito no me lo dice, no hay dios que me haga mover un dedo.
Y Tito llega a la una, se encierra hasta las cuatro, va al boliche a leer el diario y masticar fumando hasta las cinco y media, y vuelve a encerrarse hasta las diez. Se lo ve poco, quiero decir. Alguna vez me manda llamar, para desplegar su show de sagacidad y formación. Como yo, sabe de todo. Es decir: habla de todo, dando impresión de saber, o estar convencido de su sapiencia. Esa característica, flagrante en él, me hace motivo de su crítica, que nunca ejerce en solitario, ni como fin en sí misma, o como vehículo de cambio en la víctima. El leve, insignificante escarnio del Tito es uno de sus exhibidores. Lo suelta, y a inmediata continuación va la carcajadita inconfundible.

Tito es enlentecedor e inflacionario, fuente de errores y desperdicios. Y tema. Allí está su mayor logro. Tito consigue que en su microcosmos se hable sólo de él. Su objetivo se cumple con creces. Es el centro, en todo y para todo. Pierde mucho dinero, sí, y qué.
Tito resuelve el relleno de los almohadones, el peso de los asientos, el olor de las cortinas, el tamaño de la botonera de cada equipo de aire acondicionado. Es cierto. Lo vi. Y, a su vez, para cada sesión de decisiones requiere de la presencia de más de un involucrado, cuya opinión no atenderá. Los colaboradores requeridos deberán esperar tiempos variables y siempre largos hasta verse en su radiante y reducida presencia, amén de los incontables minutos de charla telefónica importante, profunda, astuta y ocurrente a que los someterá. Terminada la celebración, despedirá a los feligreses, resaltando las decisiones tomadas, que nadie apuntará. En los próximos días hará retoques, que transformarán, invariablemente, un caballo en un camello.

Salvo en los casos de insanía, como este morocho que escribe, la situación de caos instituido es el mejor de los mundos, para el subalterno. Inimputabilidad general e irrestricta.

Sí, sí, las arquitectas. La obra.
Después de perseguirlas de forma humillante durante semanas, escuchando con estoicismo las respuestas anguila, logré configurar uno de esos productos informativos elementales que me dieron tantas veces de comer. Dio en llamarse, esta vez, cronograma.

martes, 3 de enero de 2012

Merodeador conceptual perenne

Se me va de las manos. Veníamos bien. Me distraigo con el ajedrez, y la geometría. Postergo, yo también, lo importante. Me ha abordado una ansiedad que creí superada. Son demasiados objetivos. Demasiados deseos. Sí, deseos. Ambiciones. Aunque sean conceptuales, aunque no quiera más que conocimiento, me mata el ansia. A mí también, sí. La estúpida megalomanía. El miedo a la muerte, a que los quince minutos se acaben sin que pase nada. A que no llegue la gloria, interna o externa. A que ni descubra ni me descubran. Al frío de ser viejo, solo, y pobre. A la imposibilidad de ser reconocido, o de disfrutar de compañía. A perder, in somma. A ser un enorme mediocre. A tocar en un espectro amplio pero sin técnica ni registro. A perder al ajedrez, al tetris, al barreminas. A no tener más que un barnicito de Internet, y exclusivamente del lado del cliente. A tocar el piano como un artrósico. A componer jugadas sin pizca de imaginación. A estudiar geometría espacial y particiones regulares sin la menor oportunidad de acceder a esencia alguna. Un merodeador conceptual perenne. Un tigre que no salta. Un asaltante pusilánime, irresuelto y perezoso. Aquejado de vicios capitales en guarismos mayores que uno. Pereza, en cabeza. Lujuria que se va perdiendo, a riesgo de volverse depravación. Avaricia: ¿quién lo duda? Esa petulante aspiración a genio, a descubridor. Esa urgencia sorda por agarrar desprevenido a lo desconocido.

Diecisiete formas posibles de partición regular. El área de la elipse. La leminscata, y demás curvas curiosas, trascendentes, de mágica denominación. Los npúmeros divinos, además de pi y e. El contenido informativo del aura, propia y ajena. Mantener cuatro pelotas de tenis en vilo. Soltar el pie derecho para recibirme de baterista. Arpegiar a dos manos sin presentir calambres. Cantar como B. B. King, o Ray Charles, sin rastro visible de melanina. El único albino músico es Ermeto. No puede haber dos, como en Highlander.

No parece haber lugar para vos entre los grandes, chiquitín. Y entre los enanos te negás a estar. ¿Entonces? La disyuntiva no cede, pibe. Seguís ahí, en precario equilibrio de trompo que pierde fuerza.

Y las mujeres. Las incómodas mujeres. Y el Pocho, con su Roipnol. Y la noche con sus junetes perdidos y sus excesos inconducentes. Y la chacra de las chircas. Y la casita de La Unión, que, si bien avanza, no se resuelve. Y la guita que se acaba. Y los laburos que se rechazan, por convicción, por amor a una valentía inexistente. Por fidelidad al personaje que aspira a aspirar a parecer genial.

El juguete perfecto. El engendro del rabioso. El milagro de un cubo compuesto de secretos innumerables. La galera de conejos geométricos. La muñeca rusa de líneas graciosamente simples. El ingobernable Autocad.

Y el básquetbol, con este asqueroso dolor de rodillas.
 Y la tosecita persistente.

Y la lista móvil de fans, de sexo variable. Y la sensación de mico descastado, de payaso venido a menos, de vástago incapaz de satisfacer a sus progenitores, de lector penosamente insuficiente, de administrador aburrido e intransigente.

Llegué. Aburrido e intransigente, los adjetivos esclarecedores.

domingo, 1 de enero de 2012

A desalambrar

Hay, incuestionablemente, un componente cultural fuerte y claro. La mesa fue diseñada con 3 patas, pero sólo le andan 2. Al Poder Ejecutivo no le interesa ejecutar, tanto como al Legislativo no le interesa relegislar o controlar. El sistema electoral requiere modificaciones a los gritos, cambios que nada tienen que ver con el emplaste que logró su único objetivo: obstaculizar el ascenso de la izquierda. Pero me estoy yendo de tema; ya volveremos. Agrego nomás que no es el sistema bipartidista el caduco, sino el tripartidista.

La pata renga es, efectivamente, el Poder Judicial. Como el seudómbudsman, está malherido desde el vamos. La cabeza del PJ (no, no es el peronismo) es designada por el Legislativo. ¡Volvé, Montesquieu! ¿Qué afiebrado bulbo raquídeo concibió tal desvarío?¿Cuotificación partidaria en la Suprema Corte de Justicia, a plena luz del día? ¿Are we kidding?

Pero eso también es otra historia, pequeño Adam. El atavismo cultural que me ocupa no es el grosero pisoteo a los fundamentos teóricos de la democracia moderna, ésa que vive y lucha con sus dos siglos largos de actividad ininterrumpida. No, no, cofrades. El verdadero escollo es el descreimiento general en el ámbito judicial, tomando el término en una acepción amplia que incluye, las más de las veces, pasos administrativos previos. Aún con una innegable cultura democrática, Uruguay no parece creer que el cobro y el uso de la recaudación fiscal y cuasifiscal están también sujetos a la Constitución y la Ley. Los políticos, íconos (aún si despreciados) de una nación carente de figuras o modelos extra fútbol, se encargan de dejar en claro que esa vía no existe. Lo hacen por conveniencia, por ignorancia, por incompetencia, por lo que sea, pero trasmiten explícita e implícitamente que la composición y descomposición de la recaudación y el gasto del aparato estatal es su competencia exclusiva. Incluso (y fundamentalmente) cuando ellos mismos señalan sus propias aberraciones (la desagradable autorreferencia es por motivos estrictamente enfáticos, pagando el debido precio estético). Los trapos se lavan en casa. Se tiran sus piedritas entre pares, con el estruendo de la tribuna, y aquí no ha pasado nada. No crean que olvido la aprendida calistenia de las manifestaciones, las huelgas de brazos caídos y estómagos vacíos, las carpas, los campamentos, las ocupaciones, los desfiles de caballos, zorras, tractores y detractores. Lejos de contradecirme, esto confirma la afirmación: estamos absolutamente convencidos de que sólo accedemos a un pequeño trozo del pastel del ruido en los medios. Buscamos la llave en el zaguán del vecino; ahí hay más luz.

Constitucionalmente hablando

Tomen sus Constituciones, hermanos, por favor. Abranlas ahora en la Sección II. Librito verde, de lomo cuadrado (plano, mejor), bastante más amplia y hermosa que el boletín ensamblado en dos grampas ferruginosas que estudiamos en aquellos lejanos y cómodos días...

Según el libro de cabecera, que, por una vez, desplazamos de la mesita de luz, tenemos derechos. Nosotros, los no políticos, los no funcionarios (huy, perdón), los establecidos, los de cuarta, los ciudadanos de a pie, podemos, según dice, reclamar más cosas que el voto.

Empiezan confiriéndonos el honor, el trabajo (que, sepanlón, está espeshialmente protegido por la ley, y debe ser distribuido imparshial y equitativamente) y la propiedad. Te digo una cosa: con cualquiera de ésos yo ya reclamaría. 1: están pisoteando mi honor con el despilfarro. 2: ¿cuántos son los que quieren trabajar de portero por milky verdolaga? ¿50.000? ¿100.000? Nos da para una banquita en el Senado, mirá vos.  3: lo que me sacan en impuestos injustificados (pido encarecidamente se me informe de la eventual existencia de algún país, en el globo o aledaños, que tenga un IVA igual o mayor que .23) es, indubitablemente, mi propiedad, mi contante y sonante propiedad.

Después, como los cerdos de Orwell, nos hacen saber que somos iguales que todos. Ante la ley, dice. A pesar de que la Carta confiere a la Asamblea General la potestad de interpretarla, oh barbaridad, me voy a permitir interpretaciones, a riesgo de ir en cana por inconstitucional, delitos de lesa nación. Creo que sería injusto, amén de absurdo, no darle un sentido laxo a la palabra ley. Ley: el conjunto de lo que nos rige. Así, ser iguales ante la ley es serlo ante el Estado, esa persona multipersonal, esa Santísima Infinidad que no existe como tal, que necesita de alguna de sus mascaritas para ser. Ese Nosotros que definimos por convención, para poder vivir sin matarnos, es la quintaesencia de la Ley, digo yo.

Entonces, cabasheros, estamos, qué duda cabe, ante una flagrante, continuada y polifacética violación del Texto Magno.
Cacho, vos que trabajás en la contru por cuatro quinientos, jugadazo y muerto de frío en el andamio, no sos para nada igual ante el Estado que el mostro que empalma $ 18.000 por abrir la puerta y llevar papeles y café. Tiene que usar uniforme, ta bien, pero es la única a su favor. Decime la verdad: por $ 13.000 más y la abolición del frío y el riesgo, ¿no te pondrías un conjuntito azul?
Tito, enfermero en el hospital de Melo, me confirmó que se vendría a la capital, sin dudarlo, para ganar 5 veces lo que gana por no trabajar en el Palacio.

Y no se andan con chiquitas a la hora de darnos las debidas garantías. Todo órgano del Estado tiene que respondernos por el daño que nos cause. Y todo ciudadano (ergo también los de cuarta) puede pedir lo que quiera ante cualquiera de las mil caras del ogro filantrópico. Redondito: el BROU, la UTE, el Palacio, que nos devuelvan la platita de todos esos años de exceso de sueldos que hemos pagado sin chistar.

Me permito un pequeño meandro para destacar un par de perlitas de la inconstitucionalidad institucional nacional. Vean ustedes qué sabrosa candidez.

Sin cortapisas ni matices, no señor. Capítulo XX, artículo YY.En ningún caso las cárceles pueden mortificar a los presos. Permitime que me sor-ría. ¿No es inconducente? Esto hace inevitable la inconstitucionalidad. Los presos están siempre mortificados, hermano. Más allá de esa pequeña gracia, lo que sí aparece como rotundamente inaceptable (en los términos de la glorificada Carta) es la sobrepoblación de los institutos de reclusión, moneda corriente, sabido es.

Igual apreciación corresponde a la categórica e ilimitada obligación del Estado de proveer para bobos, locos y lisiados,| Capítulo ZZ, versículo JJ. Regocíjense conmigo, cofrades: ¿qué creen que pasaría si Don Orione y Aldeas Infantiles cerraran sus puertas, como hicieron, en su momento, el Tupí Nambá, ONDA y el Sorocabana?

Desde Israel: voten a Ron Paul y dejen que mi gente se vaya

Artículo de Rafi Farber, publicado en Settlers of Samaria

Últimamente he estado teniendo problemas para dormir. Me siento en mi sala, acá en Karnel Shomron, en la octava noche de Chanukah, pensando qué otros milagros nos esperan el 3 de enero y en los meses siguientes. Tengo el nombre Ron Paul constantemente en las puntas de mis dedos. Lo tecleé tantas veces este mes que resulta demencial. Siento un entusiasmo que pocas veces he sentido, y eso que ya ni vivo en América. En el último debate republicano me levanté a las 3 de la mañana de Israel para verlo en vivo a las 8 de la tarde EST en YouTube, y no me dio pereza en absoluto. Estoy sobregirado, y no puedo bajar las revoluciones.

Recién hace poco me di cuenta de la verdadera razón de esta excitación.

Al principio me interesé en este asunto de la libertad cuando oí que Ron Paul quería suspender toda la ayuda internacional, incluyendo la que recibe mi país. Me pareció una idea espectacular. Odio recibir dinero de los contribuyentes americanos, cuando no lo necesito. La razón por la que lo aceptamos no es, les comento, sólo que lo necesitemos. Es que no nos gusta sentirnos solos. Los judíos siempre sienten una profunda soledad, un profundo aislamiento existencial. “Viéndolos desde la cima de la montaña, observándolos desde las alturas, ésta es gente solitaria, que no se incluye entre las Naciones”, dice Balaam del Pueblo de Israel en Números 23:9 . Todavía sentimos esa soledad. Así que aceptamos el dinero. Es vergonzoso, es un robo, es moralmente reprobable, y hace que la gente nos odie por meterlos en un conflicto en cuya solución nada tienen que ver. Yo quería que la ayuda se cortara, pero no confiaba en que ningún líder israelí renunciara a ella por las suyas. Así que me puse a indagar sobre Ron Paul.

Me encontré con cosas fascinantes. Me enteré en los foros de gente que, allá por 2008, le dio poco menos que su vida. Algunos hicieron aportes de campaña que no se podían permitir, a otros su dedicación exclusiva y enfermiza les costó el matrimonio. Esto me resultó impresionante. Al principio no entendía cómo, pero después de unos días de oírlo empecé a darme cuenta.

¿Qué tiene Ron Paul, que lleva a la gente a tales extremos? ¿Por un lado apoyo demencial, y por el otro tanto miedo y desprecio? Les doy la respuesta en una palabra: alma.

El alma esencial de un ser humano es libre, por definición. La idea de que los hombres somos libres por obra de Dios es un concepto que escapa a la mayoría de la gente. Esto se debe a que la mayoría de las personas quiere controlar a los otros, quiere sacarles su libertad. Esto normalmente se conoce como el afán de poder. El afán de poder es opuesto a la libertad, ya que poder significa la capacidad de controlar a los otros. Hay sólo un uso legítimo del poder, sea poder militar, legislativo o ejecutivo: la legalización de la libertad.

Ron Paul no quiere ser presidente para “darme” libertad. Él ni me dio la libertad, ni es el dueño de mi libertad. Ron Paul quiere ser presidente por una única razón, que es parar de castigar a la gente por usar la libertad que tiene por derecho propio. No quiere poder. Eso es claro para cualquiera que lo oye.

Hay dos tipos de seres humanos. Los que quieren poder, y los que quieren libertad. Se ve muy fácilmente quién es qué. Los que quieren libertad son filosos. Son consistentes, de principios, y cuando hablan uno puede sentir su alma. En algún lugar del ciberespacio espiritual hay un continuo de almas, y cuando entramos en contacto con alguna de esas almas nos damos cuenta enseguida, porque las almas son libres por definición. Sentimos sinceridad, realidad, consistencia: un ser humano libre. Si en nuestra búsqueda de libertad entramos en contacto con un alma humana de verdad, nos hacemos adictos instantáneamente, y devoramos todo lo que podamos encontrar de ella. Queremos unírnosle inmediatamente, sean cuales sean las discrepancias. En este movimiento para la libertad hay gente a la que no le gusta Israel, en especial los “colonos” como yo. A mí no me importa. Si buscan la libertad, yo lo percibo, y mi inclinación hacia el individualismo se transforma súbitamente en un deseo de fundirme en un colectivo – pero un colectivo de individuos libres. Una hermosa dialéctica. No importa en qué estamos de acuerdo y en qué no, mientras estemos de acuerdo en la libertad.

Nos hacemos adictos a Ron Paul y buscamos desesperadamente más y más. Cualquier video viejo, cualquier discurso desconocido, cualquier cosa que haya dicho que no hayamos oído, aunque sí lo hayamos oído mil veces, con otras palabras. Es inevitable. El ansia voraz de usar la libertad que Dios nos dio nos domina por completo. Como si de repente cayéramos en la cuenta de que somos humanos, y la Imagen Divina con que Dios nos creó cobrara vida y se inflamara.

Pero hay otra cosa que nos pasa. Una vez adictos a Ron Paul, ya no podemos aguantar escuchar a los que buscan poder. En cuanto arrancan a hablar se nos revuelve el estómago. Antes nos parecían simplemente aburridos. Ahora son revulsivos. Oír a Romney o Gingrich o Bush u Obama nos da náuseas, y nos preguntamos cómo hace Ron Paul para resistir los debates sin que se le revuelva el estómago. La fachada política que son estos candidatos resulta tan transparente que parece un fantasma que nos saca su lengua etérea. Es insoportable.

Lo que nos enfurece, cuando oímos a Romney o Gingrich, es que hay un tipo ahí parado diciendo cosas, pero no hay alma. No son hombres libres. Son hombres de poder. No es que Romney o Gingrich no tengan alma. Sí que tienen. Son hombres como nosotros. Lo que pasa es que prácticamente prendaron sus almas en su búsqueda de poder, en su afán de controlar a los otros con afirmaciones como “¡Quiero reducir el presupuesto y agrandar el aparato militar!”. Y lo dicen con toda la cara, imperturbables, como si fuera una grabación, sin alma. Su humanidad está tan enterrada bajo la montaña de mentiras que se contaron a sí mismos, que ni ellos mismos ni nosotros podemos siquiera sentir sus almas en el continuo humano. Un hombre libre puede llegar a volverse loco con el espectáculo de un cuerpo humano que habla sin un alma que comunique.

Ron Paul nunca baja en las encuestas, y esto se debe a que no está “convenciendo” en el sentido habitual, diciendo que tiene razón en el tema que sea. Lo que está haciendo es activar almas humanas, encendiendo fuegos espirituales de a uno al hablar de libertad. No hay vuelta atrás, una vez que un alma ha sido activada, y la persona entiende que ES libre, más allá de lo que le hagan o le digan. Los otros candidatos tratan de captar atenciones con frases impactantes que suenan bien. Los esclavos siguen estas frasecitas en patota, siguiéndose unos a otros de candidato en candidato. Sin prisa pero sin pausa, Ron Paul va activando unas pocas almas de las que se inclinan en la turba, de las que pasan de un candidato que se repite a otro, de una campaña de frases impactantes a otra. Así es cómo Ron Paul sube en las encuestas.

Y sin embargo no podemos esperar que todos los hombres, las mujeres y los niños entiendan el mensaje de libertad y se entusiasmen con él. La realidad es que la mayoría simplemente no lo soporta. Ser libre de verdad es tan aterrador como estimulante. La Biblia nos habla de esto muy claramente en la historia del Éxodo desde Egipto. Cuando Moisés aceptó finalmente el rol de intermediario en la relación con Dios, se le encomendó comunicar lo que sigue a mis tatarabuelos los israelitas:

“Por lo tanto, di a los israelitas: Yo soy Dios. Yo los liberaré de las cargas impuestas por los egipcios, y los conduciré fuera de sus ataduras. Los redimiré con mi brazo extendido, a través de señales asombrosas. Y los tomaré, para que sean Mi pueblo. Y yo seré su Dios, y ustedes sabrán que Yo soy el Señor que los liberó de las cargas impuestas por los egipcios". (Ex. 6:6-7)

¿Y qué respondieron mis abuelos?

“Y Moisés dijo estas cosas al pueblo, pero no oyeron, debido a su falta de espíritu y a sus lazos de crueldad”. (6:9)

No todo el mundo puede manejar el mensaje de libertad. Para algunos es demasiado aterrador, otros simplemente están demasiado esclavizados. Ésos son los que desprecian a Ron Paul. Gente similar a los que se rebelaron contra Moisés en el desierto, y trataron de volver a Egipto. La libertad es más de lo que pueden tolerar. No pueden manejar este don Divino. Quieren, necesitan que alguien los controle. Sus almas han sido demasiado castigadas con esclavitud, impuestos y guerras.

Aún así, Dios forzó a mis arrogantes tatarabuelos a dejar Egipto, y es por eso que ahora estoy acá, predicando libertad otra vez, peleando por la libertad de America, y también por mi libertad, por liberarme de la influencia americana en mi región.

¡Voten por Ron Paul, y dejen que mi gente se vaya, otra vez! Dejen de entrometerse, paren de tratar de comprar influencia dándome dinero. ¡Paren de querer ser el Pacificador todopoderoso, y déjennos resolver nuestros problemas por las nuestras! Si nosotros creemos que Irán es una amenaza, nos las arreglaremos, y aceptaremos las consecuencias. No son problemas de USA, y además ustedes no están en condiciones de financiar otra guerra.

Ahora entiendo por qué hay gente capaz de darle todo a este hombre. Cada vez que le preguntan: “¿Usted legalizaría la heroína?”, Ron Paul responde: “¡Yo quiero legalizar la libertad!” Es muy poquito lo que esta gente entiende de que la libertad es mil veces más adictiva que la heroína.

¡Judíos americanos! ¡Despierten! ¡Dejen ir a sus hermanos israelíes! Fuimos la primer Nación que Dios liberó, y brindamos al mundo el concepto de libertad, cuando dejamos Egipto hace 3000 años. Es tiempo de dar el ejemplo para el que fuimos elegidos.


El autor, Rafi Farber, es miembro de Jews for Ron Paul, y maneja el sitio World of Judaica. Pueden escribirle a settlersofsamaria@gmail.com