sábado, 31 de diciembre de 2011

Civiles a nuestro servicio

Si alguien dudaba aún, al consultar el librito verde la bruma se disipará totalmente. La casta de los efe tiene, enteritos, los 8 artículos que van del MM al HH de la sección Derechos, deberes y garantías de nuestra Carta Magna, dedicados pura y exclusivamente a ellos, y sólo a ellos.

Con la gravedad propia del constituyente, con ese aire digno, doctoral y aristócrata, nos zampan la brillantemente obvia aseveración: la función no existe para el funcionario, no no. Es él o ella (funcionaria) que existe para ella (función), según consta a fojas del numeral RR del Capítulo WW.

Amén de las imperiosas disculpas por el doble uso de la palabrita innombrablemente antiestética, anticastellano y antisocial, debo apuntar las baterías a definiciones. La función: ¿qué es, la función? (hasta en sánguche te lo digo). No existe para el que la desempeña, sí sí, y las ruedas no son cuadradas. ¿Para qué existe? Además de perogrúyico, el tema es infantil. Parece que te estuvieran exponiendo las bases de la suprema verdad, y lo que están haciendo es poner 7 vocablos en fila, con el único efecto de gastar papel, pupilas, neuronas y paciencia.
Y esto, porque no quiero pensar que parten de la base de que la creencia general es que la función sí se crea y existe para el que la ocupa. Y entonces, silbando, con las manos en los bolsillos, espetan: “Miren, che, que la función no es para el efe, ¿eh?”. Rotunda petición de principios, tamaño sofisma conteniendo en sí mismo su anulación. No veas un elefante verde.
Un aspecto que se presenta con cierta regularidad al analizar el resultado del comportamiento humano es la intención. Este parrafeo (él mío) no pretende incluir un análisis teleológico. Me permito decir, nomás, que creo en la bonhomía de los responsables del Texto y sus gafes. Creo, sin certezas, que antes, como ahora, no carecían ni carecen, en general, del afán de favorecer al ciudadano inexistente. Lo que sí les falta es autocrítica.

Si considerabas inevitable poner el tema en la Conti, Doctor, debiste haber hablado de la función. Haberla definido, tal vez. Digo yo, e insisto, porque parecen creer que las funciones no existen para cumplir un cometido necesario para la comunidad al menor costo posible, sino para permitir un mayor o menor ingreso mensual para alguien que tiene o tuvo alguna vinculación con alguien que tiene o tuvo algún vínculo con el poder público. Justo, justito lo que, según la Conti, no hay que hacer. No es que estemos un poquito corridos del eje de la norma. Es que estamos frontalmente contrapuestos a la norma.

Claro que hay excepciones. Muchísimas. La mitad de los casos son excepciones, tal vez. Esos no son efes. Esos son empleados. Esos no son privilegiados, sino víctimas. Esos no son los que se agarran fuerte, sino los que deberían estar clamando, con nosotros, por sus derechos. De manera sistemática, moderna, efectiva. Esos son de cuarta. Esos son nosotros. Esos son contribuyentes.

Después de aclarar que la función no existe para el efe, sino todo lo contrario, el (o la) constituyente se despacha con un par de páginas abundando sobre la inamovilidad de los efe. Término que, claro, no define, y que, según la Real Academia y la más rampante lógica, termina significando “que no se puede mover”. En contraposición encuentran otra palabrita: amovilidad, simplemente pelándole parte del prefijo negativo. ¿Por qué, ilustrísimos, pisoteáis así el castellano?
De inamovilidad vamos a permanencia, de ahí a carrera, de carrera a ascenso y antigüedad. Todos ellos derechos constitucionales. Sin dejar de exponer constitucionalmente los altamente redundantes derechos al descanso, a la licencia, y a enfermarse y por eso faltar al trabajo.
¿Y el resto de los ciudadanos que trabajan? ¿No tienen esos derechos? Y, si los tienen:¿por qué, entonces, no les dedicaron unas paginitas de la Carta a ellos también? A ellos, que son los que pagan...

Para los contra como yo, si rascamos bien encontramos una tímida, tibia, ruborizada referencia a las obligaciones funcionales, a las sanciones por incumplimiento (¡barbaridad!), al traslado (¡cáspita!). El desliz es casi inmediatamente corregido recalcando que no se pueden meter con nadie, en realidad, porque si no les encajamos flor de recurso administrativo, según te explico a fondo en la sección 17.

De ese bloque, el dedicado en exclusividad a los efe, surgen 2 elementos, 2 creaciones de la Carta en torno a ellos. El Servicio Civil, para asegurar  una administración eficiente, y el Estatuto del Funcionario, bajo el leit motif de “el efe para la función, y no al revés”. Y otra vez nos damos contra la vigorosa ingenuidad de los padres de la patria. El Servicio Civil no puede asegurar una administración eficiente. Nada puede hacerlo, a decir verdad. Podrá, eventualmente y con grandes dificultades, contribuir a mejorar la eficiencia del ogro, o, mejor aún, a disminuir mínimamente su ineficiencia. ¿Se puede ser así de naïf? ¿Se puede confundir así una norma con un deseo?
Amén de esto, la ley que cumple los designios de la Carta, creando la Oficina Nacional del Servicio Civil y repitiendo el jocoso cometido que Ella le asigna, le confiere en general funciones de asesoramiento y contralor. A la hora de los bifes, sin embargo, sus atribuciones resultan ser solamente de asesoramiento (esto incluye generación y mantenimiento de información), no vaya a ser que a algún trasnochado se le ocurra ponerse a controlar. Puede también emitir opinión con respecto al cumplimiento de las normas relativas al Servicio Civil, siempre y cuando se lo pida alguna repartición del estado, claro está. Los particulares no le pueden pedir nada, en principio. Pero, como sí puede emitir opinión por su cuenta (digamos que se lo pide a sí misma, en su calidad de entidad pública), podría dignarse y opinar, si se lo pidiéramos, amparándonos en nuestro derecho constitucional de petición.
Parece que el legislador se distrajo y nos dejó otra rendijita. Entre las atribuciones de la ONSC (en puridad, de la comisión que la rige), muy al final, incluye el ser oída en temas de servicio civil, a petición del Tribunal de lo Contencioso Administrativo. O sea que si logramos comunicarnos con el TCA, podremos entrar en contacto con la ONSC, y hacerla propinar su opinión autorizada y fundada.

Mis humildes posibilidades de investigación me llevan a creer que el Estatuto del funcionario data de 194ypico. Ni siquiera es una ley. Es un decreto-ley firmado por un tirano de nombre Baldomir y un ministro de instrucción de nombre Cyro, con y (griega).

viernes, 30 de diciembre de 2011

El destructivo encanto de la bohemia

Hasta mi disfraz era sosamente pretencioso. Mi auto rotoso también. Y mi displicencia, empezando por los horarios. Paria confirmado, tal vez voluntario. No, no, voluntarioso no.

 Fui a la entrevista con mi decenal buzo de lana gruesa, y la consabida barba crecida. Llevaba también, creo, el camperón que me compró mamá, para los inviernos. Y las botas que supo enviarme, en viaje transatlántico, antes de que abandonara mi demorada adolescencia. Fui vestido de bohemio. La fuerza de la inercia y del orgullito.

Quería perder. Como desde la primera vez, con aquel sagaz psicólogo de los head hunters, los jíbaros que me habían descubierto. Cuando escribí vio que era zurdo, para mi alegría y solaz. Le mostré mis rasgos de inadaptado, que debidamente desechó. Marcando una línea que se repetiría hasta Verizzi, el último crédulo.

El arte total

Mi indumentaria no lo descorazonó, para desdicha de mi inconsciente. A los pocos días de la entrevista nocturna integraba la plantilla. Caí sin corbata, de vaquero. Entusiasmado por subirme al tren del desenfado publicitario.

Te soy sincero: en el fondo yo quería ser publicista. Participar del glamour. Tener ese charme, esa onda. Ser ágil de mente, amplio de miras. Abarcar la cultura judeocristiana de un brochazo. Paf.

Yo quería, también, meterme un poco de cocaína y andar rápido en un auto moderno y rojo. Escalar la ladera yo también, yo, con ellos. Desprenderme la camisa en la cima nevada. Despeinarme con el soplo genial del amanecer zenital de la creación.

Sí, sí, muchachos. Me cuesta, me duele, pero hoy y aquí aviento sin disimulos que yo quería ser creativo,  y arrancar yo también el alma de las cosas en una frase, una imagen, un sonido. Con tal despliegue de absoluto que la misma música (al menos a mis pálidos oídos), la misma imagen (para mis asordinados párpados), la misma sentencia (para mi léxico acotado y mis escasas lecturas), significaba fideos, no ande rápido, sida, jabón para el pelo (es decir champú), cigarrillos, autos en gama variopinta, you name it.

Confieso, golpeo mi pecho al clamar que yo también quería aprender a buscar en una revista exclusiva y escoger entre las muchas fotos e ilustraciones aquélla que, ¡oh maravilla!, representara con precisión inenarrable el alfajor a resaltar. Ansiaba como enamorado joven saber poner justo esa página de la revista de fotos en el lector óptico de nombre scanner. Robarle el alma en bits y bytes, darle un nombre burbujeante al archivo, y luego llamarlo con el Corel Draw!, o algún sucedáneo en Mac, que es mac elegante[1]. Y luego conferirle la magia de ese retoque único, con forma y olor de cereza.

Si alguna vez sentí el fresco y el rumor del batir del ala del ángel, fue cerca de esta gente elevada. Los publicistas, los creativos, los artistas por antonomasia de esta era posindustrial, posinformativa, de estos días en que el futuro fue ayer.

¡Ah! Juro por Warhol que me palpita el tercer ojo cuando recreo aquel mi anhelo.
El tercer ojo de la frente, claro.


[1] Mirá si no aprendí que te vendo helados Smak, ordenadores MacIintosh y hamburguesas MacDonalds de una. 

Las sandalias del contador

Manía inconducente por arengas y diatribas. Elaborar sobre la chispa de la fantasía, siendo el asunto la indumentaria.

Lo veo a las claras, con la lupa de la distancia: gran error fue, no adquirir unas sandalias. ¡Qué me costaba! Y sí, alguno tendría cometa con el zapatero, o sería accionista anónimo y oculto de la talabartería. Tala Tala talabartero. Algo así como el papa negro de la gremial de trenzadores de guasca.


Pero ni siquiera eso debió importarme. Y, además, son todas excusas porque en aquel momento yo no imaginaba tales extremos. En la línea confesional que nos hemos impuesto, me fuerzo en este instante a gritar que no las compré, ni menos me las puse, por mi enorme, grandilocuente mal gusto, por mi irrenunciable guachafería de contador, por mi consumado horterismo de infeliz mensor. En otras palabras: no llegué a darme cuenta de su relevancia. Menos que eso: no me percaté de su intrínseca y sutil belleza, de su denodada elegancia.


Al ver sus pulgares inferiores husmeando hacia arriba, pretendiendo oler futuras lluvias, sólo atinaba a imaginarlos en colisión directa con la pata de una mesa, luego sangrando, y luego moviéndose rítmicamente en el aire. En franco abrazo con la mano que los aprieta. Meciéndose al son de alaridos desgarrantes y puteadas incrédulas.

El uniforme

Me gustaba el asunto ése de que no había uniforme. Los loquitos de camperita, remera, barbita crecida, sandalias.
Acompasándome dócilmente al devenir, en los primeros días me aparecí con mi camperón de invierno, mis buzos de lana pesada, mis vaqueros, mis botas. El uniforme de invierno de particular de los últimos doce, trece años, que en esos días era poco menos que de jornada completa, teniendo en cuenta que algunas veces me lo sacaba para dormir.
Un día el muchacho de la barbita, el pelo duro, redondeado, los trajes de alpaca, el auto de señor, la risa de hipotiroideo, la colección de clichés y el voto de izquierda (que, en el medio, no lo caracterizaba), hizo, se ve, algún comentario al respecto al amo. Lo colijo porque en su presencia don Tito me insinuó perentoriamente que debía disponer de una corbata y un saco, al menos.

Por esa sugerencia, y por el peso de las circunstancias y de anteriores inercias, mi atuendo fue apresuradamente transformándose en un híbrido a tono con mi peripecia, y con una dosis similar de ridículo. Vaqueros con corte pantalón, corbatitas de primera comunión, camisas de sin corbata, remeras decoradas que se traslucen.

Y gabardina perenne. La vieja, la del Pocho. Bérberis, o burberris. La que dio que hablar.

Margot, al óleo

No nos pusimos de acuerdo, y hubo que dirimir.

-Bueno, eso es lo que te planteo. Si no compartís, vamos a tener que hablar con Tito.
-Sí, sí, como quieras.

Ahí marchamos. Hacía sonar los talones, apretaba los maxilares. Que conste que no evito decir “las muelas” por el consabido afán de originalidad, considerado snob por error. “Los maxilares” es más apropiado porque ya en ese momento carecía de una fracción relevante del conjunto molar, que hacía que el contacto fuera fundamentalmente diente-diente. Sí, acepto que “los dientes” habría sido incluso más ajustado a la realidad, pero habríamos perdido la equis, de exquisita pronunciación, por difícil y por escasa.
Margot no la omitía, aclaro. Caminaba a mi lado, sonriendo aún, confiada, sin perder la displicencia que, según creo, creía artífice de la gracia. Mantenía mi paso con esfuerzo, entre la falda fajada y los tacos. Sus talones sonaban más que los míos, no por brío y enojo sino por aparato y apuro. Se impone aquí, a lomos de la faja falda, el bajo abdomen prominente. No sé si es falta de vergüenza u orgullo de clase. La cuestión es que esta niña, como tantas de su sexo, parecía exhibir su cementerio de ravioles. Aparentemente no le bastaba con permitirse no disimularlo. Se veía compelida, conminada a realzarlo, a cubrirlo de guirnaldas, a iluminarlo desde ángulos cuidadosamente escogidos. Otro caso, ven, de irracionalidad. Otra perla de absurdo. Ahí está, fíjense, cómo se mina gradual y persistentemente la precaria estabilidad psicoemocional de un pobre muchacho de barrio, en absoluto preparado para inclemencias tales.

Ustedes podrán suponer que esa agresión a la sensibilidad del prójimo tendría una compensación. En romance, que la gordita tendría, por ejemplo, buen culo. Buenas patas, al menos. Así, dado que la confección habitual, consuetudinaria, no incluye piezas, hábitos que escondan el frente y resalten el fondo, el vientre rompiendo los ojos, evidenciando más que sugiriendo un estreñimiento crónico, necesariamente patológico, y sólo levemente aliviado matinalmente por dosis reducidas y acalladas de flato, sería el costo de un culo frondoso, melocotón, incitante, que llenaría de deseo y represión a los eximios esgrimistas de símbolos, en particular al que decide y paga.

Avanzando aún, a riesgo de romper la maquinaria y sus bolas, el paroxismo de la inteligibilidad está en su rotundo éxito. Tan rotundo que hasta yo, mirá vos, sí, hasta el suscrito quería calzar ese culo con cinco dedos firmes, cual Michael Jordan el balón enorme y anaranjado.

jueves, 29 de diciembre de 2011

¡Heil Obama! El fascista estado americano

Exposición de Lew Rockwell en la Cumbre de Arizona de Casey Research, Cuando muere la moneda

Agradezco a Doug Casey y su fantástico equipo por permitirme el honor de dirigirme a este gran grupo, que, debo decir, me llena de optimismo. Hoy voy a hablar del tema que Doug me pidió que tratara, que es si América se encamina al fascismo. Tal vez podría resumir mi charla simplemente diciendo ¡Heil Obama!, pero no lo voy a hacer (risas del público).

Todos sabemos que el término “fascista” es peyorativo. Se usa para describir cualquier posición política que no le gusta al que habla. No hay nadie en estos días que esté dispuesto a pararse y decir “Yo soy fascista. Creo que el fascismo es un gran sistema político y económico”.

Pero yo sostengo que, si fueran verdaderamente honestos, la gran mayoría de los políticos, intelectuales, y activistas políticos, deberían decir exactamente eso.

El fascismo es el sistema de gobierno que carteliza el sector privado, planifica centralmente la economía para subsidiar a los productores, exalta al estado policial como fuente de orden, niega derechos y libertades fundamentales al individuo, y hace al poder ejecutivo el amo ilimitado de la sociedad.

Esto describe la política dominante hoy en América. No sólo en América; esto es cierto en Europa, también. En efecto, tanto se ha vuelto parte del pensamiento central que ya apenas se nota.

Es cierto que el fascismo no cuenta con un aparato teórico superior. No existe ningún teórico mayor como Karl Marx. Esto no lo hace un sistema social, económico y político menos definido o real. El fascismo también resalta como un estilo bien definido de manejo social y económico. Y sostengo que es una amenaza mucho mayor, para la civilización, que el socialismo en todo su esplendor.

Esto es porque sus rasgos han sido parte integrante de nuestra vida, y por tanto tiempo, que nos resultan casi invisibles.

Pero, siendo el fascismo invisible para nosotros, es ciertamente nuestro asesino silencioso. Carga un estado enorme, violento y pegajoso sobre el mercado, que chupa el capital y la productividad como un parásito mortal a su organismo anfitrión. El estado fascista es la economía vampiro. Se chupa la vida económica de un país, causando una muerte lenta a la que fuera una economía pujante.

Déjenme darles un ejemplo reciente. Últimamente la prensa se llenó de datos del censo de USA de 2010. Los titulares hacían énfasis en un gran aumento en la tasa de pobreza, el mayor de los últimos 20 años, y llegando al 15%.

La mayoría de la gente oye esto y lo descarta, probablemente con buenas razones. Al final, los pobres de este país no son pobres según ningún parámetro histórico. Tienen teléfonos celulares, televisión por cable, autos, comida en abundancia, mucho ingreso disponible para gastos. Por otra parte, no hay una clase fija que pueda llamarse “los pobres”. La gente entra y sale, dependiendo de su edad o sus particulares circunstancias de vida. Además, en la política americana, cuando oímos la cháchara sobre los pobres todos sabemos lo que se pretende: dejen que el gobierno les meta otra vez la mano en el bolsillo.

Pero oculto en el informe hay otro hecho, que tiene un significado mucho más profundo. Es sobre el ingreso medio de las familias, en valores reales.

Lo que los datos revelan, este año, es devastador. Desde 1999, el ingreso medio de los hogares cayó 7.1%. Desde 1989 el ingreso medio de las familias casi no se modificó. Y desde el fin del patrón oro, casi no ha crecido en absoluto. La gran maquinaria de generación de riqueza que América supo ser, está fracasando.

Ya las generaciones no pueden esperar una vida mejor que la de la anterior. El modelo económico fascista ha matado lo que una vez se llamó “el sueño americano”. Y, por supuesto, la realidad es peor que lo que revelan las estadísticas. Porque debemos considerar cuántos ingresos hay en un mismo hogar, para llegar el ingreso total. Después de la segunda guerra mundial, con la masiva y magnífica reducción del ingreso del gobierno, y del gasto militar, un solo ingreso por familia pasó a ser la norma. Pero luego se destruyó la moneda, y los ahorros de los americanos fueron barridos, y el capital básico de la economía fue devastado.

Fue aquí que los hogares empezaron a tener dificultades para mantenerse a flote. El año 1985 fue el punto de inflexión. Fue en ese año cuando se volvió más común ver dos ingresos por hogar, que uno. Las madres ingresaron en la fuerza laboral, para mantener los ingresos familiares.

Y los intelectuales celebraron esta tendencia, como si representara liberación. Alabado sea el señor, todas las mujeres, en todos lados, se suman a los registros fiscales, como valiosos contribuyentes al tesoro del estado. La verdadera causa fue el ascenso de la moneda fiduciaria, que depreció el dinero, se robó los ahorros, y empujó a la gente a integrar las nóminas de trabajadores y contribuyentes.

Esta historia no surge si miramos solamente estos datos. Para descubrirla hay que ver la demografía.

Básicamente, el enorme cambio demográfico aportó a las familias otros veinte años de aparente prosperidad. Es difícil llamarla así, ya que en realidad no hubo opción al respecto. Si querías seguir viviendo el sueño, el hogar ya no se las arreglaba con un solo ingreso.

Pero este cambio enorme no fue más que un paliativo. Trajo veinte años de leve incremento del ingreso, pero luego la tendencia de los ingresos se niveló de nuevo. En la última década volvimos al fracaso y a la caída. Hoy, el ingreso medio de las familias está apenas por encima del nivel que tenía cuando Nixon hundió el dólar, estableció controles de precios y salarios, creó la EPA y muchas otras agencias federales, y todo el aparato parásito de bienestar y guerra se afianzó y se volvió universal.

Sí, esto es fascismo, y nosotros estamos pagando el precio. El sueño está siendo destruido.

Las conversaciones en Washington sobre reforma, en boca de republicanos o demócratas, son una broma de mal gusto. Hablan de pequeños cambios, pequeños recortes. De las comisiones que van a establecer. De los límites que van a imponer, en el futuro. Todo ruido, por supuesto. Nada de esto resolverá el problema, en lo más mínimo.

El problema está a un nivel más fundamental. Es la calidad de la moneda. Es la mera existencia de miles de agencias regulatorias. Es la asunción general de que uno debe pagarle al estado por el privilegio de trabajar. Esto significa presuponer que el gobierno debe administrar todos y cada uno de los aspectos del orden económico capitalista, refrendando su calidad de estado total. Y el problema es que el sufrimiento y la decadencia persistirán mientras exista este estado total.

Es un hecho que la última vez que alguien se preocupó por el fascismo fue durante la segunda guerra mundial. Se nos decía que estábamos enfrentándonos a este perverso sistema, en el extranjero. USA venció a esos gobiernos fascistas, pero la filosofía de gobierno que representaban no fue derrotada. Apenas después de esa guerra, otra empezó. La Guerra Fría, capitalismo contra comunismo. En este caso, el socialismo era visto como una forma suavizada de comunismo, tolerable, y hasta encomiable en la medida que se asociaba con democracia, el sistema que legaliza y legitima el saqueo constante de la población.

Mientras tanto, todos habían olvidado que hay otros sabores de socialismo, y no todos de izquierda. El fascismo es uno de esos sabores.

No hay duda posible de sus orígenes. Está ligado a la historia de la política italiana después de la primera guerra mundial. En 1922, Benito Mussolini ganó una elección democrática, y estableció el fascismo como su filosofía. Mussolini había sido miembro del partido socialista.

Todos los actores mayores y más importantes del movimiento fascista provenían de los socialistas. El fascismo era una amenaza para los socialistas, porque era el vehículo político más atractivo para la aplicación, en el mundo real, del impulso socialista. Los socialistas cruzaron la vereda para unirse a los fascistas, en masa.

Ésta es también la razón de que el mismo Mussolini tuviera tan buena prensa, por más de diez años desde que comenzó su gobierno. Era alabado en artículo tras artículo en el New York Times, era promovido en colecciones académicas como ejemplo del tipo de liderazgo que necesitábamos, en la era de la sociedad planificada. Las piezas halagüeñas eran comunes en la prensa americana durante todo el final de la década de 1920, y hasta mediados de la década de 1930.

En ese mismo período, la izquierda americana sufrió un viraje muy grande. En las décadas de 1910 y 1920, la izquierda americana tenía un muy loable sentimiento anticorporativo. En general se habían opuesto a la guerra, al sistema penal manejado por el estado, a la prohibición del alcohol, a las violaciones de las libertades civiles. Obviamente no eran amigos del capitalismo, pero tampoco lo eran del estado corporativo del tipo del que forjó FDR, durante el New Deal.

En 1933 y 1934 la izquierda americana tuvo que elegir: si aceptaban el corporativismo y la regimentación del New Deal, o si adoptaban una postura principista basada en sus valores liberales. En otras palabras: si aceptarían el fascismo como una meta a mitad de camino hacia su utopía socialista. Se dio una batalla en ese tiempo, y hubo un claro ganador. El New Deal hizo una oferta que la izquierda no pudo rechazar. Y fue un pequeño paso: de aceptar la economía planificada fascista, a celebrar el estado guerrero en que concluyó el período del New Deal.

Esto es una mera repetición de lo que había sucedido en Italia una década antes. También en Italia la izquierda se dio cuenta de que la mejor forma de concretar su agenda anticapitalista era dentro del marco del estado autoritario y planificador. Claro: nuestro amigo John Maynard Keynes estaba jugando un papel crítico, al proveer una justificación seudocientífica para juntar la oposición al antiguo laissez faire con una nueva valoración de la sociedad planificada. Recordemos que Keynes no era un socialista a la antigua. Como él mismo sostuvo en la introducción a la edición nazi de la Teoría General: “El nacional socialismo es mucho más benévolo con nuestras ideas que una economía de mercado”.

El estudio más destacado sobre el nazismo escrito en aquellos días fue Mientras Vamos Marchando, de John T. Flynn. Flynn fue un gran periodista y académico, con un espíritu liberal. Escribió varios libros de gran tiraje en la década de 1920. Seguramente en aquella época lo más acertado sería calificarlo como progresista. Pero el New Deal lo cambió. Todos sus colegas siguieron a FDR en su fascismo, mientras Flynn mantuvo su vieja fe, que lo hizo combatir a FDR en cada etapa, y no sólo en sus políticas domésticas. Flynn fue figura del movimiento America First, que veía el hecho de que FDR nos metiera en la guerra simplemente como una extensión del New Deal: cosa que ciertamente era.

Como Flynn integraba lo que Murray Rothbard más tarde llamaría “la vieja derecha”, terminó oponiéndose tanto al estado de bienestar como al estado belicista. Después de la guerra, su nombre se perdió en el agujero Orwelliano de la memoria, cuando los conservadores americanos decidieron copiar a FDR.

Mientras Vamos Marchando apareció en 1944, justo al final de la guerra y justo en medio de los controles económicos que la guerra generó en el mundo entero. Es increíble cómo pasó la censura. Siendo un estudio completo de la teoría y práctica fascistas, muestra claramente dónde termina el fascismo: usando la militarización y la guerra como estímulos de demanda. Cuando ya no queda nada en qué gastar dinero, siempre se puede contar con el fervor nacionalista que respaldará un incremento del gasto militar.

Analizando la historia del ascenso del fascismo, Flynn escribió: “Uno de los fenómenos más desconcertantes del fascismo es la casi increíble colaboración entre hombres de la extrema derecha y hombres de la extrema izquierda, para su creación. La explicación radica en esto: la izquierda y la derecha”, dijo, “se unen en su sed de regulación. Los motivos, los argumentos, las formas de expresión, eran diferentes, pero todas iban en la misma dirección. Y ésta era que el sistema económico debe ser controlado en sus funciones esenciales, y que ese control debe ser ejercido por los grupos productores”.

Flynn escribe que la izquierda y la derecha no se ponen de acuerdo en quién es el que encaja en el papel de grupo productor. La izquierda tiende a proponer al trabajo como productor. La derecha tiende a proponer a los empresarios como productores. El acuerdo político, tanto en aquel momento como ahora, termina siendo cartelizar a ambos.

El gobierno fascista se vuelve el instrumento de cartelización tanto de trabajadores como de empresarios privados capitalistas. La competencia, tanto entre trabajadores como entre negocios, se considera un desperdicio sin sentido. La élite política decide que estos grupos deben juntarse y cooperar, bajo la supervisión del gobierno, para construir una nación poderosa.

Los fascistas siempre han estado obsesionados con la idea de grandeza nacional. Para ellos esto no consiste en una nación de gente que es cada vez más próspera, viviendo vidas cada vez mejores y más largas. La grandeza nacional, en cambio, ocurre cuando es el estado el que se embarca en programas gigantescos para construir monumentos nacionales enormes, aborda programas a nivel nacional como ser la construcción de sistemas de transporte, esculpir el monte Rushmore, abrir el Canal de Panamá, y así.

En otras palabras: la grandeza nacional no es lo mismo que nuestra grandeza, o la grandeza de nuestra familia, o la grandeza de nuestra empresa. Al contrario, para alcanzar la grandeza debemos ser gravados, el valor de nuestro dinero debe ser depreciado, nuestra privacidad invadida, y nuestro bienestar reducido. Con este enfoque, el gobierno tiene que hacernos grandes.

Trágicamente, un programa de este tipo tiene posibilidades de éxito político mucho mayores que el socialismo a la vieja usanza. El fascismo no nacionaliza los bienes de propiedad privada, como hace el socialismo. Esto significa que la economía no colapsa inmediatamente. El fascismo tampoco promueve la igualdad de ingresos. No se habla de abolir el matrimonio, o nacionalizar a los niños.

La religión, en vez de abolirse, se usa como herramienta de manipulación política. En esto, el estado fascista fue mucho más astuto políticamente que el comunismo. Entrelazó religión y estatismo, como un solo paquete que estimula que Dios sea adorado, en tanto el estado sea visto como el intermediario.

Bajo el fascismo, la sociedad que conocemos se mantiene intacta, aunque todo es supervisado por un poderoso aparato estatal. Mientras que la prédica del socialismo tradicional ensalzaba una perspectiva global, el fascismo era explícitamente nacionalista. Abrazaba y exaltaba la idea del estado-nación.

En cuanto a la burguesía, el fascismo no busca expropiarlos. Por el contrario, la clase media obtiene lo que quiere, en forma de seguridad social, atención médica, y fuertes dosis de orgullo nacional.

Es por todas estas razones que el fascismo adopta un molde derechista. No ataca los valores fundamentales de la burguesía, sino que se apoya en ellos para cosechar apoyo para establecer, con una base democrática, regimentación completa a nivel nacional, control económico, censura, cartelización, intolerancia política, expansión geográfica, control desde el poder ejecutivo, estado policial, y militarización.

Personalmente no tengo problema en ver el programa fascista como de derecha, aunque sí cumple algunos aspectos del sueño de la izquierda. El tema crucial en esto se relaciona con su atractivo público para grupos demográficos que normalmente se inclinan por ideas políticas de derecha.

Puestos a pensar, el estatismo de derecha tiene color, envase y tono diferentes del estatismo de izquierda. Cada uno de ellos es diseñado para atraer a un grupo distinto de votantes, con un conjunto diferente de valores e intereses.

Sin embargo, estas divisiones no son estrictas. Ya vimos cómo un programa socialista de izquierda puede adaptarse y convertirse en un programa fascista de derecha, con muy poquitos cambios en su sustancia, que no sean simplemente cambios en su programa de marketing.

La paradoja de que casi todos los demás eligieran ignorar lo que él veía asqueaba a John T. Flynn. Que, al tiempo que luchaba fuera de fronteras contra regímenes autoritarios, el gobierno de USA adoptaba esa misma forma de gobierno internamente. Control de precios, racionamiento, censura, dictadura del ejecutivo, y hasta campos de concentración para grupos enteros que eran considerados poco confiables en su lealtad al estado.

Luego de su análisis histórico, Flynn procede a establecer un resumen de ocho puntos que considera las señas de un estado fascista.

Al presentarlos iré ofreciendo comentarios sobre el estado centralista americano moderno.

Punto uno. El estado es totalitario, ya que no reconoce límites a sus poderes.

Este aspecto es muy revelador. Sugiere que el sistema político de USA puede considerarse totalitario. Este comentario resulta chocante para la mayoría. Pueden rechazar esta caracterización, siempre y cuando no se vean directamente enredados en la telaraña del estado. Si eso pasara, descubrirían rápidamente que lo que el estado puede hacer no tiene límites. Esto puede pasarnos al subir a un avión, al dar una vuelta en auto por el barrio, o cuando alguna agencia del gobierno decide agarrárselas con nuestra empresa. Al final, deberemos obedecer, o seremos encerrados como animales. Así, podemos creernos tan libres como queramos, pero todos estamos potencialmente a un paso de Guantánamo.

En tiempos tan cercanos como la década de los noventa, soy capaz de recordar que había momentos que hasta Clinton parecía reconocer que había algunas cosas que su administración no podía hacer. Hoy, no estoy seguro de recordar a ningún jerarca del gobierno que mencionara las limitaciones establecidas por la ley, o las establecidas por la realidad, con respecto a lo que el gobierno puede, o no puede hacer. No hay ningún aspecto de la vida que la intervención del gobierno no afecte. Y muchas veces adopta formas que en principio no vemos. Sabemos que todo lo relacionado con lo que se llama salud pública está regulado. Pero lo mismo pasa con cada elemento de nuestra comida, transporte, vestimenta, productos para el hogar, hasta relaciones personales.

El propio Mussolini presentaba el principio de esta forma: “Todo en el estado, nada fuera del estado, nada contra el estado”. También dijo: “La piedra fundamental de la doctrina fascista es su concepción del estado. De su esencia, sus funciones, y sus fines. Para el fascismo el estado es absoluto; los individuos y los grupos, relativos”.

Yo pongo a su consideración que esta es la ideología que prevalece en USA hoy. Esta nación, que fue concebida en libertad, ha sido raptada por el estado fascista.

Punto dos. El gobierno es una dictadura de facto, basada en el principio de liderazgo.

Yo no diría que realmente tenemos una dictadura de una sola persona, en este país. Aunque sí tenemos una forma de dictadura, de un sector del gobierno, sobre el país entero. La rama ejecutiva se ha expandido tan dramáticamente en el correr del último siglo, que hablar de oposición de intereses resulta una broma. Lo que los niños aprenden en clase de educación cívica no tiene nada que ver con la realidad.

El poder ejecutivo es el estado que conocemos, desde la Casa Blanca para abajo. El rol de los juzgados es aplicar los designios del ejecutivo. El rol del legislativo es ratificar la política del ejecutivo.

Además, el ejecutivo no es la persona que parece estar al frente. El presidente es tan sólo la fachada, y las elecciones sólo el ritual de viaje a que somos sometidos para otorgar algo de legitimidad a la institución. En realidad, el estado vive y medra por fuera de cualquier mandato democrático. En él encontramos el poder de regular todos los aspectos de la vida, y el vil poder de crear el dinero necesario para alimentar este reinado del ejecutivo.

En cuanto al principio de liderazgo, no hay mayor mentira en la vida pública americana que la propaganda que oímos cada cuatro años sobre cómo el nuevo presidente mesías nos va a conceder la gran bendición de la paz, igualdad, libertad, y felicidad humana en general. La idea de esto es que la totalidad de la sociedad está en realidad moldeada y controlada por una única voluntad. Un concepto que requiere un acto de fe tan vasto, que uno debe desestimar todo lo que sabe de la realidad para creerlo.

Y sin embargo la gente cree. La añoranza de un mesías alcanzó un pico febril en la elección de Obama. Una religión cívica instauró una total adoración del ser humano más grande que jamás haya vivido, o vaya a vivir. Qué despliegue más despreciable.

Otra mentira que el pueblo americano se cree es que las elecciones presidenciales traen consigo un cambio de régimen. Esto es un completo sinsentido. El estado de Obama es el estado de Bush. El estado de Bush era el estado de Clinton. El estado de Clinton era el estado de Bush. El estado de Bush era el estado de Reagan. Podemos rastrear esto más y más atrás en el tiempo viendo cómo se solapan mandatarios, burócratas, tecnócratas, diplomáticos, jerarcas de la Reserva Federal, élites financieras, y así. La rotación de los mandatos no sucede por las elecciones, sino por la mortalidad.

Punto tres. El gobierno administra un sistema capitalista, con una burocracia inmensa.

Nuestra administración burocrática es una realidad que nos ha acompañado por lo menos desde el New Deal, cuyo modelo fue la burocracia planificadora que vivió durante la primera guerra mundial. Una economía planificada, sea la de Mussolini o la nuestra, requiere de burocracia. La burocracia es el corazón, los pulmones y las venas del estado planificador. Y así, regular una economía de manera tan extendida como sucede con esta economía hoy, es matar a la prosperidad con un billón de minúsculos cortes.

No significa, necesariamente, un crecimiento económico negativo desde el principio. Ciertamente significa matar crecimiento que habría ocurrido en una economía de mercado.

¿Dónde está nuestro crecimiento? ¿Dónde están los beneficios en términos de paz que se suponía vendrían con el fin de la guerra fría? ¿Dónde están los frutos de los asombrosos progresos en eficiencia que la tecnología nos otorgó? Fue todo comido por la burocracia, que maneja cada uno de nuestros movimientos, en cualquier lugar del planeta. Ese monstruo voraz e insaciable, como bien podríamos llamar al Código Federal, que recurre a miles de agencias para ejercer el poder policial de impedirnos vivir vidas libres.

Como dijo Bastiat, y también Hazlitt: el verdadero costo del estado está en la prosperidad que no vemos, los puestos de trabajo que no existen, las tecnologías a las que no accedemos, las empresas que no llegan a existir, y el futuro luminoso que nos es robado. El estado nos ha saqueado, tanto como un ladrón que entra en nuestra casa en la noche y se roba todo lo que amamos.

Punto cuatro. Los productores se organizan en carteles, al estilo de los sindicatos.

Ahora bien, normalmente no vemos a nuestro sistema económico actual como sindicalismo. Pero recordemos que sindicalismo significa control económico en manos de los productores. El capitalismo es diferente, ya que, en virtud de las estructuras del mercado, deposita todo el control en los consumidores. El único interrogante con respecto al sindicalismo es, entonces, qué productores van a disfrutar de privilegios políticos. Podrían ser los trabajadores, pero también podrían ser las grandes corporaciones.

En el caso de USA, si pensamos solamente en los últimos tres años, hemos visto que bancos gigantes, firmas farmacéuticas, empresas de seguros, empresas automotrices, casas bursátiles de Wall Street, empresas hipotecarias cuasiprivadas, han sido beneficiados con vastos privilegios, a expensas de nosotros.

Esto también es una expresión de la idea sindicalista, que le ha costado a la economía americana cifras que llegan a los trillones, y que, al evitar los ajustes post boom que el mercado habría establecido, mantuvo la depresión económica. El gobierno ajustó su lazo sindicalista, en nombre del estímulo.

Punto cinco. La planificación económica se basa en el principio de autarquía.

La autarquía es el nombre dado a la autosuficiencia económica. Principalmente se refiere a la autodeterminación económica del estado-nación. El estado-nación debe ser enorme geográficamente, para poder mantener un crecimiento económico rápido para una población numerosa y creciente.

Esta fue, y es, la base del expansionismo fascista. El fascismo cree que, sin expansión, el estado muere. También es la idea que hay atrás de la extraña combinación presente de presiones proteccionistas y militarismo, que en parte es impulsada por la necesidad de controlar recursos.

Miren las guerras en Irak, Afganistán y Libia, por sólo mencionar tres. Seríamos soberanamente ingenuos si no creyéramos que estas guerras no están parcialmente motivadas por el interés de los productores de la industria petrolera. Esto es cierto también para el imperio americano en general, con respecto a su empuje en apoyo de la hegemonía del dólar.

Es la razón de la unión norteamericana que se viene planeando.

El objetivo es la autosuficiencia nacional, y no un mundo de comercio pacífico. Observen también los impulsos proteccionistas de la fórmula electoral republicana. No hay un solo candidato republicano, que no sea Ron Paul, que sinceramente esté a favor del libre comercio, en su definición clásica.

Desde la antigua Roma hasta la América moderna, el imperialismo es una forma de estatismo que la burguesía ama. Esta es la razón por la que el empuje post 911 que dio Bush al imperio global pudo ser vendido como amor a la patria, en vez de lo que claramente es: el saqueo de la libertad y la propiedad para beneficiar a las élites políticas.

Seis. Es el gobierno el que mantiene la vida económica, por medio del gasto y el endeudamiento.

Este punto casi no requiere explicaciones, ya que ha dejado de estar oculto. Hubo estímulo uno, estímulo dos, ambos tan desprestigiados que el estímulo tres tendrá que tomar otro nombre; llamémoslo “Ley del Empleo Americano”.

En un discurso emitido en el horario central, Obama hizo su argumentación a favor de este programa, con algunos de los análisis económicos más burros que he oído (aplausos del público). Caviló, preguntándose cómo es que hay gente desocupada mientras las escuelas, los puentes, y la infraestructura requieren ser reparadas. Exigió que demanda y oferta se junten, para calzar el trabajo que se necesita, con empleos.

¿Perdón? Las escuelas, los puentes y la infraestructura que menciona Obama son todos construidos y mantenidos por el gobierno. Es por eso que se caen a pedazos (risas del público). Y la gente no consigue trabajo porque el gobierno ha hecho que sea demasiado caro contratarlos. No es complicado. Sentarse y soñar otros escenarios no es diferente de intentar que el agua fluya cuesta arriba, o que las rocas floten en el aire. Se reduce a la negación de la realidad.

Aún así, Obama prosiguió, invocando la vieja añoranza fascista de grandeza nacional. “Construir un sistema de transporte de primera calidad a nivel mundial”, dijo, “es parte de lo que nos hizo una superpotencia económica”. Después preguntó: “¿Nos vamos a quedar sentados, mientras China construye aeropuertos más modernos que los nuestros, o carreteras más rápidas que las nuestras?”.

Y bueno, la respuesta es sí. ¿Saben una cosa? No hay un solo americano que salga perjudicado por el hecho de que una persona viaje, en China, en un sistema ferroviario más rápido que el que tenemos nosotros. Sostener otra cosa es simplemente incitar a la histeria nacionalista.

En cuanto al resto de su alocución, Obama prometió, por supuesto, otra larga lista de programas de gasto público. Simplemente, digamos la pura realidad. Ningún gobierno en la historia del mundo ha gastado tanto, se ha endeudado tanto, y ha creado tanta moneda falsa como USA.

Pero ninguno de esto sería posible, si no fuera por la participación de la Reserva Federal, el gran prestamista del mundo. Esta institución es absolutamente crítica para la política fiscal de USA. No hay forma de que la deuda nacional pueda crecer a una tasa de cuatro billones de dólares por día, sin esta institución.

Bajo el patrón oro, todo este gasto maniático se terminaría. Y si la deuda americana fuera cotizada en el mercado incorporando el riesgo de default, veríamos una calificación mucho menor que A+.

Punto siete. El militarismo es el ancla del gasto público.

¿Han notado alguna vez que el gasto militar nunca se discute en serio en los debates sobre política económica? USA gasta más que casi todo el resto del mundo junto.

Sin embargo, uno oye a nuestros líderes decir que USA es una pequeña república comercial, que quiere la paz pero que es constantemente amenazada por el resto del mundo. Les encantaría que creyéramos que todos nosotros estamos desnudos, y somos vulnerables. Por supuesto que esto es una espantosa mentira. USA es un imperio militar global, el mayor de la historia del mundo, y la principal amenaza presente a la paz, en todo el mundo.

Es realmente impactante visualizar el gasto militar de USA comparado con el de otros países. Un gráfico de barras que se encuentra fácilmente en Internet muestra que el presupuesto militar de USA de más de un trillón de dólares es un rascacielos, rodeado de diminutas chozas. El país con el siguiente mayor gasto, China, gasta menos del 10% de lo que gasta USA.

¿Dónde está el debate sobre esta política? ¿Dónde está la discusión? Simplemente no ocurre, ya que ambos partidos asumen que es esencial para el modo de vida de USA que USA sea el país más mortífero del planeta, que amenaza a todos con la extinción nuclear, a menos que obedezcan. Esto debería ser considerado indignante, fiscal y moralmente, por cualquier persona civilizada.

Tal vez ni el mismo Mussolini habría aceptado este nivel de gasto militar. Pero no hablamos sólo de las fuerzas armadas, la CIA, y otros escuadrones de la muerte. Es también la policía, a todos los niveles, con su actitud militar. Vale para la policía local, la policía estatal, hasta las guardias de frontera de nuestras comunidades. La mentalidad de comisario. La postura de matón, con el gatillo fácil, se ha vuelto la norma en todos los niveles de la sociedad.

Si quieren presenciar algo indignante, no es difícil. Simplemente ingresen al país desde Canadá o México. Observen a los matones con chalecos antibalas paseando sus perros por los corredores, registrando a la gente al azar, acosando a los inocentes, haciendo preguntas sobre cosas que no los incumben en absoluto.

Uno tiene la fuerte impresión de entrar en un estado policial. Por supuesto que esa impresión es correcta.

Y sin embargo, para el hombre de la calle la solución a todos los problemas sociales parece ser más cárceles, condenas más largas, más fuerza pública, más poder arbitrario, más mano dura, más autoridad, más pena capital. ¿Dónde termina todo esto? ¿Llegará ese final antes de que nos enteremos de qué le pasó a nuestro país, que una vez fue libre?

Punto ocho. El gasto militarista es con fines imperialistas.

Ronald Reagan solía sostener que su crecimiento militar era esencial para mantener la paz. La historia de la política exterior americana desde los 80 mostró que estaba equivocado. Tuvimos una guerra tras otra. Guerras llevadas a cabo por USA contra estados que no llenaban los requisitos, y la creación de más y más estados satélite y colonias.

Nuestra fortaleza militar no lleva a la paz, sino todo lo contrario. Ha hecho que la mayoría de los pobladores del mundo vean a USA como una amenaza, y ha llevado a incontables guerras contra un gran número de países. Nos olvidamos de que, en Nuremberg, el primer crimen contra la humanidad era definido como “hacer la guerra de agresión”.

Se suponía, por supuesto, que Obama iba a terminar con esto. Todos sus partidarios creían eso. Por el contrario, hizo lo opuesto. Aumentó el número de efectivos, afianzó las guerras en curso, empezó nuevas. La realidad es que ha encabezado un estado guerrero tan despiadado como cualquiera de los anteriores. La diferencia es que la izquierda ya no critica el rol de USA en el mundo. Desde este punto de vista, Obama puede ser lo mejor que jamás le haya ocurrido a los belicistas y al complejo industrial militar.

En cuanto a la derecha americana, hubo un tiempo en que se oponía a este fascismo militarista. Pero eso cambió al comienzo de la guerra, la guerra fría. La derecha fue guiada hacia un viraje ideológico terrible, muy bien documentado en la desatendida obra maestra de Murray Rothbard, La Derecha Americana Fue Traicionada. Con la excusa de frenar al comunismo, la derecha terminó siguiendo al ex agente de la CIA Bill Buckley, en su apoyo a una burocracia totalitaria dentro de fronteras, para llevar adelante guerras en todo el mundo.

Al final de la guerra fría hubo un breve rebrote, en el que la derecha de este país recordó sus raíces no intervencionistas. Pero esto no duró mucho. George Bush Primero reavivó el espíritu militarista con su primera guerra contra Irak. Y, desde ese momento, no ha habido más cuestionamientos a los fundamentos del imperio americano. Aún hoy, es enardeciendo a su audiencia con amenazas extranjeras que los republicanos arrancan más aplausos. Nunca mencionan la verdadera amenaza que se cierne sobre el bienestar de los americanos, que está dentro de casa.

No se me ocurre nada más prioritario en el presente que una alianza antifascista seria y efectiva. En cierto modo, ya está surgiendo. No es una alianza formal. Se compone de los que protestan contra la Reserva Federal, los que se niegan a aceptar las políticas fascistas dominantes, los que buscan la descentralización, los que reclaman menores impuestos y libre comercio, los que tratan de ejercer su derecho de asociarse con quien quieran, y de desasociarse de quien quieran, los que procuran ejercer su derecho a comprar y vender según su elección personal, los que educan a sus hijos ellos mismos, los inversores y ahorristas que hacen posible el crecimiento económico, los que no quieren que los palpen en los aeropuertos, y los que se han vuelto expatriados.

También se compone de los millones de empresarios independientes que están descubriendo que la principal amenaza para su capacidad de servir a otros a través del mercado es la institución que dice ser nuestro mayor benefactor: el gobierno.

¿Cuánta gente integra este grupo? Yo creo que son más que los que nosotros conocemos. El movimiento es intelectual, es político, es cultural, es ideológico. Viene de todas las clases, razas, países y profesiones. Ha dejado de ser un movimiento nacional. Es verdaderamente global.

Ya no podemos saber a priori si sus miembros se consideran de izquierda, de derecha, independientes, libertarios, anarquistas, o lo que sea. Incluye gente tan dispar como padres que educan en casa a sus hijos en las zonas suburbanas, o padres urbanos cuyos hijos integran el grupo de dos millones y medio de personas que languidecen en la cárcel sin una razón valedera, en un país que tiene la mayor población carcelaria del mundo.

¿Qué quiere este movimiento? No quiere más que dulce libertad. No pide que la libertad le sea asegurada o conferida. Sólo pide la libertad que promete la vida misma, y que sin duda existiría si no fuera por el ­­estado Leviatán que nos roba, nos etiqueta, nos encierra, nos mata.

Este movimiento no se va. Todos los días nos vemos rodeados por evidencia de que es cierto y correcto. Día a día se hace más y más obvio que el estado no contribuye absolutamente nada a nuestro bienestar, y que, por el contrario, lo reduce enormemente.

Allá por 1930, y hasta 1980 incluso, los partidarios del estado rebosaban ideas. Tenían teorías y planes. Tenían muchos intelectuales que los respaldaban. Estaban muy entusiasmados con el mundo que estaban creando. Darían fin a los ciclos económicos, traerían avance social, desarrollarían la clase media, curarían enfermedades, traerían seguridad para todos, y muchas cosas más. El fascismo creía en sí mismo.

Creo que esto ha dejado de ser cierto. Como el comunismo perdió la fe en sí mismo, a mi me parece que el fascismo a perdido la fe en sí mismo. Ya no surgen grandes ideas ni grandes proyectos. Ni siquiera sus partidarios creen que pueda lograr lo que se propone. El mundo que crea el sector privado es tanto más útil y hermoso que todo lo que el estado haya hecho alguna vez, que los propios fascistas están desmoralizados, y son conscientes de que sus planes no tienen fundamento intelectual.

Cada vez es más difundida la certeza de que el estatismo es una gran mentira. El estatismo genera exactamente lo opuesto de lo que promete. Promete seguridad, prosperidad, y paz. Nos da miedo, pobreza, guerra, y muerte. Si queremos un futuro, ese futuro será el que construyamos nosotros. El estado fascista no nos lo dará. Todo lo contrario: nos obstruye el camino.

Y me he dado cuenta también de otra cosa. Tal vez el viejo romance de los liberales clásicos con la idea de estado limitado haya terminado. Hoy, es mucho más probable que la gente joven reciba la idea que hace cincuenta años se creía impensable. La idea de que la sociedad está mejor sin estado.

Yo señalaría el ascenso de la teoría anarcocapitalista como el viraje intelectual más dramático que ha ocurrido durante toda mi vida adulta. La visión del estado como el guardián nocturno que salvaguarda nuestros derechos fundamentales, resuelve disputas, y protege la libertad, es cosa del pasado.

Esta visión es penosamente ingenua. El guardián nocturno es el que tiene las armas. Es el que tiene el derecho legal de agredir. El que controla todo lo que entra y todo lo que sale. El que está instalado en la altura, y todo lo ve. ¿Quién lo vigila a él? ¿Quién limita su poder? Nadie, y éste es precisamente el origen de los mayores males de la sociedad. No hay constitución, o elecciones, o contrato social que puedan contrarrestar su poder.

El guardián nocturno ha obtenido el poder total. Es el estado total. El que Flynn describe como un gobierno que “tiene el poder de poner en vigor cualquier ley, o de tomar cualquier medida que le parezca apropiada”. “Cuando el gobierno”, dice, “puede hacer lo que sea, sin que haya ninguna limitación a sus poderes, es totalitario, tiene poder total”.

Esto es algo que no puede seguir siendo ignorado. El poder que ha tomado el guardián nocturno no es un tema que pueda reservarse para fiestas y cócteles, o para seminarios académicos. El guardián nocturno debe ser destituido, y sus poderes deben ser distribuidos entre toda la población. Y debemos ser gobernados por las mismas fuerzas que nos brindan todas las bendiciones del mundo material.

Al final, ésta es nuestra opción: estado total, o libertad total. ¿Cuál elegiremos? Si elegimos el estado, seguiremos hundiéndonos más y más, hasta que finalmente perdamos todo lo que amamos, como civilización. Si elegimos la libertad, podremos servirnos del notable poder de la cooperación humana, que nos permitirá seguir construyendo un mundo mejor.

No hay razón para perder las esperanzas, en la lucha contra el fascismo. Por el contrario, si seguimos peleando con toda la confianza que podamos hallar, el futuro es nuestro, no de ellos.

Su mundo se cae a pedazos. El nuestro está recién empezando.

Su mundo se basa en ideas caducas. El nuestro tiene sus raíces en la verdad acerca de la libertad y la realidad.

Su mundo sólo puede mirar a sus pasados días de gloria. El nuestro mira hacia adelante, a un mundo que estamos creando nosotros mismos.

Su mundo se apoya en el cadáver del estado nación. Nuestro mundo se nutre de la energía y la creatividad de todas las personas del mundo, unidas en el noble proyecto, en el gran proyecto de crear una civilización de prosperidad, por medio de la cooperación pacífica entre los humanos.

Es cierto que las armas que tienen ellos son más grandes. Pero las armas grandes no aseguran una victoria permanente, como podemos ver en Irak y Afganistán, entre otros.

Por otro lado, nosotros tenemos la única arma que es realmente inmortal: la idea correcta. Y esto es lo que nos llevará a la victoria.

Tal vez fue Mises el que lo presentó mejor: “A largo plazo, hasta los gobiernos más déspotas, con toda su brutalidad y crueldad, no son rival para las ideas. Al final, prevalecerá la ideología que se haya granjeado el apoyo de la mayoría, y serruchará la rama en que se sienta el tirano. La mayoría oprimida se alzará, y su rebelión derrocará a los amos”. Gracias.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Vas a ver

Qué triste que estoy. Y qué triste voy a seguir estando hasta que vuelva. Si es que vuelve. Todavía no me explico cómo me dejó. Así nomás, no volvió. Salió después del desayuno monosilábico, como siempre, y cuando llegué de noche a discutir no estaba esperando con el libro, en silencio. Llamé al patrón, a los padres, a las amigas. Recorrí los caminos que tomaba para volver. Sí, estaba desconforme. ¿Quién no? Pero las cosas iban a cambiar, cuántas veces se lo dije. Le pegaba poco. Algún sacudón, algún bife, porque me decía fracasado. Sólo una vez le pegué con la mano cerrada, la vez que llamó al trabajo y dijo que no iba y se quedó con el libro y el ojo negro. Lo de todos los días eran los gritos, los llantos, los insultos, algún plato o algún cenicero. Después, de noche, se negociaba una tregua hasta el desayuno del silencio gritón. Yo le pasaba la lista de las mejoras, vas a ver, después del ascenso. La cara impertérrita me seguía todo el día, respirándome en la nuca, mirando sobre mi hombro izquierdo. Arreándome al bar, a hacerla sonreír a la fuerza.

martes, 27 de diciembre de 2011

Atavismo

Sí, es cierto, lo correcto habría sido abdicar. Pero: ¿podés tirar piedras? Tu distancia de la poesía es sideral. Tu lengua no comunica. Corriendo de un edificio al otro, de una mina a la otra, de un contrato al otro, sólo surgen penas confusas, inenarrables, ancestrales. Sólo aparece la miel polvorienta de los antepasados, el intrínseco clamor por justicia. Sed, y seréis. Bebed, y os embriagaréis. Bajaos las bragas y las fetideces fluirán sin ruido, sin espasmos, sin colores musicales que otros perciben (lo que os llena de vergüenza). No os envidio, insidiosas musas. Mi dolor es más claro, mi sexo predica desdichas transparentes, dobleces descifrables, pesares afanosos pero predecibles al fin. Comprando no se detiene la maquinita. 2,3, 7 camisas de fuerza químicas, y tus sienes seguirán latiendo, tu timo y tu pineal seguirán pidiendo atención, desdibujando senilidades inconclusas, carcomiendo la seguridad de tu nada fatua, mezquina, conformista. El dolor no es algo a evitar. El sufrimiento conduce a la liberación, y no he leído al marqués. La fractura prolongada del esternón protuberante es categóricamente atroz, es audaz y morbosa, es tímida y veraz. Podríamos aconsejar voracidad, proponer bulas fáciles y de ingenio, procrear engendros mutados. Basta con querer. Basta con decir basta. Basta con interrumpir ese discursito barato, ese monólogo poco elaborado y absolutamente adquirido.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Agua va

Esa agua impura que te fluye a borbotones, cayendo gruesa de mi frente, armada de brillo. Me impide verte y me ayuda a saber quién sos. Esa cascada de camisas de fuerza me provoca una risa incontenible que nadie oirá, me destituye del mundo de los vivos, irremediable e irremisible. Asqueroso oficinista descastado, seco, incapaz de sentarme, de liberar mis manos del teclado numérico, de abandonar los cálculos infructuosos que se llevan mi portentosa vida que no es más que una vida más en ese manojo de vidas standard que carga un viejo campesino sobre su espalda casi horizontal.


Agua impura, sí. A pesar de la cadena múltiple de cernidores multicolores que se rebelan con razón y estoicismo contra la gravedad incurable de esa vieja senil, inmunda vieja saturada de vejez.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Salieri

Llorar es sacarse el lastre de tantos años perdidos. Las gotas tibias que ruedan con afecto por tu cara transportan lejos ese hambre infame de vivir equivocándose. Condenados a dar la espalda. Irredentos del frío voluntario.

Una canción, un poema, recogen ese aire de milenios inacabados, de fábulas contrahechas agazapadas en la tiniebla que, obcecados, nos desparramamos alrededor. Llorar es ese milagro que pretendemos olvidar, esa gloria que la conjura nos niega, haciéndonos parte. Una mirada fría y afectuosa nos conduce, irremediablemente, a una congregación de gnomos pícaros poniendo la pierna en la vereda. No basta con un saltito. El revolcón, el pedregullo en las rodillas, en los codos, en los ojos, es necesario. El ruido seco de las barrigas contra en pavimento no es otra cosa que el camino.

Y ese afán tosco de quejarse. La mejor manera de perpetuar la trampa. Nos dieron la música. La misma tibia que te revuelca te silva la solución. Recordemos. El dolor es ilusión. Si hubo jardines, y lagos, y prados, y sauces llorones. Si hubo delirio y curiosidad, y es cierto que nada se destruye, entonces ahí están. Si la sal fermenta la tierra que es nuestra aunque intentemos olvidarlo, si los niños corren llenos de humanidad divina, por qué dudar de que somos dioses. Si Hugo marca un ritmo dulce en el teclado, ¿por qué Eduardo se siente en la obligación de dar lástima por locales seudosórdidos, al borde del coma alcohólico, con los miembros atrofiados por el abuso de obstáculos al libre discorrer del fluido? Decide dejarse atrapar por el síndrome Salieri.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Mamá nos dejó solos

El colorido pasmoso de sus dedos grasos va más allá de mi resistencia. El calor irreverente de sus axilas es más de lo que puedo soportar. Acepto las consecuencias. Es poco importante para mí el cargo. El ajenjo que brindan los cócteles y los vernissages es un triste espejismo. Una mujer vale mucho más. Rectifico, una mujer vale. Una mujer, digo. Un cerebro, un fragmento del cosmos, con piel suave y senos y el culo más grande que el que llevamos habitualmente los fuertes. En qué consiste nuestra fortaleza. Cuáles son las murallas, el foso, los cocodrilos. Somos sólo pelo corto y voz ronca. Somos tan solo un cirgarrillo entre el pulgar y el índice. A santo de qué, logrando una picazón en la cara  y una angina a plazo. Engañando a nadie. Nos hacen creer que se lo creen pero somos sus hijos. Los treinta o los cuarenta no solucionan nada. Nuestro frío persiste, nuestras manos tiemblan todavía sin tomarse el trabajo de explicarnos por qué. Unos tenemos el pecho alto, otros el glande grande, otros pelos en los codos. Todos, como ninguno, tenemos miedo. Miedo de que nos cojan. Pavor de que no nos gusten las mujeres, de que nuestra única mujer sepa que nos quedamos de este lado. Se traduce en frío, en descontento injustificado cuando mandamos e injusto cuando tenemos que abrir puertas o apretar tuercas. Una lámina reproducida en la pared no es suficiente para despegar la desdicha de nuestras caderas. Un dolor inconcluso es una excusa más, y los niños siguen bailando el arrorró en el patio húmedo y vacío, que pide riego, pide plantas, exige reflexión. La combinación de números está dada. Podemos calcular distancias o torcer necedades. Los dolores de cabeza no son casuales. Los ardores en el píloro indican insatisfacción, errores intrínsecos. Corriendo aún más no desaparecerán, Moisés. Las tablas son para cumplirlas, no para leerlas. Las metáforas no permiten interpretación. Los críos saben más que nosotros, y sin embargo nos emperramos en que nos copien.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Quinientas razones

Lo que digo no debe tomarse en forma tajante. Son meras elucubraciones, con el fin de aportar al discurso, y movilizar. Por otra parte, no hay otra cosa que hacer con respecto a estos temas. Todo lo que uno vierta será sólo una opinión. Y, si nos ponemos filosóficos, eso pasa mucho más a menudo de lo que uno corrientemente cree. Aún las afirmaciones científicas se tornan meros enfoques al pasar el tiempo, que pasa a un ritmo cada vez mayor.

El Decreto 500 puede verse como el proyecto estrella, o insignia, de aquel legendario PRONADE, de mítica, hipertiroidea, sempiterna dirección.  Parece haber sido escrito sólo para los ojos de ciertos empleados del Estado. Así, cuando cae en manos indebidas, suena a burla.

En sus prolegómenos, vemos que su razón de ser es la desburocratización. Neologistas, encima. Eso. Eliminar trámites y formulismos en la Administración. Simplificar el funcionamiento administrativo. No contentos con tan rimbombante, grandilocuente objetivo, van mucho más lejos. A vuelta de página afirman positivamente que él, el Decreto 500, agilita (sic) y da flexibilidad al procedimiento, evita trámites y exigencias, ordena, da claridad, elimina caducos controles. Cualquiera que lo lee, se imagina que están hablando de algún otro Estado, en algún otro país. Y, además de la mentira, el autobombo. Me recuerda a los publicistas, que se dicen a sí mismos creativos.
- Vos: ¿qué sos?
- Creativo, ¿y vos?
- Buen mozo, simpático y ganador.

¡Muchacho! Tus bondades, las tiene que cantar otro. Si las cantás vos, queda feo. Digo yo, ¿no?

Y no queda ahí, todavía. Dentro de una larga lista de principios generales, que son casos particulares del servir a los intereses de la comunidad en su conjunto, incluye estas 3 palabras: economía, celeridad y eficacia. ¿Por qué estas afrentas? ¿No les alcanza con escupir en el ojo del ciudadano? ¿Tienen, además, que gritarle en la oreja que lo que están haciendo es, en realidad, ungirlo con aceite y mirra?

La realidad se da de frente contra esta necia acumulación de palabras oficiales. Basta con dar un paseíto por la IMM, o la DGI. A pagar, nomás. A hacer efectivo el depósito por tasa bromatológica, o sacar el ofensivo, mil veces injustificado certificado de al día con impositiva, cuyo inventado costo social estimo en unos milloncitos USD mes. Te pisan, te destratan, abusan de tu paciencia y tu tiempo, y eso a la vez que te están arrancando con violencia una suculenta parte de lo que ganás con esfuerzo, para malgastarla, en su gran mayoría.


Además de hablar para adentro, mirar para abajo, y generar empleos parapúblicos que repartir, este cabashero debió salir un rato de su luminosa oficina, y transportar su humanidad entre los escritorios de las bigotudas. Luego de familiarizarse con el sufrimiento del contribuyente, habría sido mucho más discreto con las loas a su engendro.

Poca risa

Es triste llegar a casa y tener que acostarse. Es lamentable conocer la comedia del gordo. Es poco recomendable convivir con esta danza asíncrona y macabra sin ganador. Unos amasan, otros comen, otros mendigan provenir. Y ninguno digiere. Disfrutar significa dejar pasar, que el mundo camina solo. Cuanto más juntos, más solos. Al despertar, al acostarse, al entrar, al cortar para el almuerzo. Una ráfaga de prognatos inconmensurablemente mentecatos. Dios se apiade de nosotros. Ese Que No Se Hace Ver tenga misericordia de estos pobres inmortales anónimos y ciegos. Nadie merece la tierra. La bolsita de nylon no degradable no contiene calorías suficientes, y el negro morirá melanésico, por más excursiones a la Polinesia, o al menos a la isla de Pascua. No es posible hilvanar un discurso cuando los oyentes cortan bacalao con una sierra de afilar. No podemos pretender riquezas sin esfuerzo. No sale nada de un ladrillo, digan lo que digan. Tu mente es un engaño barato, mal envasado. Sería más plástico morir, o al menos sentarse en el baño hasta que las venas ardan. Sería al menos jocoso, incuestionablemente.

La vida sucia

Esto es un ruego, una plegaria. Esto es un silencio desconforme. Sometidos al ruido indigesto del sanedrín, el jubón raído del idiota es siempre doblegado. En tirajes estériles de pan amorfo corregimos dolores ingentes, en sentido amplio. Ese trajecito gris que salta de piedra en piedra es un engaño. Ese gnomo brillante no corre para ti. Soledades morbosas que produjeron placer hoy duermen entumecidas y bruxantes. Calores que fueron seño codician ahora su vejez, colocan ofrendas en una tribuna colorida por azar. Quienes firman una mueca conocen el don del ofuscarse. Esos perros asqueados de porvenir no se condicen en nada con la vida sucia de un bulímico. No es fotoeléctrico el galeón. No es criminal esa pena que sube con la bilis. No les creas, y tampoco huyas. Desmiente ese sudario de concreciones y despega. Carretea sin prisas por la cornisa infame, de un cloro excesivo, y verás cuan fértil es un insulto. Contornea una rápida blasfemia sin fisuras y tu cerco será de roble. Desdibuja esa sonrisa, aprieta ese manojo de silencio contra el mísero candil hasta que aúlle monosílabos. No es tu turno, mandril. No es tu víscera la que correrá cascadas inmediatas. Si no eres más que dorado añil. Si tu frente aún reposa en sus mentiras. Disfrútalo hoy, ten paciencia. Ayer será furibundo, manoseará tu discurso elaborado. No es posible ser en ese plano. Otros jumentos palearán tu duda, verás. Te prometen injurias provechosas, te recogen la baba fresca, disecan tu ternura en un bidón. Son muchos, pero su escena es oscura. Son altos pero piensan en fa. No los escuches.

Para los puercos

Poesía pudorosa y pueril. Estudios estériles que no muestran. Provocaciones injuriosas que conducen un desenfreno en estado fetal, y que sin duda beberán en silencio. Pordioseando lecturas. Viboreando sabores de fagocitos. En el centro hay barrosidades fértiles, sí, pero nadie las moldea. Huelen, se disfrazan de una melaza pestilente. Es un nudo grueso en las manos de ese labrador enano y odiado. Es un mundo de privaciones lujuriosas. Entre las manadas duraderas circula un libelo frágil y tuerto que sólo palpan las culebras. Entre los niños sonríe la cimitarra sedienta. Es usted un vulgar escriba. Sois vosotros artríticos girones de decencia. No comemos eso verde, no. Es para los puercos. Minimizando la discordia del antifaz eunuco se aplacó la cadencia lunar. Cuando la nota se propuso una fuga típica el indispensable no midió las consecuencias. Probemos, Nabuco. Fácil ardid de beodos.

Absoluto

La mesa siete es la que tiene el servilletero con el número siete. El servilletero con el número siete debería estar sobre la mesa siete, por lo tanto es dable esperar que la mesa sobre la que está el servilletero siete sea la siete.  y = f(x). Número de mesa (y) = número de servilletero (x). Pero (pero) la función no es biunívoca. Y no es así en realidad. No es la mesa que depende del servilletero, sino el servilletero que depende de la mesa. Número de servilletero (y) = número de mesa (x). Pero (pero) sucede que lo que efectivamente está numerado es el servilletero y no la mesa. Un lego estaría inclinado a pensar que la mesa que sostiene el servilletero número siete es la mesa siete necesariamente, y eso puede no ser así, por obra de un camarero desinformado, distraído, negligente o simplemente tonto, o de un cambio repentino a no tanto de numeración en las mesas (esto a su vez debido a un cambio de maître o de dueño), o de algún pícaro niño o no tanto, o de algún gnomo pícaro o no tanto. Las cosas son relativas, la aplicación de la matemática es relativa. Sólo la matemática es absoluta, porque dios, lo que es dios (más bien, o mejor, fue) no ha vuelto, y espero que a ningún anacrónico se lo ocurra recurrir.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Dos paradojas

Que no se me malinterprete. Estoy por la reducción del gasto público. Incondicionalmente. Pero es claro que el Estado debe existir*. Tiene funciones inalienables. Y, curiosamente, muchas veces son ésas las que desempeña de peor grado. Me parece fantástico que me cobren para pagar policías, maestras, enfermeros y actuarias. No sólo acepto, sino que exijo que se les remunere adecuadamente, para poder, así, exigirles a cara de perro.

Apenas aprobado el presupuesto quinquenal, los sindicatos de los empleados públicos postergados deberían abocarse a su estudio, para identificar el despilfarro. Es algo bastante visible, se sabe, pero debe cuantificarse. Hecha la cuantificación, deben presentarse ante la jerarquía superior, la que resuelve sobre el presupuesto.

Los gremios de empleados del MI, del CODICEN, del MSP y del PJ deberían actuar en conjunto, y con un plan de medio plazo. Deberían intentar incidir en el próximo presupuesto nacional, y no en éste. Deberían refregar el absurdo reinante en la cara de la Presidencia y del Poder Legislativo, de modo de que el próximo presupuesto quinquenal los contemple. Va a ser otro Presidente, y otra Asamblea General, qué duda cabe. Pero el agujero en la piedra va a estar muy avanzado.

Porque, además, el trabajo no se limita a la negociación. La organización de nuestra sociedad permite que se exija. Identificados los excesos, habrá que atacarlos con mecanismos legales. Recursos administrativos contra los sueldos excesivos, los cargos innecesarios, las duplicaciones. Reclamaciones en el TCA, y en el PJ. Todo eso durante 4 años, preparándonos para el próximo presupuesto.

Para esto, los empleados públicos deben olvidarse de las consignas. Ellos y sus dirigentes deben apuntar a sus intereses específicos como grupo. Y un punto delicado: deben ser capaces de ir en contra de otros trabajadores. Deben aceptar que son esos trabajadores los que les sacan el dinero del bolsillo. Hay 250.000 tipos y tipas compitiendo por una plata que debería repartirse entre 100.000 . That is the question.

Y, ¡oh paradoja!, los empleados públicos hoy soterrados deben luchar por que el Estado reduzca su gasto. Primero que haya, y después que me lo den. Pueden estar seguros de que en cuanto haya, tendrán. No porque nadie (alguien) se lo prometa, sino porque la lógica será apabullante. Y tampoco deben pretender un salto estrepitoso de sus remuneraciones, cambiando de lugar con los hoy privilegiados. Deben llegar a una remuneración razonable en el transcurso del siguiente período de gobierno. Por decir algo: duplicar su remuneración promedio en 5 años.

Sí, sí, claro que está brava. Hay que laburar mucho, y esperar 10 años para ver los posibles resultados. La vida es dura. Me parece, igualmente, que es mucho mejor que el inconducente desgaste de las últimas décadas.


* De ninguna manera. Esto es de 2002. Estamos en 2012, y cambié de opinión. Diez años, me llevó. No soy de los más rápidos, pero tengo un cerebro y lo uso.

Sin abogado nada

Lamento no ser abogado. Más lamento, debo reconocer, no ser matemático, ni músico, ni tenista, pero eso poco tiene que ver acá. Y mi aspiración de tinterillo no se debe a que añore su muy particular cosmología, ni su estilo. Lo que tienen los abogados y no tenemos nosotros es la facultad de querellar. Los no abogados podemos ser mayores de edad, ciudadanos naturales, capaces, probadamente inteligentes, cultos y educados, pero no podemos llevar a cabo acciones legales por nuestra cuenta.

Otra discriminación, mirá vos. No podemos prescindir del abogado, y tampoco del voto.
Una graciosa manera de transformar derechos en deberes, caballos en camellos.
Tratando de mirar un poquito más adentro, como tantas veces aparece aquel viejo paternalismo pretencioso y moralizante. Ese Estado que procura sustituirnos por nuestro bien. Esa tendencia a la protección no solicitada, que surgió porque alguna vez fuimos ricos. Esa es nuestra cruz, parece. Haber sido ricos. Más habría valido no tener aquel flujo indiscriminado de divisas que tanto nos desnorteó. No es tan raro, el síndrome. Quién no sabe de alguien que recibió una pequeña herencia, puso con ella un negocio, le dieron una chequera con diferidos y, cual mono con navaja, se enterró por el resto de la cosecha. Llevándose unos cuantos de arrastro.

Tampoco seamos hipercríticos. Nadie niega que tiene sentido la participación preceptiva del abogado defensor (deberían, igualmente, darle a uno la chance de defenderse a sí mismo, si así lo decide). Pero exigir un abogado actor, parece más un obstáculo que una garantía. Fijate vos. Mi voluntad está. Con aliados o sin ellos, estoy plenamente convencido de iniciar una batalla legal en defensa de mis derechos por los impuestos que pago. Pero no alcanza con eso. Tengo que conseguir la anuencia de algún abogado. No sólo tengo que pagarle, sino que tiene que estar de acuerdo. La empresa que propongo tiene riesgos. Si bien formalmente el que los corre es el abajo firmante, el profesional actuante expone su prestigio, su nombre, sus vínculos. Hablo con uno, y me dice que no. Hablo con otro, y se niega. Contacto a otra, y me trata de delirante, con una sonrisita de perdonavidas. Visito la “Defensoría de Oficio”.

Pruebo, luego existo

Lo que es evidente para todos, no lo es para un juez. En la justicia se trata de probar, no de decir la verdad. Si podés probar una mentira, ganás; si no podés probar una verdad, perdés. Hasta ahora hemos hablado de verdades a gritos. Hemos abundado sobre situaciones que son conocidas y aceptadas por todos, y que aparecieron en la prensa sin ser desmentidas, y en la boca del Presidente de todos, reiteradamente, y en las páginas www de Presidencia. Partimos de la base de que eso no es suficiente para el señor juez, y que es correcto y comprensible que no lo sea. Nosotros vamos a probar estos extremos ante esa sede.

Otro aspecto particular del ambiente judicial (en sentido amplio) es que no corren los asuntos generales. Para lograr el poderosísimo apoyo del señor juez  tenemos que hablar de algo concreto. No podemos pedir que el juez ordene un cambio de actitud a los que manejan nuestros dineros públicos. Podemos, sí, pedir y conseguir que el señor magistrado confirme y haga efectiva la ilegalidad (inconstitucionalidad incluida) de un cargo, y que consecuentemente ordene su supresión, con el correspondiente ahorro para nosotros los de cuarta.

Vino una vez una señora anglófona que cantó unas cuantas verdades. En el marco de las canciones de la señora de la antípodas otra señora, también economista, propuso en la prensa la supresión de los cargos públicos detentados por una persona en exceso de 1. Léase: si un ciudadano tiene 2 cargos públicos, 1 se suprime. Si tiene 3, 2 se suprimen. Y así. Esto: ¿es general, o es concreto? ¿Podré pedírselo al juez? ¿Me escuchará?

Con esto quiero señalar que no es claro el límite entre lo concreto y lo que no lo es. Debemos esforzarnos por concretar, para hacerle las cosas más fáciles al magistrado, o la magistrada. Pero no debemos olvidar la vía amplia.

2 caminos, entonces. Que no son excluyentes, además. El general, y el particular.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Los maléficos decadentes

Mihanovich sostiene que bajo el asfalto vive otra vida. “Gente igual a la gente, pero un poco distinta”. Serrat, en cambio, dice que se mueren, que es justamente lo opuesto. Y a principios del siglo pasado un señor rosacruz, o masón, o de la orden de Thule, escribía que bajo la tierra hay otra tierra, la tierra subterránea de donde salen los que mandan.
Y la gracia resulta estar, para este visionario y sus seguidores, en hacerles el caldo gordo, a los amos. A los que dicen lo que hay que hacer, pero sin decirlo. A los que tejen la urdimbre interminable de lo que pasa y pasará.
Como en aquel obsoleto juego infantil, todos pasan, pero el último queda. No todos pasan, entonces. Todo pasa y uno queda, dijera Benavente. Paseando su primigenia, adelantadísima homosexualidad por Madrid. “Yo no le cedo el paso a un puto”, afirma el grandulote, plantándosele en frente. “Yo sí”, responde Jacinto, tan pichimahuido. Y se corre, sugiriendo al observador avezado una madalena. Se corre y le deja la acera entera al reprimido ése, para que juegue a discreción con sus conflictos.


De una manera poco definida, los dueños del mundo crean y controlan el entramado infinito y eterno. Así sostiene Bulwer Lytton en ese opus poco conocido que lleva el sugestivo título de “Bajo la tierra”. El lector tal vez esté más familiarizado con su novela Zanoni, de corte ocultista. El epíteto, claro, no es de mi cuño. El autor mismo aclara el cariz del contenido en el ocurrente subtítulo novela ocultista. De esta manera Bulwer Lytton (que no Little) se alineaba con los publicistas, que tardarían unos cincuenta años todavía en afincarse sobre la faz de la tierra.
Hay un cierto problema con los calificativos positivos. Distorsiona un poco el torrente mental el que el hablante establezca sus propias gracias. Dejad, mejor, que el lector se pronuncie sobre el oculticismo de la novela, o sobre la creatividad del payaso. No está en las bermudas floreadas, ni en las sandalias, ni las crenchas o la media cola, la creatividad. Y mucho menos, válgame dios, en la boca del presunto creativo.
Y todo esto, habrán notado, es dejando de lado la ignominiosa fealdad de los términos, derivados mutuos, enraizados en igual raíz. La circularidad idiomática está representada magistralmente en la famosísima frase del piloto de la nave espacial en que Moe, Larry y Curly se desplazan por el sistema planetario. “¡Sunevizamos en Sunev!”, grita el científico y conductor, con un aire desquiciado similar al del Dr. Frankenstein. Más adelante, el chiflado al que siguen los chiflados nos aclarará que Sunev es Venus. ¡Por supuesto!, pensamos, con el mal sabor de la decepción.
El código es de carácter lunfárdico, aunque lineal y letra a letra. El mismo que emplearan los zares al escapar, liderando la diáspora de los rusos blancos. Es extraño por demás que hayan escogido una denominación tan pueril. Los rusos son el epítome del blanco. Con esos pelos oxigenados, esas caras requetepálidas, ese vodka transparente. Tal vez sea por oposición a rojos. Un partido rojo apelotonando bolcheviques, un partido blanco con la nobleza despojada, encabezada por el pusilánime, la extranjera, y el sifilítico. Y digo así porque la afección era igual de sanguínea e igual de atroz. Muerto Rasputín, Los Romanoff huyeron en submarino a Sudamérica, bajo el ingenioso nombre de Fonamor. Previamente, claro, instituyeron sendos dobles. Cada uno de ellos (los dobles) tendría siete esposas vírgenes en el paraíso, y a sus familias se les construiría una hermosa casa en un lugar secreto, para evitar su destrucción a manos de las tropas invasoras, las del kipá, las trencitas, y la estrella celeste.

Tanto con Zanoni y Bajo la tierra, como con otras obras que no es momento de enumerar, BL participa de la corriente decadente de la época. En un consistorio no necesariamente bien avenido, él y una pléyade de amanuenses redactaron las páginas que componen un movimiento literario muy definido. Curiosamente, el nombre no parece ser peyorativo. Tal vez lo fue en sus orígenes. Hoy, no es más que el rótulo de los estantes de las bibliotecas y librerías que ofrecen este aporte, inglés si los hay, y particularmente decadente.
De la mano a veces, a los sopapos otras, los muchachos marchan en el torrente del saber, hombro con hombro. Alabándose o defenestrándose, estos exponentes victorianos avanzaron de la nada hasta una nítida expresión del espíritu humano, cuyos elementos definitorios eran, indudablemente, decadentes.
Otras figuras del barco, otros machos cabríos de este gay saber finisecular, eran el gran Arthur Machen y el abyecto Aleister Crowley. Ambos han caído, hace mucho ya, en el pozo de los clásicos. Ya no se leen, pero sí que se oyen nombrar. Si Borges dice que Machen vale, es que vale. Si Pauwels y el judío Bergier los creen merecedores de figurar en sus compendios, no puede caber la más recóndita duda de que contribuyeron al complot espontáneo.

Pido una vez más la paciencia del contertulio. Quiero hacer un par de apreciaciones fonéticas y patronímicas. Si bien el ilustrísimo era galés, el apelativo Machen es de origen escocés, y su pronunciación podría ser Majen. Otro periplo cumplieron los padres del compadre del versatilísimo hebreo. El gentilicio Powels, inevitablemente anglosajón, se pronuncia Poel, por su presencia de varias generaciones en Francia. Ya lo cantaron:
Se admiraba un portugués
Que de su más tierna infancia
Todos los niños, en Francia,
Saben hablar el francés
Este viaje al continente puede experimentarse como una pequeña venganza contemporánea contra la profunda incisión francesa en la esencia de los isleños. No olvidemos la inscripción en los blasones reales: “Dieu et mon droit”.

El producto literario y filosófico de los lugartenientes de Victoria fue tildado de decadente seguramente por su contenido mágico y seudocientífico. Tengan en cuenta la participación de Stoker y las hermanitas Bronté en esta fuerza de choque, en esta cruzada del ridículo, en esta traducción del corsé, las pelucas empolvadas y los vestidos de armazón al mundo de las letras.
En paralelo, y solapadas, proliferaron las sociedades místicosecretas, científicorreligiosas, fanaticorrománticas, criptoiniciáticas. Acabalgados a veces en el láudano y el ajenjo, esta tropa de élite recuperó el pasado de un trago solo. En un santiamén nos puso sobre la mesa el ignoto sustrato pagano y la hiperpoblada herencia grecorromana, desplegando por igual afán y pretensión integradores. Qué puede dar, díganme ustedes, la cruza de un gato y un guanaco. Cuál puede ser el valor científico o histórico de un engendro así. Dónde más que en un circo podemos ubicar un híbrido tan desfasado, tan incongruente e inútil. Por supuesto que los antiguos crearon grifos e hipogrifos, leones con cabeza de hombre o viceversa. Pero éstos se enmarcaban en una cultura propia, en una línea mitológica alimentada por siglos, milenios tal vez, de desvaríos. Que el dios del trueno de los nórdicos sea un forzudo que golpea un yunque tiene sentido. Que la flor y nata de los cafetines del Soho quisiera vendernos la ciencia de la magia, resulta bochornoso. En un mundo ya global, industrial y poscálculo, que los dandis de la reina hagan un rollito con sus panfletarios papiros y los disuelvan en sus rutinarios enemas.
Machen combina faunos, sátiros y druidas, en tanto Crowley funda una y otra vez la sociedad de los malos, elaborando trasnochados rituales para conjurar al diablo en sus más variadas expresiones. El mismísimo Papa lo coronó “el hombre más abyecto del mundo”. Un genio, otro adelantado de la publicidad, consiguió la legitimación más oficial del mundo, y orondo se encaramó al podio. Armaba la correspondiente asociación civil, y al menor atisbo de sombra la cerraba, y abría otra en la siguiente esquina. Eso hoy no se permite, pero en aquellos tiempos funcionaba. Hoy, si uno vende el almacencito de barrio que heredó del papá, el contrato estándar establece que no podrá ejercer ese meretricio por muchos años en muchas cuadras a la redonda. Pero a la sazón parece ser que las restricciones eran menores, y el amigo Crowley cambiaba de sociedad secreta como las víboras cambian de piel. La enemistad con Machen surgió en una de esas camisetas. La casaquilla en cuestión fue la sociedad Thule, mucho menos conocida que influyente.

En este menjunje de aristócratas ricos y pobres,  de místicos e iluminados, de mercachifles y taumaturgos, la semilla del mal pareció germinar. Cruzó el Mar del Norte hasta Dinamarca, desde el emergente puerto de Ipswich, o simplemente saltó el Canal de La Mancha, o el Mar Inglés, de Dover a Calais, y de ahí avanzó despacito y por tierra, de las Galias a las Germanias. Por un camino u otro, los iniciados de Thule se adentraron en las peculiaridades históricas de Alemania.
No son pocos los venenos de origen teutón. Ciertamente, no se limitan al cataclismo nazi. Es ingenuo pensar que las ideas de burocracia y centralización que dominan y crecen en la política mundial provienen del Kapital de Karl Marx. De todas maneras, el susodicho era alemán. ¿O no? Y el modelito le viene de la organización austrohúngara, prusiana. Todo pasa por el aparato. Y, aquí sí, todo queda. Los ciudadanos con oportunidades y ambición se forman para nutrir al ogro, para llenar las crecientes posiciones centralizantes y eminentemente administrativas. La meta es ser burócrata, y de ahí escalar. Eso, allá por 1910, en Europa del norte. Y eso hoy, en el 2010, en España, y en Brasil, y en la mismísima capital del imperio. Por supuesto que el imperio austrohúngaro no inventó la centralización. Ni siquiera, claro está, fue su máximo exponente. Desde la gran China unificadamente milenaria, hasta la Roma de las falanges y las carreteras, el crecimiento estatal ha ido de la mano de la burocracia y la centralización. El mayor representante, tal vez la mayor excepción, es la Etiopía de Haile Selassie. El gran hambreador convertido en dios por los místicos músicos. El estrafalario dios rastafari cuyo sumo sacerdote era el gran Marley. Devoto de la maruja, el desinterés, la apatía sin estrés, murió detrás de la manija de un BMW, y de cáncer cerebral. El destino es tan cruel. Saca ironías del bolsillo de atrás del pantalón, como si fueran peines cortitos de plástico. Desenfunda, pegotea nuevamente sus crenchas contra el cráneo, con el instrumento paralelo al cuero cabelludo. Y luego, con ayuda de la electricidad y la grasa recolectadas, ejerce de prestidigitador, moviendo un papel de aquí para allá en su mesita de jugar a la mosqueta. El destino sí que es cruel y sádico. Sí que es refinado. Sí que se esmera, con éxito, en revolcar al más pintado.
El mayor exponente y la mayor excepción. El asesino hambreador, el perro, terco absolutista, el indiferente genocida elevado a deidad a manos de quien dice ser el promotor de la libertad más básica y aguerrida. Lo de excepción es relativo, cierto. Surge porque el resultado es un país de mendigos, que no burócratas. Un país entero de miserables parásitos, incapaces de sustentarse, y también de imaginarse suficientes. En el imperio milenario de Etiopía, el que barre sólo barre si lo miran. Sin los ojos del verdugo, el barredor detiene su movimiento deviniendo estatua. Una extraña danza de mirada y manos, de victimario y sometido que alternan la tenencia del palo. Usted  me oprime, pero yo no barro. Esta actitud confunde, en principio. Ya que está, piensa uno, que barra y se acabó. Pero este análisis incorpora una larga lista de supuestos. Sobreentendemos educación, alimentación, descanso. Saquemos esos elementos de la ecuación y encontraremos en seguida el sentido de la estrategia estatua. El tema es tópico en vodeviles y dibujitos. El observado se petrifica, y retoma lo que hacía en cuanto el otro vuelve a mirarlo. Y la coreografía se acelera al punto de que el movimiento pasa a ser continuo. En un escenario básico, casi animal, la estrategia de escultor y esculpido cobra todo el sentido. Gastar el mínimo de energía. Conservarla, que no es ilimitada. Para luego transformarla en juego, en vicio, en rebeldía. Lejos de los ojos del tirano, el de Bergerac.

Alemania nos ha dado mucho, pero más nos ha quitado. Pueden verlo si tratan con algún teutón, o incluso teutona, de prominentes senos de ser posible. Van a ver que, lejos de estar orgullosos de la aspirina y las aspiradoras, presentan una ostentosa cola de paja con respecto a la historia moderna. Sin que se les hable del tema, no tardan en abrir el paraguas, de ésos publicitarios, enormes, de gajos de colores. Ellos no tienen culpa alguna, indudablemente. Eso no se pasa de generación en generación. La culpabilidad no integra el material genético. Lamarck estaba rotundamente equivocado, eso hoy es cosa juzgada. Y si no se trasmiten los atributos físicos adquiridos, tanto menos se heredarán los aditamentos morales. Los nietos de la cobarde sociedad civil alemana de la época no tienen ni pueden tener responsabilidad alguna por las omisiones de sus antepasados. Nada más cierto, ni menos relevante. Ellos sienten la culpa y actúan acorde. Punto. Las realidades valen tan poco como las verdades. Incluso, tal vez, sean lo mismo. Lo que termina contando, siempre, son las percepciones. Las apariencias que dicen engañan son la única realidad posible en la vida consciente. Tendrán que pasar algunos siglos para que los posmodernos, andróginos expúberes de la ex Alemania Occidental olviden que el pasado los condena. Eso, claro, si antes no acontece otro bochorno nacional. Fíjense que antes de la segunda guerra estuvo, obviamente, la primera.