jueves, 8 de marzo de 2012

DUCHA FRIA

El asunto es el de siempre, nomás. No escapa a la regla. Decisión. Cómo salir de la cama. Después de hecho, ya está. Superada la parálisis de la postergación compulsiva, enferma, comenzamos a rodar. La inercia se transforma en su opuesto. Continuismo. Siempre pereza. De empezar, y de terminar. Si alguien o algo me ayudara a salir de la cama cuando abro los ojos, la humanidad, el cosmos todo agradecería. Pero no, no puede ser un químico. Empezás con uppers y después seguís con downers y después vas duplicando las dosis y terminás como el Flaco, o Bateman, o los morfinómanos de hospital: médicos, paramédicos, y hasta personal de servicio.

Acometí con arrojo contra la ducha fría, luego de dos días de pasiva ausencia de higiene. No fue más chocante que las otras veces. El chorro grueso cae directo como un mazo entre la maraña de cerda, densa por tantas horas de sueño. Está siempre varios centígrados más abajo. Las piernas se tensan, y las aflojo. Bufo, respiro entrecortado. Y canto, con placer y fuerza inusitados. El frío vertical y denso me desata la garganta, parece. Para verificar, me toco los músculos del frente del cuescuezo, y siguen tan campantes, tan agarrotados. El frío sigue frío, pero ahora agradable. El baño angosto y blanco, descarnado, resuena, casi late. La música revolotea contra el techo. No puede escaparse por la ventana porque está irremediablemente cerrada. Por duelo, por balance o, mucho más probablemente, por Carnaval.

Mañana me voy. Aires de despedida. El Ze me llevó a comprar las piezas que faltaban. Por suerte me llevó en su fusca amarillo. Llueve lluvia, sin parar, en este extraño Carnaval, hijo de El Niño. Está fresco, me puse la campera sin cierre, y hasta agregué el Pringle, el único que queda de los tiempos de la elegancia.


CONTINUARÁ