jueves, 19 de julio de 2012

UN TIPO DISCRETO


Hay tantas cosas que decir. Podría hablar de la mujer, del dinero, de dios, de mi padre, de mis amigos, de la vida de ciudad, de la de burgués, de nuestra civilización occidental judeocristiana, de los salvadores al pedo, de la música, de la matemática, del yoga y de Oriente, de cómo lo manoseamos, del cuerpo, de la especialización y el sueño del generalismo, del hombre universal que según parece hoy no puede existir, del alma, la meditación, los viajes astrales y el Uno. Podría citar tantos libros, referirme a tantas conversaciones. Y me engañaría, probablemente bastante bien. Pero es seguro que a ustedes no. Sabrían enseguida que hablaría de mí, de mí y sólo de mí. Mi pequeño cerebro intoxicado de burguesía no alcanza a dejarme a un lado. Tengo que decir que no es una limitación humana; generalizada sí, pero no intrínseca. Yo, como individuo, la tengo. Y tantos otros, por lo que veo casi (y el casi que casi no se vea) todos.

Sólo puedo hablar de mí, y como necesito hablar hablaré de mí. Voy a largar toda esa mierda que me asfixia, espero no asfixiarlos. Más que eso: espero no aburrirlos. Porque quiero que me lean. Me meo por que me lean. Y espero fervorosamente que esto no suene a súplica.

¿Les suelto un discurso cronológico? Como esquema narrativo está superado, sí, pero no van a negar que es una forma de empezar. Let´s start at the very beginning. Si no, ¿por dónde? Me embarullo solo, se me entreveran los dedos, me mata la indecisión como al burro equidistante de los dos fardos de heno, de aquel espero que filósofo espero que griego. (Espero no porque me aporte nada que sea griego y no asirio o chibcha, sino porque me gusta aparecer preciso). Y esto está resultando un tratado sobre la esperanza. Fe, esperanza y caridad, para parecer teologal. Fe en que la mano no se me agarrote, y en que la cama no me encadene. Esperanza en que crean que verdaderamente espero lo que digo esperar. Caridad… se la dejo, les va a hacer falta para seguir recorriendo este cúmulo de signos (un signo es siempre de un signo, dice Cortázar que dice Madame Stein).

Y con esto caigo en la cuenta de que en la enunciación inicial omití a Cristo, el cristianismo, el catolicismo, la iglesia, los curas, los comecuras, los feligreses, y el resto: los gentiles. Nosotros leprosos, como decía aquel curita que los cuidadaba y se confesaba desde un bote hasta un barco, a los gritos. Uno de los tres gatos locos que se la tomaron en serio.


* * * * * * * *

Yo nací en La Vid, como Randall. No me crié propiamente con reos; no tuve esa suerte. Tuve poco contacto de niño (y, mayormente, siempre) con la chusma que gusta mentar Quico, el de El Chavo. Cuando tenía siete u ocho años estaba maravillado porque tenía un amigo negro en la piscina del Olimpo. Lucio se llamaba, y el blanco del ojo parecía ocuparle toda la cara cuando le respondí que mi padre era abogado. “¿Como en las películas?”

Tres para uno y uno para todas. La cazaron al vuelo, ¿no? Sí, era fácil, pero me gustó. No soy el único que tiene gusto por lo evidente, lo vulgar. Mirá Mel Brooks, mirá Spielberg, mirá el éxito que tuvo este muchacho Biella con “El piropo de la lluvia”. Para los lerdos, solución: éramos cuatro, ellas tres y el infrascrito. Y los insulto sin remordimientos, porque espero (sigo esperando) que ninguno de ustedes se coloque en el pelotón de los rezagados. Es más, anzi, espero haber despertado alguna que otra sonrisita sornosa: “A algún gil se la habrá escapado”.

Y vamos deshaciendo la madeja. Sorna era un compañero de la infancia, el Gallego Gerona. ¡Ah! Por las dudas, cualquier relación con personas o cosas existentes fuera del mundo fantásticoimaginario a que pertenece esta parrafada es pura casualidad. Pero así así, ¿eh? Destino, el Hado Funesto, de La Ilíada, o tal vez La Odisea (me parece – espero – que estaba el Pelida o Peleida. Sea como sea, nada que ver con helados, o con el hada madrina). Gallego: ¿estás ahí? No te lo tomes a mal; no es para tanto. Además, date por compensado con la fama que te llueve. Ya se lo decían al Corto las terrajitas del Chodo: la fama cuesta sudor. Y vos, Corto, agarrate los pantalones.

El Gallego tenía un rictus de desprecio que puede considerarse, sin pudores, la materialización de la sorna. Herencia materna, dato científicamente comprobado en las no pocas visitas a su casa. Se le alzaba el labio superior de un costado solo, como si tuviera vida propia o sufriera todavía el efecto de la anestesia del dentista. Llegaba casi a tocarle de fuera el borde de la nariz. En largas noches de elucubrados desvelos he llegado a la piadosa conclusión de que el maravilloso filo de su lengua, su voracidad maledicente, su afán irrefrenable de ponerse a despedazar congéneres inmediatamente después del hola, eran una consecuencia lógica, proporcionada, de la excesiva consciencia de su inmensa nada (no te escondas, Pascal, que te vimos). Me viene una muestra que espero sea representativa. Una del estadio que contó el Negro.


En la Límpida estaban su ahora cuñado y un amigo, con sus novias. Cañamel hizo un gol. Todos festejaron, saltos, gritos, abrazos, menos un medio bichicome que tenían al lado. Cuando se fueron calmando los ánimos el linyera se paró parsimonioso, se abrió el sobretodo pegajoso, se levantó el buzo grasiento, se bajó el cierre herrumbrado del pantalón grande y rotoso, sacó el sucio aparato genital y, sacudiéndolo a dos manos, repitió a media voz, con los ojos perdidos: “Cañamel nomá, Cañamel nomá”. Las chicas lloraban, y fue eso lo que indignó al Gallego. El pliegue del labio le temblaba, acariciándole la nariz: “ Me vas a decir que nunca vieron una pija, ésas”. Gallego, viejo. Hoy, pasada tánta agua bajo el puente, recapacitá. Pensá en los nervios, en el asco de esas delicadas señoritas, esos pimpollos, en la presencia pestilente de ese glande mugriento. El hecho de que fuera posible, hasta probable, que hubieran dado uno a dos revolcones, es decir tropezones, no implica que debieran permanecer impertérritas, inmutables como la pampa de granito ante la indiscreción del efusivo y desprolijo simpatizante de Cañamel. Te acepto, te aceptamos la objeción de que debieron ser un poco más respetuosas, visto y considerando que era un cocañamelófilo. Pero vale sólo como leve atenuante.

Tengo miedo de caer en el Negro, en el Corto, en el 3.14 , porque él y Eguía, que serán los primeros en leer esto, me están acusando ya de demasiado personal, de localista, de vernáculo y bucólico (con diccionario no vale). Hasta de rupestre me acusan, si me descuido. Cómo será, que tuve que oírme tildar de modernista. “Rubén Darío. Modernista”, dijo, y me alargó de vuelta el papel. Había venido a visitarme porque estaba (yo) enfermo, y estaba (él, 3.14) sentado en mi lecho de convaleciente. No emitió juicio. Con una sonrisa seria, de aprobación, me honró comparándome con ese inflador de gaitas, eterno desconocedor del alma humana. ¡Tratarme como a Armandito Vasseur, a mí, sin la menor consideración a mi fiebre y mis ojeras! Y lo peor es que tenía razón. Vean, y juzguen sin asco. Total, yo ni me entero. Incluso si alguno quiere escribirme o llamarme por teléfono (no soy ilocalizable), su conmiseración, sus vituperios, o hasta la defensa de la validez del texto que al trasnochado de turno se le pueda ocurrir, no harán más que divertirme. Y siempre está la posibilidad de un nuevo amigo, o, mejor, una nueva amiga. No para mí, ilusos. Para ustedes. Se podrían formar clubes de defensores, de detractores, de eclécticos y de indiferentes. En USA sería cosa de una semana, y se llenarían las calles de fans y antifans con carteles y vinchas. (He aquí una razón para traducir esto al inglés lo antes posible). Con ustedes, la fuente de la discordia.

Cantaba el cántaro un canto caro,

contaba cuentos de color. 
Cargaba el cántaro el niño claro, 
llenaba el aire su candor. 

Color de cloro eran los ojos

que el agua clara canturreaba. 
Crujiente cuerpo de hombros rojos, 
curtida cara reflejaba. 

Corriente quieta contra el borde,

quería quedarse con su voz. 
Cantole el niño copla acorde, 
con sus cadencias la onduló. 

Contra el cántaro corrían

canoras cuentas color carmín. 
Coro de choques, chasquidos, chispas… 
quietud querida, no tengas fin. 

Corto caduco cuento caliente,

llegó cansado pronto a su fin. 
Curioso rayo de faz sonriente 
creó la queja del querubín. 

Corta carrera corrieron cuevos,

cántaro, Febo, niño y color. 
Quizá con suerte puedan de nuevo 
cantar su juego de vida en flor. 

Obsérvese:
a) la nauseabunda aliteración en ce, parangonable a la de la guitarra que aporreaba la cigarra senil 
b) la curiosa métrica, decasílabos, octosílabos y nonosílabos casi al azar 
c) la riquísima puntuación, coronada por esos sugestivos puntos suspensivos que lo dividen casi al medio… 

* * * * * 
CONTINUARÁ