sábado, 22 de diciembre de 2012

De cómo la masacre de Newtown se convirtió en un evento televisivo de control mental

Traducido del inglés con la autorización del autor, Jon Rappoport. Vea el artículo original.

Control mental. Hipnosis masiva. Condicionamiento. Lavado de cerebro. De eso hablamos. 


Estamos tan condicionados por la forma en que la televisión presenta la vida, que raramente tomamos un mínimo de distancia para poder ver lo que pasa. 


En lo que refiere a desastres y crímenes masivos, los noticieros centrales mandan en el gallinero. 


Primero, los presentadores, que son los editores en jefe de sus propias transmisiones, se dan a sí mismos la voz de aura. Dejan sus cómodos sillones y viajan a la escena del crimen. “Este es importante”. 


Los presentadores proveen relevancia. Su mera presencia deja claro que esta historia supera a todas las noticias del momento. Es la primera pauta hipnótica, la primera sugestión. 


Por supuesto que los presentadores no fueron a Newtown, Connecticut, en calidad de periodistas. No fueron para investigar. 
Su presencia física en la escuela Sandy Hook y en el pueblo de Newtown era, en ese sentido, altamente irrelevante. 

Podrían haber hecho la transmisión desde las centrales en Nueva York. O desde un ropero, igual. 


Pero, claro, era mucho mejor si transmitía parado en algún lugar de Newtown. Da sensación de crisis a los millones de televidentes. 


A la vez, la presencia de los presentadores brinda seguridad. El mensaje subliminal que transmiten es: haya pasado lo que haya pasado, la situación es controlable. 


La audiencia sabe que el presentador conferirá sentido, y dará voz oficial a la tragedia. En cierta forma, los presentadores son sacerdotes, impartiendo su bendición por el sufrimiento y sus oraciones por los muertos. 


Es lo que la audiencia espera, y es lo que recibe. 


Esta expectativa es tan profunda, en efecto, que cualquier otra cosa sería considerada un insulto, un crimen moral. 


Por ejemplo, supongamos que un noticiero hiciera un cambio de marcha y empezara a entrevistar policías y residentes, haciendo preguntas fuertes sobre las contradicciones del tinglado oficial. Supongamos que el foco se moviera a esto. Supongamos que el tono se volviera especulativo, al servicio de (ni dios permita) la verdad. 


En otras palabras: con un violento cambio de perspectiva, el presentador empieza a hacer preguntas que requieren respuestas. Todo un concepto. 


No, los sacerdotes no intimidan a los feligreses. El sacerdote oye confesiones, y marca el camino a la redención. 


Pero, si milagrosamente los presentadores iniciaran una cruzada en pos de la verdad, la escena se tornaría completamente incierta, o incluso caótica. 


“Primero, había un hombre en el bosque. Ustedes mismos lo persiguieron. Lo redujeron y lo trajeron de vuelta al pueblo. ¿Quién es? ¿Dónde está? ¿Lo están interrogando? ¿Qué le preguntan? ¿Por qué tuvieron la idea de que podría ser un segundo atacante? Vamos. Respondan. La gente quiere saber. Esto no avanza. Queremos respuestas.” 


Esto se llama periodismo, una actividad ajena a estos reyes y reinas de los medios, peinados con secador. 


“Señor, sabemos que ABC reportó que había un segundo tirador. Dicen que ustedes mismos les dieron la información. ¿De dónde salió ese dato?... No, perdóneme, no me está respondiendo, eso es un non sequitur.” 


Los que reportamos en Internet decimos que hay algo que no cierra en esto de que la historia del segundo tirador se olvida, como si fuera una papa caliente… Y por eso nos llaman conspiranoicos. 


¿Entienden? Hacer preguntas pertinentes se transforma en conspirar, simplemente porque los noticieros centrales no cumplieron con su obligación, de pique. 


“Señor: ¿Encontraron un revolver en la valija del auto, o tres? Muéstreme el auto. Sí. Quiero verlo. Quiero saber el número de la matrícula. ¿Cómo dice? ¿El auto ése es un secreto? Perdone, pero no. Hay veinte niños muertos en esa escuela, señor, y queremos llegar al fondo del asunto. Vamos a ver ese auto.” 


Eso se llama investigar. Es lo que hacen los periodistas. 


“Señor, su diario publicó una historia sobre el cuerpo de un hombre que apareció en el apartamento del hermano de Adam. Que después se transformó en el cuerpo de la madre de Adam, hallado ahora en su casa en Newtown. ¿Qué fue lo que pasó, exactamente? ¿Fue un error? Parece un error bastante grande, ¿no? ¿Cómo pudo pasar eso? ¿Fue una confusión típica de los primeros pasos de la investigación? A mí me parece que no. Confundir un hombre con una mujer, pensar primero que el cadáver apareció en Nueva Jersey y luego que apareció en Connecticut, no es un error típico, en absoluto. ¿La policía halló el cadáver de un hombre? Responda.” 


El televidente promedio americano se encogería de vergüenza si oyera preguntas así de exigentes. ¿Saben por qué? Porque ha sido entrenado y condicionado por los presentadores para renunciar a ir más profundo que la superficie. En otras palabras: el televidente ha sido hipnotizado. 


“Dr. Smith, Agente Jones, tengo entendido que este joven autista, extremadamente tímido, con problemas mentales, entró en esa escuela y masacró, metódicamente, a veintiún personas. Para hacer eso tuvo que recargar la pistola por lo menos dos veces. ¿Eso es razonable? Esto no es simplemente un acto de violencia impulsiva. Esto es una masacre metódica. ¿Cuál es su explicación?” 


Si los presentadores insistieran con preguntas de este tipo: ¿saben lo que pasaría? Los televidentes empezarían a sentirse incómodos. Empezarían a resquebrajar su programa hipnótico. Empezarían a despertar. 


“Bueno, tiene razón. Esto no cierra. Tal vez sí hubo un segundo tirador.” 


O “Puede ser que ese muchacho Lanza no haya matado a nadie.” 


“¿Qué me estás diciendo? ¿Que le hicieron una cama, al tipo?” 


“Puede ser que sea un chivo expiatorio.” 


Ahí está. En vez de ser descalificados como “conspiranoicos”, estos cuestionamientos pasan a ser parte de la experiencia de mirar el noticiero. Porque, repentinamente, los periodistas empezaron a hacer preguntas incisivas. 


Pero no. Lo que nos dan es duelo y desazón. No tenemos más remedio que empezar con duelo y terminar con duelo. 


Pero esto es un montaje, es artificial. Claro que la gente de Newtown está desconcertada y sufre y siente una gran pérdida y está horrorizada. Pero los que producen el noticiero pasan minutos y horas de transmisión de esto, a consciencia, y filtran el resto. 


Y lo hacen todas las veces que pasan estas cosas. Así, la audiencia está condicionada para esperar lo mismo, y se lo traga entero, en ese estado de trance. La audiencia quiere eso y no otra cosa… Porque cualquier otra cosa ROMPERÍA EL HECHIZO y la pena dejaría de tener tanto impacto. 


Newtown es un evento televisivo. Desde el vamos, la actitud es la de un funeral. Tiene esa nota, ese color. La audiencia lo absorbe, y no quiere que sea alterado en lo más mínimo. 


Es programación Matrix. 


El presentador es sacerdote, y también es maestro. Muestra a la audiencia cómo experimentar el suceso, qué sentir, qué pensar, cómo actuar. 


Una de las habilidades principales del presentador es la comunicación fluida, pareja. Así es como se ganan esas fortunas: las fusiones y articulaciones, y el tono subyacente de sinceridad que tiñe cada detalle de lo que se informa. 


Ahí también está la hipnosis. Establece una frecuencia que se cuela en los cerebros de los televidentes. Una Frecuencia de Aceptación. Lo que define a un gran presentador es la habilidad de lograr establecer esta frecuencia. 


Scott Pelley (CBS) lo tiene en parte. Diane Sawyer (ABC) notoriamente falla, a veces. Brian Williams (NBC) es el maestro del momento. Por eso lo llaman el Walter Cronkite del siglo 21. 


“Señor, sabemos que la policía capturó a un segundo hombre, justo afuera de la escuela. ¿Cómo se llama? ¿Qué hicieron con él? ¿Dónde está?” 


No, no, no, no, no. Eso quebraría la Frecuencia de Aceptación como si fuera un huevo, y mandaría a rodar al noticiero, en un canastito. 


“Señor, qué suerte que lo encontramos, finalmente. Tenemos informes de que está por partir para Bermudas. Usted era el médico de Adam Lanza. ¿Qué medicamentos le recetaba? No sólo en los últimos tiempos. Queremos saber qué tomó desde el principio. Tenemos una lista de drogas empleadas comúnmente en pacientes de Asperger, autismo, depresión. Y sabemos, por supuesto, que inducen comportamientos violentos. Suicidio, homicidio. Responda, doctor.” 


Ahí no sólo se rompe el huevo. Ahí suspenden al presentador, y la cadena de televisión emite un comunicado informando que su “descompensación” se debió al estrés. 


Las empresas farmacéuticas lo pusieron en la lista. 


Sin embargo, las preguntas sobre los medicamentos son exactamente las que hace un periodista de verdad. No son preguntas de “conspiranoicos”. Si hubiera un periodista, en Newtown, preguntaría eso. 


El que piense que esto es absurdo, fuera de lugar, está hipnotizado. Programado. Es eso, simplemente. 


Los medios de comunicación tradicionales agonizan en este país. Se les está acabando la plata. Podrían revitalizarse en un santiamén, si se decidieran a CUBRIR las noticias, y a despertar a la audiencia. Pero eso es ajeno a sus agendas. Antes se mueren. 


Son agentes contratados por las elites que manejan este país. Son putas mandadas a la calle por sus macrós, y saben bien cuál es su trabajo, y qué no es su trabajo. 


Las noticias oficiales son forzadas por las elites en la dirección de construir eventos artificiales, conscientemente, para ser consumidos masivamente por un público en estado de control mental, físico, y espiritual. Los periodistas que osan salirse de ese marco son etiquetados como marginales. 


“Teniente, perdón. Cómo está. Brian Williams, del noticiero de NBC. Tengo una duda: si hubiera habido empleados armados en la escuela, tal vez habrían tenido chances de detener al asesino, antes de que matara a los niños. Quiero decir, personal entrenado para disparar, y con permiso de porte de armas. Una persona fuerte, capaz de enfrentar al asesino”. 


Epa, eso no es una pregunta razonable, dice la gente. Esa es una pregunta de delirante. Esa pregunta no debe formularse. ¿Por qué? ¿Quieren la respuesta cierta? Porque destruye la frecuencia hipnótica enviada por los noticieros. Esa es la verdad. 


Dice el televidente: “No molesten, estoy hipnotizado. No alteren la frecuencia a la que mi cerebro absorbe lo que dice el noticiero”. 


Por supuesto que, en esas condiciones, la última persona que alteraría la frecuencia sería el propio presentador. El es el que induce la frecuencia, por empezar. 


Con eso, sabemos que el presentador NO está para indagar e identificar nuevos hechos o perspectivas. 


Entretenimiento significa: el cerebro fue inundado de ritmos y frecuencias que lo inducen a aceptar la información transmitida. 


Así es que las canciones logran que las letras banales cobren importancia. 


Otra cosa que hace el entretenimiento, es que el receptor sienta que participa de algo grande. Este elemento es clave. El receptor se siente miembro de un colectivo que comparte un momento, una experiencia. 


“Yo me siento así, y todos los demás también”. 

Es esto lo que sustituye, en nuestra sociedad, a la experiencia individual, a la sensación de autosuficiencia.
Este colectivo, sin embargo, no es comunidad. Sólo se le parece. Sólo se siente como si lo fuera. Lo que es, es hipnosis colectiva. Como la que se observa en el canto gregoriano. O en los discursos políticos. 


El cerebro nada en determinadas armonías, y su respuesta es Aceptación. 


El lenguaje de los globalistas está repleto de entretenimiento. “Estamos todos en el mismo barco”. “Vamos a sanar al planeta”. “Debemos luchar juntos para alcanzar un mundo mejor, para nuestros hijos”. 


Suena correcto, parece correcto, pero se emite para crear un colectivo, no una comunidad. Tómese el tiempo de leer los prospectos de Monsanto. Léalos en voz alta. Óigase. Trate de darle un ritmo convincente a las frases. De repente, está en la frecuencia. Está metido en el entretenimiento. 


Eso es lo que hacen los noticieros de la televisión. Y ni siquiera hemos mencionado los efectos hipnóticos de los gestos, al enviar el mensaje a la audiencia. 


En un artículo anterior mencioné que, si fuera por la transmisión de la masacre de Newtown, no hay en todo el pueblo una persona indignada, hombre o mujer. Porque en la pantalla no aparecen. 


La cadena de televisión se aseguró de eso. Fue una elección consciente. 


“Mi hijo murió en esa escuela. Quiero saber por qué. Quiero saber de qué forma entró el asesino. ¿Quién lo dejó entrar? ¿Cómo entró? QUIERO SABER”. 


Lo lamento. Eso no se incluye en la transmisión. 


Interrumpiría el entretenimiento. 


“Perdón, señor. Tiene que retirarse. Estamos generando hipnosis y control mental. Está rompiendo la cadencia”. 


En vez de incluirlo en la transmisión, el señor es canalizado a consejeros de duelo, que tratarán de calmar su indignación. “Señor, todos tenemos que tratar de encontrar la forma de sanar”. 

Los episodios como el de Newtown son de gran valor didáctico para la televisión. Los noticieros de las cadenas centrales exhiben una constelación de emociones catalogadas como “aceptables y apropiadas”, para que sean experimentadas por la audiencia. Y la audiencia es, a la vez, entrenada para replicar esas emociones. Para sentirlas, para expresarlas, para nadar en ellas. 


Es un sistema cerrado. 


De esta forma, lateralmente, se logra que funcione el control de armas. Integra el mensaje general. La audiencia, cuya existencia transcurre dentro de ese sistema cerrado, en ese estado de trance, puede ser dirigida hacia el peor remedio para la tragedia. 


Alcanza con que el presentador frunza el ceño, o sacuda la cabeza un poquito en el momento en que aparece el tema de las armas. Sólo eso, y los cerebros de la audiencia se lo tragan: 


“Claro, por supuesto. Retiremos las armas. Si nadie tiene armas, nadie puede disparar armas. Nadie moriría. No habría crimen. Obvio.” 


La estocada final, la que termina de conferirle razonabilidad a esta solución grandilocuente y pueril, es: los policías son los buenos; son confiables; que todas las armas estén en sus manos, y se acabaron los problemas. 


Ese mismo mensaje es impartido por los presentadores de los grandes noticieros. Estos reyes y reinas no formulan preguntas difíciles a la policía. Lo evitan. 


Más aún, los presentadores SON jefes de policías suplentes. Dicen lo que los jefes de policía dirían, si tuvieran la habilidad. 


Los presentadores hacen unipersonales en Newtown y nos brindan de la mejor manera posible lo que diría la policía. Y en el camino transmiten: 


Entretenimiento. Hipnosis de masas. Control mental. Condicionamiento.