martes, 17 de septiembre de 2013

COGOBIERNO, HABIA UNA VEZ

Hay temas que son tabú. Si uno es hincha de Peñarol, y otro de Nacional, eso no es tabú. Pero que los profesores y los alumnos tienen intereses diferentes, es tabú.

Si tu actividad gremial es para defender a los estudiantes, tengo comentarios que hacerte. Si es simplemente para acelerar tu ingreso al Instituto de Física, no.

Defender a los estudiantes no significa defender a los que van en coche. Esos no son perjudicados. Defender a los estudiantes significa defender a los que sufren, a los que quedan por el camino, a los que se arrastran por años recibiendo palizas, a los que abandonan de pique o, peor, después de changar por años y años. Hay una masa de estudiantes que es víctima del régimen. No son todos, pero sí son la mayoría. Hay una simbiosis oculta entre profesores y alumnos bien adaptados. Eso esconde la realidad de que la facultad no cumple su cometido de enseñar, de difundir el conocimiento. Disimula el hecho de que la mayoría de los supuestos beneficiarios de la facultad es olvidada, al menos. Es perjudicada y destratada, de hecho.

LOS PROFESORES HACEN LO QUE QUIEREN

Los profesores deberían enseñar las materias. Deberían llegar en hora. Deberían tener las clases preparadas. Teórico, por supuesto. Pero también práctico. Está plagado de profesores de práctico (también de teórico) que se creen que los prácticos fueron diseñados para que ellos pudieran dar rienda suelta a su sadismo.

Los cursos deberían ceñirse a un programa preestablecido y claro. Y estable. Hoy, cada profesor decide su programa. Los profesores cambian constantemente de materia, con consecuencias positivas para el profesorado, pero obviamente negativas para el estudiantado. Y cada profesor, cada año, viene con su curso nuevo, de acuerdo a sus intereses y sus caprichos. Así, el alumno que no salva la materia en los seis meses siguientes, se ve forzado, en los hechos, ¡a cursarla de nuevo!

Deberían también, el programa y el profesor, seguir una bibliografía exhaustiva y bien definida. Y esto último es clave para lo más importante: los cursos no deberían ser obligatorios.

LOS CURSOS SON OBLIGATORIOS

¿Cómo surgieron los cursos? Surgieron a favor del alumno. Y pasó el tiempo, y se dieron vuelta, y se pusieron en contra del alumno. El curso era un apoyo para el estudiante, y hoy es un obstáculo más. Para poder dar un examen, lo que necesito es tener salvado el examen de las previas. Y punto. Resulta que ahora la evaluación es doble: tengo que salvar el curso, y luego tengo que salvar el examen. En otras facultades subsiste todavía, aunque más no sea en parte, el espíritu original, el que se condice con la calidad de institución de enseñanza de una universidad. El curso, como fue concebido, era dos veces para el alumno. Era para enseñarle, y también, algunas veces, incluía evaluaciones parciales que le permitían exonerar el examen, en parte o totalmente. Pero de ninguna manera había que salvar el curso. El “derecho a dar examen” se lo ganaba uno al salvar el examen de las materias previas.

Los cursos obligatorios son uno de los tantos triunfos de los profesores sobre los alumnos. Una forma evidente en que esto perjudica a los alumnos es que el que trabaja no puede estudiar. Otra es que el que sabe no puede dar cuantas materias quiera o pueda. Se ve forzado no sólo a cursar, sino a esperar.

Los alumnos son pocos, por tanto los horarios disponibles son pocos. Eso es entendible. En las facultades mayores hay horarios diurnos y nocturnos porque hay cientos de estudiantes. No podemos pretender eso en nuestra facultad. Pero sí podemos pretender que los cursos no sean obligatorios. Que el alumno pueda optar. Que si quiere hacer el curso lo haga, y si no quiere, no lo haga. En otras facultades existe, para eso, la figura de la “calidad de libre”.
Podemos incluso verlo como una discriminación. ¿Por qué los estudiantes de una facultad pueden dar materias “libres”, y los estudiantes de otra no?

LOS CURSOS SE VENCEN

Los cursos no sólo son obligatorios, sino que se vencen. Caducan. Y no me digas que dos años y medio es mucho. Es cosa de todos los días que gente repita un curso porque se le venció. Cualquier alumno que haga todas las materias de cada semestre, y no las exonere toditas, empieza a acumular materias. Si se tranca con alguna, enseguida le resultan insuficientes los períodos disponibles, y eso hace perfectamente posible que pasen dos años y no haya dado una materia. (Noto ahora que no sé cómo es la cosa si uno dio alguna vez la materia. Si esos dos años vuelven a contarse desde ese momento. Me imagino que no. O sea: a un estudiante puede perfectamente vencérsele una materia que dio y perdió menos veces que el total permitido, que es cuatro).
Y que conste que te hablé de un estudiante de tiempo completo que hace todas las materias. No mencioné el otro caso: cualquiera que tenga otra actividad que no sea la facultad, tiene siempre la espada de Damocles colgando sobre su cabeza, pronta para dejar caer ese curso que tanto le costó.
Te recalco que esta facultad es pública. Integra la universidad pública, cuyo objetivo es la difusión del conocimiento gratis. Tanto en su cometido oficial, como en el imaginario colectivo, la universidad es pública y gratis para que no sólo los ricos puedan estudiar. En este régimen, cualquiera que tenga que mantenerse no puede estudiar en esta facultad. He aquí un grupo a defender, como representante de los estudiantes: al estudiante que trabaja.
  
LOS PERIODOS SON CORTOS Y ESCASOS  
Veamos otro triunfo del profesor sobre el alumno. Otro espacio del estudiante que fue copado por el profesor. Los períodos de examen son cortos y escasos. Son cuatro materias por semestre, y dos períodos para el semestre impar, y tres para el par. Ocho materias, cinco períodos. Para seguir el ritmo de estudios del programa, el alumno debe dar casi dos materias por período. Su mínimo de exámenes a dar es dos materias en tres de los cinco períodos, y en los restantes dos, una.
Para el incauto, los períodos pueden parecer mensuales. No lo son. Tienen nombres de meses, pero no duración de meses. Los períodos se extienden por entre quince y veinte días. (Este es un cálculo primario, agradezco cualquier corrección. Lo que es seguro es que los períodos son mucho menos que mensuales. Para sacar la extensión correcta de los períodos, sólo tenemos que sumar los días que duró cada uno el año pasado, sumarlos, y dividir entre cinco).
(Períodos extraordinarios)

LOS PROFESORES CONTROLAN EL GREMIO DE LOS ESTUDIANTES
(CONTINUARÁ)

jueves, 22 de agosto de 2013

Un minuto

Tengo una amiga abogada. Hice trabajos para ella, me defendió. Le hice ganar plata, me hizo ganar plata. Somos buenos amigos. Mi amiga tiene un cuento de abogados. Este adolescente que es condenado a varios años de prisión, y que le grita al juez, cuando se lo llevan: “¡Écheme años como arroz! ¡Soy joven!” La arrogancia de la juventud. El razonamiento absurdo dominante que establece que, como soy joven, tengo que perder el tiempo. El tiempo vale siempre lo mismo. Un minuto es un minuto cuando tenés veinte y cuando tenés noventa. Siempre es mejor usarlo bien que usarlo mal.

sábado, 6 de abril de 2013

La Vieja, el Tuerto, el Gordo, y la praxeología


En Uruguay (Montevideo y aledaños) la comidilla del momento son los dichos privados del presidente Mujica sobre la dinastía Kirchner, a micrófono abierto. Por esta semana, y tal vez la que viene, sólo se hablará de esto en la apacible comarca del sur. Me sumo esta vez a la corriente monotemática y chismográfica. Creo que permite cazar algún concepto. Creo que viene al caso, diría el inefable Calabró.

Tanto el presidente uruguayo como la presidenta argentina integran la presente fauna progresista latinoamericana. Mujica, en tanto hombre del popularísimo Frente Amplio, parece suscribir la línea Brasil-Lula. Menos rimbombante, más callado, Brasil es a todas luces el patrón de la cuadra. Lo es, lo fue, y lo será. Venezuela es el chiquito desafiante. Cuanto más chiquito, más bocón.
CFK, por su parte, no es un aeropuerto, sino la segunda regente de la dinastía Kirchner. A desgano, se encolumna con el pintoresco movimiento bolivariano. Sin perder su megalomanía nacionalista, participa del eje de Chávez, el que murió, el que pretendía suceder a Fidel Castro como caudillo de las huestes anti-imperio. El que sedujo a la América Latina presente con sus abundantes petrodólares y sus quilométricos discursos.

Kristina y el Gordo tienen perfiles personales opuestos. El posa de ordinario, ella de diva. Ella visita al papa disfrazada de princesa viuda, él vive en una chacra sucia, desvencijada y chiquita. El se baña poco, ella es asidua de Pitanguy, y amante del bótox.
Esto no resultó un obstáculo para una clara alianza política rioplatense, mutuamente beneficiosa. CFK trataba al Gordo como a un hermanito simpático. Si bien es lo habitual entre argentinos y uruguayos, contrastaba con la fricción constante entre NK (alias el Tuerto) y el anterior presidente cisplatino. Tabaré, el indio de ojos azules, ídolo indiscutido de multitudes en la Banda Oriental del río Uruguay, nunca le hizo reverencias al Tuerto, y lo pagó carísimo. El Tuerto cerró los puentes sobre el Río de los Pájaros Pintados, y los ingresos uruguayos por turismo se vieron diezmados. Nuestro orgulloso mestizo no cedió. Llegó incluso a pedir apoyo militar a USSA, al imperio de sus amigos los Bush. Al menos eso dijo en otra de las tres gaffes presidenciales de los últimos años, soltada al viento justo en tiempos de elecciones argentinas. Pocos días antes el cursi indígena había anunciado su apoyo a un partido argentino nuevo, homónimo al glorioso FA, y asesorado por el asesor del FA. Oh casualidad.

Mujica, un político hábil, reconoció la superioridad de los hermanos argentinos. Cambió la estrategia radicalmente. No tuvo empacho en besar la mano de la Vieja, y consiguió lo impensable: los piquetes finalmente abandonaron las cabeceras de los puentes en Concordia y Gualeguaychú. Sin guerra ni nada. Los comerciantes del este eternamente agradecidos, el índice PBI recompuesto. Pero, claro, la movida no fue gratis. A cambio de recuperar el flujo turístico a las playas de Maldonado y Rocha, el imaginario colectivo uruguayo pasó a identificar a Mujica con los Kirchner. La postura anti-K quedó solita para Tabaré, el de la mirada clara y las plumas. Y aquí es donde entra la praxeología.

Según Mises, los humanos actuamos a propósito. Podremos equivocarnos, pero contamos con un aparato racional que empleamos para dirigir nuestras acciones de modo de obtener nuestros fines. En un análisis praxeológico, uno deja de atribuir los actos humanos a la idiotez, y trata de relacionarlos con objetivos específicos. Para el caso, debemos preguntarnos por qué Mujica haría tal cosa. Qué podría obtener el Gordo tratando a la Vieja de vieja, el mayor insulto concebible para una persona con complejo de actriz de telenovela, princesa moderna europea, y Dorian Gray.
La interpretación general es sencilla: Mujica es idiota. Se equivocó. Tal vez esté senil, tal vez había tomado vino con el almuerzo. Es un hombre viejo, ensoberbecido y cansado, y además boca abierta: habló de más, y justo había un micrófono abierto. Riámonos de la metida de pata del presidente por una semana o dos, y pasemos al siguiente chisme.

Rothbard, asiduo practicante de la praxeología, nos recomienda que nos detengamos un momento. El Gordo conversaba con un político opositor. Su contertulio le advirtió, con pelos y señales, sobre la posibilidad de que ese micrófono grandote que tenía adelante pudiera estar oyéndolo. Antes de propinar sus insultos al difunto rey y a la presente princesa, el presidente indicó, sin ambages, que no temía que se oyera lo que estaba por decir. Todos indicios de que sabía lo que hacía.
Del otro lado: ¿qué ganaba el Gordo revolcando al Tuerto y a su viuda por el fango? Se acercan las elecciones. Mujica tiene por delante una interna difícil. Su identificación con la dinastía K lo estorba. Busca una oportunidad para poner distancia. No puede llamar a una rueda de prensa y declararse anti-K.
Con estos comentarios, el Gordo nos aclaró a todos que a él tampoco le caen los Kirchner, en lo más mínimo.

A la luz del método praxeológico, Mujica hablaba para Uruguay. Fue un acto de campaña electoral. Tal vez pierda su alianza con CFK, pero nada es eterno, igual. Igual, se acerca el momento en que la Vieja vuele en helicóptero hacia algún refugio, desde la Casa Rosada. Ya agotó todos los recursos, sólo resta esperar el desanlace a la argentina. Como dicen los del marketing, Mujica se reposicionó
Las consecuencias allende el Plata son, como máximo, un efecto secundario menor.

domingo, 17 de marzo de 2013

Prole – 02/94



Acepto el desafío. Sí, oíste bien. Quiero criar humanos. Humanos, entendamos. Carentes de grosería. Faltos de miedo. Dueños de alegría. Aptos para jugar.

Cuando aparezcas, Marhgueretah, vamos a dar el batacazo. Porque no soy herhemafrodehtah, y menos completo. Vamos a hacer cinco o seis, y aceptar otros tantos. Estilo Kellog, pero sólo en la cantidad.

Cuidarlos celosamente para devolverlos relumbrantes como una carcajada espontánea, de esas que serpentean al largar, de salida, como dice Buarque. Nombres simples, para que no los atrapen. Sin gancho. Sin promesa, ni reminiscencia, ni exigencia. Un simple gatillo a la copa del árbol

Cíclopeo – 13/02/94


El estado no puede perjudicar a todos. Por eso, a más miseria más riqueza de los ricos, que no son los millonarios. Los que cuentan son el batallón de sucios tenderos, que sudan ácido veinte horas al día para robarles los cuartos a los indefensos. El explotador es el que trabaja. Es el que empuja el engranaje. Esos inmigrantes absolutamente faltos de autoestima son los artífices del sádico milagro. Son el combustible del mecanismo que ya se disparó, y ahora a agarrarse fuerte. Y sí, tal vez el viejo Albert (que no era el tío de Mary Poppins), no haya sido tan pernicioso. Como no hay un cernidor que uno pueda sacudir hasta que sólo queden los gordos, la razzia tiene que ser general (y sí, si no no es tal). Bum, como Michael Cane. Primer plano, sonrisa calma y complacida. Y ahí vamos todos, porque no hay justos visibles. La justicia requiere de invisibilidad. La deslumbrante luz de las sombras. Dijiste: arriba de un cerro. ¡Seguro! Ni que fuéramos giles. Iniciados, sí; idiotas, no. La lámpara encendida en la cumbre no es más que un blanco fácil. Llueven las pedradas, y en los grandes números es imposible errar. Es humano. ¡Cuán humano es! Y no perdona. Zumba, dos, diez, mil, hasta que una da en la frente cristalina del cíclope. Sabés de cuál te hablo. Lo viste, en sueños. Pestañeando con una lentitud enorme, tanto más pasmosa porque no te exasperaba. Primero eran dos ojos, cosa harto normal. Luego se iban esponjando, ajaponesando hacia adentro y hacia afuera. Hasta concluir, quién sabe cuándo, en ese ojo parsimonioso que sugiere su magia. Coqueto, experiente.

sábado, 16 de marzo de 2013

Conjugando



Mi actitud es delicada, distantemente complaciente. Seguro que piensa que es más un estilo que un sentimiento, o una disposición. Yo se equivoca, tú me equivoco, él te equivocas, Joe. Todas se equivocan, cómodamente sentadas en vuestras casas, frente a nuestro televisor veinte pulgadas. 

lunes, 11 de marzo de 2013

Los billetes los lleva el viento

Creo interpretar bien el sentir popular cuando digo que los ciudadanos uruguayos, masivamente, rechazarían que las reservas internacionales del país estuvieran invertidas en pesos argentinos o reales, o en bonos argentinos o brasileños. Muy entendible: nuestros vecinos tienen una larga tradición de destruir sus monedas. Sus cuentavueltas han sido llevados a cero más de una vez. Distintas denominaciones de las monedas oficiales de Argentina y Brasil han sido completamente destruidas. Sus valores fueron llevados al cero de Kelvin, y fueron sustituidas por otras que también fueron exprimidas hasta su último rinconcito de valor, y así hasta llegar al hoy. 

El asunto es, indudablemente, menos claro en el caso del dólar americano, el dinero por excelencia en la economía global. El dólar, como denominación, es el mismo que era en sus orígenes. USSA no ha pasado nunca por el bochorno de quitar tres, cuatro o seis ceros a su moneda. Nunca vimos un Nuevo Dólar, que valiera mil o un millón de los dólares originales. 

Y la calidad de moneda universal del billete verde es también innegable. Las exportaciones uruguayas, como las de todo país que se precie, se denominan y ejecutan en la moneda del norte. El comercio exterior mundial es mayoritariamente en dólares. Y es exclusivamente en dólares si hablamos de petróleo: las transacciones de petróleo se llevan a cabo obligatoriamente en la moneda de la mayor maquinaria bélica que jamás haya existido, so pena de drones y marines. Más relevante aún: los astronómicos remanentes de las ventas de petróleo deben mantenerse en dólares, y en bancos americanos. Es esta peculiar situación la que engendra la difundida denominación de petrodólares.

El ciudadano común maneja los conceptos del párrafo anterior, de manera más o menos consciente o técnica. Lo que no maneja la gente es el hecho de que el dólar de hoy vale menos de un décimo de su valor original. El estado americano no dio varias vueltas al cuentaquilómetros, es cierto. Pero está muy cerquita de dar la primera vuelta. USSA ha jugado con la enorme ventaja de emitir moneda para el mundo entero, y aún así se las arregló para destruir al dólar casi completamente. Y esto, es lo de menos. 

En la última década, la emisión de moneda verde ha perdido toda restricción imaginable. Ben Bernanke, cacofónico presidente de la FED, también llamado el Helicóptero, ha emitido más dinero que nunca. Más dinero del que podría jamás haberse imaginado que podía emitirse. Y lo sigue haciendo. Y tiene oficialmente planificado seguir emitiendo cantidades galácticas, siderales, inimaginables de dólares americanos, por tiempo indefinido.

Esto hace que, en términos técnicos, el dólar no sea menos temible, menos frágil, menos falso que el peso argentino o el real. Esto, claro, la gente no lo sabe. Y es entendible. El noticiero local no habla de esto. Las noticias uruguayas son una por semana, y siempre la más provinciana, la más chismográfica posible. Nos enteramos de todas las comidillas personales de los regentes, pero no sabemos nada de la moneda en que las ingentes reservas del BCU (nuestras reservas, supuestamente) están invertidas.

Lo dicho de pesos argentinos, reales y dólares, vale también para euros, yenes y libras esterlinas. Todos son papel mojado por definición, con el agravante de que han sido destratados cruelmente hasta despojarlos del dudoso valor que pudieran haber tenido. La razón de que hayamos hecho un somero análisis del dólar, y no del yen, es que nuestras reservas están invertidas básicamente en dólares. 

El BCU (Banco Central del Uruguay) publica sus balances en su sitio de Internet. Todavía no está el de 2012; estamos en marzo, nomás, del 2013. Un atraso de dos meses es casi una bendición, en el medio. Así que conformémonos con los números de 2011. 

Los Activos Externos de Reserva al 31 de diciembre de 2011 totalizaban, peso más, peso menos, 195.000 millones de pesos uruguayos. Simplificando, dividamos entre 20 y obtenemos unos 10.000 millones de dólares. Con un PBI cercano a los 45.000 millones de dólares, las reservas son algo así como un cuarto de lo que produjimos todos los uruguayos juntos en el correspondiente año, el 2011 (el PBI no es lo que comúnmente se cree, pero eso es otra historia). En definitiva: un dinero respetable. Lo que los uruguayos tenemos guardado (supuestamente está, y supuestamente es nuestro) es considerable. Y llegamos así, finalmente, al problema.

Estas reservas internacionales, considerables, voluminosas, están invertidas en monedas extranjeras, y en bonos de estados extranjeros. La única diferencia entre tener moneda extranjera y tener bonos del país emisor de esa moneda, son los intereses. En términos de valor, da exactamente lo mismo. 
Los uruguayos tenemos, en nuestra cartera de inversión de 195.000 millones de pesos, 155.000 millones en bonos del tesoro americano, y 26.000 millones en depósitos bancarios en dólares americanos. Nuestra exposición al dólar y al Helicóptero Bernanke es del 93% .


Como reliquia tal vez, como atavismo de un pasado que murió hace mucho, tenemos unos gramos de oro también. Sirven para recordarnos qué es dinero, qué es valor, y qué es reserva. Sirven para recordarnos que Uruguay y el mundo sucumbieron al timo de las monedas fiduciarias hace muy poquito. Curiosamente, los que malbarataron el oro que nos quedaba se deshicieron de él con argumentos pretendidamente libremercadistas. Las últimas grandes ventas del oro de los uruguayos son preprogresistas. Fueron los presuntos amantes de la eficiencia y la seriedad los que acudieron al llamado de Gordon Brown, y soltaron lo que les quedaba de verdadera reserva, cambiándola por papelitos pintados con el argumento de que pagaban interés. Todo eso, claro, enmarcado en una rimbombante y locuaz defensa del mercado, la eficiencia, y los derechos individuales. 

Es entendible que la gente haya perdido de vista que los papeles sin valor que emite USSA no son en absoluto una reserva válida. Entendible y reciente: cualquiera de nuestros abuelos habría tenido esto claro, independientemente de su educación formal. Uruguay no escapó a la embestida de los gobiernos de occidente, que nos cambiaron oro por papelitos diciendo que nos hacían un favor, y les creímos. 


No es entendible que los economistas del BCU no lo vean. Aún sin haber leído nada de economía austríaca, no es admisible que no vean que el dólar de Bernanke es como el peso de Perón. Y no me vengan con el argumento del progresismo. ¿Quieren más progresista que Chávez? El comandante llevaba la bandera del progreso en América Latina, pero eso no le impidió repatriar su oro. ¿Por qué? Porque el oro vale. Bernanke no puede emitir oro. Nadie puede devaluarlo. 

Un llamado entonces a los economistas de la División de Activos y Pasivos, o tal vez de las subdivisiones, o departamentos, de Inversiones, o de Planificación y Gestión de Riesgo. Es muy peligroso tener todos esos dólares. No esperen a agarrarse los dedos con la puerta. Hagan como Chávez, como China, como Rusia, como Alemania. Vuelvan a los orígenes. Vuelvan al oro. Tenemos la enorme ventaja de ser chiquitos. En un año, como quien no quiere la cosa, podemos dar vuelta las proporciones de nuestra cartera pública de inversiones externas. Nadie nos va a ver. Podemos, de a poquito, llegar a un fin de 2013 en que podamos festejar una cartera mayoritaria en oro, y minoritaria en dólares. No olvidemos las palabras de Greenspan, famoso y feo antecesor del Helicóptero: “USSA nunca va a dejar de pagar su deuda externa. Emite más dinero, y paga, y se acabó”. 

jueves, 28 de febrero de 2013

Terminó la guerra… Y ganamos

Traducido del inglés con la autorización de Jeff Berwick y The Dollar Vigilante. Vea el artículo original.

Me refiero a la guerra entre los individuos y el estado. Vean que los gobiernos ya perdieron. Sólo que todavía no lo saben. Por un buen tiempo hubo una guerra entre gobiernos colectivistas, coercitivos, y las fuerzas aliadas del individualismo, la libertad y el mercado. Es difícil saber cuánto duró exactamente porque durante la mayor parte de la historia humana los gobernados, de una forma u otra, aceptaron que necesitaban ser gobernados, y aceptaron la brutalidad de los políticos, fueran ellos jefes tribales, faraones, príncipes o presidentes. Así, durante los primeros miles de años de civilización, no puede decirse que hubiera una gran lucha entre las fuerzas de la coerción (el estado) y las fuerzas de la cooperación y la paz (el mercado). 


Pero apareció un corrimiento en los últimos cientos de años. Tal vez fue por accidente, o como resultado de incontables y felices accidentes: descubrimientos científicos asociados con indagación filosófica. Sea como sea, la humanidad se las arregló para alcanzar una Era de la Ilustración, y una Era Industrial. El nivel de vida de las masas comenzó a subir, y la gente empezó a darse cuenta de que ser libre era mucho, mucho mejor que ser propiedad del rey. Más adelante, a principios del siglo XX, empezaron también a notar que ser libre era, también, mejor que ser propiedad colectiva. Y no era sólo que no ser propiedad de nadie era mejor para la felicidad del individuo. Resultó que, para el progreso material, también las cosas mejoraban cuando los individuos eran libres de usar sus talentos y recursos a su antojo, para satisfacer su deseo de crear, y de obtener beneficios. 


Es difícil, entonces, identificar el momento exacto en que la guerra empezó, aunque es casi seguro que fue en los últimos siglos, y que cobró verdadera fuerza con la colonización de América del Norte. Pero sí me siento capaz de sugerir un período concreto para el fin de la guerra. 


El Fin de la Guerra: 1913 – 1994 


El principio del fin de la guerra entre el individuo y el estado ocurrió en 1913. Fue en ese tiempo que el que sería el gobierno más grande, más poderoso, más asesino, y más endeudado que el mundo haya visto jamás (y que vaya a ver algún día, con suerte), plantó la semilla de su colapso garantido. En ese año se creó la última encarnación del banco central de USA, para hacer lo que hacen los bancos centrales: darle al gobierno poder de compra ilimitado, robándoselo a los individuos productivos mediante la inflación de la moneda. 


Lo que podríamos llamar el fin del final fue en 1994. Fue el año en que Internet pasó a ser conocida y usada de manera masiva. Los gobiernos siempre han medrado mediante el control de la educación juvenil, el control de la moneda, y el control de la información. En otras palabras: adoctrinamiento, inflación, desinformación, y propaganda. Dado que los gobernados superan enormemente en número a los gobernantes, la fuerza nunca ha sido suficiente para mantener el control sobre la gente. Claro que podían aplicar violencia contra uno o dos esclavos como medida ejemplarizante. Pero para controlar efectivamente a los humanos, y usarlos como vacas lecheras de impuestos, hay que convencerlos de que les conviene ser vacas de ordeñe. Con Internet, pasó a ser imposible que los gobernados no se enteren de su verdadera condición. 


Puedo entender que alguno piense que estoy loco al oírme sostener que el gobierno ha perdido la guerra. A fin de cuentas, la situación presente es visiblemente sombría. Por supuesto que el gobierno de USA está fuera de control, y lo mismo sucede en muchos países. Pero sus acciones son manotones de ahogado. Como una bestia enorme herida de muerte, el gobierno cacarea con la fuerza y ferocidad propias del pánico. Siente la muerte que se acerca. Y es posible que eso lo haga momentáneamente más peligroso. Pero el fin está a la vista. Todas sus acciones son reacciones, en realidad, ante el hecho de que están perdiendo. Están tratando de cerrar las puertas, de controlar el flujo de información, de restringir el flujo de capitales, pero la gente le encuentra la vuelta a todo (en particular la gente como nosotros, los que leen artículos como éste). 


Se suceden los intentos de controlar la información, deslumbrantemente obvios, y en gran medida patéticos. Por ejemplo, el último de la larga lista de decretos del presidente Obama, previos al discurso anual ante el congreso (que los americanos llaman State of the Union). Este decreto establece que el departamento de Seguridad Interna (Homeland Security) “compartirá” información con las empresas. En otras palabras, para el gobierno será más fácil juntar información de los medios de comunicación electrónica que usamos. Y por supuesto que también está el muy comentado “botón para matar Internet” que Obama y sus colegas jefes de estado se mueren por implementar. 


Aún si los estados del mundo encontraran la forma de apagar Internet, ahí sí que van a ver quién ganó la guerra. Todo el mundo está en Internet. Y a todo el mundo le encanta. Imagínense sin email, sin Facebook, sin Craigslist. Imaginen que sus celulares dejaran de ser inteligentes y se volvieran, otra vez, simples teléfonos. No exagero cuando digo que serían muchos más los que se rebelarían contra esto que los que se rebelan contra la limitación de su derecho a tener armas de fuego. Además, una parte importante del comercio mundial pasa por Internet. Las pérdidas económicas serían asombrosas. Uno se pregunta si los gobernantes estarían, realmente, dispuestos a dañar de esa manera las economías que los mantienen, para mantener el poco control que les va quedando. 


Así que, a no preocuparse. Ganamos. Pueden ir descorchando el champagne. El tema central es, la real preocupación es sobrevivir a los turbulentos tiempos de transición que se avecinan. Cómo sortear el colapso del sistema monetario y financiero. Es en eso que podemos ser de ayuda. Pueden suscribirse a la circular semanal de TDV, y recibirán un análisis en profundidad, y recomendaciones financieras concretas. Pueden también consultar sobre nuestra asistencia para acceder a ciudadanía y pasaporte alternativos, para poder observar el caos desde la mayor distancia posible. 


Muchos piensan que en TDV somos negativos. Nada más alejado de la realidad. Sabemos que la libertad ya ganó, y estamos celebrando. Sólo que tenemos que lograr que nuestros lectores atraviesen la transición. Cuando lo dicho esté dicho, y lo hecho hecho, el mundo usará fundamentalmente oro, plata y bitcoin como monedas, no habrá bancos centrales apañados por el estado, ni intromisiones masivas hechas por gobiernos colosales. Si tenemos suerte, la intervención del estado desaparecerá por completo… porque la humanidad se despertará, y comprenderá lo que los gobiernos son realmente: un mal innecesario. 


Así que, mantengamos un perfil bajo por ahora. Pero sin dejar de regocijarnos. Más temprano que tarde, llegará el momento en que sea seguro celebrar abiertamente.

sábado, 16 de febrero de 2013

SIEMPRE PUEDEN MANDARTE PRESO


Título original: You can always go to jail. Traducido con la autorización de Peace & Anarchy.


El tratamiento cabal de la más visceral de las libertades vino a través de un personaje bizarro, de un lugar recóndito e improbable. El tipo sostiene haber hecho de todo hasta ese momento, con muy poco suceso. A medio siglo de camino, llegó al punto, parece, de ser capaz de juntar dos y dos. De silbar y comer gofio. De ganar plata sin contradecirse.

Al menos hasta donde sé, la gesta de JCM fue el primer intento serio, y exitoso, de trabajar por la más esencial de las categorías de la libertad. En USSA hubo y hay organizaciones que denuncian la superpoblación, la morbosa teleología de intereses creados y sometimiento. Grandes teóricos rozaron, sí, el tema concreto del encierro. Pero el ataque sistemático a la mayor violación de la esencia humana ocurrida en nuestros milenios de periplo sobre esta esferita imperfecta, sólo apareció cuando JCM encontró lo que buscaba.
La solución estaba cerca, como pasa a veces. La carta que buscamos está a la vista de todos, en un sobre reluciente recostado en el durmiente que corona la boca del hogar, entre fotos, justo debajo de un rosario enorme que cuelga en la inclinación del tiraje. No apareció en Londres ni NY. Tampoco en Madrid, París o SP. Ni siquiera en Buenos Aires. La idea estaba en casita, y sucede que, para verla, había que dar, parece, la vuelta al mundo. O había que dejar pasar cincuenta años de agua bajo el puente.

Podemos ubicar el comienzo del comienzo en la recomendación de un amigo de un amigo. Alineado con la retórica de Churchill, uno flaco y alto, enorme de tamaño y enano de perfil, tuvo la delicadeza de sugerirle un blog. “Con todo lo que escribiste”, dijo: “¿qué tal un blog?” Sería injusto sostener que JCM nunca había considerado exponer su alma y sus escritos impúdicamente en la red de redes. Lo que había sucedido es que había descartado la inclinación, la multiplicidad de veces en que había aparecido. Incluso las veces en que su hermanito menor de España lo había puesto contra la espada y la pared, había dicho sí para luego hacer lo que quiso, como sostenía su dicharachero hermanazo mayor del Perú. Escribía y escribía, y juntaba pixeles ocultos en archivos y archivos de Word, que el mundo nunca vería, daba toda la impresión. Hasta que el flaco pegó justo en la cabeza del clavo con su marrón. Hasta que el karateka tocó la nota debida en su clarinete metafísico. Ahí las letras se volvieron palabras, los párrafos capítulos, las poesías apreciaciones filosóficas. Los textos aislados resultaron acreedores a títulos más o menos duplicantes y pretenciosos, y la unilateral creatividad de la lengua se extendió al mundo gráfico. Al mundo oral incluso, el de las palabras que vuelan hasta las trompas de Falopio. La palabra se volvió divina una vez, al volverse visible. Vuele ella ahora a su esencia sonora, y llene los canales que el cerumen no ha conquistado aún.

Una cosa lleva a la otra, y de la manida comparación de contribuyente con esclavo surgió la que resultaría la vocación del sujeto. La misión, la raison d´etre del muchachito llegó por fin, sin hacer mucho ruido y con unas cuantas décadas de atraso, cuando tuvo la suerte de combinar un par de neuronas para llegar a la indómita conclusión de que los ciudadanos somos esclavos, pero los presos son más esclavos que los demás. De que estamos todos fregados de tener que contribuir con los matones de la cuadra para poder trabajar, pero los que están guardados por desobedecer se reirían en nuestra cara si supieran de nuestros cacareos. Si fuera posible manejar un lado cómico del asunto, claro. No lo descartemos, para nadie. El valor terapéutico del humor es innegable y universal, no vamos a negarlo. Pero recalquemos, sí, que somos conscientes de que puede resultar difícil tomarse el asunto a las risas si uno duerme malcomido y aterido, en un mismo camastro en el piso con veinte personas por las que siente un temor verdaderamente reverencial.

Por mucho que tantos lo disimulen, no hay aporte posible sin cuantificación. No hay valor agregado que no sea tangible. JCM comenzó su gesta con una suma, como debe ser.
La enorme inferioridad de condiciones impone el jiu jitsu. El osado que pretende osar oponerse de algún modo a la aplanadora fatal del progreso, no tiene más recursos que los del opresor. Si no usa lo que inconsciente, imprudentemente le brinda el ogro, el individuo está perdido antes de empezar. No hay con qué circular si no es algún carromato que el ejército invasor abandone, y que el aislado opositor consiga hacer andar con pastitos del fondo. No hay por dónde hacer rodar al armatoste, que no sean las vías apias adoquinadas, los empedrados que los centuriones se emperran en poner a disposición de los galos. Asterix, Versingetorix, Escalectrix, sólo pueden reflejar el sol romano con sus espejitos de colores. Y lo hacen con la eficiencia y el ingenio del necesitado. Con la convicción del hereje transportan heno y combustible en cuadrigas destartaladas que el tirano descarta. El rebelde come basura. El imperio cae por el inesperado soplido gentil. Por algunas brisas de automático concierto.

La administración de las cárceles no debería publicar estadísticas. Por fraguadas que estén, algo de información filtran. Su existencia estimula al disidente. La información que contienen esos cuadros no presenta el menor interés para los que acompañan. Tal vez podría entenderse, al menos en principio, como cazabobos, como perro adelantado que hace volar a los faisanes que el de la peluca y el arcabuz despanzurrará a discreción. Pero el riesgo es muy grande. Hay maneras menos costosas de darles la pica.

Fuera por imprudencia, soberbia, o hasta buena voluntad, el encargado de las cárceles encargó a la universidad la confección de ciertos cuadritos, que ofrecían ese mínimo de información que pone a andar la maquinaria. Era poco, pero JCM sabía varias cosas: cuántos presos había; que todos ellos vivían en condiciones infrahumanas; y que la mitad no tenía condena. 

El patriota maneja ciertas verdades absolutas, que le son tatuadas en la niñez, a través de la educación oficial. Sabe del enorme privilegio que significa ser ciudadano de su país, y consecuentemente se enorgullece cuando gana la selección, y se amarga cuando pierde, y se ofende y maravilla si alguno no muestra el debido compromiso emocional con el equipo nacional de fútbol. Sabe que el aparato público le concede un cuerpo de leyes que lo protegen, y que correspondientemente castigan con cárcel a los ladrones, violadores, estafadores y asesinos. Sabe que la organización centralizada de la nación le brinda bondadosas fuerzas del orden que lo apoyan cada vez que lo necesita, y ecuánimes jueces cuyo único objetivo en la vida es proteger a los buenos y castigar a los malos, como decía hacer La Momia Justiciera, archienemiga de Martín Caradagián.

Sin reconocerlo, el ciudadano sabe que la cárcel es tortura. Pero bueno, que los asesinos y violadores la pasen mal, a fin de cuentas, está bien, ¿no? No pretenderemos un hotel cinco estrellas para alojar a la escoria de la sociedad, que pone en riesgo la trama social que tan generosamente nos regalaran los padres de la patria, con esos ponchos, esos sobretodos, esas vinchas de colores, esas escaramuzas a caballo en que se descuartizaban mutuamente, dando lugar a esculturas de sobria belleza e innegable originalidad. Tenemos una historia propia, un cuerpo de leyes, una policía, un sistema judicial, y un sistema carcelario. Y, claro, por supuesto, tenemos elecciones regulares. Nuestro orgullo nacional está plenamente justificado. Nuestro desdén por los críticos, también.


Es sabido que el altruismo no paga. Si el esfuerzo es estrictamente desinteresado, los resultados no aparecen, y la gesta muere. Si el movimiento no es autosustentable, tampoco es efectivo, y mucho menos duradero. JCM se esforzaba enormemente para mantenerse en los números. De esos 8500 presos tenían que salir 500 clientes. La gente está dispuesta a pagar por muchas cosas, y es bastante razonable que libertad, alimentación, abrigo, alcancen posiciones relativamente altas en sus listas de prioridades. Yendo de lo general a lo particular: 8500 hacinados, ateridos, aterrados y hambreados. De ellos, la mitad no tiene condena: están allí sin que el verdugo haya expresado estar totalmente convencido de que debe encerrarlos.

En esa ambigüedad que le es propia, el cancerbero se establece sus propias reglas: reglas que escribe el regulador para regularse. Y en cierta medida hace como que las cumple. Trata de mantener apariencias, siempre que le sea posible. Y, más curioso aún, establece mecanismos para que los siervos evalúen ese cumplimiento, reclamen por su ausencia, o hasta, en casos extremadamente extremos, se atrevan a actuar de forma tal que los hace aparecer como exigiendo que el ogro omnipotente cumpla sus propias reglas.

Enfrentarse al ogro es tan fácil como dejar de fumar. Abandonar el cigarrillo es un juego de niños. Todos conocemos más de uno que ha dejado de fumar incontables veces. Buscando, también pueden encontrarse siervos que le presentan cara al aparato, una y otra vez. Eso es fácil. Lo difícil es hacerlo retroceder. Para enfrentarlo, basta tener coraje y tozudez. Uno se le pone adelante quietito, y cierra los ojos fuerte y aguanta los bastonazos. El ogro se va, te deja tirado en el piso. Los amigos te recogen, te curan un poco, te dan unas palmadas.

Se impone aquí una constatación dolorosa: enfrentarse al matón del barrio con la seguridad del fracaso es contraproducente. El ejercicio debe resultar en algún tipo de mella en la armadura del opresor, al menos. Si el operativo no consigue perjudicar al tirano, debo recalcar implacablemente que mejor no hacerlo. El espontáneo que salta al ruedo y recibe coces y palizas es lo de menos. Que se embrome. Que rumie su gloria y su fracaso entreverados. Que se indigeste de orgullo y dolor. Que chapotee en su baño de ridículo. Lo relevante es que el corajudo sin medios alimenta al ogro, tal vez tanto como los impuestos. El ogro sale fortalecido. Confirma su supremacía. Recibe de regalo ese inesperado chivo expiatorio, y le saca un enorme rédito. El miedo de los vecinos de la cuadra se multiplica. El matón se pasea, ufano. Los demás tenderos recurren ahora al besamanos, angustiados ante la posibilidad del garrote en sus lomos, o los de sus hijos, que es lo mismo.

Lo que aún no sabía JCM era cuántos eran los presos por desobediencia civil. La cuenta a resolver era cuántos Thoreau había en las galeras. El movimiento válido será rentable, claro que sí. Será dañino: hará mella en el opresor. Sin esto, más vale quedarse en casa. No necesitamos víctimas, ni héroes. Concedido. Y agreguemos una más, ya que estamos: para ser efectiva, la acción debe ser acotada. El viejo JCM se habría abocado a una campaña de concientización de la población. Habría fundado una fundación. Habría gastado sus ahorros en carteles y audiciones de radio.
No así el JCM nuevo, chupame un huevo. A fuerza de bastonazos el JCM viejo había parido al nuevo por el esternón, como si fuera un alien. La cara era la misma, la voz incambiada, pero JCM era ahora el Nuevo JCM. En vez de sacarle tres o cuatro ceros, le habían inyectado sensatez y cordura. ¿La herramienta de inoculación? La cachiporra. El ostracismo, el ridículo, el jarabe de frustración. JCM había emergido de JCM con renovado esplendor. Con la convicción de que gratis, nunca más. De que la actividad testimonial se hace una vez sola, y esa vez sola ya estaba hecha. La había hecho el Viejo JCM, y había pagado los costos, ese viejo de mierda. Ahora, con el alma saneada, JCM el Joven se abocaba a sacar presos sin víctima de la cárcel, de a uno, y cobrando.

sábado, 2 de febrero de 2013

CADA MAESTRITO CON SU MARTILLO


No pretenden que pienses. En realidad, lo que pretenden es que no pienses. Te dieron un martillo. Lo que hay que hacer es buscar el clavo que martillar. Te dieron una herramienta sola, y pretenden que la uses. El que piensa, marcha. Hay que mirar el ejercicio y preguntarse: ¿dónde está el clavo, pa martillar? La forma más segura de perder el examen, es pensar. Tal como la forma más fácil de matar una planta es regarla demasiado. O moverla para seguir el sol. Si en tu cuarto hay una sola ventana, el sol que entra se desplaza. No se te ocurra ir moviendo la planta para que reciba más sol. No se te ocurra tampoco buscarle algún aspecto original al ejercicio. Hay que buscar el clavo, y martillarlo. Sacar el martillo y darle, que el clavo aparecerá. Buscar pistas en el ejercicio, para encontrar el clavo. Esa es la cuestión. Todas esas pisaditas, tan exasperantes, no son más que tímidos intentos de disimular un poco el clavo. “He aquí su clavo, martille usted”, sería demasiado, ¿no? Tienen que disimular un poco. Y el disimulo está en las pisaditas, tan irritantes. En los tan insultantes piques está la única gracia posible, el único color permitido. El desafío es tolerar los piques, controlar la ira, y buscar el clavo. Al mirar la letra, puede que te encuentres preguntándote: ¿qué mierda quiere, este tipo? Ese es el instante clave, ésa es la señal para respirar hondo y volverse consciente de que lo único que puede hacer el tipo es disimular el clavo, para darle color a la cosa. Para parecer, tal vez incluso para sentirse serio, el tipo tiene que usar su única herramienta. Para él, sacar el martillo y ponerse a martillar es buscar nuevas e ingeniosas formas de disimular el clavo. Nosotros tenemos el martillo de las fórmulas: primera y segunda cardinales, ecuación de energía, momento de inercia, vector velocidad angular. El martillo del burócrata es el disimulo.