jueves, 28 de febrero de 2013

Terminó la guerra… Y ganamos

Traducido del inglés con la autorización de Jeff Berwick y The Dollar Vigilante. Vea el artículo original.

Me refiero a la guerra entre los individuos y el estado. Vean que los gobiernos ya perdieron. Sólo que todavía no lo saben. Por un buen tiempo hubo una guerra entre gobiernos colectivistas, coercitivos, y las fuerzas aliadas del individualismo, la libertad y el mercado. Es difícil saber cuánto duró exactamente porque durante la mayor parte de la historia humana los gobernados, de una forma u otra, aceptaron que necesitaban ser gobernados, y aceptaron la brutalidad de los políticos, fueran ellos jefes tribales, faraones, príncipes o presidentes. Así, durante los primeros miles de años de civilización, no puede decirse que hubiera una gran lucha entre las fuerzas de la coerción (el estado) y las fuerzas de la cooperación y la paz (el mercado). 


Pero apareció un corrimiento en los últimos cientos de años. Tal vez fue por accidente, o como resultado de incontables y felices accidentes: descubrimientos científicos asociados con indagación filosófica. Sea como sea, la humanidad se las arregló para alcanzar una Era de la Ilustración, y una Era Industrial. El nivel de vida de las masas comenzó a subir, y la gente empezó a darse cuenta de que ser libre era mucho, mucho mejor que ser propiedad del rey. Más adelante, a principios del siglo XX, empezaron también a notar que ser libre era, también, mejor que ser propiedad colectiva. Y no era sólo que no ser propiedad de nadie era mejor para la felicidad del individuo. Resultó que, para el progreso material, también las cosas mejoraban cuando los individuos eran libres de usar sus talentos y recursos a su antojo, para satisfacer su deseo de crear, y de obtener beneficios. 


Es difícil, entonces, identificar el momento exacto en que la guerra empezó, aunque es casi seguro que fue en los últimos siglos, y que cobró verdadera fuerza con la colonización de América del Norte. Pero sí me siento capaz de sugerir un período concreto para el fin de la guerra. 


El Fin de la Guerra: 1913 – 1994 


El principio del fin de la guerra entre el individuo y el estado ocurrió en 1913. Fue en ese tiempo que el que sería el gobierno más grande, más poderoso, más asesino, y más endeudado que el mundo haya visto jamás (y que vaya a ver algún día, con suerte), plantó la semilla de su colapso garantido. En ese año se creó la última encarnación del banco central de USA, para hacer lo que hacen los bancos centrales: darle al gobierno poder de compra ilimitado, robándoselo a los individuos productivos mediante la inflación de la moneda. 


Lo que podríamos llamar el fin del final fue en 1994. Fue el año en que Internet pasó a ser conocida y usada de manera masiva. Los gobiernos siempre han medrado mediante el control de la educación juvenil, el control de la moneda, y el control de la información. En otras palabras: adoctrinamiento, inflación, desinformación, y propaganda. Dado que los gobernados superan enormemente en número a los gobernantes, la fuerza nunca ha sido suficiente para mantener el control sobre la gente. Claro que podían aplicar violencia contra uno o dos esclavos como medida ejemplarizante. Pero para controlar efectivamente a los humanos, y usarlos como vacas lecheras de impuestos, hay que convencerlos de que les conviene ser vacas de ordeñe. Con Internet, pasó a ser imposible que los gobernados no se enteren de su verdadera condición. 


Puedo entender que alguno piense que estoy loco al oírme sostener que el gobierno ha perdido la guerra. A fin de cuentas, la situación presente es visiblemente sombría. Por supuesto que el gobierno de USA está fuera de control, y lo mismo sucede en muchos países. Pero sus acciones son manotones de ahogado. Como una bestia enorme herida de muerte, el gobierno cacarea con la fuerza y ferocidad propias del pánico. Siente la muerte que se acerca. Y es posible que eso lo haga momentáneamente más peligroso. Pero el fin está a la vista. Todas sus acciones son reacciones, en realidad, ante el hecho de que están perdiendo. Están tratando de cerrar las puertas, de controlar el flujo de información, de restringir el flujo de capitales, pero la gente le encuentra la vuelta a todo (en particular la gente como nosotros, los que leen artículos como éste). 


Se suceden los intentos de controlar la información, deslumbrantemente obvios, y en gran medida patéticos. Por ejemplo, el último de la larga lista de decretos del presidente Obama, previos al discurso anual ante el congreso (que los americanos llaman State of the Union). Este decreto establece que el departamento de Seguridad Interna (Homeland Security) “compartirá” información con las empresas. En otras palabras, para el gobierno será más fácil juntar información de los medios de comunicación electrónica que usamos. Y por supuesto que también está el muy comentado “botón para matar Internet” que Obama y sus colegas jefes de estado se mueren por implementar. 


Aún si los estados del mundo encontraran la forma de apagar Internet, ahí sí que van a ver quién ganó la guerra. Todo el mundo está en Internet. Y a todo el mundo le encanta. Imagínense sin email, sin Facebook, sin Craigslist. Imaginen que sus celulares dejaran de ser inteligentes y se volvieran, otra vez, simples teléfonos. No exagero cuando digo que serían muchos más los que se rebelarían contra esto que los que se rebelan contra la limitación de su derecho a tener armas de fuego. Además, una parte importante del comercio mundial pasa por Internet. Las pérdidas económicas serían asombrosas. Uno se pregunta si los gobernantes estarían, realmente, dispuestos a dañar de esa manera las economías que los mantienen, para mantener el poco control que les va quedando. 


Así que, a no preocuparse. Ganamos. Pueden ir descorchando el champagne. El tema central es, la real preocupación es sobrevivir a los turbulentos tiempos de transición que se avecinan. Cómo sortear el colapso del sistema monetario y financiero. Es en eso que podemos ser de ayuda. Pueden suscribirse a la circular semanal de TDV, y recibirán un análisis en profundidad, y recomendaciones financieras concretas. Pueden también consultar sobre nuestra asistencia para acceder a ciudadanía y pasaporte alternativos, para poder observar el caos desde la mayor distancia posible. 


Muchos piensan que en TDV somos negativos. Nada más alejado de la realidad. Sabemos que la libertad ya ganó, y estamos celebrando. Sólo que tenemos que lograr que nuestros lectores atraviesen la transición. Cuando lo dicho esté dicho, y lo hecho hecho, el mundo usará fundamentalmente oro, plata y bitcoin como monedas, no habrá bancos centrales apañados por el estado, ni intromisiones masivas hechas por gobiernos colosales. Si tenemos suerte, la intervención del estado desaparecerá por completo… porque la humanidad se despertará, y comprenderá lo que los gobiernos son realmente: un mal innecesario. 


Así que, mantengamos un perfil bajo por ahora. Pero sin dejar de regocijarnos. Más temprano que tarde, llegará el momento en que sea seguro celebrar abiertamente.

sábado, 16 de febrero de 2013

SIEMPRE PUEDEN MANDARTE PRESO


Título original: You can always go to jail. Traducido con la autorización de Peace & Anarchy.


El tratamiento cabal de la más visceral de las libertades vino a través de un personaje bizarro, de un lugar recóndito e improbable. El tipo sostiene haber hecho de todo hasta ese momento, con muy poco suceso. A medio siglo de camino, llegó al punto, parece, de ser capaz de juntar dos y dos. De silbar y comer gofio. De ganar plata sin contradecirse.

Al menos hasta donde sé, la gesta de JCM fue el primer intento serio, y exitoso, de trabajar por la más esencial de las categorías de la libertad. En USSA hubo y hay organizaciones que denuncian la superpoblación, la morbosa teleología de intereses creados y sometimiento. Grandes teóricos rozaron, sí, el tema concreto del encierro. Pero el ataque sistemático a la mayor violación de la esencia humana ocurrida en nuestros milenios de periplo sobre esta esferita imperfecta, sólo apareció cuando JCM encontró lo que buscaba.
La solución estaba cerca, como pasa a veces. La carta que buscamos está a la vista de todos, en un sobre reluciente recostado en el durmiente que corona la boca del hogar, entre fotos, justo debajo de un rosario enorme que cuelga en la inclinación del tiraje. No apareció en Londres ni NY. Tampoco en Madrid, París o SP. Ni siquiera en Buenos Aires. La idea estaba en casita, y sucede que, para verla, había que dar, parece, la vuelta al mundo. O había que dejar pasar cincuenta años de agua bajo el puente.

Podemos ubicar el comienzo del comienzo en la recomendación de un amigo de un amigo. Alineado con la retórica de Churchill, uno flaco y alto, enorme de tamaño y enano de perfil, tuvo la delicadeza de sugerirle un blog. “Con todo lo que escribiste”, dijo: “¿qué tal un blog?” Sería injusto sostener que JCM nunca había considerado exponer su alma y sus escritos impúdicamente en la red de redes. Lo que había sucedido es que había descartado la inclinación, la multiplicidad de veces en que había aparecido. Incluso las veces en que su hermanito menor de España lo había puesto contra la espada y la pared, había dicho sí para luego hacer lo que quiso, como sostenía su dicharachero hermanazo mayor del Perú. Escribía y escribía, y juntaba pixeles ocultos en archivos y archivos de Word, que el mundo nunca vería, daba toda la impresión. Hasta que el flaco pegó justo en la cabeza del clavo con su marrón. Hasta que el karateka tocó la nota debida en su clarinete metafísico. Ahí las letras se volvieron palabras, los párrafos capítulos, las poesías apreciaciones filosóficas. Los textos aislados resultaron acreedores a títulos más o menos duplicantes y pretenciosos, y la unilateral creatividad de la lengua se extendió al mundo gráfico. Al mundo oral incluso, el de las palabras que vuelan hasta las trompas de Falopio. La palabra se volvió divina una vez, al volverse visible. Vuele ella ahora a su esencia sonora, y llene los canales que el cerumen no ha conquistado aún.

Una cosa lleva a la otra, y de la manida comparación de contribuyente con esclavo surgió la que resultaría la vocación del sujeto. La misión, la raison d´etre del muchachito llegó por fin, sin hacer mucho ruido y con unas cuantas décadas de atraso, cuando tuvo la suerte de combinar un par de neuronas para llegar a la indómita conclusión de que los ciudadanos somos esclavos, pero los presos son más esclavos que los demás. De que estamos todos fregados de tener que contribuir con los matones de la cuadra para poder trabajar, pero los que están guardados por desobedecer se reirían en nuestra cara si supieran de nuestros cacareos. Si fuera posible manejar un lado cómico del asunto, claro. No lo descartemos, para nadie. El valor terapéutico del humor es innegable y universal, no vamos a negarlo. Pero recalquemos, sí, que somos conscientes de que puede resultar difícil tomarse el asunto a las risas si uno duerme malcomido y aterido, en un mismo camastro en el piso con veinte personas por las que siente un temor verdaderamente reverencial.

Por mucho que tantos lo disimulen, no hay aporte posible sin cuantificación. No hay valor agregado que no sea tangible. JCM comenzó su gesta con una suma, como debe ser.
La enorme inferioridad de condiciones impone el jiu jitsu. El osado que pretende osar oponerse de algún modo a la aplanadora fatal del progreso, no tiene más recursos que los del opresor. Si no usa lo que inconsciente, imprudentemente le brinda el ogro, el individuo está perdido antes de empezar. No hay con qué circular si no es algún carromato que el ejército invasor abandone, y que el aislado opositor consiga hacer andar con pastitos del fondo. No hay por dónde hacer rodar al armatoste, que no sean las vías apias adoquinadas, los empedrados que los centuriones se emperran en poner a disposición de los galos. Asterix, Versingetorix, Escalectrix, sólo pueden reflejar el sol romano con sus espejitos de colores. Y lo hacen con la eficiencia y el ingenio del necesitado. Con la convicción del hereje transportan heno y combustible en cuadrigas destartaladas que el tirano descarta. El rebelde come basura. El imperio cae por el inesperado soplido gentil. Por algunas brisas de automático concierto.

La administración de las cárceles no debería publicar estadísticas. Por fraguadas que estén, algo de información filtran. Su existencia estimula al disidente. La información que contienen esos cuadros no presenta el menor interés para los que acompañan. Tal vez podría entenderse, al menos en principio, como cazabobos, como perro adelantado que hace volar a los faisanes que el de la peluca y el arcabuz despanzurrará a discreción. Pero el riesgo es muy grande. Hay maneras menos costosas de darles la pica.

Fuera por imprudencia, soberbia, o hasta buena voluntad, el encargado de las cárceles encargó a la universidad la confección de ciertos cuadritos, que ofrecían ese mínimo de información que pone a andar la maquinaria. Era poco, pero JCM sabía varias cosas: cuántos presos había; que todos ellos vivían en condiciones infrahumanas; y que la mitad no tenía condena. 

El patriota maneja ciertas verdades absolutas, que le son tatuadas en la niñez, a través de la educación oficial. Sabe del enorme privilegio que significa ser ciudadano de su país, y consecuentemente se enorgullece cuando gana la selección, y se amarga cuando pierde, y se ofende y maravilla si alguno no muestra el debido compromiso emocional con el equipo nacional de fútbol. Sabe que el aparato público le concede un cuerpo de leyes que lo protegen, y que correspondientemente castigan con cárcel a los ladrones, violadores, estafadores y asesinos. Sabe que la organización centralizada de la nación le brinda bondadosas fuerzas del orden que lo apoyan cada vez que lo necesita, y ecuánimes jueces cuyo único objetivo en la vida es proteger a los buenos y castigar a los malos, como decía hacer La Momia Justiciera, archienemiga de Martín Caradagián.

Sin reconocerlo, el ciudadano sabe que la cárcel es tortura. Pero bueno, que los asesinos y violadores la pasen mal, a fin de cuentas, está bien, ¿no? No pretenderemos un hotel cinco estrellas para alojar a la escoria de la sociedad, que pone en riesgo la trama social que tan generosamente nos regalaran los padres de la patria, con esos ponchos, esos sobretodos, esas vinchas de colores, esas escaramuzas a caballo en que se descuartizaban mutuamente, dando lugar a esculturas de sobria belleza e innegable originalidad. Tenemos una historia propia, un cuerpo de leyes, una policía, un sistema judicial, y un sistema carcelario. Y, claro, por supuesto, tenemos elecciones regulares. Nuestro orgullo nacional está plenamente justificado. Nuestro desdén por los críticos, también.


Es sabido que el altruismo no paga. Si el esfuerzo es estrictamente desinteresado, los resultados no aparecen, y la gesta muere. Si el movimiento no es autosustentable, tampoco es efectivo, y mucho menos duradero. JCM se esforzaba enormemente para mantenerse en los números. De esos 8500 presos tenían que salir 500 clientes. La gente está dispuesta a pagar por muchas cosas, y es bastante razonable que libertad, alimentación, abrigo, alcancen posiciones relativamente altas en sus listas de prioridades. Yendo de lo general a lo particular: 8500 hacinados, ateridos, aterrados y hambreados. De ellos, la mitad no tiene condena: están allí sin que el verdugo haya expresado estar totalmente convencido de que debe encerrarlos.

En esa ambigüedad que le es propia, el cancerbero se establece sus propias reglas: reglas que escribe el regulador para regularse. Y en cierta medida hace como que las cumple. Trata de mantener apariencias, siempre que le sea posible. Y, más curioso aún, establece mecanismos para que los siervos evalúen ese cumplimiento, reclamen por su ausencia, o hasta, en casos extremadamente extremos, se atrevan a actuar de forma tal que los hace aparecer como exigiendo que el ogro omnipotente cumpla sus propias reglas.

Enfrentarse al ogro es tan fácil como dejar de fumar. Abandonar el cigarrillo es un juego de niños. Todos conocemos más de uno que ha dejado de fumar incontables veces. Buscando, también pueden encontrarse siervos que le presentan cara al aparato, una y otra vez. Eso es fácil. Lo difícil es hacerlo retroceder. Para enfrentarlo, basta tener coraje y tozudez. Uno se le pone adelante quietito, y cierra los ojos fuerte y aguanta los bastonazos. El ogro se va, te deja tirado en el piso. Los amigos te recogen, te curan un poco, te dan unas palmadas.

Se impone aquí una constatación dolorosa: enfrentarse al matón del barrio con la seguridad del fracaso es contraproducente. El ejercicio debe resultar en algún tipo de mella en la armadura del opresor, al menos. Si el operativo no consigue perjudicar al tirano, debo recalcar implacablemente que mejor no hacerlo. El espontáneo que salta al ruedo y recibe coces y palizas es lo de menos. Que se embrome. Que rumie su gloria y su fracaso entreverados. Que se indigeste de orgullo y dolor. Que chapotee en su baño de ridículo. Lo relevante es que el corajudo sin medios alimenta al ogro, tal vez tanto como los impuestos. El ogro sale fortalecido. Confirma su supremacía. Recibe de regalo ese inesperado chivo expiatorio, y le saca un enorme rédito. El miedo de los vecinos de la cuadra se multiplica. El matón se pasea, ufano. Los demás tenderos recurren ahora al besamanos, angustiados ante la posibilidad del garrote en sus lomos, o los de sus hijos, que es lo mismo.

Lo que aún no sabía JCM era cuántos eran los presos por desobediencia civil. La cuenta a resolver era cuántos Thoreau había en las galeras. El movimiento válido será rentable, claro que sí. Será dañino: hará mella en el opresor. Sin esto, más vale quedarse en casa. No necesitamos víctimas, ni héroes. Concedido. Y agreguemos una más, ya que estamos: para ser efectiva, la acción debe ser acotada. El viejo JCM se habría abocado a una campaña de concientización de la población. Habría fundado una fundación. Habría gastado sus ahorros en carteles y audiciones de radio.
No así el JCM nuevo, chupame un huevo. A fuerza de bastonazos el JCM viejo había parido al nuevo por el esternón, como si fuera un alien. La cara era la misma, la voz incambiada, pero JCM era ahora el Nuevo JCM. En vez de sacarle tres o cuatro ceros, le habían inyectado sensatez y cordura. ¿La herramienta de inoculación? La cachiporra. El ostracismo, el ridículo, el jarabe de frustración. JCM había emergido de JCM con renovado esplendor. Con la convicción de que gratis, nunca más. De que la actividad testimonial se hace una vez sola, y esa vez sola ya estaba hecha. La había hecho el Viejo JCM, y había pagado los costos, ese viejo de mierda. Ahora, con el alma saneada, JCM el Joven se abocaba a sacar presos sin víctima de la cárcel, de a uno, y cobrando.

sábado, 2 de febrero de 2013

CADA MAESTRITO CON SU MARTILLO


No pretenden que pienses. En realidad, lo que pretenden es que no pienses. Te dieron un martillo. Lo que hay que hacer es buscar el clavo que martillar. Te dieron una herramienta sola, y pretenden que la uses. El que piensa, marcha. Hay que mirar el ejercicio y preguntarse: ¿dónde está el clavo, pa martillar? La forma más segura de perder el examen, es pensar. Tal como la forma más fácil de matar una planta es regarla demasiado. O moverla para seguir el sol. Si en tu cuarto hay una sola ventana, el sol que entra se desplaza. No se te ocurra ir moviendo la planta para que reciba más sol. No se te ocurra tampoco buscarle algún aspecto original al ejercicio. Hay que buscar el clavo, y martillarlo. Sacar el martillo y darle, que el clavo aparecerá. Buscar pistas en el ejercicio, para encontrar el clavo. Esa es la cuestión. Todas esas pisaditas, tan exasperantes, no son más que tímidos intentos de disimular un poco el clavo. “He aquí su clavo, martille usted”, sería demasiado, ¿no? Tienen que disimular un poco. Y el disimulo está en las pisaditas, tan irritantes. En los tan insultantes piques está la única gracia posible, el único color permitido. El desafío es tolerar los piques, controlar la ira, y buscar el clavo. Al mirar la letra, puede que te encuentres preguntándote: ¿qué mierda quiere, este tipo? Ese es el instante clave, ésa es la señal para respirar hondo y volverse consciente de que lo único que puede hacer el tipo es disimular el clavo, para darle color a la cosa. Para parecer, tal vez incluso para sentirse serio, el tipo tiene que usar su única herramienta. Para él, sacar el martillo y ponerse a martillar es buscar nuevas e ingeniosas formas de disimular el clavo. Nosotros tenemos el martillo de las fórmulas: primera y segunda cardinales, ecuación de energía, momento de inercia, vector velocidad angular. El martillo del burócrata es el disimulo.