lunes, 13 de enero de 2014

UNA COSA LLEVA A LA OTRA

Minutos después de las diez, JCM guardó la Toyota grandota y blanca en el galpón doble, atrás de la casita insignificante de la Barra del Chuy. Con el celular de prepago llamó a Newton. Le dijo que trajera el farol, que la noche estaba bárbara.
Una hora y cuarto más tarde, por reloj, Newton estacionó su Toyota grandota y blanca en el espacio libre del galpón. Se apoyó en el pescante, y saltó al piso. Caminaron contentos hasta la playa, cargando dos calderines, dos riles, un balde grande de plástico verde, y el farol de Newton. Tiraron los riles desde la punta de piedras, y luego hicieron la barriga de la playa ida y vuelta, con el agua a la cintura casi siempre, y por momentos cubriéndoles el pecho, para correr una lisa o una roncadera. Recogieron una corvina grande y un cazón de las líneas de los riles, y volvieron con cuatro pescados y un balde lleno de cortones, con algún lomo negro entreverado. Pusieron un pescado grande y la mitad de los pejerreyes en dos bolsotas de nylon: una para Newton, una para la heladera. Cambiaron las chapas de las camionetas, y Newton subió, sin pisar el pescante. Arrancó contento con la carga de pescado y metal para Pelotas.
JCM se duchó y se fue a la churrascaría. Tomó dos caipiriñas, comió suculenta picaña con arroz y salsa vinagreta. Durmió plácido, con un pie afuera de la sábana. Al salir el sol, estaba trepándose al pescante de la Toyotota blanca con matrícula de Montevideo. Un segundo paso hacia arriba, y estaba al volante. Arrancó contento, con la carga de pescado y reales.

Todos dormían en Pelotas cuando Newton voleó la pierna, al ver el sol entre las rendijas. Fruta, presunto, huevos revueltos, y arrancó fresquito y manso hacia la planta de Cristal. Cuarenta minutos después se saludaron con el portero, y luego con el pesador. Subió la camioneta en la balanza. El visor indicaba 2648 quilos. Paró la camioneta al costado del piletón, y dos peones descargaron cientoveinte hogazas cuadradotas de hierro color metal. Pasó otra vez por la balanza: 1448 quilos. Correcto: restando los cinco quilos de oro, era el peso de la camioneta.
Careca, el comprador, hizo el chiste de costumbre, dando un total a pagar correspondiente a chatarra de calidad tres. Riendo, Newton recalcó que es calidad uno, y pidió que eligiera una para medirla. Careca levantó un megalingote con esfuerzo, y ambos entraron jovialmente al laboratorio. Puso el metal en la base del taladro, y cambió la mecha por una más larga y más fina, como una aguja de tejer. Subió el interruptor, y apretó con la mano el taladro, penetrando el bloque hasta la mitad. El bloque chillaba finito finito, como un marrano chico. Recogió la viruta, y la dejó caer en el vaso lleno de líquido. Se sonrieron al corroborar la evolución: el cambio de color y de consistencia. Hizo la liquidación calidad uno. Newton la presentó en caja y cobró en efectivo. Se trepó en la cabina en dos saltos. Al pasar saludó al balancero, luego al portero.
Cuarenta minutos después estaba llegando a Pelotas. Antes de la circunvalación, paró la camioneta y llamó a Claudio por el celular de prepago. Lo estaba esperando. Tomaron unos chimarroes debajo de la parra, mirando los cebuinos. Claudio era ganadero en Pelotas e industrial del taxi en Porto Alegre. Compraba oro seguido, normalmente después de los embarques. En el galpón, bajaron charlando los cinco quilos. A Claudio le resultó cómica la caja roja de zapatos. Anunció que la próxima vez las mochilas llenas de reais serían rojas.


Allá en la planta, en Cristal, Careca hizo almacenar los bloques con otros iguales. Con estos mil doscientos quilos llegaba a diez mil, es decir un piletón. La última partida del día fue sólo de chatarra de Newton. Al recibirla, Guimaraes se sorprendió, primero por el color, luego por la calidad de las varillas. Careca sonrió al verlo tan rápido en el laboratorio. Fueron juntos a hablar con el ingeniero.

(CONTINUARA)